Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Si te parece bien, ahora que han terminado las jornadas podríamos abandonar el señor Gökalp y la señorita Madinabeitia. Empieza a resultar un poco extraño cuando tuteo a todos los demás.

Barış miró primero a Maia y después a Kenan.

—Creía que estabais compitiendo para averiguar quién resistía más tiempo.

Demir dobló el periódico con una sonrisa.

—Ya era hora.

Kenan mantuvo los ojos en ella.

—Me parece perfecto, Maia.

Su nombre sonó perfectamente inocente en medio del comedor. Maia ya no podía escucharlo de esa manera. Apartó la silla y se sentó.

—Buenos días, Kenan.

Demir apartó el periódico para dejarle espacio y Barış le acercó la carta del desayuno.

—Todavía no hemos pedido. Pensábamos esperar a que bajara el resto.

—No hace falta que me esperéis. Voy a buscar café.

Maia se levantó, pero Kenan señaló la cafetera que acababa de dejar un camarero en el centro de la mesa.

—Hay suficiente.

Tomó una taza limpia, la llenó y se la acercó. Después sirvió otra más pequeña y la dejó a su lado.

—Por si la primera no resulta suficiente.

Barış levantó la vista.

—Eso parece un conocimiento demasiado específico para llevar solo tres días trabajando juntos.

Maia envolvió la taza con ambas manos.

—No es información confidencial. Durante las jornadas casi siempre llevo café en la mano.

—Yo no había contado las tazas —dijo Barış.

—Por eso te parece específico —intervino Demir mientras dejaba el periódico a un lado—. Ahora deja que beba antes de obligarla a defender sus hábitos.

Maia acercó la taza a los labios. El café estaba demasiado caliente, pero necesitaba hacer algo que no consistiera en mirar a Kenan.

Al otro lado de la mesa, él bebía sin dejar de observarla con la discreción que Maia empezaba a reconocerle. Aquella mañana había abierto los ojos sobre su pecho; ahora tenía que fingir que no sabía cómo se sentía su mirada a pocos centímetros.

Bajó la taza antes de que el contraste se reflejara en su expresión.

Los demás miembros de la delegación fueron ocupando las mesas.

Entre el ruido de la vajilla y las conversaciones cruzadas, Maia les recordó que el minibús saldría a las nueve y media.

Llegarían a San Sebastián cerca de las once y dispondrían del resto del fin de semana sin obligaciones oficiales.

El sábado continuarían hacia Zarautz y Getaria; el domingo regresarían a Bilbao para preparar el vuelo del lunes.

—Eso significa que se han terminado las reuniones, los discursos y los periodistas —dijo Ece.

—Solo queda conseguir que nadie pierda el avión —precisó Barış.

—Hasta el domingo por la tarde, puedes fingir que no somos responsabilidad tuya.

Maia contempló a los miembros de la delegación distribuidos entre las mesas.

—No creo que ninguno de vosotros esté preparado para tanta libertad.

Mientras hablaban, Kenan apenas intervino. Atendía a Barış, respondía cuando alguien se dirigía a él y mantenía las manos alrededor de su taza.

Uno de los profesores llegó cuando Maia terminaba de explicar el itinerario. Se dejó caer en la silla libre y pidió café antes incluso de saludar.

—Las paredes de este hotel son demasiado finas —se quejó—. La pareja de la habitación de al lado no me ha dejado dormir hasta casi las tres.

Ece levantó la vista de su plato.

—¿Discutían?

El profesor tardó un instante en responder.

—No exactamente.

Varias risas recorrieron la mesa.

Maia mantuvo la vista sobre su taza y bebió, aunque el café seguía demasiado caliente. Al otro lado, Kenan dejó la suya sobre el plato con un cuidado innecesario.

Ninguno miró al otro.

Cuando las risas se apagaron, Maia retomó el itinerario.

Lo conocía de memoria; aun así, la queja sobre las paredes había devuelto a su cabeza la ropa dispersa, los gemidos que ninguno había intentado contener y la boca de Kenan buscando la suya cada vez que el placer les interrumpía la respiración.

Ningún miembro de la delegación ocupaba las habitaciones cercanas, pero eso no significaba que la noche hubiera pasado inadvertida para todo el hotel.

Levantó los ojos casi por reflejo.

Kenan ya la estaba mirando.

La expresión de él permanecía serena, aunque la forma en que sostenía su mirada demostraba que el comentario había despertado recuerdos parecidos.

Maia perdió durante un instante el punto exacto del itinerario en el que se encontraba.

—Y el domingo por la tarde estaremos de nuevo en Bilbao —completó Barış.

Maia se dirigió de nuevo al resto de la mesa.

—Sí. El lunes salís hacia Estambul, así que tendremos la tarde del domingo para comprobar que todo esté preparado.

Retomó la explicación sin mirar de nuevo hacia Kenan.

Lo consiguió durante menos de un minuto.

Al terminar el desayuno, Maia comprobó que todos recordaran la hora de salida y les pidió que dejaran las tarjetas en recepción.

Subió una última vez para recoger el equipaje y revisar que no olvidaba nada.

Cuando llegó al vestíbulo, la mayor parte de la delegación esperaba junto a las puertas. Algunos habían salido a comprobar si llovía; otros se repartían las botellas de agua que Barış acababa de comprar.

Kenan hablaba por teléfono cerca de recepción, apartado del grupo, con una mano en el bolsillo de los vaqueros mientras escuchaba.

No volvió la cabeza cuando Maia apareció, aunque se quedó inmóvil durante un instante.

Barış se acercó y tomó el asa de su maleta.

—Puedo llevarla.

—También puedo llevarla yo.

—No lo dudo, pero hoy necesito parecer útil.

Antes de que Maia encontrara una respuesta, Barış empezó a arrastrar la maleta hacia la salida con una sonrisa.

El conductor comenzó a cargarla en el compartimento trasero mientras Maia contaba a los miembros de la delegación por costumbre.

No faltaba nadie.

Kenan terminó la llamada y se reunió con ellos cuando salían del hotel.

En la calle, el cielo se había cubierto por completo, aunque la lluvia se limitaba a una humedad fina que quedaba suspendida bajo las farolas todavía encendidas.

El aire olía a asfalto mojado y obligó a Maia a cerrarse la chaqueta.

Subió al minibús después de Demir y ocupó uno de los asientos de la primera fila, desde donde podía hablar con el conductor y atender cualquier pregunta.

Barış se acomodó en la fila posterior junto a Demir, mientras los profesores distribuían las mochilas y las chaquetas ligeras en los compartimentos superiores.

Kenan fue el último en subir.

Quedaban varios asientos libres, pero el contiguo a Maia era el único de las primeras filas; en la parte posterior, los profesores habían ocupado el espacio sobrante con mochilas.

Kenan guardó el teléfono y se sentó a su lado.

Nadie prestó atención. Ece comparaba en el teléfono tres previsiones meteorológicas que se contradecían entre sí, mientras Demir intentaba convencer a los profesores de que debían empezar la visita por el paseo de La Concha antes de entrar en la Parte Vieja.

Maia mantuvo los ojos sobre el aparcamiento mientras el minibús se incorporaba al tráfico.

Entre ambos estaban los cinturones y el estrecho espacio que separaba los asientos; aun así, Maia reconoció el perfume que había encontrado sobre su almohada y resistió el impulso de volverse hacia él.

—¿Has conseguido dormir algo más? —preguntó Kenan en voz baja.

—Algo más de media hora. ¿Y tú?

—No he vuelto a dormirme.

Maia volvió la cabeza.

—Has tenido tiempo.

—No me ha servido de mucho.

Maia no le preguntó qué le había impedido dormir; había pasado suficiente tiempo despierta después de que se marchara para sospechar la respuesta.

Él guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Cuando lleguemos, deberíamos buscar una farmacia.

Maia se volvió hacia él, buscando alguna señal de malestar.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

Kenan sostuvo su mirada. El cambio de su expresión no tenía ninguna relación con una indisposición.

—Es para comprar algo que alivie tus… ampollas.

La pausa antes de la última palabra permitió que Maia comprendiera qué pretendía encontrar en aquella farmacia. Procuró que no se reflejara en su cara.

—Ya están protegidas.

—Vamos a pasar todo el día caminando. Más vale prevenir.

Maia sostuvo su mirada un instante.

—Supongo que sí.

Volvió la atención hacia la ventanilla antes de que la sonrisa terminara apareciendo en sus labios.

El minibús abandonó el centro de Bilbao y tomó la carretera hacia el este. Los edificios fueron dejando paso a laderas húmedas, cubiertas de árboles y casas dispersas. La lluvia empezó a marcar el cristal con gotas pequeñas que el movimiento empujaba hacia atrás.

Durante unos kilómetros permanecieron en silencio. Las conversaciones de las filas posteriores fueron perdiendo intensidad hasta quedar reducidas al murmullo de quienes empezaban a dormirse.

El asiento era demasiado estrecho para mantener una distancia prudente.

Sus brazos se rozaban y cada curva de la carretera modificaba apenas la presión entre ambos.

Maia habría podido apartarse unos centímetros hacia la ventanilla, pero el calor de la piel de Kenan devolvía a su cuerpo recuerdos demasiado recientes.

Él tampoco hizo ningún intento por recuperar espacio.

Podían hablar del tiempo o de San Sebastián, pero Maia no se sentía capaz de mantener una conversación inofensiva mientras fingían que apenas se conocían. Cualquier frase adquiría una segunda lectura y cada silencio contenía cuanto no podían decir delante de los demás.

—¿Quieres escuchar música? —preguntó.

Kenan volvió la cabeza, sorprendido por la propuesta.

—Sí.

Maia sacó del bolso el estuche de los auriculares inalámbricos.

Se colocó uno y dejó el otro sobre la palma.

Él recogió el auricular, pero, antes de apartarse, deslizó la yema de un dedo por el centro de la mano de Maia.

Ella respondió cerrando apenas los dedos alrededor de los suyos y dejó que el pulgar le rozara la piel antes de soltarlo.

El intercambio duró lo mismo que habría tardado cualquiera en recoger un auricular.

Kenan se lo llevó al oído mientras Maia bajaba la vista hacia el teléfono para buscar una lista de música instrumental.