CAPÍTULO 17
Maia despertó cuando el colchón se movió bajo su cuerpo. Sin abrir los ojos, alargó una mano y encontró la cama todavía caliente, pero vacía.
Kenan estaba sentado en el borde de la cama, de espaldas a ella, buscando los calcetines entre la ropa reunida sobre la silla. La claridad gris que se filtraba por los bordes de las cortinas apenas permitía distinguir la línea de sus hombros y el cabello desordenado.
Maia buscó el teléfono sobre la mesilla. Eran poco más de las siete y media.
—Es demasiado pronto.
Kenan se volvió. Ya llevaba puestos los pantalones, aunque continuaba con el torso desnudo.
—Vuelve a dormir.
La voz conservaba la aspereza del cansancio. Maia se incorporó, sujetando la sábana sobre el pecho más por el frío que por la desnudez.
—¿Te vas?
La pregunta salió antes de que pudiera ocultar todo lo que no quería mostrar.
Kenan abandonó la búsqueda del calcetín y se inclinó hacia ella.
—Antes de que empiece a salir gente de las habitaciones.
Le apartó el cabello de la cara y la besó. El contacto fue lento, todavía tibio de sueño, y disipó la punzada que había acompañado al despertar.
—Podrías esperar un poco más —dijo Maia cuando se separaron—. A esta hora no creo que haya nadie recorriendo los pasillos.
—Dentro de una hora empezarán a bajar a desayunar. No quiero calcular mal.
Kenan regresó a la silla y encontró el segundo calcetín debajo de la camisa. Al levantarla, el botón que faltaba dejó una abertura en la parte superior.
Maia miró hacia la mesilla. El pequeño disco continuaba junto a la lámpara.
—Te olvidas una parte de la camisa.
Lo tomó entre los dedos y se lo ofreció. Kenan contempló el botón sobre su palma antes de recogerlo.
—No creo que pueda hacer mucho con él ahora.
—Puedes guardarlo como recuerdo.
—Pensaba reclamarte una camisa nueva.
—Presenta una queja formal cuando termine mi contrato.
Kenan sonrió y guardó el botón en el bolsillo del pantalón. Después se puso la camisa y cerró los botones restantes. La abertura no era escandalosa, pero bastaba para que cualquiera que lo hubiera visto durante la recepción advirtiera que algo había cambiado.
Recogió la corbata del suelo, aunque en lugar de anudársela la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Después se acercó a la cama.
—Si alguien me ve salir de esta habitación, no será mi trabajo el que pongan en duda.
Maia alzó los ojos hacia él.
—Ya lo sé.
—Es mejor que me vaya ahora.
Pronunciarlo resultó menos sencillo de lo que debería.
Kenan apoyó una rodilla en el colchón y sostuvo su rostro antes de besarla. La suavidad inicial apenas duró unos segundos. Maia le rodeó el cuello y abrió la boca bajo la suya; la chaqueta de Kenan resbaló de su hombro y cayó sobre la cama.
Cuando se separaron, ninguno de los dos parecía recordar por qué habían decidido que debía vestirse.
Kenan mantuvo la frente contra la de Maia mientras recuperaba el aliento.
—Esto no ayuda.
—No era mi intención ayudarte.
Kenan sonrió contra sus labios.
—Eso empieza a quedarme claro.
Volvió a besarla, esta vez brevemente, y se obligó a incorporarse. Maia soltó su cuello antes de que volviera a olvidar que debía marcharse.
Kenan recogió la chaqueta y se la puso. Sin la corbata y con la abertura que el botón perdido dejaba en la camisa, su aspecto seguía siendo demasiado correcto, aunque no tanto como cuando había abandonado la recepción.
—Nos vemos en el desayuno —dijo.
La normalidad de la frase tuvo un efecto extraño. Hablaba de unas horas, no de una despedida, y aun así devolvía a la habitación todo lo que los esperaba fuera de ella.
—Delante de los demás —recordó Maia.
Kenan se acercó una última vez y apoyó los nudillos bajo su barbilla.
—Delante de los demás, señorita Madinabeitia.
La formalidad quedó desmentida por el pulgar que le rozó el labio inferior.
—Hasta luego, señor Gökalp.
Kenan recogió la tarjeta de su habitación y comprobó el pasillo abriendo apenas la puerta. No se oía ningún movimiento.
Antes de salir, volvió la cabeza.
Maia permanecía sentada en la cama, envuelta en la sábana y con el cabello desordenado sobre los hombros. Kenan la observó durante un instante que se prolongó más de lo necesario.
Después cruzó el umbral y cerró la puerta con cuidado.
El silencio regresó a la habitación.
Maia continuó mirando la puerta cerrada hasta que la moqueta apagó los pasos de Kenan. Solo entonces volvió a tumbarse.
La almohada conservaba la forma de su cabeza y su perfume, un aroma cálido con un fondo de madera oscura y ámbar. Maia descubrió el mismo olor prendido en su cabello, en el cuello y en las sábanas.
Acercó la almohada y respiró contra ella antes de cerrar los ojos.
Cuando por fin empezó a dormirse, una certeza incómodamente satisfactoria se abrió paso entre el cansancio.
Dentro de un rato tendría que mirarlo delante de todos y fingir que no había sucedido nada entre ellos.
Kenan tendría que hacer exactamente lo mismo.
La alarma sonó cuando la claridad ya atravesaba las cortinas. Maia la apagó a tientas y dejó en su sitio la almohada de Kenan, que había vuelto a abrazar mientras dormía.
La habitación mostraba a plena luz las consecuencias de la noche. El vestido continuaba junto a la cama, el sujetador había quedado bajo una esquina de la colcha y en la mesilla permanecía el espacio vacío donde había descansado el botón de la camisa.
Maia apartó la sábana.
El cuerpo conservaba el recuerdo de Kenan de formas distintas: una sensibilidad agradable en la piel, el cansancio profundo de haber dormido demasiado poco y una ligera molestia en músculos que no acostumbraban a participar en sus jornadas de trabajo.
Al apoyar el pie derecho, el apósito amortiguó la presión sobre la ampolla, aunque no consiguió eliminarla por completo.
Caminó despacio hasta el baño.
El espejo le devolvió el cabello revuelto, el maquillaje borrado alrededor de los ojos y una marca rojiza junto a la clavícula. Maia la examinó acercándose a la luz. El cuello del vestido de la noche anterior la habría ocultado; la blusa que había preparado para San Sebastián, no.
Abrió el grifo de la ducha y esperó a que el agua se calentara.
El perfume de Kenan se intensificó al humedecerse su piel.
Maia permaneció unos segundos bajo el agua, consciente de que estaba borrando la última huella que había dejado sobre ella, hasta que recordó que debía organizar la salida hacia San Sebastián y trabajar todo el día junto al hombre al que acababa de despedir de su cama.
Se lavó el cabello.
Cuando salió de la ducha, el espejo se había cubierto de vaho. Maia se secó y comprobó los apósitos; los de los talones seguían bien adheridos, pero tuvo que sustituir el de la planta después de haberse mojado en los bordes.
Escogió unos pantalones oscuros, una blusa clara y las zapatillas deportivas blancas que había metido en la maleta para los desplazamientos.
La suela acolchada protegía la ampolla de la planta y el tejido blando no rozaba los apósitos de los talones.
No era el calzado que habría elegido para acompañar a la delegación durante una jornada oficial, pero las obligaciones institucionales habían terminado y sus pies no estaban dispuestos a negociar.
La marca de la clavícula continuaba visible. Aplicó un poco de corrector y dejó el cabello suelto para que terminara de ocultarla.
Mientras se maquillaba, el teléfono vibró sobre el escritorio.
Zeynep: Espero el informe completo antes de que salgáis hacia San Sebastián.
Maia observó la pantalla. Su amiga esperaba noticias sobre la disculpa de Kenan y probablemente sobre Aylin. No tenía forma de imaginar cuánto había avanzado la situación desde que se despidieron en la puerta del hotel.
Escribió que la llamaría cuando tuviera un momento y guardó el teléfono antes de que Zeynep pudiera responder.
Recogió la ropa dispersa y comprobó dos veces que la tarjeta estuviera dentro del bolso. Al pasar junto a la cama, alisó la sábana; no pretendía engañar al personal, solo devolver algo de orden a una habitación que ya no se parecía a la de la noche anterior.
Salió al pasillo.
La luz diurna había eliminado toda intimidad. Entre puertas, maletas y conversaciones cerca de los ascensores, Maia echó a andar sin mirar hacia el tramo donde se encontraba la habitación de Kenan.
Ece y uno de los profesores esperaban el ascensor. Ambos la saludaron con normalidad, más interesados en decidir si iban a necesitar un paraguas que en observarla.
—Han anunciado lluvia en San Sebastián —dijo Ece.
—En San Sebastián eso no es un pronóstico. Es una medida preventiva.
Las puertas se abrieron y entraron juntos. Durante el descenso, el profesor le explicó que Demir pretendía convencerlos para subir al monte Urgull si el tiempo lo permitía. Ece miró los zapatos planos de Maia.
—Veo que has abandonado las tendencias suicidas.
—Solo temporalmente.
—Tus pies te lo agradecerán.
La conversación continuó hasta el comedor. Maia procuró no buscar a Kenan, pero lo vio de todos modos.
Estaba sentado con Barış y Demir junto a los ventanales.
Por primera vez desde que habían comenzado las jornadas no llevaba traje. Había elegido unos vaqueros oscuros y una camisa de lino clara, con el cuello abierto y las mangas dobladas hasta los antebrazos.
La ropa informal hacía más evidente la anchura de los hombros y el cuerpo que Maia ya no necesitaba imaginar bajo la tela.
Todos los botones de aquella camisa continuaban en su sitio.
Kenan levantó la vista en el mismo instante en que ella entró. Su mirada descendió brevemente hasta las zapatillas deportivas antes de regresar a su rostro. No sonrió, pero algo se suavizó en su expresión y Maia recordó aquellas manos sujetándole el pie desnudo sobre el muslo.
Ece la condujo hacia la mesa.
—Buenos días —saludó Maia en turco.
Barış y Demir respondieron casi al mismo tiempo. Kenan esperó una fracción de segundo más.
—Buenos días, señorita Madinabeitia.
Su voz no contenía nada que los demás pudieran interpretar. Maia dejó una mano sobre el respaldo de la silla libre, pero no se sentó todavía.