Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 16 #4
49%

CAPÍTULO 16 #4

Lo siguió con la mirada mientras atravesaba la habitación desnudo. Sin la camisa, el traje ni la distancia que imponía entre profesores y autoridades, resultaba difícil relacionarlo con el hombre al que había observado durante tres días.

Oyó correr el agua.

Kenan regresó con una pequeña toalla humedecida en agua tibia y otra seca.

Se sentó en el borde de la cama y se inclinó para limpiarle el vientre.

Maia habría podido hacerlo sola, pero permaneció quieta, observando la concentración con que cuidaba de ella.

La delicadeza de aquel gesto resultaba, de algún modo, más íntima que todo lo anterior.

Cuando terminó, secó su piel con el mismo cuidado. Después recogió del suelo parte de la ropa y la dejó sobre la silla. Encontró el botón de la camisa junto al mueble de la entrada, lo sostuvo entre los dedos y miró hacia ella.

Maia ocultó la cara un instante bajo la sábana con la que acababa de cubrirse.

La risa de Kenan fue baja, todavía alterada por el cansancio.

—La calidad de la camisa era decepcionante —dijo él, dejando el botón sobre la mesilla.

Maia asomó de nuevo el rostro.

—No creo que nadie que te conozca vaya a aceptar esa explicación.

Cuando intentó levantarse para recoger el resto de su ropa, apoyó el pie derecho en la moqueta y un dolor punzante bajo los dedos la obligó a retirarlo de inmediato.

Kenan bajó la vista.

—Déjame ver.

—Solo son las ampollas.

Se sentó frente a ella antes de que pudiera protestar y le sostuvo el pie sobre el muslo. Las tiritas de los talones se habían desplazado y la piel aparecía enrojecida. Kenan retiró con cuidado la que apenas seguía adherida y después examinó la planta.

Justo detrás de los dedos, una ampolla tensaba la piel. Presionó con suavidad alrededor y Maia retiró el pie por reflejo.

—Esa es la que duele al apoyar —admitió.

Kenan la miró como si acabara de confirmar algo que ya sabía.

—Y aun así te has puesto otra vez los mismos zapatos.

Maia lo observó inclinado sobre su pie, todavía desnudo, con el cabello desordenado y una seriedad desproporcionada para los daños causados por unos tacones. La escena habría resultado absurda si sus manos no conservaran sobre la piel el mismo calor que unos minutos antes.

—En el neceser quedan apósitos para ampollas —dijo Maia.

Retiró el pie de su muslo e intentó levantarse, pero Kenan se lo impidió con una mano sobre la rodilla.

—Tú no vas a ninguna parte. Dime dónde están.

Maia señaló el baño.

—Junto al lavabo.

Kenan localizó la caja, limpió la piel y colocó dos apósitos nuevos sobre los talones. Después protegió la ampolla de la planta sin romperla y alisó los bordes del adhesivo.

Maia no volvió a decirle que podía hacerlo sola.

—Mañana no te pongas tacones.

—Vamos a San Sebastián. Pensaba subir al monte Urgull con ellos.

Kenan levantó la cabeza. La mirada que le dirigió conservaba una calma engañosa y prometía una intervención personal si al día siguiente volvía a verla con esos zapatos.

Maia consiguió sostenerla apenas unos segundos antes de sonreír.

—Llevaré calzado plano.

Él se puso en pie. Maia esperaba que buscara el resto de su ropa, pero Kenan regresó a la cama y levantó la sábana antes de tumbarse.

Ella se acomodó de lado. El colchón cedió cuando él ocupó el espacio a su espalda y la atrajo hasta apoyar el pecho contra ella. Maia sintió su boca en la nuca, en un beso que no pedía nada más.

Kenan permaneció unos segundos en silencio antes de deslizar la mano por su costado.

—¿Estás bien?

—Mejor que mis pies.

—No me refería a tus pies.

Maia giró el rostro para mirarlo por encima del hombro.

—Estoy bien —respondió—. Muy bien.

Algo se relajó en la forma en que Kenan la sostenía. Rozó sus labios con los de ella y Maia percibió en aquel contacto la pregunta que él todavía no había terminado de formular.

—Aunque la falta de previsión ha sido decepcionante —añadió.

—No esperaba terminar esta noche en tu habitación.

—Yo tampoco esperaba meterte en ella.

—Me has arrastrado por la chaqueta.

—Podías haberte resistido.

La risa de Kenan le rozó el cuello.

—Eso hice durante tres días.

Maia sonrió contra la almohada. Él volvió a besarle el hombro y dejó la boca allí unos instantes.

—La próxima vez no cometeré el mismo error —murmuró.

Maia dejó de sonreír, no por la protección, sino por la naturalidad con que Kenan había dado por hecho que aquello se repetiría. Él debió de advertir la quietud repentina de su cuerpo.

—Si tú quieres, claro —añadió.

Ella se volvió entre sus brazos hasta quedar frente a él.

—No parece que ninguno de los dos haya aprendido demasiado esta noche sobre cómo mantener las distancias.

—Yo he dejado de intentarlo.

Maia habría podido recordarle el contrato o todo lo que ocurriría cuando terminaran las jornadas, pero ninguna de aquellas cuestiones pertenecía todavía a esa habitación. Acercó una mano a su rostro y lo besó.

—Entonces procura estar mejor preparado.

La sonrisa de Kenan se formó contra su boca.

—Lo estaré.

Permanecieron abrazados hasta que el cansancio volvió a pesar sobre Maia.

—Tengo que poner la alarma.

Kenan alargó el brazo hacia la mesilla y le tendió el teléfono. Maia la programó y dejó el móvil junto a la lámpara.

La habitación quedó en penumbra cuando él apagó la luz.

Kenan volvió a rodearla con el brazo y Maia se acomodó contra su cuerpo, apoyando la mejilla sobre su pecho, consciente del latido bajo su oído y de la desnudez de ambos bajo la sábana.

Todo se había vuelto extrañamente sencillo ahora que ya no podían fingir que no había ocurrido.

—Esto complica bastante el lunes —murmuró.

—El lunes ya era complicado antes de entrar aquí.

—Mañana tendremos que volver a comportarnos.

El brazo de Kenan se cerró un poco más alrededor de su cintura.

—Delante de los demás.

Maia dejó que aquella precisión permaneciera unos segundos entre ellos.

—No estoy segura de poder mirarte como si esta noche no hubiera ocurrido.

—No he dicho que tengamos que fingir eso. Solo que nadie más debe notarlo.

Kenan buscó su boca en la oscuridad. El deseo continuaba allí, aunque ya no contenía la urgencia de antes, y Maia apoyó una mano sobre su pecho mientras el latido se calmaba poco a poco bajo la palma.

Cuando sus labios se separaron, él mantuvo la frente contra la suya.

—Buenas noches, Maia.

—Buenas noches.

Maia volvió a acomodar la mejilla sobre su pecho y deslizó una pierna entre las de él. Kenan tiró de la sábana hasta cubrirle el hombro y buscó su mano sobre el colchón.

Ella sintió un último beso en el cabello. Cerró los ojos y dejó de preguntarse qué significaría aquella noche cuando amaneciera. Se durmió escuchando el ritmo pausado de su corazón.