Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

La mano se apartó antes de que pudiera llevarla más lejos. Maia estuvo a punto de protestar, pero Kenan abandonó su boca y comenzó a descender, demorándose sobre su piel hasta situarse entre sus piernas.

Maia siguió el recorrido con el cuerpo tenso por la anticipación. Cuando él se detuvo y levantó la mirada hacia ella, abrió más las piernas y hundió los dedos en su cabello.

—No te detengas ahora.

Kenan sostuvo sus ojos un instante más antes de bajar la cabeza.

El primer contacto de su lengua obligó a Maia a arquearse. Pronunció su nombre mientras lo atraía contra ella, y Kenan respondió sujetándole las caderas, reteniéndola bajo su boca.

Comenzó despacio, prolongando cada caricia y atento a las reacciones que provocaba: a la respiración que se quebraba, a la fuerza creciente de los dedos en su cabello. Después afirmó un ritmo constante y preciso que Maia acompañó con las caderas, incapaz ya de contener los gemidos.

Kenan no se apartó cuando las piernas de Maia empezaron a tensarse a ambos lados de su cabeza. Mantuvo la presión hasta que el placer se concentró en un único punto y borró todo lo demás.

Maia se aferró a su cabello y pronunció su nombre una vez más antes de que el orgasmo la recorriera. Cerró los muslos alrededor de sus hombros mientras su cuerpo se arqueaba y después se estremecía bajo su boca en oleadas que Kenan prolongó hasta volverlas casi insoportables.

Tuvo que tirar suavemente de su cabello para que por fin se detuviera.

Kenan regresó sobre su cuerpo y la besó antes de que Maia hubiera recuperado el aliento.

Ella reconoció su propio sabor en la lengua de él y, lejos de apartarse, le sostuvo el rostro y abrió más la boca bajo la suya.

Respondió con una mano en su nuca, profundizando un beso cuya intimidad avivó de nuevo el deseo hasta dejarles la respiración entrecortada por una razón distinta.

Después recorrió con las manos el pecho de Kenan y percibió la tensión con que todavía se contenía. Había permanecido atento a cada una de sus reacciones, aplazando las propias, y Maia no pensaba permitir que continuara haciéndolo.

Apoyó ambas manos sobre su pecho y lo hizo girar.

Kenan quedó tendido de espaldas. Maia se arrodilló entre sus piernas y terminó de abrirle el pantalón. Él levantó las caderas para ayudarla y apartó la prenda con el pie.

Maia deslizó los dedos bajo la cinturilla de la última barrera que quedaba entre ellos y la hizo descender.

Se detuvo al verlo por completo.

Aquella noche en su casa había procurado no imaginar qué ocultaba el pantalón de chándal de Marcos cuando la tela se ajustaba al cuerpo de Kenan. Ahora comprobaba que su imaginación se había quedado corta.

Tendido sobre las sábanas, tenía algo menos inaccesible y, al mismo tiempo, mucho más perturbador.

La anchura de los hombros daba paso a un pecho firme, cubierto por una sombra oscura que se estrechaba al llegar al vientre.

Allí, cada respiración tensaba el relieve definido de los músculos bajo la piel y conducía la mirada hacia unas caderas más estrechas.

Maia siguió aquel recorrido sin el menor intento de disimulo y se demoró en la rotunda evidencia de cuánto la deseaba.

Era el cuerpo de un hombre que se cuidaba sin convertirlo en una exhibición: fuerte, proporcionado y tan seguro en su desnudez como lo estaba bajo el traje.

La forma en que lo contemplaba no pasó inadvertida. Kenan extendió una mano hacia ella, pero Maia le sujetó la muñeca y volvió a apoyarla sobre el colchón.

—Ahora me toca a mí.

Maia dejó que su mirada descendiera de nuevo por su cuerpo.

—Y pensar que mañana tendré que fingir que no sé lo que escondes debajo del traje, bombón.

La frase alteró la respiración de Kenan antes incluso de que ella lo tocara.

Maia lo envolvió con la mano y ensayó una caricia lenta, atenta al modo en que su cuerpo se tensaba bajo ella. La humedad que encontró al alcanzar el extremo facilitó el movimiento siguiente y consiguió que Kenan dejara caer la cabeza sobre la almohada.

Se acomodó a horcajadas sobre sus muslos, evitando todavía que sus cuerpos se encontraran.

Se inclinó sobre él y recorrió con los labios la línea de la mandíbula hasta alcanzar el lóbulo.

Lo atrapó entre los dientes y tiró apenas.

La respiración de Kenan se alteró junto a su oído antes de que él la sujetara con más firmeza por la cintura.

Satisfecha con la reacción, Maia descendió por su cuello y continuó con la boca por el pecho y el vientre, demorándose allí donde percibía cambiar su respiración.

La mano que Kenan mantenía sobre su cabello dejó de acariciarla. Sus dedos se cerraron con fuerza, aunque no intentaron dirigirla.

Maia continuó bajando y rodeó la punta con la lengua antes de cerrar los labios alrededor de él.

El contacto le arrancó a Kenan un sonido ronco.

Cuando levantó la vista, lo encontró con la cabeza echada hacia atrás sobre la almohada, el abdomen tenso y los labios entreabiertos mientras trataba de recobrar el aliento. No pensaba darle tiempo.

Lo recibió despacio, acompañando con la mano aquello que su boca no alcanzaba. Retrocedió hasta rozar apenas el extremo y volvió a descender, atenta a la tensión de su cuerpo y a la presión creciente de los dedos en su cabello.

Kenan pronunció su nombre, primero como una advertencia y después con una voz en la que ya no quedaba ninguna de las reservas que llevaba días imponiéndose.

Maia aceleró el ritmo. Cuando Kenan abrió los ojos, la intensidad de su mirada reavivó el deseo entre sus piernas. Ahora era él quien no podía ocultarle nada, y Maia sostuvo sus ojos, como Kenan había sostenido los de ella unos minutos antes, mientras volvía a descender.

Antes de que pudiera llevarlo más lejos, Kenan se incorporó y la detuvo. La atrajo sobre su cuerpo y buscó su boca con una avidez cercana a la desesperación, apretándola contra su pecho mientras trataba de recuperar el control que ella acababa de arrebatarle.

—Todavía no —dijo contra sus labios.

No necesitó explicar qué pretendía aplazar. Maia podía sentirlo en el temblor que todavía recorría su cuerpo.

Se acomodó sobre sus caderas y la erección de Kenan quedó aprisionada entre ambos, extendida contra ella. El contacto directo los mantuvo inmóviles durante un instante.

Maia movió las caderas hasta que el roce alcanzó el punto más sensible. El aire se les escapó al mismo tiempo y los dedos de Kenan se afirmaron sobre su cintura, como si el impulso de guiarla hubiera surgido antes que la prudencia. Sin embargo, sus manos permanecieron inmóviles.

Comprendió lo que estaba conteniendo y repitió el movimiento por decisión propia, deslizándose sobre él con una lentitud que apenas consiguió sostener.

La necesidad de continuar fue inmediata, brutal. Bastaba con elevarse unos centímetros y guiarlo hacia su interior, pero la precaución regresó antes de que pudiera hacerlo.

Maia apoyó una mano sobre su pecho y se detuvo.

—No tengo protección.

Los dedos de Kenan permanecieron firmes sobre su cintura. La frustración atravesó su expresión sin ningún intento de ocultarla.

—Yo tampoco.

Ninguno se apartó. Él continuaba duro contra ella y el deseo latía precisamente en el lugar donde no podían permitirse olvidar la precaución.

Kenan cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre la almohada, con las manos todavía inmóviles en la cintura de Maia.

Ella se inclinó y descargó en su boca toda la frustración que no podía resolver con el cuerpo.

Kenan respondió de inmediato, sujetándole la nuca para devolverle el beso con una intensidad casi áspera.

Lo profundizó hasta que la falta de aire los obligó a separarse y entonces la hizo girar, situándola de nuevo bajo él, aunque mantuvo las caderas prudentemente alejadas de las suyas.

Maia volvió a buscar su boca. Kenan respondió al beso mientras deslizaba una mano entre sus piernas. Sus dedos se hundieron en ella y recuperaron, con una seguridad desesperante, el ritmo que le hacía perder el aliento. Abrió más las piernas y deslizó una mano entre ambos hasta envolverlo de nuevo.

Durante unos segundos intentaron mantener al mismo tiempo el ritmo del otro, aunque cada nueva sensación terminaba por alterarlo. Cuando Kenan encontraba la presión exacta, la mano de Maia vacilaba; cuando ella cerraba los dedos con mayor firmeza, la respiración de él se quebraba junto a su oído.

El placer creció de nuevo entre ambos. Maia acompañó con las caderas el movimiento de sus dedos sin dejar de acariciarlo, hasta que Kenan pronunció su nombre y concentró la caricia en el punto exacto que la hizo perder el control.

Maia abrió los ojos.

La seguridad había desaparecido del rostro de Kenan. Solo quedaban el deseo y el esfuerzo por no ceder antes que ella.

El orgasmo alcanzó a Maia mientras todavía sostenía su mirada.

Su cuerpo se contrajo alrededor de los dedos de Kenan y la mano con que lo acariciaba perdió el ritmo.

Él hundió el rostro en la curva de su cuello y cerró la boca sobre la piel.

Maia sintió que la presión aumentaba justo antes de que la respiración de Kenan se quebrara y él se derramara sobre su vientre, con un sonido ronco que vibró contra su garganta.

Durante unos segundos ninguno de los dos pudo moverse. Permanecieron enlazados mientras los últimos estremecimientos se apagaban y la respiración comenzaba, muy despacio, a encontrar un ritmo distinto.

Kenan se apartó lo suficiente para mirar el vientre de Maia y después retiró el brazo que mantenía alrededor de ella.

Maia levantó la cabeza.

—¿Adónde vas?

—Al baño. No te muevas.

La sencillez de la respuesta dejó expuesta la rapidez con que ella había interpretado el movimiento como una despedida.

Kenan debió de advertirlo, porque se inclinó para besarla.

No fue uno de los besos impacientes de antes, sino un roce lento que no pedía nada ni pretendía tranquilizarla con una promesa que ninguno estaba preparado para hacer.

Aun así, Maia entendió que no estaba buscando su ropa.