Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

La manilla continuaba bajo su mano. La bajó a ciegas y la puerta se abrió a su espalda.

Kenan la sujetó antes de que perdiera el equilibrio y cruzó el umbral con ella.

Maia tiró de sus solapas para obligarlo a seguirla mientras él empujaba los zapatos hacia el interior con el pie.

La puerta se cerró a sus espaldas y dejó al otro lado el pasillo, su contrato y cualquier posibilidad razonable de detenerse.

El bolso cayó sobre el mueble de la entrada. Cuando Kenan volvió a atraerla, Maia le apartó la chaqueta de los hombros y tiró del nudo de la corbata.

Había observado aquella garganta ceñida por distintas corbatas durante tres días.

Había visto sus dedos aflojar una de ellas en la habitación del hotel de Vitoria y se había obligado a marcharse antes de averiguar qué ocurriría si se quedaba.

Ahora deshizo el nudo con más impaciencia de la necesaria y la dejó caer al suelo.

Kenan siguió cada movimiento de sus manos. Cuando Maia alcanzó el primer botón de la camisa, él le sostuvo el rostro y la besó otra vez.

Sus dedos, seguros al interpretar ante un salón lleno de estudiantes, se volvieron torpes. Abrió dos botones, falló el tercero y terminó separando los bordes con una brusquedad que hizo saltar uno de ellos.

El pequeño disco golpeó el suelo y desapareció junto al mueble.

Maia se quedó inmóvil.

Kenan bajó la vista hacia la abertura de la camisa y después volvió a mirarla. Durante un segundo pareció dispuesto a sonreír, pero ella deslizó las manos bajo la tela y la expresión se le borró antes de llegar a formarse.

Su piel estaba caliente. Maia recorrió con las palmas la anchura del pecho, los hombros y el relieve del abdomen.

Había imaginado aquel cuerpo bajo el traje, aunque ninguna imagen se parecía a la forma en que reaccionó bajo sus manos.

Kenan inspiró con fuerza cuando ella descendió un poco más y cerró los dedos alrededor de sus muñecas.

No las apartó.

Mantuvo sus manos contra él mientras apoyaba la frente en la de Maia, como si hubiera necesitado contenerse demasiado tiempo para aceptar con facilidad que ahora era ella quien lo tocaba.

—No sabes cuántas veces… —comenzó.

La frase se interrumpió cuando Maia movió los pulgares sobre su piel.

—Probablemente las mismas que yo.

Kenan cerró los ojos un instante. Al abrirlos, la contención había desaparecido.

Encontró la cremallera del vestido y la bajó despacio. Sus nudillos siguieron el centro de la espalda de Maia hasta alcanzar la cintura. Después introdujo las manos bajo la tela y la apartó de sus hombros.

El vestido descendió hasta quedar retenido sobre el pecho.

Maia sostuvo la mirada de Kenan mientras lo hacía descender hasta la cintura, sin apresurarse ni intentar cubrirse. Había tomado aquella decisión antes de besarlo en el pasillo y no pensaba retroceder.

La mirada de Kenan recorrió su cuerpo con una franqueza que le calentó la piel. La contempló sin prisa, como si quisiera recuperar en aquel instante todas las veces que se había obligado a apartarse de ella.

Cuando volvió a encontrar sus ojos, Maia extendió una mano hacia él.

Kenan deslizó los dedos por sus brazos desnudos y se inclinó para besarle el hombro. Su boca avanzó despacio por la clavícula, deteniéndose en la piel que el vestido acababa de descubrir. Maia hundió las manos en su cabello y cerró los ojos.

Ninguna de las veces que había imaginado cómo sería dejar de resistirse se acercaba al temblor que le recorría las piernas ni a la intensidad de sentir las manos de Kenan después de tantas horas obligándose a mantener la distancia.

Cuando sus manos alcanzaron la cintura de Maia, ella intentó avanzar hacia la cama, pero una punzada bajo el pie le alteró el paso.

Kenan levantó la cabeza.

—Estoy bien.

La respuesta no llegó a convencerlo. Antes de que pudiera protestar, la tomó en brazos.

Maia le rodeó el cuello y volvió a besarlo, apoyada contra su pecho mientras él atravesaba la habitación.

La tela del vestido, todavía prendida alrededor de sus caderas, se recogió entre ambos hasta que Kenan alcanzó la cama y la dejó sentada en el borde sin apartar la boca de la suya.

Maia terminó de quitarle la camisa; abrió las manos sobre sus hombros y descendió hasta la cintura, demorándose en comprobar que aquel hombre, siempre tan dueño del espacio que ocupaba, podía quedarse quieto bajo sus manos.

Kenan no lo soportó durante mucho tiempo.

La recostó sobre el colchón y terminó de hacer descender el vestido por sus caderas, arrastrándolo a lo largo de sus piernas hasta dejarlo caer al suelo.

Su mirada siguió el recorrido de la tela y regresó despacio por la piel que había quedado al descubierto, deteniéndose en el encaje de su ropa interior antes de encontrar de nuevo sus ojos.

Kenan se inclinó sobre ella y la mano que recorrió su costado encontró el cierre del sujetador. Cuando la prenda dejó de interponerse, su boca sustituyó el roce de los dedos y el calor húmedo de su lengua sobre su pecho arrancó a Maia un gemido que no intentó contener.

Él se detuvo apenas, lo suficiente para mirarla.

La atención con la que recibió su reacción no contenía incertidumbre, sino la certeza de haber encontrado el modo exacto de hacerla perder el control.

Cuando volvió a acariciarla con la boca, Maia sostuvo sus ojos mientras el placer le contraía el vientre.

Hundió una mano en su cabello, reteniéndolo contra ella.

Pasó al otro pecho. Lo sostuvo en la palma antes de cerrar los labios sobre él y succionarlo con mayor firmeza. Maia arqueó la espalda, reclamando más contacto, y lo atrajo por la nuca para buscar su boca.

Kenan llegó a ella con la respiración ya alterada.

Maia le rozó el labio inferior con los dientes antes de abrirse bajo su boca, y él respondió profundizando el beso hasta empujarla aún más contra el colchón.

La lentitud con que había recorrido su cuerpo desapareció entre el calor de sus lenguas y el aire que ambos se disputaban.

Las manos de Maia descendieron por el torso de Kenan y se demoraron apenas en desabrocharle el cinturón antes de abrir el cierre del pantalón.

No llegó a hacerlo descender. Kenan abandonó su boca para besarle el cuello mientras sus dedos se deslizaban bajo el borde del encaje.

Tiró de la tela hasta hacerla avanzar por sus caderas y a lo largo de sus piernas; Maia levantó los pies para ayudarlo y la prenda quedó prendida un instante en uno de sus tobillos antes de caer sobre la alfombra.

Kenan no volvió a tocarla de inmediato.

Permaneció inclinado sobre ella, todavía vestido de cintura para abajo, mientras su mirada recorría sin prisa la piel que acababa de descubrir. La mano apoyada junto a su muslo se cerró despacio sobre la sábana antes de que volviera a mirarla a los ojos.

—Llevo días intentando no imaginarte así.

—¿Y te ha servido de algo?

—Mírame y decide.

Maia dejó que sus ojos descendieran entre ambos. El pantalón conservaba muy pocas pruebas a favor de su capacidad para resistirse.

—Parece que no —murmuró al volver a mirarlo.

La boca de Kenan borró la sonrisa que empezaba a formarse en sus labios.

Recorrió su cuerpo con las manos y con la boca, con la misma seguridad que había mostrado hasta entonces, aunque Maia comenzó a descubrir las pequeñas fisuras de aquel control que parecía inagotable.

Cuando lo atrajo para besarle el cuello y cerró los dientes con suavidad sobre su piel, la mano que él deslizaba por su cintura se detuvo.

Maia hizo descender después los dedos por su espalda y sintió cómo se le quebraba el aire junto al oído.

Maia empezó a buscar deliberadamente aquellas grietas. Necesitaba alcanzar al hombre que existía bajo la cortesía, la autoridad y aquella paciencia que tanto la había desesperado.

Kenan debió de comprenderlo. Le sujetó la muñeca y llevó la mano de Maia hasta su pecho, obligándola a sentir el latido acelerado bajo la palma.

—¿Esto es lo que querías saber?

Maia mantuvo la mano allí.

—Quería saber si también te estaba pasando a ti.

—Desde mucho antes de que me besaras.

La respuesta terminó con cualquier deseo de provocarlo. Maia lo atrajo hacia ella y Kenan tomó su boca con una urgencia que ya no intentaba dominar. Le sujetó la nuca mientras Maia le rodeaba el cuello con los brazos y respondía sin reservarse nada.

Kenan se acomodó entre sus muslos y apretó las caderas contra las de ella. La dureza de su cuerpo, todavía contenida por la ropa, quedó presionada contra Maia y aquel roce hizo que ambos interrumpieran el beso.

Cuando volvió a moverse, más despacio y con mayor presión, a Maia se le quebró el aire. Abrió las piernas para recibirlo, aunque la ropa de él siguiera impidiendo un contacto completo.

Kenan deslizó una mano desde su cintura hasta la cara interna del muslo. Sus dedos encontraron la humedad entre sus piernas y se movieron con una lentitud que contrastaba con la urgencia del beso. La primera presión de su pulgar hizo que Maia elevara las caderas en busca de más.

Apoyó la frente en la suya.

—Mírame.

La petición fue apenas un murmullo. Maia sostuvo sus ojos mientras él repetía la caricia, primero despacio y después con mayor firmeza. Kenan siguió los cambios de su respiración hasta encontrar el ritmo que la hizo aferrarse a sus hombros.

Maia trató de mantenerle la mirada, pero dejó de conseguirlo cuando el placer empezó a concentrarse bajo su mano. Cerró los ojos y movió las caderas, reclamando una presión que él aumentó de inmediato.

Kenan volvió a besarla sin abandonar aquella caricia. Uno de sus dedos se deslizó en su interior y el gemido de Maia se perdió contra su boca. Repitió el movimiento con mayor profundidad, atento a la forma en que su cuerpo cedía, hasta que añadió un segundo dedo.

El placer creció con rapidez. Maia acompañó con las caderas el ritmo de sus dedos, perdiendo el aliento cada vez que Kenan repetía aquella caricia más profunda.