Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La recepción terminó poco después de medianoche. Cuando algunos profesores propusieron continuar la velada en el bar del hotel, la delegación aceptó con más entusiasmo del que Maia esperaba después de tres días de actos y desplazamientos.

Barış le aseguró que no necesitaban nada. El bar estaba en la planta baja, todos llevaban la tarjeta de la habitación y Murat conocía el camino mejor que algunos empleados.

Maia hizo una última revisión de las mesas para asegurarse de que nadie hubiera olvidado nada.

Después se despidió y dejó que los demás continuaran hacia el bar; ya no tenía fuerzas para pasar otra hora sentada mientras tomaban una última copa.

Caminó hacia los ascensores procurando apoyar los pies de manera que los zapatos rozaran las ampollas lo menos posible.

Kenan no se había unido al grupo. Maia lo había visto hablando con Demir cerca de la salida y supuso que ambos se habían retirado.

El ascensor llegó vacío. Durante el trayecto, apoyó la espalda contra el espejo y cerró los ojos, agradecida por aquellos pocos segundos sin necesidad de mantenerse erguida.

Al abrirse las puertas, encontró el pasillo iluminado únicamente por las lámparas de las paredes; la moqueta amortiguó sus pasos y hasta el zumbido del ascensor desapareció al cerrarse tras ella.

Consiguió avanzar unos metros antes de rendirse. Se apoyó en la pared para quitarse los zapatos y el alivio inmediato dio paso al dolor punzante de la piel liberada de la presión. Permaneció quieta unos segundos, hundiendo los dedos en la suavidad de la moqueta, y después continuó descalza.

Llevaba los zapatos sujetos por los tacones mientras buscaba la tarjeta en el pequeño bolso de fiesta. Se había deslizado hasta el fondo, entre las demás cosas, y Maia siguió caminando con la cabeza baja mientras intentaba alcanzarla.

Al doblar la esquina, chocó contra alguien que avanzaba en dirección contraria.

Los zapatos cayeron sobre la moqueta y el bolso se le escapó de las manos, esparciendo su contenido por el pasillo. Maia retrocedió por reflejo y se llevó una mano al pecho, pero, al dar el paso atrás, pisó el tacón de uno de los zapatos caídos.

—¡ Kahretsin !

El dolor le hizo levantar el pie de golpe y terminó de arrebatarle el equilibrio.

Kenan la sujetó por la cintura antes de que llegara a caer.

—¿Te has hecho daño?

La voz hizo que reconociera a Kenan antes incluso de levantar la cabeza. Maia cerró los ojos durante un instante: de todos los posibles testigos ante los que podía haber elegido maldecir en turco, tenía que ser él.

Cuando volvió a abrirlos, descubrió que Kenan estaba conteniendo una sonrisa.

—¿El español se te queda corto para maldecir o reservas el turco para cuando te derrota tu propio calzado?

—Suelo cambiar de idioma cuando prefiero que nadie entienda lo que estoy diciendo. Hasta ahora me había funcionado.

—Quizá deberías revisar el método cuando estás rodeada de turcos.

Maia buscó una réplica, pero entonces reparó en que el brazo de Kenan continuaba alrededor de su cintura. Él pareció advertirlo al mismo tiempo y aflojó la mano, aunque no se apartó hasta comprobar que podía sostenerse sin ayuda.

—¿Estás bien?

—Lo estaré en cuanto deje de pisar mis propios zapatos.

Kenan bajó la vista hacia sus pies.

—¿Has subido descalza desde la recepción?

—No. He esperado a salir del ascensor para abandonar toda dignidad.

—La dignidad ha caído antes que el bolso.

Maia volvió la cabeza hacia el zapato.

—Acércame ese tacón y atrévete a repetirlo.

A Kenan se le escapó una risa baja antes de agacharse para recoger el zapato. Sin embargo, la diversión se desvaneció cuando, desde aquella posición, reparó en las tiritas que asomaban sobre los talones de Maia, arrugadas después de varias horas dentro del calzado.

—Deberías haber subido antes.

Maia no tenía energía para explicarle que no podía abandonar una recepción mientras siguiera siendo responsable de la delegación. Kenan dejó el zapato junto al otro y comenzó a recoger las cosas esparcidas por la moqueta. Ella se agachó también.

—Puedo hacerlo sola.

—Lo sé.

Aun así, recogió la cartera que había quedado junto a la pared y alcanzó el pintalabios antes que ella. Maia guardó el teléfono, los pañuelos y un pequeño espejo. Cuando ambos intentaron coger la tarjeta de la habitación, sus manos se encontraron sobre la moqueta.

Los dedos de Kenan permanecieron inmóviles bajo los suyos.

Él tenía una rodilla apoyada en el suelo y la chaqueta abierta.

Desde aquella distancia, su perfume llegaba hasta ella con más intensidad: limpio y oscuro a la vez, con un fondo amaderado que parecía conservar el calor de su piel.

Maia habría podido retirar la mano de inmediato, pero no lo hizo.

Durante un segundo excesivamente largo, ninguno pareció recordar por qué se habían agachado.

Kenan levantó la vista. La penumbra borraba parte de su expresión, aunque no la pregunta implícita en su forma de mirarla. Maia retiró la mano antes de verse obligada a responderla.

Él recogió la tarjeta y se puso en pie. Maia cerró el bolso antes de incorporarse, pero el cansancio y el dolor de los pies la obligaron a hacerlo con menos agilidad de la que habría deseado. Kenan extendió una mano y ella la aceptó.

El impulso la dejó más cerca de lo necesario. Sin los tacones, la diferencia de altura era mayor y Maia tuvo que levantar el rostro para mirarlo. Kenan no soltó su mano.

Desde una habitación distante llegó el sonido apagado de un televisor; después, el silencio volvió a extenderse entre ellos.

El pulgar de Kenan descansaba junto a la cara interna de su muñeca.

No llegó a acariciarla, pero permaneció sobre un punto donde el pulso debía de resultar demasiado fácil de sentir.

Maia notó que la presión de sus dedos cambiaba apenas, como si aquella aceleración confirmara algo que él necesitaba saber.

—Creía que ibas al bar con los demás —dijo ella.

—He acompañado a Demir a su habitación. Estaba regresando a la mía.

Kenan descendió la vista hacia su boca. Fue un movimiento breve, desprovisto de cualquier intento de disimulo, y bastó para que Maia dejara de pensar en el dolor de los pies, en la hora y en la tarjeta que él sostenía en la otra mano.

Entonces la soltó.

La ausencia del contacto se extendió por su brazo como si acabara de apartarse mucho más que unos centímetros.

—Tu habitación está por allí —dijo Kenan, indicando el pasillo con la tarjeta.

Maia miró en la dirección contraria a la que había estado caminando y cerró los ojos un instante.

—Había tomado el camino equivocado.

Una sonrisa apareció despacio en el rostro de Kenan.

—Eso explica el choque.

Se agachó para recoger los zapatos y se los ofreció. Maia los tomó por los tacones, procurando que sus dedos no volvieran a encontrarse.

Caminaron juntos hasta su habitación. La moqueta estaba fresca bajo los pies y Kenan adaptó el paso al suyo sin hacer ningún comentario.

Al llegar, acercó la tarjeta al lector. La luz cambió de rojo a verde y la cerradura cedió con un chasquido.

Maia apoyó una mano sobre la manilla, pero no abrió.

Kenan había retrocedido ya medio paso, devolviéndole el espacio que el choque les había quitado y cumpliendo con la decisión que, unas horas antes, ella misma le había exigido respetar.

—Siempre haces eso —dijo Maia.

Kenan se detuvo.

—¿Qué?

—Acercarte hasta que soy consciente de que estás ahí y apartarte justo después.

—Esta vez tú me has pedido que lo haga.

—Lo sé.

La puerta continuaba cerrada bajo su mano. Maia conocía todas las razones por las que debía bajar la manilla, entrar y dar las buenas noches. Sin embargo, continuó frente a él.

Kenan apoyó una mano en la pared, no para cerrarle el paso, sino como si necesitara sujetarse a algo que no fuera ella.

—Maia…

Su nombre llegó en voz baja, alterado por una advertencia que también podía ser una pregunta. Él no avanzó ni intentó tocarla; después de tres días empujándola a reconocer cuanto prefería callar, le dejaba aquella decisión por completo.

Si se permitía pensarlo, encontraría una forma de huir.

Por eso no pensó.

Soltó los zapatos, lo sujetó por las solapas de la chaqueta y lo besó.

La sorpresa de él duró un instante. Después, su brazo le rodeó la cintura y la atrajo con una fuerza que le arrancó el aire.

La otra mano se hundió en su cabello.

Kenan la besó con toda la impaciencia que había ocultado bajo conversaciones medidas, tratamientos formales y distancias prudentes. Solo vaciló antes de estrecharla por completo contra su cuerpo, concediéndole un último margen para arrepentirse.

Maia terminó de eliminarlo.

Tiró de su chaqueta y se pegó a él hasta sentir la dureza de su pecho, el calor acumulado bajo la ropa y la reacción inmediata que el beso había provocado en su cuerpo.

Kenan dejó escapar el aire contra su boca.

Aquel sonido casi inaudible, más cercano a una rendición que a un suspiro, hizo que Maia volviera a besarlo con mayor intensidad.

Retrocedió hasta que la puerta le cortó el paso.

Los zapatos quedaron olvidados sobre la moqueta y el bolso quedó colgando de su muñeca.

Kenan le sostuvo la nuca mientras profundizaba el beso; su pulgar se deslizó bajo la mandíbula de Maia y la caricia, inesperadamente lenta en medio de aquella urgencia, le produjo un estremecimiento.

Él lo sintió.

Se apartó solo lo necesario para mirarla, con la respiración alterada. Maia no supo si pretendía comprobar que seguía segura o reunir voluntad para detenerse. Ninguna de las dos posibilidades le resultó soportable.

—No se te ocurra apartarte —amenazó.

Algo terminó de quebrarse en la expresión de Kenan.

—No pensaba hacerlo.

Volvió a besarla antes de que Maia pudiera recuperar el aire.

Su boca abandonó después la de ella y recorrió la línea de la mandíbula hasta alcanzar el cuello.

Maia inclinó la cabeza sin pensar, ofreciéndole más espacio, y sintió cómo sus labios se demoraban en el lugar donde el pulso golpeaba con mayor fuerza.