Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El taxi se detuvo frente al Ercilla cuando faltaban poco más de treinta minutos para la videoconferencia.

Barış pagó al conductor y salió primero.

Maia descendió con cuidado, apoyando un pie en la acera antes de confiarle todo el peso.

Después de varias horas caminando con tacones, las plantas le ardían y notaba el roce de una ampolla en cada talón.

—Deberías haberte quitado esos zapatos antes —dijo Barış.

—Lo hice. En casa de Elvira.

La respuesta atrajo la atención de Kenan hacia sus pies y, por extensión, hacia la escena que ambos parecían empeñados en no mencionar. Su expresión volvió a cerrarse.

Barış caminó hacia la entrada del hotel sin esperarlos.

—Tengo que conectarme en media hora —dijo Kenan.

—Lo sé —respondió Maia.

Esperó unos instantes por si añadía algo: una explicación por la brusquedad con que había decidido marcharse o cualquier señal de que los kilómetros de silencio del taxi no habían sido una invención suya. Kenan se limitó a sostenerle la puerta.

Barış los esperaba junto a los ascensores. Cuando llegaron, pulsó el botón de su planta y luego miró a Kenan.

—Subiré contigo. Tengo que enviarte las notas de la reunión antes de que empieces.

Kenan asintió. Maia seleccionó el piso de su habitación.

—¿Vas a descansar? —preguntó Barış.

—Voy a intentar recuperar la capacidad de caminar.

—La ruta ha sido idea tuya —le recordó Barış—. Yo habría aceptado un taxi después de los primeros dos kilómetros.

—Tú estabas encantado con el paseo.

—Porque no sabía que pensabas enseñarnos Bilbao entero antes de comer.

El ascensor llegó a la planta que compartían con el resto de la delegación. Los tres salieron y avanzaron juntos hasta la habitación de Maia; Kenan y Barış debían continuar unos metros más.

Maia sacó la tarjeta del bolso.

—Nos vemos abajo.

—Después de la videoconferencia intentaré descansar un poco —dijo Kenan.

La explicación no era necesaria, pero Maia entendió que volvía a ofrecerle el motivo oficial de su prisa por abandonar la casa de Elvira.

—Entonces no os entretengo.

Barış se despidió con una mano y continuó por el pasillo. Kenan permaneció frente a ella el tiempo suficiente para que la explicación sobre su horario volviera a pesar entre ambos.

—Hasta esta noche, señorita Madinabeitia.

Maia alzó el mentón con una dignidad desmesurada, aunque la risa ya le bailaba en los ojos.

—Gracias por la comida, señor Gökalp. Y ahora no lo entretengo más. Después de una salida tan precipitada, espero que los treinta minutos que le sobran sean suficientes para recorrer el resto del pasillo.

Kenan abrió la boca, pero Maia entró en la habitación y cerró la puerta con suavidad antes de que consiguiera responder.

Al otro lado, la pose le duró apenas un segundo. La diversión contenida terminó por abrirse paso y Maia tuvo que taparse la boca para contener la risa. Imaginarlo todavía en el pasillo, derrotado por treinta minutos y unos pocos metros de moqueta, no ayudó.

La habitación estaba en penumbra y conservaba el orden apresurado con que Maia la había dejado aquella mañana.

Sobre el escritorio se acumulaban el programa de las jornadas, la documentación de la Cámara de Comercio y las notas utilizadas durante la entrevista.

Dejó el bolso en una silla y escribió a Elvira para avisarle de que habían llegado al hotel. Después se quitó los zapatos antes de alcanzar el baño.

El alivio fue inmediato y doloroso. Tenía la piel enrojecida bajo los dedos y dos ampollas bien definidas en los talones. Encontró unas tiritas en el neceser, pero antes se metió en la ducha y dejó que el agua templada le cayera sobre los hombros.

Bajo el agua, la risa fue cediendo al recuerdo de la pausa de Kenan en el umbral y del espacio que había dejado entre ambos en el taxi. La videoconferencia era real; aquella urgencia, no del todo.

Tampoco hacía falta demasiada imaginación para comprender lo que había visto desde la puerta: Saim sentado en el suelo frente a ella y Maia descalza y sonriente en la silla. Todo lo demás —la conversación y los años de confianza entre ambos— había quedado fuera de la escena.

Maia alzó la cabeza y abrió un espacio en el espejo empañado con la palma. Tenía el cabello húmedo pegado a las sienes, el cansancio marcado bajo los ojos y un resto de sonrisa que aún no había desaparecido.

La reacción de Kenan no la halagaba. Que algo le hubiera molestado no le concedía derecho a castigarla con silencios ni a obligarla a adivinar acusaciones que no se atrevía a formular.

La única parte difícil de ignorar era otra: por mucho que ambos insistieran en mantener las distancias, ninguno parecía estar consiguiéndolo.

Cerró el agua, se secó y atendió las ampollas antes de ponerse una camiseta ancha. Después cerró las cortinas, programó una alarma con tiempo suficiente para arreglarse y se tumbó sobre la cama.

El cansancio acumulado durante los últimos días se impuso con rapidez. Antes de dormirse, sin embargo, una certeza volvió a abrirse paso: podían seguir fingiendo que nada había cambiado, pero aquella distancia empezaba a exigirles un esfuerzo que ninguno de los dos sabía disimular.

La alarma la despertó casi dos horas después.

Durante unos segundos no supo en qué habitación se encontraba ni por qué estaba a oscuras. Después recordó que había cerrado las cortinas, recordó el cóctel y se incorporó.

Había dormido sobre la colcha y tenía una marca de la almohada en la mejilla. Los pies seguían doloridos, aunque las ampollas cubiertas por las tiritas permitían apoyar el peso sin que el roce resultara insoportable.

No había llevado a Bilbao varios conjuntos de noche, de modo que repitió el vestido de la víspera y reforzó las tiritas de los talones con esparadrapo antes de calzarse los mismos zapatos.

Cambió los pendientes, se recogió el cabello de otra forma y se maquilló con más cuidado para disimular las ojeras que la siesta no había borrado.

Si alguien reparaba en el vestido, probablemente sería porque también repetía el suyo.

Cuando bajó, el cóctel acababa de comenzar.

El salón del hotel había sido preparado para una recepción de pie.

Varias mesas altas ocupaban el espacio frente a la plataforma de los músicos y los camareros circulaban entre los primeros grupos.

En un lateral habían dispuesto algunas sillas; la cantante de la víspera repasaba el repertorio con el pianista.

Maia reconoció buena parte del vestuario de la noche anterior.

Los profesores habían cambiado corbatas, pañuelos o accesorios, pero nadie parecía haber llenado la maleta con ropa de gala para cada jornada.

Kenan había sustituido el esmoquin por otro traje oscuro y hablaba con Barış y varios miembros de la delegación.

Apenas tuvo tiempo de acercarse. Elvira entró acompañada por la familia, incluida Zeynep, a quien finalmente había permitido asistir después de comprobar que ya no tenía fiebre. Ezel llevaba a Defne de la mano y Saim caminaba junto a Begoña, atento al movimiento de los invitados.

Defne fue la primera en descubrir a Maia. Soltó la mano de su padre y corrió hacia ella.

—¡Maia abla !

Maia se agachó para recibirla y la niña le rodeó el cuello. Después saludó a Begoña con un beso en cada mejilla y le ofreció el brazo.

—Ven, amama . Han puesto unas sillas aquí.

—No necesito que me lleves como si tuviera noventa años.

—Entonces deja de caminar como si quisieras atropellar a todo el mundo con el bolso.

Begoña resopló, aunque aceptó su ayuda para abrirse paso. Maia la acompañó hasta una silla y le acercó una mesa auxiliar donde pudiera dejar el bolso y la copa.

Saim llegó junto a ellas y bajó la vista hacia los pies de Maia.

—Te has puesto otra vez los tacones.

—Había pensado bajar con zapatillas de deporte, pero no estaba segura de que nadie entendiera el conjunto.

Saim se rio. Barış, que se encontraba lo bastante cerca para oírlos, examinó los zapatos con fingida seriedad.

—La delegación agradece tu sacrificio —dijo Barış.

Elvira había empezado a saludar. Se detuvo con los profesores y continuó después hacia Kenan, quien se inclinó para agradecerle de nuevo que los hubiera recibido aquella tarde. Zeynep y Ezel se unieron a ellos poco después, mientras Saim permanecía junto a Maia y su abuela.

—¿Qué le está diciendo? —preguntó Begoña.

—Le está dando las gracias a Elvira por la merienda.

—Pues dile que no tenía que marcharse tan deprisa. En una casa siempre hay sitio para uno más.

—Puedes decírselo tú cuando venga.

—Para eso estás tú aquí, que has estudiado tanto.

Maia aceptó la derrota. Cuando Kenan se acercó a saludar a Begoña, trasladó el comentario al turco.

—Dice que no deberías haberte marchado tan pronto y que en su casa siempre habrá sitio para ti.

Maia dejó transcurrir una pausa impecablemente profesional antes de añadir:

—También le ha impresionado tu rapidez para huir de un incendio que nadie más había visto.

Los ojos de Kenan se iluminaron con una respuesta que, a juzgar por el esfuerzo que le costó contenerla delante de Begoña, no debía de ser apta para traducir.

—No ha dicho eso.

—He interpretado el sentido general.

—Con una libertad admirable.

—Para eso he estudiado tanto.

Kenan levantó discretamente dos dedos entre ambos. El pasillo y el incendio. Después los cerró despacio contra la palma, como si acabara de anotar una deuda que pensaba cobrar.

Elvira lo reclamó antes de que Maia pudiera decidir cuánto debía preocuparle aquel gesto. Kenan se alejó para saludar a un representante del rectorado y el grupo volvió a dispersarse.

Para cuando los músicos ocuparon sus lugares, Maia había regresado junto a Begoña. Zeynep se acercó con dos vasos de agua y ocupó la silla libre a su lado, agradecida por la oportunidad de sentarse sin que Elvira volviera a preguntarle si se encontraba bien.

Defne apareció entre las mesas cuando el pianista inició los primeros acordes. Se detuvo frente a Maia y apoyó ambas manos sobre sus rodillas.

—¿Qué quieres?