CAPÍTULO 14 #3
—Te sienta bien ser intérprete.
—Llevo dos días haciéndolo.
—Y hablando de ello como si te hubieran obligado a desactivar una bomba. Mi madre, Zeynep y Barış dicen que lo has hecho bien.
—Eso no significa que deba dedicarme a ello.
—Significa que puedes hacerlo. Es lo que llevo años intentando que entiendas.
Con Saim nunca había necesitado disimular el miedo a no estar a la altura. Él la había visto estudiar durante horas y renunciar a oportunidades antes de que nadie pudiera rechazarla.
—Hablar idiomas no es lo mismo que interpretar. Un error delante de doscientas personas o en una reunión puede cambiar el sentido de todo.
—Por eso te preparas y haces preguntas hasta que los demás empiezan a temerte. Siempre piensas que te falta otro curso, otro título o más experiencia. Nunca ibas a sentirte preparada antes de hacerlo por primera vez.
Maia miró la fotografía familiar de la estantería.
—Ha sido agotador, pero distinto de lo que imaginaba.
—¿Te ha gustado?
Recordó la concentración dentro de la cabina, el instante en que había dejado de pensar en sí misma y solo existía la voz que debía trasladar.
—Sí. Creo que sí.
Decirlo en voz alta transformó aquellos dos días. El cansancio y la improvisación seguían ahí, pero ya no bastaban para explicar la intensidad con que había vivido cada intervención.
Saim asintió sin exhibir la satisfacción de quien llevaba años esperando aquella respuesta.
—Entonces no lo conviertas en algo que hiciste una vez porque alguien te empujó. Cuando termine el contrato, piensa si quieres volver a hacerlo.
Defne llamó a Maia desde el salón.
—Tu arquitecta te reclama.
—Porque la casa se habrá caído.
—Habrá intentado seguir tus instrucciones.
Maia le dio un golpe suave con la punta del pie descalzo. Saim atrapó el pie entre las manos y lo apartó entre risas.
—Deja de atacarme y vuelve con tu arquitecta.
Desde el salón llegó la voz de Defne reclamándola otra vez y, casi al mismo tiempo, unos pasos se detuvieron al otro lado del pasillo.
La puerta se entreabrió tras un golpe discreto.
—Perdón —dijo Kenan desde el umbral—. Tenemos que regresar al hotel. Han adelantado la videoconferencia.
Desde la puerta, Maia debía de parecer descalza y sonriente en la silla, mientras Saim permanecía sentado en el suelo frente a ella.
Saim se levantó sin prestar más atención a la interrupción. Maia hizo lo mismo y él colocó la silla bajo el escritorio antes de regresar al salón. Para Saim no había ocurrido nada; a ella le costó unos segundos seguirlo.
Cuando entraron, Kenan ya se había puesto la chaqueta y Barış consultaba un mensaje en el teléfono.
El motivo era razonable; el momento elegido impedía que Maia lo aceptara sin más.
La abuela protestó porque no podían dejar marchar tan pronto a aquellos chicos tan simpáticos. Cuando Elvira tradujo el comentario, ambos agradecieron el cumplido con una inclinación de cabeza, aunque Kenan no se quitó la chaqueta.
Elvira recordó que volverían a verse aquella noche en el cóctel de despedida del Ercilla. Ezel y Defne asistirían, y la abuela también se había dejado convencer. Zeynep levantó una mano desde el sofá y prometió estar recuperada, aunque su madre dejó claro que antes le tomaría la temperatura.
Durante las despedidas, Maia recogió el bolso y los tacones.
—Os acompaño al hotel.
—Quédate, Maia. No es necesario —dijo Kenan.
La voz fue serena, pero ella reconoció una tirantez que no estaba allí antes de que abriera la puerta del dormitorio.
—Sigo trabajando para la delegación.
—Barış y yo podemos llegar solos.
—No he dicho que no podáis.
Maia se calzó apoyándose en la pared. Saim miró de ella a Kenan, como si intentara averiguar qué se había perdido.
—Volveremos a vernos esta noche —le recordó Maia.
—Lo sé. Llegaré con ellos —respondió Saim.
Elvira le entregó a Maia la chaqueta y le pidió que escribiera cuando alcanzaran el hotel. Kenan mantuvo intacta la cortesía hasta cruzar la puerta.
Bajaron en silencio. Barış permaneció junto al panel del ascensor, concentrado en un mensaje que difícilmente podía requerir tanta atención, mientras Maia volvía a recordar la pausa de Kenan antes de disculparse.
En la calle, Barış pidió un taxi y Kenan consultó la hora.
—¿A qué hora es la videoconferencia? —preguntó Maia.
—Dentro de cuarenta minutos.
La llamada existía. Eso no aclaraba si era el único motivo de la marcha.
Barış ocupó el asiento delantero. Maia subió detrás y Kenan se acomodó junto a la ventanilla opuesta, dejando libre el centro del asiento.
Durante los primeros minutos solo se oyeron las indicaciones del navegador y el roce de los neumáticos contra el asfalto húmedo. Kenan sostenía el teléfono, aunque no llegó a consultar la pantalla.
Maia podía explicarle que Saim era prácticamente un hermano y que aquella mano alrededor de su tobillo no había significado nada.
Sin embargo, él no había pedido explicaciones, y ofrecérselas convertiría la escena en algo importante; peor aún, revelaría cuánto le importaba a ella la interpretación que hubiera hecho.
Guardó silencio.
Él también.