CAPÍTULO 14 #2
Maia dejó la caja justo a tiempo para recibirla. Hacía años que Defne había aprendido a añadir aquel abla afectuoso a su nombre, imitando a los adultos de la familia.
La niña le rodeó el cuello y ella cerró los ojos al abrazarla, olvidándose de los tacones, del cansancio y de los tres hombres que acababan de entrar detrás.
—Mírate. Te has hecho enorme.
Defne sonrió de oreja a oreja para mostrarle el hueco que había dejado uno de sus dientes delanteros y volvió a abrazarla. A sus seis años, parecía considerar aquella ausencia el acontecimiento más importante de la tarde. Ezel aguardó a que la niña la soltara.
—A mí también puedes saludarme.
El abrazo que Maia le dio fue menos espectacular que el de Saim en la plaza, pero igual de afectuoso.
—Podríais haber avisado.
—Entonces no habría sido una sorpresa.
Después de saludar a Ezel, Maia oyó pasos lentos desde el comedor.
—¡ Amama!
Begoña, la madre de Elvira, apareció detrás de ella. Abrió los brazos al ver a Maia y la recibió con un torrente de palabras en euskera.
—Ya era hora de que vinieras a verme —la reprendió en euskera—. Tienen que encontrarte mis nietos por la calle.
—Llegué ayer y estoy trabajando.
—Siempre estás trabajando.
La abuela le acarició la cara y después saludó a Kenan y Barış con ayuda de Elvira. Kenan agradeció que los recibiera sin previo aviso.
—Dice que esta también es vuestra casa —tradujo Elvira.
—Y que os sentéis antes de que se enfríe el café —añadió Maia.
Conocía bien el orden de prioridades de la abuela. La mujer señaló el comedor para demostrar que Maia había traducido correctamente y después tomó a Barış del brazo, como si temiera que uno de los invitados pudiera escapar antes de probar los pasteles.
Elvira amplió la merienda con queso, fruta y varias preparaciones que, según ella, ya estaban hechas. Barış renunció pronto a recordar que acababan de comer; Kenan ni siquiera lo intentó.
Kenan probó uno de los bollos de mantequilla y elogió su sabor con suficiente convicción para que la abuela aceptara el comentario cuando Elvira se lo tradujo. No parecía incómodo por haber entrado sin aviso en una reunión familiar ni trataba de convertir su presencia en el centro de ella.
Después preguntó a Zeynep por su salud y le aseguró que la delegación había preguntado por ella.
—He oído que encontrasteis una sustituta —dijo Zeynep.
—Muy eficiente. No nos ha permitido llegar tarde, perder una carpeta ni modificar un horario sin presentar antes una reclamación.
—Alguien tenía que intentarlo —respondió Maia.
Después, Kenan les preguntó a Saim y Ezel en qué parte de Turquía vivían y a qué se dedicaban.
Escuchó sus historias sobre los veranos en Çeşme sin conducir la conversación hacia su trabajo ni convertir su apellido en el centro de la reunión.
Incluía a Barış y se detenía cuando Elvira necesitaba traducir para su madre.
Los hermanos bromearon con que, en su familia, la falta de espacio nunca había impedido alojar a alguien más en casa. Kenan conocía bien aquella costumbre y aceptó las bromas de Saim con la misma tranquilidad con que había soportado las de Maia durante la comida.
Aquello desconcertó a Maia más que verlo desenvolverse entre autoridades y profesores. En casa de Elvira no tenía un programa que dominar ni un cargo que lo protegiera, y aun así parecía cómodo escuchando a personas a las que acababa de conocer.
Maia sorprendió a Zeynep observándolo desde el sofá. Poco después, su teléfono, que había dejado junto al plato, vibró.
Zeynep: Lo que te dije. Encantador de serpientes.
La expresión satisfecha de su amiga confirmó que esperaba una respuesta. Maia recogió el teléfono y escribió con él oculto bajo la mesa.
Maia: No empieces.
Zeynep disimuló la sonrisa tras la taza. Kenan advirtió el intercambio, aunque continuó hablando con Ezel.
Defne apareció con una caja de piezas de colores.
—¿Juegas conmigo?
Maia se quitó los zapatos y dejó que la niña la condujera hasta la alfombra. El alivio fue inmediato. Se sentó con las piernas cruzadas y empezó a reforzar la casa de tres plantas, piscina y habitación para animales que Defne pretendía construir.
La base apenas sostenía dos paredes desiguales, pero Defne rechazó cualquier propuesta que redujera la altura o eliminara la piscina. Maia buscó piezas del mismo tamaño y aceptó que la arquitectura debía ceder ante prioridades más importantes.
Las conversaciones continuaban en turco y español. Maia participaba de vez en cuando, pero Defne recuperaba enseguida su atención tirándole de la manga.
En una de esas ocasiones, Maia vio que Elvira había seguido la mirada de Kenan hasta la alfombra. Su ceño fruncido le recordó la advertencia de aquella mañana.
Saim se acercó poco después.
—Necesito robarte a Maia un momento.
Defne abrazó el brazo de Maia.
—Saim amca , estamos haciendo una casa.
—Te la devolveré antes de que se caiga.
—No se va a caer.
Saim tuvo la prudencia de no opinar. Maia lo siguió por el pasillo, dejando atrás el murmullo de las conversaciones.
La antigua habitación de Saim conservaba algunos libros en turco, una fotografía familiar y un pequeño barco de madera. La maleta abierta junto a la cama demostraba que había recuperado el espacio nada más llegar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Maia.
—Nada malo. Siéntate.
Maia se sentó en la silla del escritorio. Saim apartó la maleta y se acomodó en el suelo frente a ella.