Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Al salir del restaurante, Maia anunció que el café correría por su cuenta.

—Es lo mínimo que puedo hacer después de esta comida.

—No tienes que compensar nada —dijo Kenan.

—No intento compensarlo. Quiero pagar tres cafés sin que nadie organice una conspiración a mis espaldas.

Echó a andar antes de que él pudiera objetar y los condujo hasta una terraza de la Plaza Nueva. El cielo se había despejado y la luz de la tarde alcanzaba las mesas bajo los soportales. Maia ya no tenía que traducir, consultar un programa ni calcular el siguiente horario.

Avanzaron por el Casco Viejo a un ritmo más lento.

El agua aún brillaba entre las juntas de las losas y las terrazas volvían a llenarse bajo los claros.

Después del ambiente recogido del restaurante, el ruido de las conversaciones devolvió a Maia la sensación de estar en una ciudad y no en otra extensión de las jornadas.

Escogió una mesa desde la que podían ver el rectángulo de la plaza sin quedar en medio del tránsito. Barış dejó el teléfono boca abajo.

Al sentarse, Maia deslizó los pies hacia delante para aliviar la presión de los tacones. Barış hizo lo mismo.

—No vuelvas a dudar de mis zapatos.

—No volveré a dudar de nada que afirmes mientras lleves tacones.

Kenan observó a ambos.

—Tampoco ha sido una prueba tan extrema.

Maia dirigió la mirada hacia sus pies.

—Lo dice el hombre cuyo calzado probablemente cueste más que mi sueldo mensual.

Kenan bajó la vista hacia ellos.

—Al menos mis zapatos no intentan matarme.

—Por ese precio, sería de muy mal gusto.

Barış dejó escapar una carcajada.

Maia pidió los cafés y dejó claro que la cuenta debía entregársela a ella. Acababan de servirlos cuando alguien gritó su nombre desde el otro extremo de la plaza.

Volvió la cabeza. Tardó un segundo en reconocer al hombre que avanzaba entre las mesas, cegada por el sol. Después distinguió su forma de caminar, la sonrisa y la caja de pasteles sujeta con un cordel.

—¡Saim!

Se levantó con tanta rapidez que golpeó la mesa con la rodilla. Saim dejó la caja en una mesa desocupada, la abrazó por la cintura y la levantó del suelo.

—¡Bájame! ¡Llevo tacones!

Él la hizo girar antes de obedecer. Cuando Maia recuperó el equilibrio, volvió a abrazarlo con los pies firmes sobre las losas. El cariño con que hundió la cara contra su hombro dejó inmóviles a Kenan y Barış.

Saim conservaba el mismo modo ruidoso de ocupar el espacio y la misma facilidad para convertir meses de ausencia en una interrupción sin importancia. Maia se separó lo suficiente para mirarlo y volvió a sonreír al comprobar que apenas había cambiado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó en turco al separarse—. ¿Y qué llevas en esa caja?

—Una misión de vital importancia. Mi abuela ha ido a merendar a casa de mi madre y exige sus bollos de mantequilla. También llevo carolinas porque Ezel afirma que su hija no puede venir a Bilbao sin probarlas.

—¿Ezel y la niña están aquí?

—Llegamos los tres esta mañana. Están en casa con mi madre y Zeynep.

—Elvira no me había dicho nada.

—Nosotros tampoco la avisamos hasta que estábamos de camino.

Saim recuperó la caja y Maia lo condujo hasta la mesa para presentarlos. Kenan y Barış seguían sentados, observando con expresiones distintas aquel reencuentro que había irrumpido en la tranquilidad del café.

—Él es Saim, uno de los hermanos de Zeynep. Nos conocemos desde hace años.

Saim estrechó primero la mano de Barış. Al oír el nombre de Kenan, lo reconoció sin necesidad de más explicaciones.

—Mi madre nos ha hablado de las jornadas.

—Encantado de conocerte —respondió Kenan.

No había frialdad en su cortesía, aunque tampoco la facilidad con que había participado en las bromas del almuerzo.

La cordialidad de Saim fue irreprochable, aunque al terminar las presentaciones volvió a pasar un brazo por los hombros de Maia con una familiaridad adquirida muchos años atrás.

—¿Estás trabajando con ellos?

—Sustituyo a Zeynep como intérprete hasta que terminen las jornadas.

—Entonces tendremos que esperar para secuestrarte.

—El lunes quedo libre.

Barış acercó la silla desocupada. Saim aceptó un café y preguntó a Maia cuánto hacía que no veía a Defne.

—Demasiado. Solo os acordáis de mandarme fotos una vez cada seis meses.

—Puedes quejarte esta tarde. Ven a casa.

Maia miró hacia Kenan y Barış para recordarle que todavía estaba trabajando. Saim comprendió de inmediato.

—Venid los tres, por supuesto. Mi madre no me perdonaría que dejara marchar a dos invitados turcos sin ofrecerles café y algo de comer.

—Acabamos de hacer ambas cosas —señaló Barış.

—Eso no tiene ninguna importancia para mi madre. Encontrará algo que no hayáis comido —dijo Saim—. También está allí mi abuela. Si sabe que estabas en Bilbao y no has ido a verla, tendremos problemas los dos.

Maia miró a Kenan, sin decidir por ellos cómo emplearían la tarde.

—No sé qué planes tenéis después del café.

—Ninguno que no podamos cambiar —respondió él.

Saim aceptó la respuesta y, cuando llegó su café, preguntó cómo había terminado Maia ocupando el puesto de Zeynep. Ella le resumió la conferencia improvisada y el contrato que había aceptado después.

—Le cuesta aceptar que no puede controlarlo todo —dijo Saim—, pero tiene un problema bastante serio con la palabra «no».

Kenan tomó la taza.

—Yo la he oído pronunciarla con bastante firmeza en varias ocasiones.

Barış bebió para ocultar una sonrisa. Maia sintió calor en las mejillas y se concentró en la cucharilla.

Saim miró primero a Kenan y después a ella. No conocía el contexto, pero comprendió que había rozado una conversación privada.

—Entonces quizá el problema no sea la palabra, sino a quién se la dice.

—¿No tenías prisa por volver con los pasteles? —preguntó Maia.

Saim sonrió y cambió de tema. Preguntó por las jornadas y conversó con Kenan y Barış sobre las becas, la sidrería y la reunión de aquella mañana. Los incorporó a la charla sin dejar de tratar a Maia con la confianza de siempre.

Kenan explicó que las primeras becas estarían vinculadas a la colaboración con la universidad y que esperaban ampliar el programa si funcionaba.

—Mi madre estará encantada —dijo Saim—. Lleva años afirmando que las relaciones entre ambos países no deberían depender solo de acuerdos comerciales.

—En eso coincidimos.

La respuesta abrió un terreno común. Saim dejó de hablar como quien había encontrado a una amiga por casualidad y empezó a comportarse como el anfitrión que ya había decidido llevarlos a casa.

Cuando Barış mencionó la visita guiada, Saim quiso saber qué les había enseñado.

—Los he hecho caminar durante dos horas y ahora intentan presentarlo como una actividad cultural —dijo Maia.

—Con información limitada, pero mucho entusiasmo —añadió Barış.

Kenan describió la Alhóndiga como el único edificio sobre el que su guía había sabido contarles algo. Maia protestó, pero Saim aprovechó la acusación para recomendarles varios lugares que deberían visitar si regresaban a Bilbao con más tiempo.

—¿Tu abuela también vive aquí? —preguntó Barış.

—Ahora pasa unos días en casa de mi madre, pero es de Mundaka —explicó Saim—. La familia paterna de Maia también procede de allí. Cuando nuestras abuelas descubrieron la coincidencia, la mía decidió que Maia le pertenecía un poco.

—No me opuse.

—Nadie se opone a mi abuela cuando decide adoptar a alguien.

Saim consultó la hora y trasladó la caja a la sombra.

—Deberíamos irnos antes de que se derritan las carolinas.

Maia pidió la cuenta. Saim intentó sacar la cartera, pero ella lo detuvo.

—Has llegado antes de que la pidiera. Ahora formas parte de ella.

Kenan no intervino, respetando el único pago que Maia había conseguido imponer aquella tarde.

Los tacones volvieron a molestar a Maia en cuanto se levantó. Saim ofreció pedir un taxi, pero ella aseguró que podían recorrer a pie los quince minutos hasta la casa de Elvira. Kenan miró sus zapatos y no insistió.

Durante el trayecto, Saim ajustó el paso al de los demás y habló con Kenan y Barış sobre los lugares que aún visitarían. Al llegar al portal, levantó la caja.

—Si preguntan, no nos hemos detenido en ningún sitio.

—Has tardado más de una hora —le recordó Maia.

—Por eso necesito que todos sostengáis la misma versión.

Barış aceptó colaborar con una seriedad que hizo reír a Saim. Kenan preguntó cuánto duraba normalmente el trayecto a la confitería.

—Quince minutos.

—Tu versión necesitará más trabajo.

En el ascensor apenas cabían los cuatro.

En algún momento, Saim le había entregado la caja.

Maia quedó entre él y Kenan, sosteniéndola a la altura del pecho y con los hombros rozando ambas chaquetas, mientras Saim continuaba explicando la demora con una naturalidad que hacía imposible saber si había advertido la estrechez.

Ella mantuvo la vista en los números iluminados sobre la puerta.

La proximidad de Kenan no tenía nada de íntimo y, precisamente por eso, resultaba difícil ignorarla; él, sin embargo, permaneció inmóvil hasta que la cabina se detuvo en su piso.

El olor a café y la risa de una niña los alcanzaron incluso antes de que Saim abriera la puerta. Elvira apareció con un paño de cocina entre las manos, pero, al ver a los invitados, olvidó la reprimenda que evidentemente tenía preparada.

—Nos hemos encontrado en la Plaza Nueva —explicó Saim—. No podía dejar que se marcharan.

—Por supuesto que no. Pasad; todavía hay comida.

El salón mostraba las consecuencias de una reunión improvisada: una maleta junto a la pared, juguetes alrededor de la mesa y varias chaquetas sobre las sillas. Zeynep descansaba en un extremo del sofá, aún con la nariz enrojecida, pero con mejor aspecto.

Al verlos, Zeynep miró primero a Maia, después a su hermano y por último a Kenan y Barış. Su expresión formuló varias preguntas que su garganta aún no podía pronunciar.

—Ha sido culpa suya —dijo Maia, señalando a Saim.

Zeynep levantó el pulgar hacia él.

Ezel apareció con Defne de la mano. La niña se soltó en cuanto vio a Maia y corrió hacia ella.

—¡Maia abla !