Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Maia se detuvo bajo el resguardo de la entrada.

Había dejado de llover y el cielo comenzaba a abrirse sobre los edificios, aunque las baldosas conservaban una película de agua que reflejaba los balcones y los semáforos.

El aire olía a pavimento mojado y tenía una frescura que no habían sentido al salir del hotel.

—Podemos ir andando desde aquí —dijo—. No tiene sentido utilizar el coche.

Barış observó la calle y después el calzado que llevaba.

—¿Cuánto piensas hacernos caminar?

Maia bajó la vista hacia sus propios pies. Los tacones que había elegido para la reunión no eran precisamente el calzado más adecuado para recorrer Bilbao, pero tampoco pensaba admitirlo antes de empezar.

—Tus zapatos no pueden ser peores que los míos.

Barış aceptó el argumento y entregó las carpetas al conductor para que las dejara en el hotel. Kenan hizo lo mismo antes de fijarse en el agua acumulada junto al bordillo.

—¿La visita incluye alguna recomendación de seguridad?

Maia siguió la dirección de sus ojos y comprendió la alusión.

—Mantente alejado de los coches.

—La otra vez no me sirvió de mucho.

—Porque estabas demasiado ocupado hablando.

Barış los miró sin entender por qué ambos concedían tanta importancia a un charco. Kenan, sin embargo, se apartó obedientemente del bordillo cuando Maia echó a andar.

Su primera parada fue la antigua Alhóndiga, convertida en centro cultural.

En el atrio, Barış se detuvo ante las columnas, todas diferentes en materiales y estilos.

Maia sabía que eran uno de los elementos más reconocibles del edificio, pero tuvo que consultar el panel de la entrada para recordar que había cuarenta y tres.

Continuaron hacia la plaza Moyúa. Maia les señaló las entradas de cristal del metro y los edificios que reconocía, sin inventar fechas ni arquitectos.

—Tu visita guiada presenta algunas deficiencias —observó Kenan.

—Puedes solicitar que te devuelvan el dinero.

El sol empezó a abrirse paso al llegar a los Jardines de Albia. Kenan levantó la cara hacia la claridad.

—Parece que esta vez mi traje sobrevivirá.

—No te confíes. La otra vez también dejó de llover.

Maia siguió andando antes de que Barış preguntara por una conversación que no estaba preparada para explicarle.

El tráfico dejaba un rumor continuo sobre el asfalto mojado y las aceras empezaban a llenarse.

Barış se detenía para fotografiar fachadas y rótulos; Maia respondía lo que sabía y admitía sin reparos lo que ignoraba.

La visita mejoró cuando dejó de esforzarse por ofrecer datos y empezó a enseñarles la ciudad que ella conocía.

Les habló de las veces que había recorrido aquellas calles con Elvira y Zeynep, de una librería a la que siempre prometía volver y de un café en el que nunca conseguían sentarse porque llegaban demasiado tarde. Barış escuchaba con un interés que ninguna fecha de construcción habría provocado.

—Ahora sí pareces una guía —dijo.

—Ahora parezco alguien que sabe dónde ha tomado café.

—Es una información más útil —concedió Kenan.

Camino del Arenal, Maia tuvo que leer dos placas antes de decidir qué calle tomar. Mientras se orientaba, Kenan señaló discretamente el teléfono de Barış. Este se retrasó unos pasos y reservó una mesa sin dejar de caminar.

Maia solo advirtió la maniobra cuando volvió a reunirse con ellos, pero Barış fingió un interés arquitectónico que no había mostrado en todo el paseo.

El teatro Arriaga apareció al final de la calle. Maia les contó lo poco que recordaba y remitió a Barış a una placa cuando este quiso conocer la fecha exacta. Kenan no se burló de sus lagunas; parecía más interesado en verla buscar referencias familiares que en los edificios que señalaba.

Atravesaron el Arenal y entraron en el Casco Viejo.

Allí Maia se movió con mayor seguridad entre librerías, tiendas estrechas y bares que habían sobrevivido a sus distintas visitas.

Barış se rezagaba para hacer fotografías y Kenan reducía el paso al mismo tiempo, de modo que ella nunca tuvo que preocuparse por perderlos.

En el Casco Viejo, los tacones empezaron a recordarle que no había previsto pasar dos horas andando. Al sortear una junta entre los adoquines, Kenan le sostuvo el codo un instante.

—Estoy bien.

—No he dicho nada.

Retiró la mano, aunque después caminó por el lado donde el pavimento estaba más nivelado y la obligó a ocuparlo sin llamar la atención sobre el cambio.

Entraron unos minutos en la catedral. Maia se sentó en un banco lateral mientras Barış se alejaba hacia una capilla.

—Te duelen los pies —dijo Kenan.

—Todavía no.

—Podemos sentarnos hasta la comida.

—No pienso darte la satisfacción de abandonar.

—No sabía que estuviéramos compitiendo.

Ella levantó la vista hacia él, sin dejarse convencer por la tranquilidad de su expresión.

La luz de las vidrieras apenas coloreaba la piedra. En el silencio de la catedral, la proximidad de Kenan resultaba más evidente que durante el paseo, quizá porque ninguno podía refugiarse en las explicaciones de Maia ni en las preguntas de Barış.

—Tú siempre estás compitiendo.

Barış regresó antes de que Kenan respondiera y los tres salieron de nuevo.

Maia los condujo por varias de las Siete Calles sin intentar explicar cuál había sido la primera ni qué oficio había ocupado cada una.

Les mostró una tienda en la que Elvira compraba dulces y un comercio tan estrecho que Barış tuvo que retroceder para conseguir fotografiar la fachada completa.

Poco antes de las dos llegaron a las inmediaciones del Mercado de la Ribera. Maia consultó la hora y se volvió hacia la Plaza Nueva.

—Podemos regresar y buscar allí un restaurante.

Barış miró a Kenan antes de responder.

—No es necesario.

La dirección de aquella mirada bastó para que Maia comprendiera que habían actuado a sus espaldas.

—¿Qué habéis hecho?

—Reservar una mesa —admitió Barış, señalando la entrada discreta de un hotel junto a la ría.

Maia reconoció de inmediato el tipo de lugar en el que el precio no figuraría a la vista.

—Kenan, esto es excesivo.

—Dijiste que iba a costarme más que una comida. He considerado prudente empezar a saldar la deuda.

—Podemos ir a otro sitio.

—No lo he elegido para incomodarte —dijo él, ya sin humor—. Llevas dos días comiendo deprisa y trabajando más horas de las que te corresponden. Quería que hoy pudieras terminar el plato sin estar pendiente de nadie.

La explicación la dejó sin respuesta. Barış aguardaba junto a la entrada, concentrado en su teléfono con un empeño excesivo.

—No hacía falta todo esto.

—Lo sé.

Kenan le cedió el paso y Maia entró.

Él no había presentado aquel cuidado como una promesa ni como un argumento para pedirle nada. Precisamente por eso le resultaba más difícil protegerse.

El comedor era pequeño, sobrio y lo bastante discreto para confirmar que Kenan no lo había elegido por casualidad. Una mujer los acompañó hasta una mesa redonda al fondo.

Maia buscó el precio del menú antes de que terminaran de explicárselo. Kenan le retiró la carta con suavidad.

—No empieces.

—Solo quiero saber cuánto va a costarte esta maniobra.

—Eso forma parte de mi deuda.

Barış ocupó la silla entre ambos.

—Si vais a discutir por la cuenta, preferiría que lo hicierais después de comer. He caminado bastante para llegar hasta aquí.

La intervención deshizo parte de la incomodidad. Eligieron el menú más breve y, cuando la camarera se alejó, Barış le preguntó a Maia con qué frecuencia visitaba Bilbao.

—Menos de lo que mi actuación de esta mañana puede haber sugerido. Elvira vive aquí y he venido muchas veces con Zeynep, pero eso no significa que sepa quién diseñó cada edificio.

—Ni cuándo se construyó —añadió Kenan.

—Ni para qué servía —recordó Barış.

Maia apoyó los antebrazos en el borde de la mesa.

—Os he traído hasta el Casco Viejo sin perder a ninguno. Teniendo en cuenta que no habéis pagado por la visita, deberíais consideraros satisfechos.

Kenan sonrió y Barış levantó la copa de agua en un reconocimiento silencioso.

Después de varios días viéndolo medir cada intervención, Maia tardó en acostumbrarse a un Kenan que había dejado la chaqueta en el respaldo y el teléfono olvidado sobre la mesa.

El primer plato llegó acompañado por unas instrucciones que Maia perdió a mitad de la explicación.

—No sé si debo comerlo o contemplarlo.

—Creo que se come —dijo Barış después de probarlo.

—Tu capacidad de comunicación justifica plenamente tu cargo.