Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

A las ocho y diez, el vestíbulo todavía conservaba la quietud de quienes habían madrugado sin llegar a despertarse del todo.

Dos huéspedes conversaban junto a los ventanales y un empleado ordenaba los periódicos frente a recepción, mientras el periodista de Euskadi Irratia y la técnica que lo acompañaba terminaban de comprobar las grabadoras.

Kenan bajó a la hora acordada. Llevaba un traje gris oscuro, la carpeta de la fundación bajo el brazo y ese aspecto impecable que Maia empezaba a considerar irritantemente habitual. Se saludaron con formalidad y, tras las presentaciones, ocuparon los sillones dispuestos junto a los ventanales.

La entrevista se centró en las dos becas anunciadas la noche anterior: los requisitos de la convocatoria, la duración de las estancias y la participación de la universidad en la selección de los candidatos.

Kenan respondió con precisión y dejó espacio después de cada idea para que Maia pudiera interpretarlo sin interrumpirlo.

El periodista se atuvo casi por completo a las preguntas enviadas por correo, de modo que los diez minutos previstos se convirtieron en doce y no en los veinte que Barış había pronosticado.

Cuando terminaron, el vestíbulo había perdido la calma de primera hora. Las puertas de los ascensores se abrían con frecuencia y el aroma del café procedente del comedor alcanzaba ya la zona de los ventanales. Maia guardó la libreta en el bolso mientras la técnica recogía los cables.

Barış los esperaba en una mesa para cuatro situada cerca de una de las ventanas. Se había servido un vaso de zumo, aunque todavía no había tocado el plato que tenía delante.

—He pensado que, si empezaba sin vosotros, Maia interpretaría mi falta de paciencia como una ofensa institucional —dijo cuando se acercaron.

Kenan alzó una ceja y la miró. La reacción fue mínima, una pregunta muda antes de que dejara la carpeta sobre la mesa.

Ella fingió no haberla visto.

—La interpretaría como hambre, que es bastante más fácil de resolver.

Barış retiró las carpetas de la silla para que pudiera sentarse. Maia dejó el bolso sobre el respaldo y, al volverse hacia el bufé, descubrió que Kenan volvía a observarla.

—Voy a servirme algo antes de que decidáis empezar a hablar de la reunión.

—No pensábamos hacerlo —aseguró Barış.

—Él sí —dijo Kenan, aunque continuaba mirando a Maia.

Ella se limitó a recoger una taza del extremo del bufé. No necesitó preguntarse qué parte del intercambio había despertado su interés.

Kenan la siguió y colocó una taza bajo la cafetera contigua.

—No sabía que Barış te llamaba Maia.

—Me lo pidió durante la cena. No vi ningún motivo para negarme.

Kenan retiró la taza de la máquina, pero no se apartó.

—No me molesta que él use tu nombre. Me molesta que tú me llames señor Gökalp como si no supieras de mí nada que no figure en el programa de las jornadas.

Maia volvió la cabeza hacia él.

—Eres el presidente multimillonario de un holding y una fundación, señor Gökalp. Sería imperdonable que una intérprete contratada hace dos días te llamara Kenan con toda familiaridad delante de los demás.

—Para los demás, quizá sea todo eso.

La sencillez de la respuesta desarmó parte de la ironía con la que Maia había intentado protegerse.

—Dijiste que respetarías mi decisión.

—Y la respeto. Eso no significa que me resulte fácil que me trates como lo hace todo el mundo.

En su tono no había reproche, sino una incomodidad que parecía molestarle tanto como a ella. Maia escogió unas rodajas de fruta con un cuidado innecesario.

—Solo quedan unos días.

—Lo sé.

Kenan regresó a la mesa sin añadir nada. Maia dejó pasar unos segundos, terminó de servirse la fruta y lo siguió.

Barış había sacado el programa de la mañana y lo mantenía doblado junto al plato. Kenan ocupó la silla situada frente a ella y bebió un sorbo de café antes de bajar la vista hacia el papel.

—¿A qué hora viene el coche?

—A las nueve y cinco. Tenemos que estar en la Cámara de Comercio a las nueve y media, pero nos han advertido de que puede haber bastante tráfico en el centro.

Maia untó un poco de mantequilla en la tostada mientras Barış repasaba la composición de la reunión.

Los recibirían dos miembros de la junta directiva, el responsable del área internacional y varios empresarios interesados en establecer contactos en Turquía. Por parte de la delegación solo acudirían Kenan y Barış, acompañados por Maia como intérprete.

—¿Y los profesores? —preguntó Kenan.

—Elvira los llevará al Guggenheim —explicó Maia—. Han reservado una visita guiada para las diez y después tendrán algo de tiempo libre.

—¿Nos reuniremos con ellos para comer?

—Todavía no hay nada organizado. Elvira prefirió esperar a saber a qué hora terminaríamos nosotros.

Barış consultó el programa.

—La reunión está prevista hasta las once y media. El coche puede llevarnos de vuelta al hotel cuando terminemos.

Kenan miró el horario antes de volverse hacia Maia.

—No merece la pena regresar para salir de nuevo una hora después. Podrías enseñarnos Bilbao hasta la hora de comer.

—No soy guía turística.

—Hablas nuestro idioma, conoces la ciudad y Barış no tendrá otra mañana libre aquí.

Barış se concentró en el programa para disimular una sonrisa. Con él delante, la propuesta podía pasar por una actividad inocente; aun así, Maia podía negarse.

No lo hizo.

—De acuerdo. Os enseñaré la ciudad hasta la hora de comer.

—Me parece un plan excelente —dijo Barış.

Kenan tomó el teléfono.

—Avisaré a Elvira de que comeremos por nuestra cuenta.

—He aceptado el paseo, no la comida.

—Entonces considérala el pago por esta reunión que no figuraba en tu programa.

Maia recogió su café.

—Esto te va a costar bastante más que una comida. Y durante ella no hablaremos de trabajo.

—De acuerdo.

La facilidad con que aceptó despertó en ella más desconfianza que cualquier discusión.

—La primera parte será una presentación de la Cámara —explicó Barış—. Después quieren explorar posibles colaboraciones con la fundación y con algunas empresas del Grupo Gökalp.

Maia dejó el cuchillo junto al plato.

—En el programa que me dio Elvira solo figuraba una visita institucional. No aparecían los empresarios ni una sesión de trabajo con ellos.

Barış buscó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.

—La relación definitiva de asistentes llegó anoche. Pensé que te la habían enviado también.

Encontró el correo y se lo reenvió.

Cuando el teléfono vibró, Maia abrió el mensaje y revisó la relación de asistentes.

—Puedo acompañaros, pero necesito conocer de antemano los cargos y las empresas que no aparecen en la documentación de las jornadas.

—Te enviaré también el informe que nos prepararon —dijo Barış—. Incluye una ficha de cada asistente.

—Maia tiene razón —intervino Kenan—. Deberíamos habérselo facilitado en cuanto cambió la visita.

Barış miró brevemente de uno a otro. Hasta entonces solo había oído a Kenan dirigirse a ella por el apellido delante de la delegación, pero se limitó a guardar el programa.

—Será mejor que subamos a por las carpetas.

Kenan apuró el café y se levantó.

—Nos vemos en el vestíbulo, señorita Madinabeitia.

La formalidad deliberada confirmó que no había usado su nombre por descuido. Cuando se alejó, Barış preguntó:

—¿Prefieres que te llame por el apellido cuando estemos con la delegación?

—No. Maia está bien.

Barış asintió sin pedir explicaciones.

A las nueve y cinco, el coche aguardaba frente al hotel. La lluvia había regresado en forma de una llovizna tan fina que apenas parecía caer, aunque se adhería al cabello y empañaba el parabrisas en cuanto el conductor cerró las puertas.

Barış ocupó el asiento delantero para indicarle la dirección. Maia se acomodó detrás de él y sacó del bolso el informe que acababa de descargar en el teléfono. Kenan se sentó a su lado, dejando entre ambos el espacio central y las carpetas que había llevado consigo.

Durante el trayecto, Maia revisó las fichas y comprobó con Kenan qué asuntos correspondían a la fundación y cuáles al grupo empresarial. Él había mantenido separados ambos ámbitos y aquella mañana se limitaría a escuchar propuestas, sin comprometer acuerdos ni inversiones.

—Ya está —dijo al guardar el teléfono—. Gracias.

—Deberías haber recibido el informe anoche.

—Me ha llegado a tiempo.

—Por poco.

No era un reproche. Kenan convertía su preocupación en una cuestión práctica, una forma de cuidado que a Maia empezaba a resultarle demasiado fácil de reconocer.

La reunión en la Cámara de Comercio duró algo más de dos horas. Maia interpretó las intervenciones sobre restauración arquitectónica, formación y gestión hotelera mientras Kenan mantuvo separados los proyectos de la fundación y los negocios del grupo.

Hacia el final, el responsable del área internacional consultó la tarjeta identificativa situada frente a Maia.

—¿Será usted quien coordine el contacto con la universidad cuando se abra la convocatoria?

—No. Mi trabajo con la delegación termina el lunes.

—Disculpe. Había supuesto que trabajaba para el señor Gökalp.

—Trabaja para la universidad durante esta visita —aclaró Kenan cuando Maia terminó de traducir—. Y estamos teniendo mucha suerte de que haya aceptado ayudarnos.

Ella trasladó también la frase, aunque habría preferido omitirla. Los presentes la recibieron como un reconocimiento profesional; para Maia fue más difícil reducirla a eso.

La conversación regresó a los plazos de la convocatoria. Kenan no buscó su reacción ni añadió nada que alterara el sentido profesional de sus palabras. Maia agradeció aquella contención y, al mismo tiempo, fue demasiado consciente de ella durante los minutos siguientes.

La reunión terminó poco después de las once y media. Las despedidas se prolongaron unos minutos en el vestíbulo de la Cámara, entre intercambios de tarjetas y promesas de enviar la documentación solicitada. Cuando por fin salieron a la calle, el conductor los esperaba junto a la acera.