CAPÍTULO 12 #3
Ella se detuvo para intercambiar unas palabras con él y después entregó a una de las camareras la copa que aún llevaba en la mano.
Al volverse hacia el público, la transformación fue inmediata.
La mujer que durante la cena había conversado inclinándose hacia sus acompañantes desapareció bajo la luz dirigida al centro del escenario.
Cada movimiento adquirió una seguridad distinta, pensada para llenar el espacio antes incluso de que empezara a cantar.
El presentador recordó que Aylin Berzeg era una de las intérpretes más reconocidas de la música circasiana contemporánea y explicó que el repertorio combinaría piezas tradicionales con composiciones propias.
Elvira tradujo la presentación en voz baja para las autoridades turcas que tenía cerca, aunque el resto del salón pareció comprender la importancia de la cantante por la duración del aplauso.
Aylin agradeció la invitación en turco y añadió unas frases en inglés.
Habló del viaje, del recibimiento y del valor de escuchar una música fuera del territorio en el que había nacido. Después dirigió unas palabras a la delegación y mencionó a la fundación por haber respaldado aquel proyecto.
Al pronunciar el nombre de Kenan, volvió la mirada hacia él.
No fue un gesto íntimo.
Podía atribuirse al agradecimiento público y a la posición que ocupaba como presidente de la fundación. Sin embargo, Aylin sostuvo la mirada un instante más de lo necesario antes de dar la señal a los músicos.
El pşıne , un pequeño acordeón de botones, inició la primera pieza.
La melodía empezó con una lentitud engañosa, sostenida por el violín y una percusión contenida. Maia no entendía la lengua en la que Aylin cantaba.
Algunas palabras conservaban una sonoridad cercana al turco; otras parecían proceder de un lugar mucho más antiguo y distante. No necesitaba comprenderlas para percibir la tristeza que atravesaba la canción.
Las conversaciones cesaron por completo.
Aylin no recurría a grandes gestos.
Cantaba casi inmóvil, con una mano descansando a la altura de la cintura y el rostro vuelto hacia las primeras mesas.
Su voz ganaba fuerza sin perder claridad y parecía ampliar el salón a medida que avanzaba, borrando el ruido del servicio y la presencia de cuantos acababan de pasar más de una hora hablando de acuerdos, presupuestos y relaciones institucionales.
La segunda canción comenzó con un ritmo más vivo, marcado por la percusión. Varios miembros de la delegación reconocieron la melodía desde los primeros compases y Emine se inclinó hacia Maia durante la breve introducción instrumental.
—Habla de un hombre que regresa a su aldea después de muchos años —le explicó en voz baja—. Espera encontrar cuanto dejó atrás, pero la mujer con la que iba a casarse ha rehecho su vida.
Maia no entendía la lengua, pero el sentido que Emine acababa de explicarle le permitió reconocer la espera, el regreso tardío y la pérdida en las variaciones de la voz.
El ritmo conservaba la estructura de una danza sin convertir la historia en una celebración.
Había algo más doloroso en aquella contradicción: la música parecía avanzar mientras la letra hablaba de alguien que había llegado demasiado tarde.
Nadie en la mesa volvió a hablar hasta que terminó la canción.
La tercera pieza concluyó con un aplauso más largo.
Aylin agradeció la respuesta del público y se acercó al borde del escenario para presentar la siguiente canción. Esta vez habló en turco y explicó que se trataba de una composición sobre las distancias que uno decide recorrer sin saber qué encontrará al otro lado.
—Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un billete —dijo—. A veces empiezan cuando alguien nos obliga a mirar en una dirección que habíamos evitado.
El murmullo de aprobación que recorrió algunas mesas quedó cubierto por los primeros acordes del violín.
Maia habría escuchado las palabras como una introducción cualquiera si Aylin no hubiera vuelto la cara hacia la mesa presidencial al pronunciarlas.
Kenan permanecía sentado con una mano junto a la copa y la otra sobre el brazo de la silla.
Desde aquella distancia, su expresión resultaba imposible de interpretar.
Aylin empezó a cantar mirándolo.
Las cámaras de los fotógrafos situados en un lateral captaron el intercambio desde distintos ángulos. Maia imaginó sin esfuerzo el titular que podría acompañar aquellas imágenes al día siguiente.
«La cantante y el presidente de la fundación, reunidos de nuevo en Bilbao».
No había nada extraordinario en ello.
Pertenecían al mismo entorno, compartían proyectos y se conocían desde antes de aquel viaje.
Quizá la familiaridad que Maia había interpretado como interés formaba parte de una relación que Kenan no consideraba una pareja y que, por tanto, no había sentido la obligación de mencionar.
Había dicho que estaba soltero. No que no hubiera ninguna mujer acostumbrada a mirarlo como lo hacía Aylin.
La idea le produjo un malestar que tuvo que disimular.
Maia tomó la copa de agua, pero la dejó de nuevo sin beber. El escenario permanecía frente a ella y fingir que necesitaba consultar el programa solo haría más evidente que estaba evitando mirar.
Barış seguía la actuación sin mostrar un interés especial, aunque su trabajo en comunicación debía de haberlo acostumbrado a calcular qué imágenes terminarían publicadas.
La canción avanzó hacia el último estribillo. Aylin elevó la voz y el violín quedó reducido a una línea tenue bajo ella.
Entonces Kenan apartó los ojos del escenario y buscó entre las mesas hasta encontrar a Maia.
Ella permaneció inmóvil, atrapada entre la voz de Aylin y la certeza de que él sabía exactamente dónde estaba sentada. El encuentro duró apenas unos segundos. Después Kenan regresó al escenario antes de que terminara la canción.
Maia bajó la vista hacia sus manos.
—Es muy buena —comentó Emine cuando estallaron los aplausos.
—Sí —respondió Maia.
El concierto continuó durante casi una hora.
Las siguientes canciones alternaron piezas tradicionales con composiciones más recientes y, aunque Aylin volvió a dirigirse en varias ocasiones hacia la mesa presidencial, Maia dejó de intentar averiguar a quién dedicaba cada canción.
Se concentró en la música y en las explicaciones que Emine le ofrecía durante las pausas, cuando los aplausos permitían hablar sin interrumpir la actuación.
La última pieza puso en pie a buena parte del salón.
Aylin agradeció la invitación, presentó de nuevo a los músicos y abandonó el escenario mientras los fotógrafos la esperaban junto a los escalones.
Antes de reunirse con ellos, pasó por la mesa presidencial y se inclinó hacia Kenan para decirle algo al oído.
Él respondió sin levantarse y Demir intervino después, obligándola a alternar entre ambos.
Las luces recuperaron su intensidad. Los invitados empezaron a abandonar las mesas y el silencio del concierto se deshizo en conversaciones, sillas desplazadas y despedidas. Maia ayudó a reunir al grupo mientras Elvira permanecía junto a las autoridades.
Kenan seguía rodeado de invitados cuando Maia salió del salón con el resto de la delegación. No volvió la cabeza para comprobar si la había visto marcharse.
En su habitación se quitó los zapatos antes de encender la luz. Después puso el despertador a las siete, conectó el teléfono al cargador y comprobó por última vez el horario de la entrevista.
No tenía ningún mensaje nuevo.
Dejó el móvil sobre la mesilla y entró en el baño para quitarse el maquillaje.