Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

La observación provocó una discusión sobre los estudiantes, las clases a primera hora y la costumbre de fingir atención mientras se consultaba el teléfono debajo de la mesa.

Maia escuchó cómo Emine describía a un alumno que había enviado por error al grupo de la asignatura un mensaje destinado a su madre y cómo Ece admitía que, durante la recepción de aquella mañana, había respondido dos correos con el teléfono oculto detrás de la carpeta de la universidad.

A medida que avanzaba la cena, Maia comprendió que había pasado dos días atendiendo a la delegación sin conocer a buena parte de quienes la componían.

La pregunta sobre su tesis llegó de Emine.

Maia explicó el tema de su investigación y el visto bueno para entregar la versión definitiva que había recibido el día anterior.

La noticia provocó felicitaciones, preguntas sobre la defensa y una breve controversia acerca de si un doctorando podía celebrar algo antes de concluir todos los trámites administrativos.

—Puede celebrarlo —decidió Murat—, pero con prudencia. Las universidades castigan el exceso de confianza.

Ece levantó la copa.

—Entonces brindaremos con prudencia.

Los demás imitaron el gesto.

Maia alzó la suya y apenas humedeció los labios. La última vez que había bebido más de la cuenta había terminado confesando demasiado en su cocina.

Desde su asiento distinguía la mesa presidencial entre los centros florales y los invitados que se inclinaban para conversar.

Elvira se encontraba entre Demir y uno de los representantes del Gobierno vasco, traduciendo en voz baja cuando la conversación cambiaba de idioma.

Kenan ocupaba el otro lado de Demir. Aylin estaba sentada cerca de él, separada por una autoridad de la Cámara de Comercio, aunque esa distancia no le impedía buscar ocasiones para dirigirse a él.

Maia apartó la vista antes de comprobar si Kenan correspondía a alguno de los intentos de Aylin.

Murat le estaba preguntando por la transformación urbanística de Bilbao.

La conversación avanzó desde la reconversión de la ría hasta el efecto del Guggenheim en la ciudad.

Emine aportó una comparación con varios proyectos culturales de Estambul y Barış explicó la participación de la fundación en la recuperación de talleres artesanales amenazados por el aumento de los alquileres.

—¿La fundación participa habitualmente en proyectos así? —preguntó Maia.

—Sí —respondió Barış—. Financiamos programas educativos, restauraciones y proyectos de intercambio como estas jornadas.

Era la primera vez que alguien que trabajaba con Kenan hablaba de él sin que estuviera presente. Barış lo hacía con naturalidad, sin la cautela de quien teme decir más de lo conveniente ni la admiración destinada a impresionarla.

—¿Se implica siempre tanto en los proyectos? —preguntó Maia.

—Más de lo que nos convendría a quienes preparamos los informes. No se limita a aprobar el presupuesto. Quiere saber quién recibirá la ayuda y qué ocurrirá cuando termine.

—Una beca sirve de poco si, cuando termina, quienes la reciben vuelven al punto del que partieron —observó Maia.

Barış dejó de mover la copa y la miró con una curiosidad nueva.

—Eso lo dice Kenan.

Maia comprendió demasiado tarde que había repetido sus palabras casi literalmente.

—Me lo explicó ayer.

Barış la contempló un segundo más antes de sonreír.

—Dos días —dijo—. Los demás tardamos meses en empezar a repetir sus frases.

—Tengo facilidad para los idiomas.

—Claro. Será eso.

La respuesta hizo reír a Maia. Barış bebió un sorbo sin borrar la sonrisa.

—Lo repite cada vez que alguien propone financiar un proyecto sin explicar qué ocurrirá después —continuó—. Quiere que la colaboración con las universidades tenga continuidad y no se limite a un convenio firmado y unas cuantas fotografías.

Ece apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Durante estos meses ha sido el único que ha preguntado qué sucederá con el intercambio el año que viene.

—Ese es el problema de trabajar para alguien que recuerda todas las preguntas que hace —añadió Barış—. Al final tienes que encontrar las respuestas.

La conversación pasó a las dificultades de coordinar instituciones de distintos países.

Maia no formuló más preguntas sobre Kenan, aunque lo que Barış y Ece acababan de contarle modificaba la imagen creada por los artículos y su exposición pública.

No describían a un hombre que utilizara la fundación como una prolongación de su prestigio, sino al responsable de una fundación que conocía los proyectos y se implicaba lo suficiente para complicar el trabajo de quienes debían convertir sus ideas en programas viables.

Los camareros retiraron los platos justo cuando disminuyeron las luces del salón.

Un responsable de protocolo se acercó al atril y pidió a los invitados que ocuparan sus asientos para dar comienzo a las intervenciones institucionales.

En la mesa presidencial, Elvira abrió la carpeta que contenía las traducciones preparadas. Kenan se inclinó hacia Demir para decirle algo que Maia no alcanzó a oír. Al incorporarse, su atención recorrió el salón y se detuvo en la mesa de la delegación.

La distancia no impidió que la encontrara.

Maia sostuvo su mirada apenas un segundo antes de dirigir la vista hacia el atril.

El primer discurso correspondió a un representante del Gobierno vasco.

Habló de los vínculos entre territorios situados en los extremos de Europa, de la necesidad de mantener los intercambios culturales más allá de las visitas oficiales y de los acuerdos que las instituciones participantes esperaban desarrollar durante los meses siguientes.

Elvira trasladó sus palabras al turco desde la mesa presidencial, inclinándose alternativamente hacia Demir, Kenan y los demás integrantes turcos sentados cerca de ella.

La intervención de Demir fue más breve.

Agradeció la hospitalidad recibida y mencionó los proyectos que la Facultad de Letras de la Universidad de Estambul esperaba impulsar.

Después intervino Kenan.

No llevó ningún papel al atril.

Esperó a que Elvira se situara a un lado con la traducción preparada y comenzó agradeciendo el trabajo de las dos universidades, de la Cámara de Comercio y de quienes habían organizado la feria.

Su voz llegaba limpia a través de los altavoces, con la misma seguridad que Maia había escuchado durante su conferencia, aunque aquella noche no hablaba como un ponente dispuesto a desarrollar una idea, sino como el responsable de una institución consciente de que cada frase representaba algo más que su opinión.

Explicó que, además de las seis becas de movilidad ya previstas, la fundación financiaría dos nuevas becas de investigación vinculadas al patrimonio cultural.

El programa incluiría estancias en Estambul para profesores y estudiantes.

También anunció la creación de una muestra itinerante de artes tradicionales que recorrería varias ciudades europeas durante el año siguiente.

Barış se inclinó hacia Maia.

—Esa es una de las ideas para las que tuvimos que encontrar todas las respuestas.

—¿Y las becas?

—Esas llegaron incluso con el presupuesto aprobado. Fue un día memorable.

Maia se volvió hacia el escenario antes de que Kenan concluyera.

Él no buscaba su atención mientras hablaba. Miraba a las autoridades, a los integrantes de la delegación y a las mesas distribuidas por el salón con la precisión de quien sabía incluir a todo el mundo sin dirigirse a nadie en particular.

Solo al agradecer el trabajo de los intérpretes su mirada pasó por Elvira y llegó después hasta Maia.

No se detuvo más de lo exigido por la cortesía.

El aplauso llenó el salón cuando Kenan regresó a su asiento.

Elvira permaneció de pie para traducir la última intervención, pronunciada por la presidenta de la Cámara de Comercio.

Las luces recuperaron su intensidad al terminar los discursos.

Los camareros sirvieron el plato principal y la conversación se reanudó, aunque ya no con la espontaneidad anterior.

Varias personas se acercaron a la mesa presidencial para saludar a Demir o intercambiar unas palabras con Kenan, y Elvira tuvo que levantarse en dos ocasiones para interpretar conversaciones que no podían esperar a que terminara la cena.

Maia se ofreció a sustituirla en la segunda, pero Elvira le indicó desde lejos que permaneciera sentada. El encuentro era con un representante vasco que hablaba inglés y su intervención no resultaba necesaria.

Por una vez, Maia consiguió terminar el plato antes de que se enfriara.

Mientras los camareros retiraban la vajilla, Barış consultó en el teléfono el programa del día siguiente.

—¿Seguimos saliendo hacia la Cámara de Comercio a las nueve y cinco?

—Sí, aunque el señor Gökalp tendrá que bajar un poco antes —respondió Maia—. El periodista de Euskadi Irratia que ha entrevistado esta tarde al profesor Demir me ha pedido diez minutos con él. Han quedado a las ocho y cuarto en el vestíbulo.

Barış hizo un cálculo rápido.

—Si ha pedido diez minutos, necesitará veinte.

—El señor Gökalp ha prometido ser breve.

Él dejó los cubiertos sobre el plato.

—Eso sí sería una noticia.

Las risas que siguieron atrajeron la atención de varias personas.

—Ahora querrá saber qué hemos dicho —comentó Ece.

—Que venga a preguntarlo —respondió Barış.

—Está sentado en la mesa presidencial.

—Entonces tendrá que aprender a vivir con la duda.

La llegada del postre interrumpió el debate.

En el escenario, los técnicos retiraron el atril y comprobaron los micrófonos.

Los tres músicos que habían acompañado a Aylin en la feria ocuparon sus lugares y otros dos se sumaron al conjunto: un segundo percusionista y un intérprete de cuerda cuyo instrumento Maia no reconoció.

Los sonidos aislados de la afinación comenzaron a imponerse al rumor del salón.

Aylin se levantó de la mesa presidencial.

Un asistente la esperaba junto al escenario.