Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 12
33%

CAPÍTULO 12

Maia dejó el teléfono sobre la cama después de confirmar la entrevista. Unos mensajes más arriba, la promesa de Kenan —«Seré breve»— seguía resultándole poco creíble.

Durante la feria lo había visto dedicar casi siete minutos a una pregunta que admitía una frase. Aun así, nada en los mensajes excedía una cuestión de trabajo, aunque, sin el «señor Gökalp», conversar con él recuperaba con demasiada facilidad la naturalidad de la noche anterior.

Maia bloqueó el teléfono y contempló el vestido extendido sobre la cama. El escote cruzado, los hombros descubiertos y la falda larga resultaban formales sin parecer elegidos para una alfombra roja.

El problema eran los tacones. Después de recorrer los pabellones durante horas, sus pies no parecían dispuestos a soportarlos.

Elvira llamó de camino al hotel.

—¿Has descansado algo?

Maia miró la cama intacta.

—He descansado de traducir.

—Baja y come algo antes de que empiecen los discursos.

La llamada terminó antes de que pudiera protestar. Maia comió una galleta de la bandeja de cortesía mientras se dirigía al baño.

La ducha no eliminó el cansancio, pero lo volvió menos visible.

Maia se recogió el cabello rubio claro en un moño bajo, se trazó una línea fina de kajal alrededor de los ojos y eligió unos pendientes largos de plata.

Frente al espejo, el verde del iris parecía más intenso y el rostro mostraba bastante menos agotamiento del que todavía sentía.

Se repitió que se estaba arreglando por la presencia de autoridades y periodistas, y porque aquella noche formaba parte del equipo encargado de atenderlos. Era una explicación perfectamente razonable. Lo habría sido aún más si ella misma hubiera conseguido creérsela.

El vestido se ajustaba a su cintura estrecha y seguía las curvas de las caderas antes de caer hasta los tobillos. La imagen reflejada conservaba la delgadez habitual de su cuerpo, aunque la tela le otorgaba una sensualidad que Maia decidió atribuir exclusivamente al corte.

En el ascensor coincidió con varios integrantes de la delegación ya vestidos para la cena. Maia respondió preguntas sobre el horario y, al llegar al vestíbulo, quedó rezagada para permitir salir a una pareja.

Kenan estaba junto a la recepción. El esmoquin alteraba las imágenes del traje de las jornadas y de la ropa prestada en su cocina; aquella noche no parecía vestido para trabajar, aunque la gala formaba parte de sus obligaciones.

Él levantó la cabeza y la encontró entre quienes cruzaban el vestíbulo. No sonrió ni se acercó. El acuerdo seguía intacto, pero la mirada que recorrió el vestido antes de regresar a su rostro no pertenecía a un presidente observando a su intérprete.

Maia continuó hasta el grupo, agradecida por la luz tenue que disimulaba el calor de su cuello.

Al incorporarse, recibió varios cumplidos de las profesoras de la delegación.

Una elogió el vestido y otra se interesó por los pendientes.

Agradeció los comentarios, procurando no buscar la reacción de la única persona para la que se había esforzado en no arreglarse.

Demir apareció junto a los ascensores con traje negro y corbata gris. Su expresión se iluminó al verla.

—Esta noche no pareces necesitar que nadie te rescate —comentó en voz baja.

—Ayer tampoco lo necesitaba.

—Temía haber malinterpretado los pantalones.

—Habíamos acordado no volver a hablar de ellos.

—No recuerdo haber acordado nada.

Demir le ofreció el brazo con solemnidad exagerada y Maia lo aceptó.

Elvira llegó con un vestido burdeos y el alivio visible de haber comprobado que Zeynep seguía mejorando. El protocolo había pedido que la delegación esperara para entrar junto a las autoridades.

Mientras Maia respondía preguntas sobre las mesas y los discursos, Kenan se acercó.

—¿Está todo preparado?

—Sí, señor Gökalp. Entraremos después de los representantes de la Cámara de Comercio.

—Gracias, señorita Madinabeitia.

El intercambio no tuvo nada de particular. La precisión con la que ambos se mantuvieron dentro de la formalidad fue lo único que Maia encontró poco natural.

Un revuelo junto a la entrada evitó que tuviera que sostenerle la mirada.

Aylin Berzeg acababa de llegar con los músicos. El vestido negro, largo y ceñido, devolvía pequeños reflejos al moverse; llevaba el cabello rojo suelto sobre un hombro y la seguridad de quien sabía cuánta atención despertaba.

Se dirigió directamente hacia Kenan.

—Ahora sí pareces dispuesto a disfrutar de la noche.

—Parecerlo forma parte de mis obligaciones.

Aylin se detuvo demasiado cerca de él. Maia bajó la vista hacia el programa.

No tenía derecho a molestarse. Kenan y ella no habían iniciado nada, no existía una promesa para después del lunes y él había admitido que no buscaba una relación. Si correspondía al interés de Aylin, no incumpliría nada de cuanto había dicho.

La enumeración era impecable y completamente inútil.

Demir preguntó por la distribución. Él, Kenan, Elvira y Aylin ocuparían la mesa presidencial con las autoridades; Maia figuraba en una de las mesas contiguas con el resto de la delegación.

Al levantar la cabeza, descubrió que Aylin la observaba. La cantante recorrió su vestido y sus zapatos antes de volver al rostro. Podía haberla reconocido de la feria, aunque aquello no explicaba del todo la atención.

Las puertas del salón se abrieron. Maia esperó a que se agruparan los demás integrantes de la delegación y entró con ellos.

El salón había sido preparado para algo más de un centenar de invitados.

Las mesas redondas rodeaban un espacio central orientado hacia el escenario del fondo, donde aguardaban los instrumentos bajo una iluminación tenue.

Sobre los manteles blancos se alternaban centros bajos de flores, copas de distintos tamaños y tarjetas con los nombres de los asistentes.

La mesa presidencial, situada frente al escenario, estaba marcada por los emblemas de las instituciones participantes.

Maia encontró su sitio entre Emine Yalçın, profesora de Historia del Arte, y Ece Aydın, responsable de relaciones internacionales de una de las universidades turcas.

Frente a ellas se sentaron Murat Kaya, profesor de Geografía, varios docentes con quienes había tratado poco y Barış Erdem, encargado de comunicación de la Fundación Gökalp, que había acompañado a Kenan durante las entrevistas y atendido a los periodistas en la feria.

De cabello negro, ojos oscuros y complexión atlética, Barış sonreía con facilidad y consultaba el teléfono con una frecuencia que restaba solemnidad al traje.

Hasta entonces, las exigencias del programa habían mantenido a Maia cerca de Elvira, Zeynep, Demir y Kenan.

Conocía los nombres y las especialidades de los profesores por las carpetas de las jornadas, pero casi no había hablado con ellos fuera de las actividades académicas.

Su trato con Ece y Barış había sido todavía más limitado: ella permanecía pendiente de los profesores y él atendía a los periodistas, de modo que apenas habían coincidido fuera de las actividades oficiales.

La ausencia de Demir y Kenan alteró el equilibrio del grupo. Sin las dos figuras que encabezaban las vertientes académica e institucional de la delegación, los demás parecieron abandonar parte de la reserva que habían mantenido durante las jornadas.

Las conversaciones dejaron de quedar monopolizadas por ellos y se extendieron al resto de la mesa.

Maia descubrió que quienes habían guardado silencio durante las comidas anteriores no carecían de asuntos de los que hablar; simplemente estaban acostumbrados a dejar que quienes encabezaban la delegación llevaran el peso de las conversaciones.

Ece fue la primera en preguntarle por Zeynep.

Maia explicó que la fiebre había remitido y que seguía protestando por haberse perdido el viaje, una señal que Elvira consideraba más fiable que el termómetro.

La noticia alivió al grupo. Varios profesores habían trabajado antes con ella durante otros intercambios y Emine recordó una visita a Estambul en la que Zeynep había conseguido reorganizar en una tarde un programa alterado por la cancelación de dos vuelos.

—También es capaz de reorganizar la vida de los demás, aunque nadie se lo pida —añadió Maia.

—Entonces sois buenas amigas —observó Emine—. Hablas de ella como si llevaras años obedeciéndola.

—Llevo años fingiendo que no lo hago.

La conversación derivó hacia el origen de su amistad con Zeynep y los años en que Elvira había sido profesora de turco de Maia. Ece quiso saber en qué momento había adquirido la soltura suficiente para interpretar una conferencia universitaria.

La pregunta no se resolvió con una fecha concreta y acabó llevándolos a hablar de los idiomas que cada uno había estudiado, de los que creían dominar hasta necesitarlos de verdad y de la facilidad con que una conversación informal podía destruir la seguridad adquirida durante años de clases.

Cuando los camareros sirvieron el primer plato, Maia ya había dejado de sentirse la intérprete que debía permanecer pendiente de cualquier solicitud.

Emine le habló de su investigación sobre la transformación de antiguas residencias otomanas en espacios culturales; Murat se interesó por la reconversión de la ría de Bilbao, y Ece le explicó que llevaba meses coordinando con Elvira la participación de las universidades turcas en las jornadas.

Barış conocía cada modificación del programa, pero confesó no haber escuchado completa una sola ponencia porque siempre surgía una llamada cuando empezaban.

—Hoy he entrado tres veces en el auditorio —dijo—. En ninguna he permanecido más de siete minutos.

—Has escuchado el principio de tres conferencias —señaló Murat—. Es más de lo que consiguen algunos alumnos en todo un semestre.