Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El minibús dejó atrás Vitoria a media tarde, después de los compromisos institucionales de la mañana y de una comida que se había prolongado más de lo previsto.

Las carpetas entregadas durante las visitas ocupaban varios asientos libres y las conversaciones fueron apagándose al incorporarse a la autovía.

Elvira no viajaba con ellos.

Había regresado al hotel, recogido a Zeynep y salido hacia Bilbao en su coche. Vivía allí, aunque durante las jornadas se había alojado en Vitoria para permanecer cerca de la delegación y evitar los desplazamientos diarios.

Antes de salir hacia Bilbao, Elvira había llevado a Zeynep a un centro médico.

Le habían recomendado que guardara reposo durante el resto de la semana, de modo que se recuperaría en casa de su madre mientras Maia asumía sus funciones como intérprete.

Antes de marcharse, Elvira había llamado al Hotel Ercilla para añadir una habitación individual a las ya reservadas.

Maia ocupaba el primer asiento tras el conductor, en el lado opuesto al de Kenan, que se había sentado dos filas más atrás.

Había escogido aquel lugar para que cualquiera pudiera acudir a ella si necesitaba ayuda, pero, una vez resueltas las primeras dudas sobre el programa, sacó del bolso unos auriculares inalámbricos y se los colocó en los oídos.

La música pareció aislarla con rapidez.

Apoyó la cabeza contra el respaldo y volvió el rostro hacia la ventanilla, por la que se sucedían las laderas cubiertas de árboles.

La luz atravesaba el cristal a intervalos y se desplazaba sobre su perfil; a veces alcanzaba la línea de la nariz o la curva de los labios y, un instante después, desaparecía bajo la sombra de los bosques.

Kenan llevaba las gafas de sol puestas desde que habían salido de Vitoria. Tras los cristales oscuros, podía observarla sin que nadie reparase en la dirección de su mirada.

La víspera había deseado unos minutos a solas con Maia. Ahora la observaba desde varias filas de distancia y aún no sabía qué hacer con cuanto ella le había dicho en su habitación.

No le sorprendía la atracción. Maia era hermosa, inteligente y franca incluso cuando esa sinceridad la dejaba expuesta. Tampoco parecía impresionada por su apellido, la fundación, el dinero ni las fotografías que habían construido distintas versiones públicas de su vida.

Kenan estaba acostumbrado a reconocer lo que los demás esperaban de él y responder solo a eso. Maia no parecía esperar nada: aceptaba su ayuda cuando la necesitaba, se reía con él y había admitido su atracción sin utilizarla para exigirle una promesa.

En otras relaciones había dejado claro desde el principio que no buscaba permanencia. Nunca prometía un futuro que no pensaba ofrecer y se aseguraba de que la otra persona aceptara las mismas condiciones.

Con Maia no le había bastado. Había querido saber por qué lo evitaba, había aclarado rumores que normalmente habría despreciado y le había pedido que no decidiera el final antes de averiguar si deseaban empezar.

No estaba buscando una relación y no había cambiado de opinión en veinte minutos. Sin embargo, necesitaba distinguir entre no querer una relación y no querer volver a verla. Era una diferencia que nunca había considerado importante.

Hasta el lunes respetaría la distancia que Maia había pedido. Lo que no había previsto era empezar a contar los días.

El paisaje se cerró en torno a la carretera poco después. Las laderas se aproximaron al vehículo y la luz empezó a entrar a ráfagas, interrumpida por la sucesión de túneles. Maia dejó de seguir la música con el dedo. La cabeza fue inclinándose hacia un lado hasta que sus párpados se cerraron.

Kenan tardó unos segundos en darse cuenta de que se había dormido. La tensión abandonó sus facciones y su mano quedó inmóvil sobre el bolso.

Aquella mañana había permanecido pendiente de los miembros de la delegación, de las intervenciones oficiales y de cualquier frase que necesitara ser traducida.

Desde la salida del hotel no había dejado de comprobar horarios, responder preguntas y asegurarse de que la ausencia de Zeynep no alterara el programa.

Ahora, por fin, parecía haberse olvidado de todos ellos.

El minibús tomó una curva y la cabeza de Maia se desplazó hacia el cristal. Kenan se incorporó por instinto, aunque desde su asiento no habría podido impedir que se golpeara. Ella se acomodó antes de llegar a tocarlo y siguió durmiendo.

Él volvió a apoyarse en el respaldo, molesto consigo mismo por aquella reacción inútil.

Durante los kilómetros siguientes atendió a la conversación de sus compañeros.

Respondió varias preguntas sobre los compromisos previstos en Bilbao y comprobó en el teléfono los mensajes recibidos desde la fundación.

Contestó los urgentes, dejó los demás para cuando llegaran al hotel y guardó el dispositivo.

Maia no se despertó.

Los primeros edificios aparecieron al otro lado de la ventanilla cuando el tráfico empezó a hacerse más denso.

El minibús redujo la velocidad al incorporarse a una vía de varios carriles y el cambio en el ruido del motor hizo que Maia abriera los ojos.

Tardó unos segundos en orientarse. Después consultó la pantalla del teléfono, se retiró uno de los auriculares y recorrió el vehículo con una atención aún empañada por el sueño.

Al reconocer los primeros edificios de Bilbao, Maia sacó la carpeta del bolso, comprobó la hora de llegada y se volvió hacia los demás para explicar en turco que dispondrían de tiempo para instalarse y descansar antes de reunirse de nuevo en el vestíbulo.

El sueño desapareció de su voz antes que de su rostro.

Kenan se quitó las gafas cuando el minibús se detuvo frente al Hotel Ercilla. Elvira aguardaba en la entrada. Maia bajó la primera y preguntó por Zeynep.

—Está en casa y sigue protestando por haberse perdido el viaje. Eso significa que se encuentra mejor.

La respuesta relajó a Maia, que enseguida volvió a ocuparse del equipaje y las habitaciones. Elvira había conseguido añadir una para ella en la misma planta que la delegación.

—Voy a incluirte en el grupo y a eliminar a Zeynep —le explicó—. Hasta ahora utilizaban su número para localizar a la intérprete.

Los teléfonos vibraron alrededor del vestíbulo. Maia escribió en turco:

Maia: Como Zeynep está de baja, podéis contactar conmigo en este número para cualquier cuestión relacionada con el programa. Si no respondo de inmediato, llamadme.

Kenan añadió el contacto a su agenda con el nombre completo que aparecía en el grupo. La indicación era inequívoca: podía utilizar aquel número para cuestiones relacionadas con el programa. Por el momento, no tenía ninguna.

Maia anunció que debían reunirse a las seis en el vestíbulo. Cuando Elvira le recomendó descansar, insistió en comprobar primero el transporte de la tarde.

Kenan subió con varios profesores. Antes de entrar en el ascensor, la vio junto al mostrador, revisando los horarios con Elvira y una empleada del hotel.

Al regresar poco antes de las seis, Maia ya estaba allí, con el cabello recogido y la acreditación al cuello. Hablaba por teléfono en turco.

—No, no pienso llevarte nada de la feria. Tu madre me ha prohibido premiarte por protestar.

Preguntó a Zeynep si había comido y tomado la medicación y prometió llamarla al regresar.

Al ver a Kenan, la formalidad volvió a su expresión.

—Señor Gökalp, saldremos a las seis y cuarto.

—Estaré preparado.

Maia ocupó el asiento delantero del vehículo. Esta vez no sacó los auriculares.

El trayecto hasta el recinto ferial fue breve.

Al llegar, el movimiento de visitantes, representantes institucionales y medios de comunicación ya llenaba el acceso principal.

Varias banderas turcas señalaban el pabellón dedicado al país invitado y un grupo de organizadores aguardaba junto a las puertas para recibir a la delegación.

Kenan descendió antes que la mayoría.

La primera persona que se aproximó a saludarlo lo llamó por su nombre sin consultar la acreditación. Después llegaron otras: responsables de empresas turísticas, representantes comerciales y dos periodistas que solicitaron unas declaraciones antes de que comenzara el recorrido oficial.

En pocos minutos, el grupo que había viajado desde Vitoria quedó rodeado.

Kenan respondió a los saludos y aceptó las primeras fotografías mientras localizaba a Maia entre quienes descendían de los vehículos.

Ella se detuvo junto a Elvira para decidir cómo repartirse el trabajo y después avanzó hacia uno de los profesores, reclamado por un representante de la organización.

No intentó permanecer cerca de Kenan ni se ofreció a traducir preguntas que él podía responder en inglés. Se ocupó de quienes realmente la necesitaban.

Aquello era lo que le había pedido que respetara.

Kenan volvió hacia el periodista que aguardaba frente a él y atendió a la siguiente pregunta.

El espacio dedicado a Turquía ocupaba una de las zonas centrales del recinto.

El aroma del café turco preparado en cezve sobre arena se mezclaba con el de los dulces de pistacho. Cerca, una artesana disponía los pigmentos y pinceles para una demostración de ebru ; otros puestos mostraban cerámica de Kütahya, cobre, filigrana y telares.

Kenan apenas tuvo tiempo de observarlos. Una representante confirmó el recorrido mientras los periodistas continuaban reclamando su atención.

Estaba respondiendo a la segunda pregunta cuando oyó una voz femenina pronunciar su nombre con una familiaridad que no pertenecía a aquel encuentro.

—Kenan Gökalp.

Se volvió.

La mujer que avanzaba hacia él destacaba incluso entre los trajes formales y la decoración del pabellón. Era alta, llevaba un vestido verde oscuro ceñido a la cintura y su cabello rojizo caía suelto sobre los hombros.

Tras ella caminaban tres músicos: uno cargaba con un acordeón, otro sostenía el estuche de un violín y el tercero llevaba una funda alargada que probablemente contenía un instrumento tradicional.