CAPÍTULO 10 #3
Maia sintió que el calor provocado por la risa se convertía en un rubor mucho más intenso. Kenan no sonrió ni buscó sus ojos para compartir el absurdo de la situación. Permaneció sereno, consciente de que cualquier complicidad visible solo reforzaría la interpretación del profesor.
—No —respondió—. Ha sido una broma privada y poco afortunada por mi parte.
Maia volvió la cabeza hacia él. La frase no negaba que existiera una intimidad entre ambos, pero asumía por completo la inconveniencia de haberla mostrado en el pasillo.
—Una broma privada —repitió—. Comprendo.
El ascensor llegó con un sonido discreto. Kenan extendió una mano para impedir que las puertas volvieran a cerrarse y cedió el paso al profesor.
—La señorita Madinabeitia iba a bajar para devolverle a Elvira la tarjeta de la habitación de Zeynep.
Demir entró en la cabina y miró a Maia.
—Entonces bajaremos juntos.
No era una pregunta. Maia cruzó el umbral, agradecida por la posibilidad de escapar de allí sin tener que elaborar nuevas explicaciones.
Antes de que las puertas comenzaran a cerrarse, Demir dirigió a Kenan una mirada que combinaba la gravedad con una familiaridad difícil de interpretar.
—No se preocupe, señor Gökalp. Me aseguraré de que la señorita Madinabeitia llegue hasta Elvira.
El tono era cortés, pero poseía la firmeza protectora de quien acababa de decidir que Maia necesitaba ser retirada de allí.
Kenan inclinó la cabeza.
—Se lo agradezco, Selim Hoca .
—La cena empieza dentro de diez minutos. Supongo que tendrá tiempo de sobra para terminar de vestirse, señor Gökalp.
La observación hizo que el calor volviera a extenderse por las mejillas de Maia. No necesitaba contemplar de nuevo a Kenan para saber qué impresión ofrecían ambos junto a la habitación de la que ella acababa de salir.
Kenan la miró. La seriedad con que había afrontado las preguntas de Demir se suavizó apenas, y Maia reconoció en sus ojos una disculpa que no podía expresar sin atraer todavía más atención hacia ella.
Maia sostuvo su mirada. Cualquier palabra entre ambos empeoraría la imagen que ya habían ofrecido.
Las puertas comenzaron a cerrarse y los separaron sin que ninguno llegara a despedirse. Maia todavía alcanzó a verlo inmóvil en el pasillo antes de que las hojas metálicas ocultaran su figura.
El ascensor inició el descenso.
Durante los primeros segundos, Demir permaneció frente a las puertas con las manos enlazadas a la espalda.
Maia se situó junto al panel y fijó la atención en los números, que cambiaban con una lentitud exasperante.
El zumbido del mecanismo parecía ocupar más espacio que antes, quizá porque ninguno de los dos encontraba una frase capaz de aliviar el silencio sin regresar a los pantalones o a la camisa desabrochada de Kenan.
Maia intentó pensar en Zeynep, en la tarjeta que aún sostenía y en las horas de sueño que la esperaban cuando consiguiera llegar a casa. Sin embargo, era demasiado consciente del profesor a su lado y de las conclusiones que podía estar sacando.
—Solo hemos hablado —dijo al fin.
Demir volvió la cabeza hacia ella. No había censura en su expresión, pero sí la paciencia de quien había supuesto que la explicación acabaría llegando.
—No tienes que justificarte conmigo.
—No me estoy justificando. —La rapidez con que respondió desmintió sus palabras—. El señor Gökalp necesitaba aclarar una cuestión y no quería que nos interrumpieran. Eso es todo.
Demir asintió con lentitud.
—Entonces habéis hablado.
—Sí.
—En su habitación.
Maia cerró los ojos durante un instante.
—Ya sé lo que parece.
—No he dicho que parezca nada.
—Me ha sacado de allí como si acabara de rescatarme.
Las cejas del profesor se elevaron, aunque su tono continuó siendo tranquilo.
—A mi edad, uno aprende a no sacar conclusiones sobre una mujer que sale de la habitación de un hombre mientras ambos hablan de los pantalones de la noche anterior.
La precisión, formulada con absoluta seriedad, hizo que Maia volviera la cara hacia él. Demir mantuvo la compostura durante unos segundos, pero una contracción casi imperceptible en la comisura de la boca reveló la diversión que intentaba ocultar.
—No ha ocurrido nada —insistió.
—Eso ya lo has dicho.
—No, he dicho que solo hemos hablado.
—En ese caso, ahora sé las dos cosas.
El ascensor continuó descendiendo. Maia apoyó la cabeza contra la pared y observó el número de la planta siguiente aparecer sobre la puerta.
—Será mejor que deje de explicarme.
—Probablemente.
El consejo carecía de severidad. Demir esperó unos instantes antes de señalar la tarjeta que Maia todavía sostenía entre los dedos.
—No te preocupes. No pienso decirle a Elvira que te he encontrado arriba.
Ella volvió la cara hacia él.
—No estaba haciendo nada que Elvira no pudiera saber.
Demir la miró con expresión imperturbable.
—Entonces tampoco necesitarás contarle lo de los pantalones.
El ascensor redujo la velocidad y se detuvo en el vestíbulo. Demir cruzó las puertas con la misma calma con la que había entrado en el ascensor y se dirigió hacia Elvira.
Maia permaneció dentro durante un segundo de más. El aviso de cierre la obligó a interponer una mano y salir antes de que el ascensor volviera a llevársela hacia arriba.