CAPÍTULO 10 #2
Él desvió la vista hacia la ventana por primera vez desde que había empezado la conversación.
Afuera, la luz comenzaba a abandonar las fachadas y los cristales devolvían un reflejo tenue del interior de la habitación.
Cuando volvió hacia Maia, la pausa había eliminado de su respuesta cualquier impulso de decir lo que ella quisiera escuchar.
—No lo sé —admitió—. Que dejemos de hablar como si ya supiéramos cómo va a terminar.
—Eso puede bastarte a ti.
—Nadie sabe cuánto durará algo cuando empieza.
—No es lo mismo no saberlo que conocer de antemano la fecha de despedida.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Kenan consultó la hora en su reloj, quizá consciente de que los cinco minutos estaban más que agotados.
—No estoy buscando una relación —admitió—, pero tampoco colecciono mujeres para pasar una noche con ellas y olvidarlas al día siguiente.
Maia sostuvo su mirada.
—Internet no parece estar muy de acuerdo contigo.
La cautela sustituyó al deseo en la mirada de Kenan.
—¿Es eso lo que te preocupa?
—Lo que hagas con tu vida no es asunto mío.
—No te he preguntado si tienes derecho a preocuparte. Te he preguntado si las fotografías te han hecho decidir que solo busco una aventura contigo.
—Acabas de decirme que no estás buscando una relación.
—Y tú has convertido eso en que pienso acostarme contigo y olvidarte. No es lo mismo.
—Las fotografías tampoco sugieren que tengas dificultades para pasar página.
Kenan se reclinó contra el respaldo.
—¿Te refieres a las fotografías o al rumor de la boda?
El silencio de Maia bastó.
—No estoy comprometido. No tengo pareja y no voy a casarme con Anastasia ni con ninguna otra mujer.
—Eso mismo me dijiste anoche.
—Porque era verdad anoche y sigue siéndolo ahora. No puedo prometerte una relación después de conocerte ayer, Maia. Pero no estoy comprometido ni hay nadie a quien estaría engañando.
La claridad eliminaba una objeción sin resolver las demás. Seguía siendo el hombre de las fotografías, pero también quien había detenido su acercamiento cuando ella no podía tomar una decisión limpia.
—No te estoy acusando de engañar a nadie.
—Pero quieres saber si te he mentido.
Maia no respondió.
Kenan aceptó el silencio sin insistir. Se levantó y recogió la botella de agua del minibar, como si necesitara interrumpir la tensión. Al quedar de pie, su presencia pareció ocupar todavía más espacio, aunque se mantuvo junto al mueble y no avanzó hacia Maia.
—No te estoy pidiendo que cambies de opinión esta noche. Solo necesitaba saber si me apartabas porque ya no querías que me acercara.
—Y ahora lo sabes.
—Ahora lo sé.
Maia consultó la hora y descubrió que los cinco minutos se habían convertido en casi veinte. Elvira seguiría en el vestíbulo preguntándose por la tarjeta y ella ya no poseía la lucidez que exigía aquella conversación.
—Tengo que irme.
—Te acompañaré al ascensor.
—Sé encontrarlo.
—También sabías volver a casa sola bajo la lluvia.
Kenan no sonrió. Abrió la puerta y dejó libre la salida.
—Hasta el lunes trabajo para vuestra delegación. No va a ocurrir nada mientras dure el contrato y delante de los demás soy la señorita Madinabeitia.
—Lo sé.
—Esta conversación no cambia nada.
—Cambia que ahora sé por qué.
El ascensor quedaba al final del pasillo, oculto tras un recodo. Caminaron hacia él manteniendo la misma distancia del resto del día, aunque ninguno podía confundirla ya con indiferencia.
—Tus cinco minutos se han alargado bastante.
—Ha sido culpa tuya. Has planteado demasiadas objeciones.
—Perdona por no haberte facilitado las cosas.
—La próxima vez tendremos que organizarnos mejor.
—No habrá próxima vez.
—Eso dijiste del whisky y Danielle ya pensaba comprar más limones.
—Danielle también quería que volvieras a casa y te quitaras los pantalones.
—Los de Marcos me favorecían.
—Te quedaban enormes.
—No recuerdo que te quejaras mientras los mirabas.
A Maia se le escapó la risa.
—Eres insoportable.
Al doblar la esquina, descubrió a Demir esperando frente al ascensor.
El profesor los recibió con las cejas levantadas y una satisfacción que ni siquiera intentó disimular.
Su mirada pasó de Maia a Kenan y después recorrió el pasillo por el que acababan de aparecer, como si tratara de calcular qué podía haberles ocupado allí arriba bastante más de cinco minutos.
Kenan reparó en el profesor y toda diversión desapareció de su rostro.
—Selim Hoca —saludó.
Durante un instante, Demir no respondió. Maia aún conservaba el rubor de la risa en las mejillas; Kenan estaba sin chaqueta ni corbata y con los primeros botones de la camisa abiertos.
El asombro de Maia encontró su reflejo en Kenan. Ninguno sabía cuánto había escuchado ni desde qué momento se encontraba allí, aunque la ligera elevación de las cejas de Demir no resultaba tranquilizadora.
—No sabía que la señorita Madinabeitia seguía en el hotel —dijo el profesor.
Kenan recuperó de inmediato el tono formal que había utilizado durante las jornadas.
—Había subido a visitar a Zeynep. Le he pedido unos minutos para hablar de una cuestión relacionada con el programa.
La explicación fue breve y no pretendió justificar por qué había considerado necesario tratar aquel asunto en su habitación.
Demir asintió despacio y volvió a reparar en el cuello abierto de la camisa de Kenan antes de mirarlo a la cara.
—Entiendo. ¿Y los pantalones también guardan relación con el programa?
La pregunta confirmó que había escuchado lo suficiente.