CAPÍTULO 10
La habitación tenía la misma distribución que la de Zeynep, aunque allí las cortinas permanecían abiertas y la última luz del día entraba sesgada por los cristales.
Una maleta abierta descansaba sobre el soporte junto al armario; varias camisas perfectamente dobladas ocupaban uno de los lados y el resto de sus pertenencias permanecía ordenado en el otro.
Sobre el escritorio había un ordenador, el programa de las jornadas y una carpeta con el emblema de la fundación.
Kenan dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla. Mientras Maia permanecía junto a la puerta, todavía con el bolso colgado y la tarjeta de Zeynep entre los dedos, él cruzó la habitación y abrió el minibar.
—¿Quieres algo de beber?
—Agua.
Kenan se inclinó para sacar una botella.
Al incorporarse, aflojó el nudo de la corbata con una mano, se la quitó por la cabeza y la dejó caer sobre la chaqueta.
Después se abrió los dos primeros botones de la camisa y separó el cuello con un movimiento breve, como si solo entonces hubiera terminado la jornada.
El gesto, realizado sin concederle ninguna importancia, devolvió a Maia la imagen del hombre que había permanecido en su cocina con la camiseta prestada y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Kenan examinó las botellas de licor del minibar.
—También hay whisky.
La mirada de Maia bastó para que cerrara la puerta.
—Era información, no una propuesta.
—Después de escuchar a Danielle, no estoy segura.
Kenan sonrió mientras servía el agua y se la acercaba sin invadir su espacio.
—Puedes beber tranquila. El bombón no va incluido.
—Ya has consumido uno de tus cinco minutos.
—Siéntate. Llevas apoyándote en cualquier superficie desde que has entrado en el hotel. Puedes seguir distante conmigo desde la silla.
Maia habría negado que lo necesitara, pero la puerta sostenía buena parte de su peso. Eligió uno de los sillones junto a la ventana, lejos de la cama, y mantuvo el bolso sobre las piernas. Kenan no comentó la precaución: giró la silla del escritorio y se sentó al otro lado de la mesa redonda.
Durante unos segundos solo se oyeron el aire acondicionado y el tráfico amortiguado por los cristales. Maia bebió agua y apoyó el vaso sobre una rodilla.
—Has insistido mucho en hablar conmigo para quedarte callado ahora.
—Estoy intentando decidir por dónde empezar.
—Eso no parecía preocuparte en el ascensor.
—En el ascensor solo necesitaba que me concedieras cinco minutos a solas en mi habitación.
—Una elección de palabras excelente para tranquilizarme.
La diversión apareció un instante en los ojos de Kenan, aunque no llegó a alterar su boca. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre los muslos.
—Quiero saber si te arrepientes de anoche.
La pregunta llegó sin el rodeo que Maia había esperado y, pese a ello, no estaba segura de qué respuesta pretendía obtener.
—Bebí demasiado. Eso sí lo lamento.
—Yo también. Si no hubiera habido whisky, no habría tenido que detenerme.
La naturalidad con que lo admitió hizo que Maia levantara la cabeza. Kenan sostuvo su mirada sin la menor huella de la diversión que había mostrado unos segundos antes.
—No te rechacé —continuó—. Solo quería que esta mañana no tuvieras que preguntarte si aquello era lo que querías. Creí que eso había quedado claro.
—Quedó claro.
—Entonces explícame qué ha ocurrido desde que encontraste la nota.
Maia llevó el vaso a los labios. Aunque el agua ya no estaba tan fría, bebió despacio para ganar unos segundos y evitar mirarlo.
—No me arrepiento de haber querido besarte, si es lo que necesitas saber.
La respuesta apenas modificó la expresión de Kenan, pero la rigidez con la que había aguardado desde que entraron en la habitación cedió en sus hombros.
Su mirada descendió otra vez hacia la boca de Maia y permaneció allí el tiempo suficiente para que ella notara la presión del cristal contra sus labios.
Bajó el vaso.
—Entonces ¿por qué llevas todo el día comportándote como si quisieras convencerme de lo contrario?
—He firmado un contrato con la universidad.
Kenan esperó, sin comprender aún qué relación guardaba aquello con su pregunta.
—Me pagarán por sustituir a Zeynep durante todas las jornadas —añadió—. Desde ayer y hasta el lunes soy la intérprete encargada de atender a vuestra delegación.
—Ya estabas trabajando con nosotros antes de firmarlo.
—Ayer estaba ayudando a Elvira y a Zeynep. Podía considerarlo un favor, aunque no lo fuera del todo. Esta mañana se ha convertido en una relación profesional.
Kenan se reclinó despacio contra el respaldo. Parte de la determinación con la que había entrado en el ascensor desapareció de su postura.
—Por eso el señor Gökalp.
—Por eso el señor Gökalp, las distancias y todo lo demás.
Una sonrisa mínima rozó la comisura de Kenan.
—No parecías disfrutar demasiado de esas distancias.
—Que no las disfrute no significa que no sean necesarias.
—Podrías habérmelo dicho.
—No hemos tenido precisamente muchas ocasiones de hablar a solas.
—Me has dado varias oportunidades de entender que no querías tenerlas.
La observación no contenía reproche, pero Maia recordó todas las precauciones que había tomado para evitar quedarse a solas con él.
—Necesitaba concentrarme en el trabajo.
—Eso puedo respetarlo. Lo que no sabía era si estaba respetando tu trabajo o un rechazo que no querías decirme a la cara.
—Si quisiera rechazarte, te lo diría.
Solo después de pronunciarlo comprendió cuánto acababa de admitir. Dejó el vaso sobre la mesa y consultó la hora en el teléfono. Los cinco minutos que Kenan le había pedido estaban a punto de cumplirse, aunque a Maia le parecía llevar mucho más tiempo allí.
—Ya tienes tu explicación.
—Tengo una explicación para la forma en que te has comportado delante de los demás. No para lo que quieres.
—Lo que yo quiera no puede afectar a mi trabajo.
—No estoy diciendo que deba hacerlo. Te estoy preguntando si todavía quieres que me acerque cuando no estemos trabajando.
La sencillez de la pregunta hizo que Maia tardara unos segundos en asimilar todo su significado. Kenan no intentó acortar la distancia ni suavizarla con una sonrisa. Permaneció sentado frente a ella, aguardando una sinceridad semejante a la que acababa de ofrecerle.
—No puedes pedirme que responda a eso.
—No puedo obligarte. Pero necesito saberlo.
—No veo qué cambiaría.
—Cambiaría lo que hago a partir de ahora. Si esta distancia es solo profesional, esperaré.
Maia deslizó un dedo por la condensación del vaso. Era más sencillo convertirlo en un miembro de la delegación que decidir qué habría deseado sin el contrato; también resultaba imposible olvidar las fotografías que Zeynep acababa de mostrarle.
—Apenas te conozco. Nos vimos por primera vez ayer.
—Lo sé.
La ausencia de cualquier intento por discutir lo evidente la obligó a mirarlo.
Kenan seguía inclinado hacia delante, con las manos unidas entre las rodillas y los primeros botones de la camisa abiertos.
Sin embargo, la constancia de su atención empezaba a volver demasiado pequeño el espacio entre ambos.
—Entonces no entiendo qué esperas que te diga.
—La verdad. Solo quiero saber si la atracción que había anoche desapareció cuando se te pasó el efecto del whisky.
Kenan no intentó responder por ella. Esperó, dejándole abierta incluso la posibilidad de negar cuanto él creía haber percibido durante el día.
—No —admitió Maia.
Kenan no reaccionó de inmediato.
Él permaneció inmóvil, sin la satisfacción fácil de quien acaba de confirmar algo que ya daba por seguro. Esa quietud volvió más comprometida la respuesta que cualquier aproximación.
—No ha desaparecido —precisó Maia—, pero eso no significa que vaya a ocurrir nada entre nosotros.
—¿Por el contrato?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
La pregunta devolvió a Maia la advertencia de Zeynep. Podía sacar a relucir las fotografías, pero su límite existía desde antes de verlas.
—Tú regresarás a Estambul cuando terminen las jornadas. Apenas nos conocemos y no estoy interesada en empezar algo que ya tiene una despedida prevista.
La expresión de Kenan cambió al escuchar la última frase. Por primera vez, la atención serena con la que había recibido sus objeciones pareció vacilar.
—¿Eso crees que estoy buscando?
—No sé qué buscas. Ese es el problema.
—Por eso estamos hablando.
—Cinco minutos no bastan para conocer a alguien.
—Tampoco hacen falta años para saber que quieres conocerlo.
La respuesta fue inmediata. Kenan la pronunció con la misma certeza con la que había entrado en el ascensor y Maia comprendió que, al menos para él, la atracción no constituía un problema que debiera justificarse antes de actuar.
Dejó escapar el aire y se recostó en el sillón. El cansancio empezaba a enturbiar la conversación, volviendo más difícil distinguir entre lo que realmente pensaba y cuanto decía para ponerle fin.
—No voy a iniciar nada contigo mientras trabaje para la delegación.
—De acuerdo.
La aceptación llegó tan deprisa que Maia frunció el ceño.
—¿De acuerdo?
—Es una decisión razonable y no tengo intención de pedirte que la incumplas.
—Entonces esta conversación era innecesaria.
—No. Antes no sabía si estabas marcando un límite temporal o despidiéndote de mí sin decirlo.
Maia dejó el vaso sobre la mesa.
—Entonces voy a dejar clara otra cosa. Yo no tengo relaciones de una noche ni empiezo algo sabiendo que puede terminar en cuanto uno de los dos tome un avión. No sabría tratarlo como una experiencia agradable y olvidarme después.
Kenan permaneció unos instantes sin responder. Su atención recorrió el rostro de Maia con una lentitud distinta, como si buscara en él algo que aquella afirmación no terminaba de explicarle.
—No he entrado en ese ascensor para proponerte que pases una noche conmigo.
—Entonces ¿qué me propones?