CAPÍTULO 9 #2
El aire de la calle entró con el rumor lejano del tráfico y empezó a desplazar el calor estancado de la habitación. Después recogió los pañuelos usados de la mesilla, apartó la bandeja y comprobó en los envases a qué hora había tomado la última dosis.
—¿Cuánto tenías la última vez?
—Treinta y siete con ocho —consiguió responder Zeynep, con la voz reducida a un murmullo.
—Vamos a comprobarlo otra vez.
Abrió la caja del termómetro nuevo y se lo entregó. Mientras esperaba el resultado, ordenó la medicación y llenó uno de los vasos con el agua que acababa de comprar.
El aparato emitió un pitido poco después.
—Treinta y ocho.
Zeynep dejó caer la cabeza contra la almohada y cerró los ojos, demasiado cansada incluso para discutir el resultado.
—No parece que haya subido mucho —la tranquilizó Maia—. ¿Has comido algo?
Su amiga señaló la bandeja.
Había tomado parte de la sopa, un yogur y medio panecillo, suficientes para acompañar la medicación, aunque no tanto como Elvira habría considerado aceptable.
Maia dejó las galletas saladas sobre la mesilla y le acercó el vaso.
Zeynep bebió despacio. Cada trago le arrancaba una pequeña mueca y la obligaba a detenerse. Cuando terminó, devolvió el vaso a Maia y permaneció recostada, observándola con los párpados entornados.
—Gracias por sustituirme.
—Tu madre ha preparado un contrato con la universidad para que continúe hasta el lunes.
Zeynep asintió y se arropó hasta la cintura.
Después la examinó con más atención y señaló la silla del escritorio, indicándole que se sentara en lugar de continuar recorriendo la habitación.
Maia obedeció y, en cuanto dejó de moverse, el cansancio empezó a pesarle en los brazos y las piernas. El café de la tarde apenas había conseguido aplazar la somnolencia.
Zeynep la observó y reunió la voz necesaria para preguntar:
—¿Por qué estás tan cansada?
—Porque no he dormido casi nada.
La respuesta consiguió que abriera los ojos por completo. Maia le resumió la noche: el paraguas olvidado, el coche que había empapado a Kenan, la ropa de Marcos que Danielle le había prestado y los whisky sour que prepararon antes de que ella se quedara dormida.
—Él y yo seguimos hablando en la cocina. Le conté cosas que no habría contado sobria y después estuvimos a punto de besarnos.
Zeynep dejó de mover el vaso.
—Kenan se detuvo. Dijo que no quería que esta mañana tuviera que preguntarme si había sido por el whisky. Cuando se marchó, dejó una nota y una rosa hecha con una servilleta.
El esfuerzo por permanecer callada pareció costarle a Zeynep más que la fiebre.
—Ese tío es un encantador de serpientes.
Maia dejó escapar una risa cansada.
—Eso no es exactamente lo que esperaba que dijeras.
Zeynep buscó el teléfono entre las almohadas, escribió el nombre de Kenan y le tendió la pantalla.
Maia recorrió las imágenes y los titulares hasta detenerse en una fotografía en la que aparecía junto a una modelo rusa.
—Ya me habían hablado de esas fotos. Que aparezca con una mujer no significa que mantenga una relación con ella.
Zeynep escribió en el teléfono:
No con todas. Pero también dicen que va a casarse. Ten cuidado con él.
—Él asegura que está soltero.
Su amiga alzó una ceja y volvió a escribir:
Si quiere que seas su próxima conquista, no va a decirte que está a punto de casarse.
Nada de aquello iba más allá de lo que Elvira ya le había insinuado y Maia no estaba dispuesta a juzgarlo solo por unas fotografías.
—Anoche habría podido seguir adelante y no lo hizo.
—Eso no significa que sea inofensivo.
—Tampoco he dicho que lo sea. Pero esta mañana he firmado un contrato con la universidad. Hasta el lunes trabajo para la delegación y Kenan forma parte de ella. Las circunstancias han cambiado.
Zeynep recibió la afirmación sin compartir su seguridad. El contrato le daba a Maia una razón para mantener las distancias. Cuando las jornadas terminaran, Kenan regresaría a Turquía y ella prepararía su marcha a Múnich.
Su amiga dejó el teléfono y volvió a hundirse entre las almohadas. La fiebre y el esfuerzo de la conversación empezaban a vencerla; mantenía los ojos cerrados y respiraba por la boca para aliviar la congestión.
—Duerme un poco. Volveré a verte mañana.
Zeynep buscó su mano antes de que pudiera levantarse. Cuando Maia se inclinó hacia ella, abrió los ojos y reunió el hilo de voz que le quedaba.
—Encantador de serpientes.
—Sí, ya te he oído.
Zeynep negó despacio, como si Maia aún no hubiera comprendido la advertencia.
—Tú eres la serpiente.
A pesar del dolor de garganta, una sombra de sonrisa apareció en su boca.
Maia retiró la mano y le subió el edredón hasta los hombros.
—La fiebre te está afectando al cerebro.
Zeynep cerró los ojos todavía con aquella sonrisa débil, mientras Maia recogía el bolso y apagaba la lámpara del escritorio.
Maia salió al pasillo y cerró con cuidado. Solo le quedaba devolverle a Elvira la tarjeta y emprender el camino a casa. La advertencia de Zeynep la acompañó hasta el ascensor.
Entró, pulsó la planta baja y cerró los ojos durante buena parte del descenso. Al abrirse las puertas, el murmullo del vestíbulo llegó antes que la luz.
La delegación acababa de regresar al hotel. Demir se separó del grupo en dirección al bar, mientras Elvira permanecía cerca de la puerta giratoria conversando con uno de los profesores. Maia todavía se estaba acostumbrando a la claridad cuando Kenan se detuvo ante el ascensor.
Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Kenan se apartó para dejarle paso, pero Maia se detuvo en el umbral y no llegó a salir.
—Necesito hablar contigo.
—Yo necesito darle esta tarjeta a Elvira e irme a dormir.
Kenan indicó con una inclinación de cabeza el interior del ascensor que ella todavía ocupaba.
—Cinco minutos. Después te acompañaré de vuelta al vestíbulo.
Maia alzó la tarjeta. Las puertas emitieron el aviso de cierre mientras Kenan esperaba fuera, sin hacer ningún movimiento para impedirle marcharse. Le bastaba con avanzar un paso y cruzar el vestíbulo hasta Elvira; en lugar de hacerlo, dio un paso atrás dentro de la cabina para dejarle sitio.
Kenan entró antes de que las puertas se cerraran y pulsó el botón de su planta. Se situó a más de un metro de ella, la mayor distancia que permitía la cabina.
—No sé qué conversación puede ser tan urgente.
—La que llevas evitando todo el día.
—He estado trabajando.
—Lo sé. Por eso he esperado.
Maia miró los números del panel. No quería explicarle el contrato con las fotografías todavía recientes en la memoria.
—Estoy demasiado cansada para discutir.
—No quiero discutir. Esta mañana empezaste a tratarme como si en tu cocina no hubiera ocurrido nada. Durante la comida apenas me permitías mirarte y has colocado entre nosotros a la señorita Madinabeitia y al señor Gökalp.
—Esos son nuestros nombres.
—Anoche no los necesitábamos.
—Anoche habíamos bebido.
—Y sé por qué me aparté. No te estoy pidiendo que decidas nada esta noche; te estoy pidiendo una conversación.
El ascensor empezó a perder velocidad.
—¿En tu habitación?
—Podemos hablar en el pasillo si lo prefieres.
Las puertas se abrieron sobre una planta silenciosa. Kenan salió y se volvió hacia ella.
—Cinco minutos —repitió—. Donde tú elijas.
La decisión razonable era pulsar la planta baja. Aun así, Kenan no sabía que el contrato había cambiado las circunstancias. Si pensaba mantener aquella distancia, tendría que explicársela.
Salió de la cabina antes de que las puertas se cerraran.
Kenan caminó hacia el fondo del pasillo, adaptando el paso al cansancio de Maia. Ella lo siguió a una distancia prudente. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que él se detuvo ante su habitación.
Sacó la tarjeta de acceso del bolsillo interior de la chaqueta y la acercó al lector.
—Solo quiero hablar contigo sin que Elvira, el profesor Demir o cualquier otro miembro de la delegación aparezca antes de que hayas respondido.
La luz del lector cambió a verde. Kenan abrió la puerta y se hizo a un lado, dejando libre tanto la entrada de la habitación como el camino de regreso al ascensor.
Maia se detuvo frente a él.
—No tengo ninguna obligación de responderte.
—Ninguna —aceptó—. Pero no sé qué hacer con esta distancia si no me explicas de dónde ha salido.
La franqueza de la pregunta la obligó a recordar la forma en que se habían buscado la noche anterior, el instante en que Kenan se había detenido y todo cuanto llevaba haciendo desde entonces para evitar enfrentarse a lo que habría sucedido si ella no hubiera bebido.
Kenan esperó sin acercarse.
Maia consultó la hora, aunque ambos sabían que no era el reloj lo que necesitaba comprobar.
Después cruzó la puerta.