CAPÍTULO 9
Al regresar a la universidad, Maia se separó del grupo y fue a la cafetería. Faltaban poco más de diez minutos para la primera ponencia de la tarde y la comida había terminado de vencer las escasas reservas que le quedaban después de una noche demasiado corta.
Pidió un café doble y solo. La camarera le acercó una taza pequeña y Maia la miró con desconfianza.
—He dicho doble.
—Lleva dos cargas.
No parecía suficiente para sostenerla durante las horas siguientes, pero no tenía tiempo de discutir. Bebió sin esperar a que se enfriara y el café le abrasó la lengua. A su alrededor, un estudiante luchaba contra el sueño con la frente apoyada sobre el puño; Maia sintió una solidaridad inmediata.
Aún le quedaban dos ponencias y la cena con la delegación. Solo podía pensar en llegar a casa, quitarse los zapatos y caer sobre la cama.
—No va a aparecer más café por mucho que lo mires.
La voz de Elvira la obligó a levantar la cabeza. Se acercaba desde la entrada con el maletín colgado del hombro y el programa de la tarde en una mano.
—Estaba intentando convencerme de que esto es suficiente.
—No lo es.
Elvira dejó sobre la barra unas monedas y pidió otro café. Maia la observó mientras la camarera preparaba una segunda taza.
—Ese es para mí, ¿verdad?
—No. Tú ya tienes uno doble y acabas de comer como si llevaras una semana perdida en el monte.
—Comer provoca sueño.
—Descansar poco también.
Maia se llevó la taza a los labios para evitar responder. Elvira recibió su café con leche y contempló a Maia por encima del borde de la taza mientras probaba la temperatura.
—¿Podrás terminar la tarde?
—Claro que podré. Quedan dos ponencias y la cena. Cuando termine, me iré a casa y dormiré doce horas seguidas. Mañana volveré a parecer una persona.
—Con ocho me conformo.
Un grupo de miembros de la delegación apareció al otro lado de las puertas de cristal. Maia reconoció entre ellos al profesor Demir, que se detuvo para contemplar un cartel pegado en la pared y obligó a los demás a esperarlo. Kenan caminaba unos pasos por detrás, conversando con Barış.
Maia bajó los ojos hacia el café antes de que pudiera encontrarla junto a la barra.
—¿Cómo está Zeynep? —preguntó.
—La fiebre ha bajado un poco. La he llamado desde la sidrería y seguía durmiendo, aunque al menos ha conseguido desayunar y tomarse la medicación.
—Pasaré a verla cuando terminemos.
—Le vendrá bien. Lleva todo el día encerrada en la habitación y ya empieza a desesperarse.
La puerta de la cafetería se abrió y las voces de los profesores llenaron la sala. Demir localizó enseguida a Maia y alzó una mano para saludarla. Ella respondió con el mismo gesto, terminó el café en dos tragos y dejó la taza sobre la barra.
Cuando se volvió, Kenan acababa de entrar.
No hizo nada que pudiera interpretarse como un intento de acercamiento. Su atención pasó de Elvira al rostro de Maia y se detuvo allí el tiempo suficiente para reparar en su cansancio. A continuación, siguió a los demás hacia el mostrador.
La discreción debería haberla tranquilizado. En cambio, le devolvió la inquietud que había intentado dejar atrás al salir de la sidrería.
Maia recogió la carpeta que había dejado junto al bolso.
—Será mejor que suba.
Elvira no respondió de inmediato. Miró hacia Kenan, que esperaba su turno ante la barra, y después hacia ella.
—Sí —dijo al fin—. Será mejor.
La primera ponencia empezó con retraso porque el ordenador no reconocía la presentación. El contratiempo dio tiempo al café para hacer efecto y, una vez dentro de la cabina, el trabajo se impuso sobre todo lo demás.
La segunda intervención se prolongó más de lo previsto. Cuando el café dejó de sostenerla, Maia se obligó a enderezarse y mantuvo la vista fija en el conferenciante hasta la frase de cierre.
Los aplausos llegaron amortiguados por el cristal. Desconectó el micrófono, guardó el cuaderno y salió de la cabina mientras los asistentes empezaban a levantarse.
Recogió el bolso y la carpeta sin acercarse al grupo, pero Demir la encontró antes de que alcanzara el pasillo.
—Mañana volverás, ¿verdad?
Lo preguntó con una seriedad que Maia tardó un instante en reconocer como fingida.
—Eso figura en el contrato que he firmado esta mañana.
—Bien. Elvira habla turco, pero no se sienta conmigo durante la comida.
—Intentaré que no tenga que enfrentarse solo a nada que conserve opiniones.
Demir dejó escapar una risa y le dio las buenas tardes antes de reunirse con sus compañeros. Maia continuó hacia la salida, aunque Elvira la alcanzó junto a las escaleras.
—Esta noche cenarán en el restaurante del hotel —le explicó—. No hace falta que vengas.
Maia se detuvo.
—Puedo ir.
—Ya sé que puedes. También podrías presentarte mañana y dormirte delante de toda la delegación, pero preferiría no comprobarlo. Es una cena informal, el decano se marcha a casa y yo podré ocuparme de lo imprescindible.
Maia miró el reloj. Todavía no eran las ocho y media. Si regresaba directamente a casa, podía estar en la cama antes de las nueve, aunque la idea de dejar a Zeynep sola en el hotel terminó imponiéndose al cansancio.
—Pasaré a verla antes de irme.
—Seguro que se alegra de verte —respondió Elvira.
Sacó del maletín la tarjeta de la habitación y se la entregó.
—Le he dicho que quizá subieras. Si está dormida, no la despiertes, y procura no quedarte demasiado tiempo. A las dos os conviene descansar.
Maia guardó la tarjeta en el bolsillo lateral del bolso. Cuando levantó la cabeza, Kenan salía del salón de grados acompañado por dos profesores y su compañero de la fundación. Elvira esperó a que llegaran hasta ellas para informarles de que el autocar saldría hacia el hotel en unos minutos.
Cuando terminó de explicar la hora, Kenan se dirigió a Maia.
—¿No viene a cenar, señorita Madinabeitia?
La pregunta habría podido formularla a cualquier integrante de la organización. Su voz conservaba el tono mesurado que había empleado durante toda la jornada, aunque, al pronunciar el apellido de Maia, descendió hasta el registro más bajo con el que había hablado en su cocina la noche anterior.
—No —explicó Elvira—. Ha terminado por hoy. Antes de irse a casa, pasará a ver a Zeynep.
—¿Sabe si se encuentra mejor?
—La fiebre ha bajado un poco esta tarde —respondió Maia—, pero Elvira cree que aún tardará en recuperarse.
—Espero que así sea. Transmítale mis deseos de que se mejore, por favor.
—Lo haré, señor Gökalp.
El tratamiento salió de sus labios con toda la corrección exigida por el lugar, aunque la forma de pronunciarlo contenía una intimidad que contradecía aquella distancia.
Elvira no pareció advertirlo.
Maia echó a andar hacia la escalera. Al llegar al primer peldaño, Kenan habló a su espalda.
—Que descanse, señorita Madinabeitia.
Ella se volvió solo lo imprescindible.
—Que disfrute de la cena, señor Gökalp.
Continuó bajando sin esperar su reacción.
El autocar trasladaría a la delegación hasta el hotel, pero Maia prefirió ir andando. Necesitaba el aire de la calle después de tantas horas encerrada y, sobre todo, necesitaba alejarse de Kenan antes de que aquella despedida formal empezara a parecer otra cosa.
La tarde seguía siendo cálida, aunque la humedad de la víspera persistía en las zonas donde los edificios impedían que llegara el sol.
Caminó sin prisa, con el bolso colgado en bandolera y la carpeta apretada contra el costado.
El ruido del tráfico y las conversaciones de las terrazas la acompañaron durante el trayecto, pero el cansancio amortiguaba cuanto la rodeaba.
Cruzó dos calles sin recordar después qué escaparates había dejado atrás y tuvo que consultar la hora al llegar a la plaza, convencida de que llevaba mucho más tiempo andando.
Entró en una farmacia antes de dirigirse al hotel.
Compró una caja de pañuelos y unas pastillas para la garganta, además de un termómetro porque Elvira no confiaba demasiado en el que había encontrado en el neceser de viaje.
En una tienda cercana añadió una botella de agua y un paquete de galletas saladas, aunque sospechaba que Zeynep dispondría de comida suficiente en la habitación.
Cuando llegó al hotel, la delegación aún no había regresado. El vestíbulo conservaba la tranquilidad de las horas intermedias, con las lámparas encendidas pese a la claridad que entraba por los ventanales y un murmullo discreto procedente de la recepción.
Maia cruzó sin detenerse y tomó el ascensor. El pasillo de la planta olía a moqueta, ambientador y aire acondicionado. Frente a la puerta de Zeynep sacó la tarjeta que le había entregado Elvira, pero llamó antes de utilizarla.
—Soy yo.
Escuchó un movimiento al otro lado, seguido por unos pasos lentos. La puerta se abrió apenas y Zeynep apareció envuelta en el albornoz del hotel, con el cabello recogido de cualquier manera y unas ojeras que destacaban bajo la luz amarillenta.
—Tienes un aspecto horrible —dijo Maia.
Zeynep se apartó para dejarla pasar.
Intentó responder, pero la voz le salió tan áspera que desistió después de las primeras palabras y señaló el rostro de Maia con un gesto que dejaba claro que ella tampoco estaba en condiciones de criticar a nadie.
En la habitación hacía demasiado calor. Las cortinas permanecían cerradas y sobre la mesilla se acumulaban una bandeja con restos de sopa, dos vasos, varias botellas de agua y los envases de la medicación.
Zeynep regresó a la cama y se acomodó contra las almohadas, arrastrando el edredón sobre las piernas mientras Maia dejaba las compras a su alcance.
—Tu madre está preocupada —le explicó—. Me ha dado la tarjeta por si estabas dormida y no podías abrirme.
Zeynep señaló el teléfono abandonado sobre la almohada y levantó seis dedos. Elvira la había llamado tantas veces a lo largo del día que ya no necesitaba palabras para expresar su opinión al respecto.
—Se le pasará cuando dejes de tener fiebre.
Maia descorrió una de las cortinas y abrió unos centímetros la ventana.