CAPÍTULO 8 #3
—Me duele la cabeza y llevo toda la mañana trabajando mientras tú mandas mensajes sobre sus pantalones.
—No eran sus pantalones. Eran de Marcos. Le hará ilusión saber que su ropa participa en una historia de amor internacional.
—No hay ninguna historia de amor.
—Todavía. ¿Sigue estando igual de bueno a la luz del día?
Cortó la llamada antes de que pudiera añadir nada más. Se humedeció la nuca, guardó el teléfono y respiró unos segundos hasta recuperar una apariencia razonablemente digna.
Al volverse hacia la puerta, encontró a Kenan apoyado contra la pared del pasillo.
Tenía una mano en el bolsillo. La postura habría parecido casual si no se hubiera esforzado por contener la risa. Cuando comprendió que Maia lo había descubierto observándola desde el interior del baño, perdió la batalla y apartó la cara, sacudido por una carcajada baja.
Maia deseó desaparecer.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Desde antes de que Danielle manifestara su deseo de que volviera a quitarme los pantalones en vuestra casa.
La precisión de la respuesta acabó con la mínima esperanza de que hubiera escuchado únicamente el final.
—Has oído todo.
—Todo —confirmó él, y la sencilla palabra amenazó con hacerle perder de nuevo la compostura.
Salió del baño y se acercó lo suficiente para no tener que levantar la voz. El frescor del pasillo no había servido de nada; sentía las mejillas encendidas y estaba segura de que el color se extendía ya por el cuello.
—Podías haber avisado de que estabas aquí.
—Eso pretendía hacer. Pero Danielle ha mencionado mis pantalones antes de darme tiempo y después no he encontrado una manera digna de interrumpiros.
—Marcharte habría sido bastante digno.
—Lo pensé, pero entonces empezó a preguntarte cómo estaba a la luz del día y perdí el momento adecuado.
Intentó mantener el reproche, aunque unas ganas inoportunas de reírse empezaban a debilitarlo. Kenan debió de advertirlo porque la sonrisa volvió a abrirse paso en su rostro.
—No vas a volver a casa esta noche —dijo ella.
—Eso también lo he oído. Varias veces.
—Bien. Entonces no hace falta seguir hablando del asunto.
Maia echó a andar hacia el comedor. Al pasar junto a él, la estrechez del pasillo la obligó a acercarse más de lo que pretendía; Kenan se pegó un poco más a la pared para dejarla cruzar, aunque su voz volvió a alcanzarla antes de que hubiera dado tres pasos.
—También he oído que no te comiste ningún bombón anoche.
Se detuvo, pero se negó a volverse.
—Danielle dice estupideces cuando se aburre.
—Me ha parecido bastante creativa.
—A ti porque te ha llamado bombón.
Kenan volvió a reírse, aunque permaneció donde estaba, sin aprovechar la situación para acercarse.
—¿Qué parte te ha molestado más? —preguntó—. ¿La del bombón o la de los pantalones?
—La parte en la que estabas aquí escuchándolo todo.
—Esa también ha sido mi favorita.
Maia llegó hasta la entrada del comedor. Habría debido reunirse con los demás, pero la necesidad de corregir al menos una parte de lo que Kenan acababa de oír la hizo mirar por encima del hombro.
—Tú mejor que nadie sabes que anoche no ocurrió nada.
—Lo sé.
La diversión había desaparecido de su voz. Kenan seguía a pocos pasos de distancia, con una expresión que ya no conservaba nada de la burla anterior.
—Entonces deja de reírte como si Danielle hubiera descubierto algo.
Kenan guardó silencio. Desde el comedor llegó el arrastre de una silla, seguido de varias voces que se elevaron al mismo tiempo antes de confundirse de nuevo con el murmullo general.
—No todo lo que ha dicho es falso.
Permaneció inmóvil.
—Hablas de la parte del bombón…
Él se acercó despacio, dándole tiempo de sobra para entrar en el comedor o apartarse. Maia no hizo ninguna de las dos cosas.
Kenan se detuvo a su espalda, lo bastante cerca para que ella percibiera el calor de su cuerpo en el aire fresco del pasillo, pero sin llegar a rozarla. Apoyó una mano en la pared, junto a su hombro.
—Hablo de la parte del envoltorio —dijo—. Anoche no ocurrió nada porque decidí esperar, no porque no quisiera. Desde entonces estoy esperando que vuelvas a mirarme así. Pero esta vez sobria.
Maia terminó de volverse hasta quedar frente a él.
La cercanía y la absoluta seriedad con que había pronunciado la frase borraron de golpe los bombones, los pantalones de Marcos y las risas que todavía llegaban amortiguadas desde el comedor. Kenan no se movió ni intentó acortar el escaso espacio que quedaba entre ambos.
Finalmente retiró la mano de la pared y se apartó para dejarle paso.
—Después de ti.
Ella entró en el comedor sin responder.
Poco después, Elvira anunció que debían marcharse si querían llegar a tiempo a las ponencias de la tarde. El movimiento fue inmediato: las sillas rozaron el suelo, varias conversaciones quedaron a medias y los miembros de la delegación comenzaron a recuperar chaquetas, bolsos y carpetas.
Aprovechó la confusión para salir antes que el resto. Necesitaba unos minutos sin Demir a su lado, sin Elvira pendiente de ella y, sobre todo, sin Kenan lo bastante cerca para obligarla a preguntarse cómo lo había mirado la noche anterior.