CAPÍTULO 8 #2
Las puertas de la cocina se abrieron poco después y dos camareros salieron con grandes fuentes metálicas.
Sobre ellas descansaban unos chuletones de tamaño desmesurado, cortados en tiras gruesas alrededor del hueso.
La grasa seguía crepitando y el humo ascendía hacia las vigas, extendiendo por el comedor un olor intenso a carne y brasa.
Uno de los camareros inclinó la fuente para hacerle sitio entre los platos y dejó a la vista el centro rojo de la carne.
El asombro de la delegación fue inmediato.
—Eso no está hecho —murmuró uno de los profesores en turco.
—Sí lo está —respondió Maia.
Demir examinó el chuletón con la misma cautela que había dedicado a la sidra.
—En el centro todavía parece tener opiniones.
La carcajada sorprendió a Maia antes de que pudiera contenerla.
Varias personas se volvieron hacia ellos y Demir, satisfecho con el efecto de su observación, esperó a que el camarero terminara de servir.
Cuando tuvo la carne delante, desplazó el plato unos centímetros y miró a Maia, dejando claro que no pensaba probarla sin garantías.
Ella cortó un pedazo del suyo y se lo llevó a la boca. La superficie tostada cedió enseguida y el sabor de la brasa se mezcló con la sal gruesa mientras Demir aguardaba el veredicto.
—Está buena —le aseguró.
Él observó el interior rojizo de una de las tiras antes de escoger la más hecha.
—Si sobrevives, comeré.
Maia negó con la cabeza, todavía divertida, y continuó con su plato. Demir esperó unos segundos más y, al comprobar que no se producía ninguna consecuencia inmediata, probó la carne.
A su alrededor, las reservas iniciales fueron desapareciendo.
El profesor que había protestado por el punto de cocción pidió que le acercaran otra tira, mientras su compañero fotografiaba el hueso junto a su mano para dejar constancia del tamaño.
Desde la cabecera de la mesa, Elvira trataba de explicar que los chuletones se compartían, aunque uno de los profesores ya había empezado a contar una historia que nadie parecía escuchar por completo.
Demir terminó el primer pedazo con evidente aprobación y se sirvió otro sin hacer ningún comentario. Maia decidió no recordarle sus reservas.
Cada nuevo grito de « Txotx !» levantaba de la mesa a dos o tres profesores.
La extrañeza inicial se había convertido ya en una competición informal por escanciar sin mojarse los zapatos.
Maia permaneció junto a Demir, protegida por su curiosidad, por el ruido de los cubiertos sobre las fuentes y por las conversaciones que se cruzaban de un extremo al otro.
Kenan no había vuelto a buscar sus ojos ni le había dirigido la palabra desde que se sentaron.
Respetaba la distancia que ella había establecido con una precisión difícil de reprochar, sin halagos fáciles ni una insistencia que reclamara alguna recompensa.
Aquello debería haberle facilitado las cosas; sin embargo, Maia no sabía qué hacer con un hombre que la había cuidado sin esperar nada a cambio, había dejado una rosa de papel sobre la mesa y se había marchado sin aguardar su reacción.
Cuando Demir terminó la sidra, Maia le preguntó si se atrevía a repetir la experiencia. El profesor observó el fondo vacío del vaso y después la zona de las cubas, donde acababan de lanzar un nuevo grito.
—Si vienes conmigo —aceptó mientras se levantaba con cierta lentitud—. Para la segunda necesito otra vez tu ayuda.
Maia se puso en pie para acompañarlo. Al rodear la mesa tuvo que pasar por detrás de Kenan y dejó entre ambos todo el espacio que le permitía la silla, procurando que la precaución no resultara evidente para los demás.
Él acercó ligeramente la silla a la mesa para facilitarle el paso. Maia casi había rebasado su asiento cuando lo oyó hablar.
—Señorita Madinabeitia.
La formalidad con la que pronunció su apellido la detuvo. Había vuelto apenas la cabeza hacia ella, sin abandonar por completo la conversación que mantenía con el profesor sentado a su lado. Maia habría podido continuar como si no lo hubiera oído, pero se volvió.
—Señor Gökalp —respondió.
Él inclinó ligeramente la cabeza y volvió a orientarse hacia la mesa, dejándole libre el paso.
Maia continuó detrás de Demir. A sus espaldas no llegó ninguna réplica, solo el roce de la silla de Kenan al orientarse de nuevo hacia la mesa y las voces de varios miembros de la delegación, que reclamaban al profesor para otra fotografía.
Mientras aguardaba a que Demir colocara el vaso bajo el chorro, le resonó de nuevo su apellido en labios de Kenan.
Él respetaba el límite que le había impuesto y no hacía nada que pudiera comprometerla delante de los demás.
Sin embargo, le había bastado escucharlo llamarla señorita Madinabeitia para descubrir que tampoco deseaba aquella distancia de la forma rotunda que se había empeñado en creer.
El sidrero abrió la espita y Maia tuvo que concentrarse en sus indicaciones para avisar a Demir en el momento preciso.
Lo hizo demasiado tarde. La sidra golpeó el borde del vaso y salpicó los zapatos del profesor, que retrocedió entre las risas de sus compañeros mientras trataba de salvar parte de la bebida.
Rio con ellos y se agachó para recoger una servilleta caída en el suelo. Cuando volvió a incorporarse, Demir sostenía el vaso lejos del cuerpo y examinaba las manchas de sus zapatos con resignación.
El alboroto le permitió regresar a la mesa sin mirar hacia el lugar que ocupaba Kenan.
Los platos comenzaban a retirarse y el comedor había adquirido ese desorden satisfecho de las sobremesas largas: servilletas arrugadas junto a los vasos, fuentes casi vacías y voces superpuestas mientras el olor de la brasa cedía poco a poco ante el del café.
Elvira hablaba con el decano acerca del horario de la tarde cuando el bolso de Maia vibró contra el respaldo.
Encontró un mensaje de Danielle, escrito en inglés:
Danielle: ¿Qué tal está el bombón turco hoy?
Apagó la pantalla con tanta rapidez que Demir apartó los ojos de sus fotografías.
—¿Ocurre algo?
—Nada. Mi compañera de piso.
Medio minuto después llegó otro mensaje:
Danielle: Está contigo, supongo. Dile que estoy deseando que vuelva a quitarse los pantalones en casa.
Logró contener la risa, pero no el rubor. Contestó que estaba trabajando y que dejara de llamarlo bombón. Danielle amenazó con telefonear si no contestaba a su pregunta.
—Voy un momento al aseo —le dijo a Demir.
En el baño, apartado del comedor, abrió el grifo.
El teléfono empezó a vibrar cuando tenía las manos cubiertas de jabón.
Aceptó la llamada, activó el manos libres y lo dejó sobre la repisa.
La puerta no había encajado del todo, aunque las voces del comedor llegaban amortiguadas y el pasillo parecía vacío.
—Estoy trabajando —advirtió en inglés.
—¿Le has dicho al bombón turco que estoy deseando que vuelva a quitarse los pantalones en nuestra casa?
—No vuelvas a decir eso. Si alguien te escucha, pensará que le pedí que se desnudara.
—Solo le pediste que se quitara los pantalones delante de ti. Yo tuve la decencia de dormirme.
—Los tenía empapados, Dani.
—No te juzgo. Me pareció una solución muy práctica.
Empezó a secarse las manos.
—¿Me has llamado solo para decirme esta barbaridad?
—También para avisarte de que compraré más whisky y limones.
—No compres nada. Kenan no va a volver a casa.
—Tampoco iba a subir ayer y acabó sin pantalones.
A Maia se le escapó una risa.
—Dani…
—Ya que le has quitado el envoltorio al bombón, podrías darme una opinión mejor fundamentada.
—No ocurrió nada.
—No sé si intentas convencerme o estás decepcionada.
Maia se encontró con su reflejo y renunció a mentir en voz alta. Necesitó un instante para dominarse antes de responder: