CAPÍTULO 8
El autocar abandonó el centro de Vitoria y avanzó durante unos veinte minutos entre campos todavía húmedos por la lluvia del día anterior.
Maia ocupó uno de los asientos delanteros, junto a Elvira, mientras a su espalda las conversaciones de la delegación se mezclaban con el zumbido del motor y el golpeteo ocasional de las ramas contra los cristales.
Elvira esperó hasta que dejaron atrás las últimas calles y abrió el maletín que llevaba sobre las rodillas. Extrajo varias hojas sujetas por una grapa y le tendió un bolígrafo.
—Antes de que se me olvide, necesito que firmes esto.
Era un acuerdo de colaboración con la universidad para prestar servicios de interpretación desde el día anterior hasta el lunes siguiente. Maia leyó la cantidad estipulada, muy lejos de la compensación simbólica que había imaginado.
—Elvira, yo no vine por esto.
—Ya lo sé. Pero un favor no deja de ser trabajo porque tú hayas decidido hacerlo sin preguntar cuánto van a pagarte.
Maia volvió a mirar las fechas. El lunes trazaba un límite preciso para la responsabilidad que estaba a punto de asumir. También podía proporcionárselo a todo lo demás.
Antes de firmar, recordó la nota escondida en el libro, la rosa y la posibilidad que Kenan había dejado abierta en la cocina: al día siguiente sería distinto. No le había exigido una respuesta, pero el contrato acababa de ofrecerle la única que Maia estaba dispuesta a dar por el momento.
Hasta el lunes, Kenan Gökalp sería un miembro de la delegación para la que trabajaba, no el hombre que había permanecido con ella en la cocina ni el que había doblado una servilleta hasta convertirla en una rosa. Lo que pudiera ocurrir después tendría que esperar a que terminaran las jornadas.
Firmó. Elvira comprobó los apartados y guardó el documento.
—Ahora ya estás aquí oficialmente.
Maia no volvió la cabeza. Sabía que se había sentado varias filas más atrás; le bastaba con distinguir su voz cada vez que respondía al decano.
Apoyó la sien contra la ventanilla, pero el sol calentaba el cristal y la obligó a apartarse.
No tenía sentido seguir revisando una noche que ya no podía corregir.
La sidrería ocupaba un caserío de piedra a las afueras de la ciudad, rodeado de prados que el sol había devuelto a un verde intenso.
Junto a los muros y bajo los árboles persistía el olor húmedo de la lluvia, mezclado con el humo que escapaba por una chimenea lateral.
Cuando cruzaron la puerta, la claridad del exterior quedó atrás y varios profesores se detuvieron para acostumbrar la vista a la penumbra del comedor.
Dentro, la leña alimentaba un calor denso al que se sumaban los aromas de la carne asada y la sidra.
Las mesas largas, de madera oscura y sin manteles, ocupaban buena parte de la sala bajo unas vigas ennegrecidas por el humo.
Al fondo, tras un arco de piedra, se adivinaban las enormes cubas y el movimiento constante de los camareros; uno de ellos atravesó el comedor con una fuente de chorizo caliente, mientras otro avanzaba entre las mesas con varias hogazas de pan apoyadas contra el pecho.
Elvira condujo al grupo hasta la mesa reservada y Maia esperó a que los profesores escogieran asiento.
Se disponía a ocupar uno de los extremos cuando el profesor Demir retiró la silla situada a su lado con una solemnidad impropia de una comida en la que todos tendrían que servirse de las mismas fuentes.
—Seguro que Zeynep esperaba que cuidaras de mí —le recordó en turco—. No querrás que tenga que explicarle que me abandonaste nada más llegar.
Maia aceptó el lugar entre risas y se sentó junto a Demir, con otro de los profesores a su derecha.
Cuando terminó de acomodar el bolso en el respaldo, descubrió que Kenan acababa de ocupar una silla casi frente a ella, lo bastante lejos para que no tuvieran que hablarse y lo bastante cerca para que sus ojos se encontraran antes de que pudiera evitarlo.
Él no sonrió ni hizo ademán de saludarla. Conservó durante un instante la misma serenidad con la que había aceptado su distancia en el vestíbulo y después atendió a una observación del hombre sentado a su lado.
Acercó la carta al profesor Demir.
—¿No podemos pedir cada uno lo que quiera? —preguntó él, recorriendo la única hoja con una perplejidad afable.
—Podría intentarlo, pero creo que no serviría de mucho. El menú es el mismo para toda la mesa.
Demir volvió la carta para comprobar si al dorso se escondía alguna alternativa y la dejó sobre la mesa sin parecer del todo convencido.
—Entonces será mejor que sigas cerca. Necesito más explicaciones que los demás.
Le advirtió que quizá tampoco ella conociera todos los platos. El profesor aceptó la limitación con un asentimiento y dirigió la atención hacia el comedor, interesado en el trasiego de los camareros.
Selim Demir debía de rondar los setenta años.
Tenía el cabello completamente blanco, unas cejas espesas que parecían moverse con independencia del resto de su rostro y la costumbre de inclinarse hacia su interlocutor como si cuanto fuese a escuchar mereciera toda su atención.
Durante la conferencia había parecido mucho más severo; allí, con la servilleta extendida sobre las rodillas y la curiosidad puesta en cuanto ocurría a su alrededor, Maia descubrió en él una calidez que no había tenido ocasión de percibir desde la cabina.
Los primeros platos llegaron sin ceremonia.
Las tortillas de bacalao aparecieron en fuentes grandes, doradas por fuera y todavía jugosas en el centro, seguidas por bandejas de bacalao con pimientos.
Los camareros las depositaban a lo largo de la mesa y se marchaban antes de que nadie pudiera preguntar a quién pertenecía cada ración.
Los profesores turcos tardaron unos instantes en comprender que debían compartirlo todo.
Uno aguardó con el plato vacío a que alguien le sirviera, mientras otro examinaba la tortilla como si intentara decidir por qué punto convenía empezar a repartirla.
Maia acercó una de las fuentes y explicó el funcionamiento general de la comida; enseguida el pan comenzó a circular de mano en mano y las dudas cedieron ante el apetito.
—¿Quiere que le sirva un poco, profesor Demir?
Él le dio las gracias y, antes de que Maia retirara la fuente, le pidió que lo llamase Selim Hoca . Después de toda una mañana juntos, «profesor Demir» le resultaba demasiado formal.
Repitió el tratamiento para acostumbrarse a él y depositó una porción de tortilla en su plato.
Cuando se sirvió la suya, el olor cálido del bacalao le recordó que casi no había probado el desayuno que Kenan había llevado a la cabina.
Escogió un pedazo algo mayor del que acostumbraba y empezó a comer mientras Demir comentaba las diferencias entre aquellas jornadas y otros encuentros académicos a los que había asistido.
Un grito de « Txotx !» llegó desde la zona de las cubas.
Las conversaciones de las mesas cercanas se interrumpieron casi al mismo tiempo y varias personas se levantaron con sus vasos para dirigirse hacia el fondo del local, formando una fila espontánea.
Los miembros de la delegación siguieron aquel desplazamiento con desconcierto.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Demir.
—Van a beber sidra.
El profesor contempló la jarra que ya tenían sobre la mesa.
—Hay sidra aquí.
—No es exactamente lo mismo.
La explicación no pareció convencerlo, pero se levantó cuando Elvira animó al grupo a acompañarla. Maia fue tras ellos hasta la sala de las cubas, donde el aire resultaba más fresco y olía a madera húmeda, manzana fermentada y piedra antigua.
El sidrero retiró una pequeña espita y un chorro fino salió disparado desde la enorme kupela .
El primero de la fila inclinó el vaso casi a ras del suelo, dejó que la sidra golpeara contra el cristal y, cuando había recogido solo dos dedos, se apartó para que la siguiente persona ocupara su lugar sin que el chorro llegara a cortarse.
Los profesores observaron la maniobra con asombro. Uno sacó el teléfono antes de que le llegara el turno; otro colocó el vaso demasiado cerca de la cuba y recibió una salpicadura en la manga, entre las carcajadas de sus compañeros.
Demir se situó frente al chorro con una concentración absoluta y consiguió recoger buena parte de la sidra, aunque dejó un reguero en el suelo. Al incorporarse, alzó el vaso con orgullo.
—¿Y ahora?
—Ahora tiene que beberla.
Maia rio y, al levantar la vista, encontró a Kenan al otro lado de la fila.
Él sostenía el vaso vacío, pero la miraba a ella.
No apartó los ojos cuando Maia lo descubrió; después de sostenerle la mirada durante un instante, la sonrisa de ella se fue apagando al recordar el cuidado con que la había escuchado y evitado acercarse la noche anterior.
Demir se movió a su lado y Maia lo tomó del brazo antes de que una mujer que retrocedía con el vaso lleno chocara con él. El profesor probó la sidra, frunció el ceño ante la acidez y tomó un segundo sorbo, decidido a darle otra oportunidad.
—En Turquía usamos la manzana para hacer té —comentó—. No esperaba que esto fuera tan seco.
La conversación con él le permitió recuperar cierta naturalidad.
Demir le preguntó por su tesis, esta vez sin la solemnidad con la que la había felicitado por la mañana, y quiso saber cuánto tiempo llevaba estudiando turco.
No se limitaba a encadenar preguntas: escuchaba las respuestas, se detenía en algún detalle y retomaba después la conversación desde allí, con un interés que no parecía motivado por la cortesía.
Cuando regresaron a la mesa, Kenan hablaba con uno de los profesores turcos. Maia no alcanzaba a oír lo que decían desde su sitio, pero reconoció en su voz el tono profesional que había utilizado durante las jornadas y agradeció que no intentara incorporarla a la conversación.