Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

La segunda ponencia era la última de la mañana. El esfuerzo se le había acumulado en la garganta y detrás de los ojos, pero llegó a la última diapositiva sin cometer ningún error que no hubiera podido corregir sobre la marcha.

Cuando concluyó el turno de preguntas, los aplausos se mezclaron con el ruido de las butacas y con las conversaciones de quienes ya se dirigían hacia la salida.

Maia apagó el micrófono, se quitó los auriculares y permaneció unos segundos sentada, acostumbrándose al silencio después de haber tenido una voz turca resonando directamente en la cabeza durante buena parte de la mañana.

Las carpetas correspondientes a las dos sesiones de la tarde seguían apiladas a un lado de la consola.

Maia no intentó abrirlas ni comenzó a ordenar las que acababa de utilizar; apoyó los antebrazos sobre la mesa y calculó cuánto tiempo podría pasar con los ojos cerrados antes de que alguien subiera a buscarla.

La puerta de la cabina se abrió a su espalda.

—Tenemos más de tres horas antes de que empiece la sesión de la tarde —anunció Elvira—. El almuerzo será en una sidrería, así que puedes dejarlo todo aquí. Volveremos con tiempo.

Maia giró la silla hacia ella.

—¿Una sidrería?

—La fundación quiere que la delegación conozca algo más del País Vasco que estas cuatro paredes. —Elvira recorrió la consola con la vista y se detuvo en el plato, donde solo quedaban unas migas de bizcocho y medio bocadillo—. Esto no estaba aquí cuando he subido antes.

—Lo ha traído el señor Gökalp durante la pausa.

Elvira entró y cerró la puerta. El ruido de la sala quedó reducido a un murmullo amortiguado por el cristal, pero la formalidad no pareció tranquilizarla.

—Eso ya lo había deducido.

Maia no añadió nada. Llamarlo Kenan le había salido con naturalidad desde que él se lo pidió la noche anterior, pero aquella familiaridad les pertenecía fuera de las jornadas. Delante de Elvira, del decano y de los demás profesores, sería el señor Gökalp.

Cogió la botella de agua y comprobó que también estaba vacía. Habría preferido seguir recogiendo, aunque solo fuera para no tener que enfrentarse a la expresión de Elvira, pero ya no quedaba nada que pudiera ordenar sin que la evasión resultara demasiado evidente.

—¿Qué pasa entre él y tú?

La pregunta llegó sin rodeos, pronunciada en el mismo tono con el que Elvira habría querido saber si había dormido, comido o entregado a tiempo algún trabajo de la universidad. Maia dejó la botella junto al plato.

—No pasa nada.

—Maia.

—Lo conocí ayer.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—Elvira se apoyó en el borde de la consola, sin llegar a sentarse—.

Ayer apenas sabías quién era y esta mañana entra aquí con tu café, te trae comida y se instala en la sala con un auricular para escucharte traducir a un idioma que no entiende.

Tú, mientras tanto, lo miras como si llevarais semanas manteniendo una conversación que los demás no podemos oír.

La descripción, dicha en voz alta, resultaba mucho más íntima que cuanto había sucedido en realidad. Maia apartó el plato para cerrar la carpeta, aunque Elvira apoyó dos dedos sobre la tapa antes de que pudiera hacerlo.

—No te estoy interrogando.

—Se parece bastante.

—Porque no me estás contestando.

Maia conocía aquella combinación de afecto y preocupación. En otras circunstancias quizá le habría contado lo ocurrido bajo la lluvia y una versión cuidadosamente escogida de la madrugada; allí, Elvira era también responsable de la delegación y quien había confiado en ella para sustituir a Zeynep.

—Ha sido atento conmigo, nada más —respondió mientras retiraba la mano de la carpeta—. Me vio nerviosa y me ha traído algo de comer.

Elvira la observó en silencio. No parecía convencida, aunque tampoco insistió en averiguar por qué Maia recibía aquellas atenciones con una confianza que aún no mostraba con los demás profesores.

—El señor Gökalp no es uno más de la delegación.

—Ya sé que es el presidente de la fundación.

—No me refiero solo a eso. El señor Gökalp está acostumbrado a moverse en ambientes donde todo sucede con mucha rapidez: los viajes, los negocios, las personas que aparecen y desaparecen de su vida.

Maia alzó la vista.

—No te estoy diciendo que sea una mala persona —continuó Elvira—. Si lo creyera, no trabajaría con él. Pero tú no sueles tomarte estas cosas a la ligera. Solo quiero asegurarme de que recuerdas que lo conociste ayer.

Elvira bajó la vista hacia la mano de Maia, todavía apoyada sobre la carpeta, y la cubrió durante un instante con la suya.

Maia sintió una punzada de irritación, no porque Elvira estuviera necesariamente equivocada, sino porque acababa de convertir en una advertencia algo que, unas horas antes, aún no exigía ninguna definición.

Guardó las notas en la carpeta y alineó los bordes antes de cerrarla.

—No te preocupes, Elvira.

Elvira retiró la mano de la carpeta, aunque continuó observándola unos segundos, como si tratara de decidir si aquella respuesta debía tranquilizarla.

—Bien. Los demás nos esperan abajo. La sidrería está a unos veinte minutos y han organizado el transporte desde la puerta principal.

Recogió el plato, donde aún quedaba medio bocadillo, el vaso de café y la botella vacía.

Al otro lado del cristal, los técnicos apagaban parte de las luces y retiraban los vasos abandonados entre las butacas; el salón iba perdiendo el aire provisional de las conferencias y quedaba sumido en una penumbra grisácea, dispuesto también a descansar antes de la sesión de la tarde.

Maia se levantó despacio, esperando a que las piernas recuperasen la sensibilidad después de tantas horas sentada. Se colgó el bolso, guardó el teléfono en uno de los bolsillos exteriores y dejó la carpeta sobre la consola.

Al abrir la puerta, las voces de la planta inferior ascendieron por el hueco de la escalera. Reconoció la de Kenan entre las demás, grave y tranquila, seguida por la risa de uno de los profesores, y no necesitó asomarse para saber que estaba allí.

Descendió detrás de Elvira con una mano apoyada en la barandilla. Mientras durasen las jornadas, debía recordar por qué estaba allí; lo demás debía esperar.

Kenan se encontraba en el vestíbulo, junto a la entrada, hablando con el decano. Cuando Maia apareció en la escalera, interrumpió la conversación apenas un instante y bajó la vista hacia el plato que Elvira llevaba en las manos.

No dijo nada ni alteró su expresión cuando el grupo comenzó a salir hacia el autocar; únicamente se apartó para dejarles paso. Sin embargo, al cruzar por delante de él, Maia supo que había advertido la distancia recién aparecida entre ambos.