Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Maia comenzó a traducir.

La primera oración le salió más lenta de lo necesario; en la segunda tuvo que prescindir de un inciso para no quedarse atrás y, durante la tercera, el ponente enlazó dos subordinadas que no figuraban en el texto preparado.

Retuvo la idea hasta conocer el final, reorganizó la frase en castellano y consiguió cerrarla aprovechando la pausa con la que Demir acompañó el cambio de diapositiva.

Comprendió que intentar seguirlo palabra por palabra acabaría dejándola atrás. Dejó de aferrarse a la sintaxis, trasladó el sentido y reservó el texto para anticipar cifras, nombres propios y términos técnicos.

Demir hablaba algo más despacio de lo que sugerían sus frases interminables y marcaba pequeñas pausas entre los bloques de información.

Kenan había cumplido su palabra.

A medida que transcurrían los minutos, el miedo perdió espacio frente al trabajo. Maia aprendió a reconocer cuándo Demir se apartaba del guion y a simplificar las construcciones imposibles sin sacrificar el argumento.

En una de las pausas levantó la vista hacia la sala.

Kenan estaba sentado de perfil al atril, con uno de los auriculares del receptor ajustado al oído. Mientras el resto de la delegación seguía las palabras de Demir directamente en turco, él parecía concentrado en la traducción que llegaba por el otro canal.

Tardó un instante en comprender lo absurdo de la imagen: no sabía español y Demir hablaba en turco, de modo que aquel aparato no podía servirle para seguir la conferencia ni para comprobar si la interpretación era correcta.

Al ver que se giraba a mirarla, Maia arqueó una ceja detrás del cristal, preguntándole sin palabras qué hacía escuchando una traducción que no entendía. Kenan le guiñó un ojo y levantó el pulgar junto al brazo de la butaca.

Demir retomó la exposición antes de que Maia pudiera seguir mirándolo.

Bajó los ojos hacia sus notas y regresó a la frase que comenzaba a formarse en los auriculares, aunque el gesto de Kenan permaneció con ella mientras seguía interpretando.

A partir de entonces, el tiempo dejó de dividirse en minutos y pasó a medirse en ideas resueltas, cifras pronunciadas correctamente y breves silencios en los que podía beber agua. El calor y la presión de los auriculares aumentaron el dolor de la resaca, pero su mente continuó trabajando.

Cuando Demir llegó a las conclusiones, Maia reconoció los párrafos del documento y pudo seguirlo con mayor seguridad.

Trasladó al español el agradecimiento final y apagó el micrófono mientras los primeros aplausos llenaban la sala, pero apenas tuvo tiempo de acostumbrarse a la ausencia de otra frase aproximándose por los auriculares: Elvira abrió el turno de preguntas desde el estrado y señaló a un alumno de las primeras filas.

Tradujo al turco la intervención, esperó con Demir mientras este reflexionaba y, en cuanto el profesor comenzó a responder, Maia volvió a activar su canal.

Las respuestas improvisadas resultaron más difíciles: Demir aceleraba, rectificaba a mitad de frase y daba por conocidos términos ausentes del material. Maia perdió un matiz y tuvo que reformular otra respuesta, pero conservó el contenido sin detenerse.

Tras la última pregunta, Demir agradeció de nuevo la invitación. Maia trasladó sus palabras al español y apagó definitivamente el micrófono mientras los aplausos regresaban con más fuerza; solo entonces se quitó los auriculares.

La cabina se había vuelto sofocante, tenía la garganta seca y la diadema le había dejado una marca dolorosa sobre el cuero cabelludo, pero el silencio que siguió a la voz de Demir le produjo una extraña sensación de ingravidez.

Elvira aún tardaría en subir a la cabina, pero Maia no necesitaba preguntarle de inmediato qué le había parecido: sabía dónde había perdido información, qué construcciones había resuelto con torpeza y cuáles había conseguido salvar.

El alivio no llegó de golpe, sino a través de pequeñas señales físicas: los dedos dejaron de aferrarse al bolígrafo, pudo apoyar la espalda en la silla y, por primera vez desde el comienzo de la ponencia, respiró sin esperar que otra frase viniera a alcanzarla.

Al otro lado del cristal, los asistentes empezaban a levantarse para la pausa y el profesor Demir recibía las primeras felicitaciones junto al estrado.

Maia recorrió las filas con la vista hasta localizar el lugar que había ocupado Kenan.

La butaca estaba vacía.

No necesitó preguntarse dónde se encontraba. Antes de que pudiera guardar las notas, la puerta de la cabina se abrió y él apareció de nuevo en el umbral.

Esta vez no llevaba café, sino un plato pequeño con algo de fruta, un trozo de bizcocho y uno de los pequeños bocadillos dispuestos en la mesa reservada para la delegación y los organizadores durante la pausa.

Lo dejó en el único hueco libre junto a la consola, después de apartar el vaso vacío y un par de hojas.

—¿Para qué te has puesto el auricular?

Kenan tardó un instante en responder, ocupado en encajar la botella de agua entre la consola y las carpetas.

—Quería saber cómo estabas.

—No entiendes español.

—No necesitaba entenderlo. Al principio hablabas tan deprisa que apenas respirabas; después tu voz ha empezado a sonar como siempre.

—Gracias —dijo, y desvió la atención hacia el plato—. También por esto. No sabía que habían preparado algo para la pausa.

Kenan no respondió enseguida.

La observó con una diversión tranquila que Maia reconoció al instante: desde que había entrado en la cabina, ella había hablado de la ponencia, del auricular y de la comida con un empeño demasiado evidente por no dejar ningún resquicio por el que pudiera colarse la noche anterior.

Alzó una ceja y se cruzó de brazos, apartándose de la consola cuanto permitía el reducido espacio.

—Adelante.

—¿Adelante con qué?

La inocencia de la pregunta no consiguió engañarla.

Kenan apoyó una mano en el respaldo de la silla y aguardó, todavía con aquella diversión contenida en los ojos, mientras al otro lado del cristal los asistentes abandonaban la sala y el ruido de la pausa ascendía amortiguado hasta la cabina.

—Con lo que llevas pensando desde que has entrado —aclaró Maia—. Será mejor que lo digas de una vez.

Kenan pareció considerar la invitación.

Tenía material de sobra: el whisky, los cócteles de Danielle, todo cuanto Maia había dicho con una desenvoltura que ahora prefería atribuir a la falta de sueño.

Sin embargo, en lugar de utilizarlo, acercó un poco más el plato y señaló las páginas que ella aún debía revisar.

—Estaba pensando que deberías comer antes de la siguiente ponencia.

Maia mantuvo los brazos cruzados, desconfiada.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

La amenaza era tan poco convincente que a Maia se le escapó una sonrisa.

Se descruzó de brazos, aunque siguió observándolo por si la pulla llegaba con retraso. Kenan se limitó a hacerle sitio entre los papeles para que pudiera apoyar el plato sin manchar las notas.

Maia tomó una rodaja de manzana.

—Empiezo a pensar que no confías demasiado en mi capacidad para mantenerme con vida.

—En tu capacidad, sí. En tus métodos, no tanto.

Ella mordió la manzana sin dejar de observarlo. Kenan sonreía, pero la atención con la que esperó a verla tragar desmentía la ligereza de la respuesta. Solo entonces se apartó de la consola y abrió la puerta para marcharse.

—La segunda será más fácil —dijo.

—¿También has pedido que hablen despacio?

—No. Después de la primera, no creo que haga falta.

La dejó sola con el plato, el vaso vacío y algo menos de veinte minutos para preparar la siguiente conferencia. Maia abrió la carpeta por la pestaña correspondiente y trató de concentrarse en el resumen mientras terminaba una rodaja de manzana.

No lo consiguió de inmediato.

Había esperado que Kenan mencionara el whisky o alguna de las confidencias de la madrugada. En cambio, le había llevado comida, había escuchado su voz en una lengua que no entendía y se había marchado sin aprovechar ninguna de las oportunidades que ella misma le había ofrecido.

Tomó otra rodaja de fruta y volvió a las notas.

Las anotaciones de Zeynep eran claras y las diapositivas de la siguiente ponente seguían un orden bastante más comprensible que las de Demir. Maia repasó los términos menos habituales, comprobó un par de cifras y ensayó en voz baja una expresión para la que no encontraba una equivalencia exacta.

Cuando levantó la cabeza, descubrió a Elvira al pie de la cabina.

No supo cuánto tiempo llevaba allí, detenida junto a la primera fila de butacas, ni cuánto había alcanzado a ver.

Su mirada pasó del plato a la dirección por la que Kenan acababa de abandonar la sala y regresó a Maia.

El desconcierto empezaba a ceder paso a una preocupación demasiado personal para tener relación con las jornadas.

Maia conocía bien aquella expresión: era la misma con la que Elvira había recibido algunas de sus decisiones más temerarias, dividida entre el deseo de intervenir y la certeza de que ya no podía hacerlo sin que se lo permitieran.

Bajó la vista hacia la carpeta antes de que pudiera hacerle ninguna pregunta.

Cuando los asistentes comenzaron a regresar, Elvira se apartó para intercambiar unas palabras con el decano y acompañar después a la siguiente ponente hasta el atril. Maia acercó el micrófono y obligó a su atención a regresar a las notas.

La segunda conferencia comenzó antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. Los nervios seguían allí, pero Maia encontró el ritmo con más rapidez: confió en lo que oía, resolvió las dificultades conforme surgían y continuó sin detenerse en cada palabra que habría podido elegir mejor.

Kenan estaba sentado con los demás miembros de la delegación.

Durante una pausa de la ponente alzó la vista hacia la cabina y Maia percibió el movimiento, pero mantuvo la atención en las páginas abiertas frente a ella.

No fue un gesto deliberadamente frío; se limitó a no sostener aquel contacto como había hecho durante la primera conferencia.