CAPÍTULO 7
El aire de la mañana apenas consiguió despejarla durante el trayecto hasta la universidad.
La lluvia había dejado los jardines empapados y el olor de la tierra húmeda se mezclaba con el de las hojas aplastadas; Maia avanzó deprisa, agradeciendo el frío en la cara, aunque cada paso le resonaba dolorosamente detrás de los ojos.
En el vestíbulo quedaban algunos carteles torcidos de la jornada anterior y, desde el fondo del pasillo, llegaba el zumbido de una máquina de limpieza. Saludó al conserje, recogió la llave que Elvira había dejado preparada para la intérprete y se dirigió al salón de grados.
La cabina de interpretación ocupaba un cubículo acristalado en la parte posterior de la sala.
Tenía espacio para dos sillas, una mesa estrecha, el equipo de sonido y un ordenador conectado al proyector del salón; cuando cerró la puerta, el aire se volvió más cálido y conservó el olor ligeramente rancio de los auriculares y la moqueta.
Desde allí veía el atril, las primeras filas de butacas y la pantalla donde ya aparecía proyectado el título de la primera conferencia.
Dejó el bolso en el suelo, colocó la carpeta azul sobre la mesa y conectó el micrófono para comprobar que funcionaba. Los auriculares emitieron un breve chasquido antes de devolverle el silencio de la sala con una nitidez incómoda.
Hasta ese momento se había concentrado en horarios y tareas concretas. Al sentarse frente al texto comprendió qué había aceptado: había hecho interpretación simultánea desde el turco en otras ocasiones, pero siempre compartiendo la cabina con Zeynep y durante periodos breves.
Nunca había asumido sola una sesión completa, sin nadie que pudiera relevarla cuando la atención empezara a fallar. Ni Zeynep debería haber cubierto las cuatro ponencias sin relevo, pero aquel era uno de tantos arreglos presupuestarios que solo parecían razonables sobre un programa impreso.
El verbo podía tardar una oración entera en llegar, después de encadenar matices, subordinadas y sufijos que obligaban a mantener el sentido suspendido hasta el final.
Para trasladarlo al español tendría que anticipar unas veces, esperar otras y reconstruir cada frase mientras el ponente ya avanzaba hacia la siguiente.
Abrió la libreta por una página limpia, escribió el nombre del primer conferenciante y dividió el resto del espacio en columnas.
La inquietud seguía allí, instalada debajo de las costillas, pero su cabeza conocía aquel procedimiento.
Ante una tarea demasiado grande, la descomponía hasta convertirla en una sucesión de problemas manejables.
Revisó las cifras, los nombres propios y las instituciones mencionadas, marcando con un círculo aquellos datos que no podía permitirse interpretar de oído.
Leyó varios párrafos en voz baja, no para memorizarlos, sino para acostumbrarse a la sintaxis del ponente y localizar sus hábitos: frases extensas, abundancia de incisos y una desconcertante afición a enlazar tres ideas antes de cerrar la primera.
A medida que avanzaba, el dolor de cabeza retrocedió detrás de la concentración. Comparó la presentación con las notas de Zeynep y ensayó las construcciones más difíciles; en cuanto encontró un método, comenzó a avanzar con una precisión casi automática.
No oyó llegar a la delegación.
Tampoco reparó en las voces que comenzaban a extenderse por el salón ni en el golpe amortiguado de las carpetas al caer sobre las mesas.
Tenía una mano apoyada sobre el auricular y la otra avanzaba por el texto siguiendo la frase que intentaba interpretar cuando la puerta de la cabina se abrió a su espalda.
El olor del café recién hecho llenó de inmediato el reducido espacio.
Maia levantó la cabeza y encontró a Kenan inclinado bajo el marco, sosteniendo un vaso pequeño de cartón. Había tenido que girar ligeramente los hombros para entrar sin golpear la consola y, una vez dentro, su presencia volvió la cabina aún más estrecha.
Dejó el café junto a la libreta, con cuidado de no tapar las anotaciones.
—Solo, doble y sin azúcar —dijo en voz baja—. Elvira me ha asegurado que es así como lo tomas.
Maia contempló el vaso humeante.
El aroma le provocó primero un vuelco en el estómago y, casi al mismo tiempo, un deseo desesperado de beberlo.
—¿Has interrogado a Elvira sobre mis hábitos?
—Le he preguntado cómo evitar que su nueva intérprete se quede dormida durante la primera conferencia.
Ella alzó la vista despacio.
Kenan había pronunciado la frase con absoluta seriedad, pero la diversión le alteraba apenas la línea de la boca.
—Eso ocurrió una vez.
—Ayer.
—Precisamente. No puede considerarse una costumbre hasta que se repita.
Kenan cerró la puerta a su espalda para no dejar entrar el ruido del salón.
La cabina estaba pensada para dos intérpretes sentados frente a la consola, no para compartirla con un hombre del tamaño de Kenan apoyado a su lado, y Maia tuvo que acercar la silla a la mesa para dejarle espacio.
—Gracias por el café —añadió, antes de que aquel espacio y la proximidad empezaran a distraerla de nuevo—. Pero deberías estar fuera.
—Y tú deberías comer algo.
Maia volvió al texto, aunque ya no consiguió encontrar la línea en la que se había quedado.
—No vamos a mantener esta conversación otra vez.
Kenan no insistió.
Se fijó en las páginas cubiertas de subrayados, en la lista de términos que había preparado y en las flechas con las que Maia había reorganizado varias frases. Al descubrir las gafas de sol todavía sobre la mesa, las recogió por una patilla y las dejó lejos del café.
—¿Estás nerviosa?
La pregunta llegó sin la provocación que ella esperaba. Maia sostuvo el bolígrafo entre los dedos mientras decidía si podía mentirle; después de lo ocurrido aquella mañana, parecía poco probable que la creyera.
—Es la primera vez que asumo sola una sesión completa.
La expresión de Kenan cambió. Sus ojos se desviaron hacia el micrófono y luego hacia la sala, donde algunos de sus compañeros comenzaban a ocupar las primeras filas.
—Elvira no lo ha dicho.
—Porque no tiene importancia.
—A juzgar por la cantidad de papel que has utilizado en veinte minutos, para ti sí la tiene.
Maia tapó las notas con la carpeta, aunque ambos sabían que ya era demasiado tarde.
—Puedo hacerlo.
—No he dicho que no puedas.
La respuesta la obligó a mirarlo.
Kenan no sonreía ahora; se había limitado a señalar el vaso de café antes de apartarse de la consola para dejarle espacio.
—Bébelo antes de que se enfríe —añadió—. Y, cuando empiece la conferencia, no intentes seguir cada palabra. El profesor Demir tarda tanto en llegar al verbo que a veces olvida dónde había empezado la frase.
Maia soltó una risa involuntaria y se arrepintió en cuanto el dolor le atravesó la sien.
—Eso no resulta muy tranquilizador.
—Era información útil.
Kenan abrió la puerta, pero antes de salir volvió la cabeza hacia ella.
—Hablará más despacio.
Maia frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
Él tardó apenas un instante en responder, aunque fue suficiente.
—Porque se lo he pedido.
Maia esperó a que Kenan cerrara la puerta antes de acercar el vaso a los labios. El café estaba demasiado caliente y era mucho más fuerte de lo que su estómago habría elegido aquella mañana, pero el primer sorbo consiguió abrirse paso entre la resaca y el cansancio con una eficacia casi medicinal.
Lo dejó junto a la consola, lejos de los papeles, y regresó al párrafo que estaba revisando.
A través del cristal, el salón de grados comenzaba a llenarse.
Los miembros de la delegación turca ocupaban las primeras filas reservadas, mientras profesores de la universidad, alumnos y algunos asistentes externos se distribuían por el resto de las butacas.
Elvira acompañó al profesor Demir hasta la mesa dispuesta junto al atril y, después de comprobar con él unas anotaciones, subió los escalones que conducían a la cabina.
Se detuvo detrás de Maia y observó las páginas cubiertas de subrayados, el listado de términos dispuesto junto a la consola y el café que había quedado fuera de su alcance.
—Puedo hacerlo —le aseguró Maia.
Elvira no discutió ni trató de tranquilizarla con uno de aquellos discursos que solo habrían conseguido recordarle la posibilidad de fracasar.
Se limitó a acercarle el vaso de café, que Maia había dejado demasiado lejos para alcanzarlo sin apartarse del micrófono.
—Ya lo sé. Si tienes algún problema con el sonido, avisa al técnico. Yo estaré abajo con Demir.
Cuando la puerta se cerró, Maia volvió a quedarse sola en el espacio reducido, rodeada por el calor que desprendía el equipo y el olor del café.
Al otro lado del cristal, Elvira descendió hasta la mesa del estrado mientras los últimos asistentes recogían los receptores de interpretación y buscaban asiento.
Las luces se atenuaron y las conversaciones fueron apagándose. Elvira presentó al profesor Demir primero en español y después en turco, reorganizando las frases con la naturalidad de quien llevaba años enseñando que una buena traducción no debía arrastrar la estructura del idioma de origen.
Cuando Elvira cedió la palabra al profesor Demir, Maia bebió el último sorbo de café, se colocó bien los auriculares y activó el canal en español.
Las primeras palabras del conferenciante le llegaron con una claridad casi agresiva.
Demir saludó a los asistentes, agradeció la invitación y comenzó a exponer el propósito de su intervención.
Maia conocía aquella introducción; la había leído tres veces y había subrayado las equivalencias que podía necesitar. Aun así, esperó demasiado antes de empezar y, cuando por fin habló, él ya había iniciado la segunda frase.
Su propia voz le llegó por los auriculares con un ligero retardo.
Durante unos segundos fue consciente de todo a la vez: del micrófono a pocos centímetros de la boca, del cristal que la separaba del público, de las decenas de personas que recibían su voz a través de los receptores y de la desagradable sequedad que se había instalado bajo su lengua.
Demir llegó al verbo y la construcción cobró sentido.