Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Ella recibió el vaso de agua y bebió despacio, procurando que su mano no revelara cuánto necesitaba apoyarlo de nuevo en la mesa.

Elvira, entretanto, había comenzado a explicarle en voz baja el reparto de las conferencias.

Zeynep debía interpretar dos ponencias por la mañana y otras dos después de comer, además de acompañar al grupo durante los desplazamientos y atender cualquier necesidad que surgiera entre una actividad y la siguiente.

Maia asintió mientras intentaba retener los nombres de los ponentes, los horarios y las materias.

Había colaborado en la preparación de las jornadas y conocía el programa, pero contemplarlo desde el lado de quien tendría que traducirlo todo, después de haber dormido poco y de una cantidad de whisky que su cuerpo se negaba a perdonarle, le otorgaba unas dimensiones nuevas.

Buscó en el bolso una libreta y un bolígrafo y comenzó a anotar cuanto Elvira le decía, organizando horarios, nombres y temas en columnas apresuradas.

La cabeza seguía martilleándole y el estómago protestaba ante cada olor procedente del bufé, pero, en cuanto apoyó la punta del bolígrafo sobre el papel, algo en ella cambió.

La vergüenza, la resaca e incluso la presencia de Kenan al otro lado de la mesa quedaron relegadas por una concentración adquirida durante años de trabajo: ya no era la mujer que apenas recordaba lo que había dicho la noche anterior, sino la intérprete que necesitaba saber qué debía hacer y cuánto tiempo tenía para prepararse.

—Los textos están en la carpeta azul —continuó Elvira—. Zeynep los revisó ayer y dejó algunas anotaciones. Después del desayuno tendremos unos veinte minutos para que les eches un vistazo.

—Será suficiente.

La respuesta salió con una seguridad que alivió a Elvira, que le apretó brevemente el antebrazo antes de levantarse para acercarse al bufé, llamada por uno de los profesores, que necesitaba saber si cierto plato contenía cerdo.

En cuanto Elvira se alejó, Maia descubrió que el silencio de Kenan resultaba mucho más difícil de soportar sin sus explicaciones como refugio.

A su alrededor, los demás habían retomado las conversaciones y el ruido de la vajilla llenaba el comedor.

Él tenía delante un desayuno completo, aunque casi no había tocado el pan y sostenía la taza sin llevársela a los labios.

—Estoy esperando un «te lo dije» —murmuró ella en turco.

La comisura de su boca se movió ligeramente.

—No he dicho nada.

—Tu ceja sí.

Kenan dejó la taza sobre el plato y el leve tintineo se perdió entre el ruido de la vajilla.

—Mi ceja te aconsejó que te detuvieras antes del último brindis.

—Tu ceja no tuvo en cuenta que Danielle servía los cócteles en vasos muy grandes.

—Lo tuvo en cuenta. Por eso insistió.

La sonrisa de Maia se quedó a medio camino cuando el movimiento le provocó otra punzada en las sienes. Bebió un poco más de agua y Kenan reparó en el cuidado con el que tragaba.

—Estoy bien —aseguró.

Él dejó de sonreír.

—Eso ya se lo has dicho a Elvira.

Maia notó que uno de los profesores sentados junto a Kenan había interrumpido su conversación para observarlos. No sabía qué relación había entre ellos, pero la familiaridad de aquel intercambio resultaba difícil de disimular.

Cogió una rebanada de pan del cestillo para dar alguna apariencia de normalidad a su desayuno.

La untó con una cantidad mínima de mantequilla, le dio un mordisco y supo de inmediato que había sido un error.

El estómago se le cerró; dejó el pan en el plato y buscó el vaso con una rapidez que Kenan siguió sin molestarse en ocultar.

A su izquierda, una de las profesoras le ofreció un cuenco de fruta.

Maia aceptó por cortesía, eligió un trozo de sandía y lo mantuvo en el plato sin tocarlo.

El hombre sentado junto a Kenan siguió el recorrido de la pieza desde el cuenco hasta el plato y después volvió la cabeza hacia su compañero.

La discreta sonrisa que apareció en su rostro bastó para que Maia comprendiera que la atención de Kenan ya no pasaba inadvertida.

Se inclinó hacia delante lo justo para que su voz no llegara más allá de Kenan.

—Están empezando a darse cuenta.

—¿De qué?

La pregunta habría resultado inocente si él no hubiera bajado también la voz.

—De que llevas varios minutos mirándome.

Kenan guardó silencio y finalmente dirigió la vista hacia su plato.

—Estaba comprobando si ibas a desmayarte.

—Pues intenta comprobarlo con menos intensidad.

Kenan obedeció, aunque el queso permaneció intacto sobre el pan. Elvira regresó del bufé, ocupó de nuevo su asiento y colocó la carpeta azul junto a la libreta de Maia antes de retomar sus explicaciones.

—Aquí tienes todo lo de Zeynep. Cuando termines de desayunar, lo revisamos juntas.

Maia contempló la carpeta, el pan abandonado y, por último, a Kenan. Su advertencia sobre el último brindis seguía pesando entre ambos, pero él tuvo la consideración de no sonreír.

Abrió la primera ponencia, pero tuvo que leer tres veces la misma línea. Entre las conversaciones y el olor del desayuno, no conseguiría preparar nada allí.

—Será mejor que vaya ya a la universidad —le dijo a Elvira—. Necesito un poco de tiempo para revisar las ponencias antes de que lleguéis.

—Aún no has desayunado.

—He hecho cuanto he podido.

Elvira pareció debatirse entre insistir y aceptar que no debía obligarla a comer. Consultó el reloj y asintió.

—Nosotros saldremos dentro de unos veinte minutos. La primera conferencia empieza a las once, así que tendrás margen. Cuando llegue, repasamos juntas las anotaciones de Zeynep.

Maia tomó la carpeta, agradecida ante la perspectiva de cruzar el parque a solas y disponer de media hora para conseguir que las palabras dejaran de moverse sobre el papel.

Kenan apartó la silla. Antes de que pudiera ofrecerse a acompañarla o insistir en que comiera, Maia miró hacia los demás y negó con un movimiento mínimo de la cabeza.

Él comprendió y volvió al respaldo, aunque la diversión contenida hizo que el intercambio resultara menos discreto de lo deseable.

El profesor a su lado suspendió por un instante la tarea de untar una tostada. No dijo nada, pero tampoco fue necesario.

—Nos vemos en la universidad —se despidió ella en turco, dirigiéndose al conjunto de la mesa.

Las respuestas mezclaron agradecimientos por sustituir a Zeynep y deseos de que se recuperara.

Maia se despidió de Elvira y se encaminó hacia la salida sin volver a mirar a Kenan. Al cruzar la puerta, el ruido del comedor quedó amortiguado a su espalda.

Tenía cuatro conferencias por delante, una noche demasiado corta a la espalda y poco más de media hora para revisar la primera ponencia.