Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Te estás llevando la nota —señaló Danielle.

Una esquina del papel sobresalía del bolsillo. Maia la empujó hacia dentro con el índice.

—No quiero que la leas.

—Ya había llegado a esa conclusión.

Danielle no añadió ninguna pulla. Se acomodó bajo la manta y cerró los ojos, concediéndole una tregua inesperada.

Maia regresó a su habitación con la nota y la rosa.

Dejó la flor sobre la mesilla e introdujo la nota entre las páginas de la novela que llevaba semanas intentando acabar.

Después recogió la ropa que había preparado y entró en el baño.

Abrió la ducha y esperó a que el agua saliera templada. Ni siquiera después de enjabonarse consiguió librarse del olor a whisky, que parecía seguir expulsando por los poros.

Permaneció unos minutos bajo el chorro, con la frente contra la pared. El agua alivió la presión de la cabeza, pero no la sucesión de recuerdos.

Se lavó el pelo deprisa y salió sin concederse tiempo para decidir qué aspecto ofrecía después de una noche demasiado corta y de haberse emborrachado con alguien a quien apenas conocía.

Tenía los ojos hinchados y la piel apagada. Se cepilló los dientes dos veces, se recogió el pelo húmedo y aplicó corrector bajo los ojos.

Se vistió, guardó el móvil, la cartera y las llaves y regresó al salón. Danielle seguía tumbada bajo la manta.

—Hay café —murmuró, señalando con la barbilla hacia la cocina—. No sé si está bueno, pero cumple su función.

El olor del café le contrajo el estómago y Maia tuvo que esperar a que pasara la náusea.

—Creo que hoy su función sería matarme.

—Entonces come algo.

Maia consultó la hora mientras buscaba el paraguas. Tardó unos segundos en recordar que seguía en el hotel y otros tantos en asumir que tampoco podía desayunar.

—He quedado con Zeynep a las nueve y media. Si no salgo ya, voy a llegar tarde.

—Seguro que comprende que has tenido una noche complicada.

—Cuando vuelva, puedes interrogarme todo lo que quieras.

—Pienso hacerlo. Quiero saber qué ocurrió después de que me acostara.

El dolor de cabeza impidió a Maia encontrar una respuesta. Se despidió y salió antes de que Danielle decidiera ofrecerle algún ejemplo.

En la calle la recibió un sol despiadado que arrancaba destellos de las aceras todavía húmedas. La luz le atravesó los párpados y el dolor de cabeza pareció dividirle el cráneo.

Rebuscó en el bolso hasta encontrar las gafas de sol en el fondo y se las puso sin comprobar si los cristales estaban limpios.

Cruzó el parque con rapidez. Los senderos conservaban charcos bajo los árboles y el olor de la tierra mojada se mezclaba con el calor que empezaba a levantarse del pavimento.

Cada movimiento brusco provocaba un vuelco en su estómago y el repiqueteo de los zapatos parecía producirse dentro de su cabeza.

Llegaría exactamente a las nueve y media, aunque el pelo húmedo, las gafas y la sensación de llevar el whisky adherido a la piel no transmitieran puntualidad responsable.

Al entrar en el hotel la envolvieron el aire acondicionado y el olor a café. Su estómago se contrajo y Maia aminoró el paso, aunque la inquietaba más encontrar a Kenan y averiguar cuánto recordaba él.

No tuvo que buscarlo.

Los ascensores se abrieron y la delegación comenzó a salir en pequeños grupos. Elvira apareció entre ellos, pendiente de que nadie se rezagara.

Kenan salió el último, con una camisa clara, el cuello abierto y las mangas dobladas. Parecía descansado y demasiado lejos del hombre que había preparado una rosa de papel antes de marcharse.

Maia se quedó junto a la entrada, aferrada a la correa del bolso. Confió en que las gafas de sol le permitieran pasar inadvertida hasta localizar a Zeynep.

Kenan la vio antes de que pudiera intentarlo.

No interrumpió la conversación que mantenía con el profesor que caminaba a su lado, aunque algo cambió en su expresión.

La seriedad con la que estaba escuchándolo cedió apenas en las comisuras de los labios y sus ojos descendieron hacia las gafas oscuras de Maia con una curiosidad que no necesitó convertirse en pregunta.

Elvira siguió la dirección de su atención y levantó una mano al reconocerla.

—Maia, justo a tiempo. Íbamos a desayunar.

El anuncio consiguió que varias cabezas se volvieran hacia ella.

Maia habría preferido enfrentarse a todos los miembros de la delegación por separado antes que cruzar el vestíbulo bajo aquella atención conjunta, pero ya no podía fingir que no los había visto.

Se quitó las gafas por educación y la claridad que entraba a través de la cristalera volvió a golpearla de lleno.

Kenan contempló sus ojos hinchados durante un instante. La diversión que había asomado a su rostro desapareció, sustituida por algo bastante más discreto, aunque no apartó la vista.

—Buenos días —saludó Maia en turco.

Su voz sonó razonablemente firme. Era lo único de ella que lo hizo.

Elvira se acercó mientras los demás comenzaban a encaminarse hacia el comedor. Maia ya no podía volver a cubrirse los ojos sin convertir el gesto en una confesión, de modo que tuvo que enfrentarse a ella con los párpados hinchados y la palidez que el corrector no había conseguido disimular.

—Me alegro de que hayas venido —dijo—. Estaba a punto de llamarte.

—He quedado con Zeynep para desayunar. ¿No ha bajado todavía?

—Ni va a hacerlo —respondió Elvira—. Está enferma.

El tono despreocupado con el que lo dijo no consiguió disimular del todo la preocupación. Maia la observó, olvidándose durante unos segundos de su propia cabeza.

—¿Está peor?

—La fiebre no ha bajado. Ha pasado mala noche y esta mañana apenas podía levantarse. Le he pedido que se quede en la habitación, aunque antes he tenido que convencerla de que nadie va a cancelar las jornadas porque ella no aparezca durante unas horas.

—Ayer ya tenía fiebre —recordó Maia—. Debería haberse marchado después de la conferencia.

Elvira le dedicó una expresión que indicaba que aquella discusión ya se había producido, probablemente más de una vez.

—También se lo dije yo. Y ya sabes lo mucho que agradece Zeynep que le expliquemos lo que debería hacer.

Maia sabía perfectamente cuánto. Miró hacia los ascensores, calculando si debía subir a verla, pero Elvira adivinó su intención.

—Está durmiendo. Ha conseguido tomarse un antitérmico y le he dejado agua y algo de fruta. Será mejor que la dejemos descansar. Tú tampoco tienes muy buen aspecto, Maia. ¿También estás enferma?

—No, solo he dormido poco.

—Zeynep me pidió que te avisara si llegabas antes de que pudiera llamarte ella.

El olor a café y pan tostado se hizo más intenso cuando un camarero abrió las puertas del comedor para permitir el paso del grupo. El estómago de Maia respondió con otro vuelco y tuvo que tragar saliva antes de preguntar:

—¿Necesitas que me quede con ella?

—No. Necesito que hagas lo que acordasteis anoche. Zeynep no está en condiciones de encargarse de las dos conferencias de esta mañana.

—Por supuesto. Y, si por la tarde sigue igual, también puedo sustituirla en el resto de las actividades.

El nudo que le cerraba la garganta sostuvo una opinión bastante distinta.

Sin embargo, Elvira llevaba semanas ocupándose de cada detalle de las jornadas y ahora tenía, además, a su hija enferma en una habitación del hotel.

Maia no iba a obligarla a justificar una ayuda que ella misma había ofrecido la noche anterior.

—Vamos —dijo Elvira, visiblemente aliviada—. Durante el desayuno repasaremos el orden de las conferencias y te pondré al día de cualquier cambio.

Maia la siguió hacia el comedor mientras el olor a café, mantequilla y huevos calientes se intensificaba con cada paso.

Entre la interpretación que acababa de aceptar, los vuelcos de su estómago y Kenan aguardando junto a la entrada, sentarse a desayunar empezaba a parecer la peor idea de la mañana.

Elvira la condujo hasta el comedor antes de que Maia pudiera buscar una excusa mejor.

La delegación había ocupado dos mesas contiguas junto a los ventanales, en una zona donde la claridad de la mañana caía de lleno sobre los manteles blancos y se reflejaba en las copas, los cubiertos y las cafeteras de acero.

Maia lamentó haberse quitado las gafas en cuanto tomó asiento.

La luz le hería los ojos, el rumor de las conversaciones parecía amplificado por el dolor de cabeza y, desde el bufé, llegaba una mezcla de café, pan caliente y beicon que su estómago recibió como una amenaza.

Elvira esperó a que todos se hubieran acomodado antes de comunicar la ausencia de su hija.

Lo hizo en turco, con la naturalidad de quien pretendía evitar que la preocupación alterara el programa, aunque tuvo que repetir que Zeynep estaba descansando cuando varios profesores preguntaron por ella al mismo tiempo.

—Tiene fiebre y esta mañana apenas podía hablar —explicó—. En cuanto termine de organizar la primera sesión, la acompañaré a un centro médico. Mientras tanto, Maia se encargará de la interpretación.

La noticia provocó un breve silencio seguido de varias muestras de agradecimiento dirigidas hacia ella.

Maia sonrió con una corrección que esperaba convincente y aseguró que no suponía ningún inconveniente.

El dolor de cabeza seguía latiéndole detrás de los ojos, pero aquel no parecía el momento oportuno para mencionarlo.

Kenan se encontraba sentado enfrente, algo desplazado hacia su derecha. No había intervenido en las preguntas sobre Zeynep y tampoco lo hizo cuando Elvira anunció la sustitución, aunque la atención con la que reparó en Maia la obligó a concentrarse en desplegar la servilleta sobre sus piernas.

Un camarero se acercó a ofrecerle café.

—Solo agua, por favor.

Kenan bajó la vista hacia la taza que ella acababa de rechazar y una leve inclinación de la ceja expresó con bastante claridad que la mañana estaba confirmando sus advertencias de la noche anterior.

No llegó a sonreír; la palidez de Maia, los párpados hinchados y el cuidado con el que mantenía la cabeza inmóvil parecían preocuparle más de lo que lo divertían.