CAPÍTULO 6
El despertador comenzó a sonar a las ocho y media desde algún lugar de la mesilla. Maia necesitó varios intentos para encontrar el teléfono y silenciarlo.
Tenía la boca seca, un sabor ácido en la lengua y la impresión de que alguien le había rellenado el cráneo con arena. La luz se filtraba por la persiana, demasiado blanca para unos ojos que apenas habían dormido cuatro horas.
Entonces recordó que había quedado con Zeynep a las nueve y media. Aún debía ducharse, vestirse y atravesar la ciudad fingiendo que podía mantener una conversación durante el desayuno.
Al volverse, una punzada le atravesó la cabeza. Gimió contra la almohada y se llevó las manos a las sienes.
Durante unos segundos solo pensó en agua, paracetamol y en llamar a Zeynep para comunicarle que había muerto. Después comenzaron a regresar los acontecimientos del día anterior.
La conferencia. La cena. El camino bajo la lluvia, Danielle con la mascarilla verde, las cartas, los cócteles y el pantalón de Marcos descendiendo por las caderas de Kenan…
La cocina apareció con una claridad despiadada: el baklava, el último brindis, la mano de Kenan en su cintura y su boca deteniéndose antes de tocarla. Después, todo lo que el alcohol había convertido en palabras.
«Eres muy atractivo. Mucho más de lo que resulta razonable».
Se quedó mirando el techo, completamente inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera atraer hacia ella una nueva porción del recuerdo.
—No puede ser —susurró.
Pero sí podía.
No solo se lo había dicho, sino que había anunciado que lo negaría por la mañana y le había ofrecido compartir su cama después de compararlo con un monje budista.
La respuesta de Kenan regresó enseguida, intacta y pronunciada con aquella serenidad que ahora se le antojaba mucho más humillante que cualquier carcajada.
Maia se cubrió la cara con la sábana.
El calor se acumuló debajo en pocos segundos, mezclándose con el olor del sueño y el rastro dulzón del whisky que parecía seguir saliendo de su propia piel. Aun así, permaneció escondida, incapaz de decidir qué parte de la noche deseaba borrar primero.
Habría podido atribuir el intento de beso al alcohol.
Incluso la invitación a compartir cama admitía alguna defensa si se ignoraba todo lo que la había precedido.
Lo que no tenía justificación posible era haber permanecido con la mano sobre el pecho de un hombre al que conocía desde hacía apenas unas horas mientras le explicaba, con absoluto detalle, lo atractivo que le parecía.
Un ruido apagado en las tuberías del edificio la hizo apartar la sábana.
Kenan estaba en el salón.
La vergüenza cedió ante una alarma mucho más inmediata.
Danielle también seguía en casa y, si salía del dormitorio antes de que él se marchara, no dejaría pasar la oportunidad de comentar su presencia, su ropa ni cualquier indicio que le permitiera reconstruir el final de la noche.
Maia no estaba en condiciones de soportar sus pullas y mucho menos de hacerlo delante de Kenan, que recordaría cada palabra, aunque ella cumpliera su promesa de negarlo todo.
Se incorporó con demasiado ímpetu y tuvo que quedarse sentada en el borde de la cama hasta que el dormitorio dejó de inclinarse.
El suelo estaba frío bajo sus pies y el pijama se le había retorcido alrededor del cuerpo durante el sueño, pero no perdió tiempo en adecentar su aspecto. Abrió la puerta con cuidado y salió al pasillo, procurando no hacer crujir las tablas.
La puerta de Danielle continuaba cerrada.
Maia pasó frente a ella de puntillas, conteniendo incluso el roce de la respiración en la garganta, y se acercó al salón mientras intentaba decidir qué iba a decirle a Kenan.
Un «buenos días» resultaba ridículamente insuficiente después de haber intentado besarlo; fingir amnesia era demasiado cobarde y pedir disculpas podría obligarlos a hablar de algo que ella prefería aplazar hasta que el dolor de cabeza le permitiera formar frases completas.
Asomó primero la cabeza.
El sofá estaba vacío.
La manta aparecía doblada sobre uno de los brazos y el cojín que le había dejado la noche anterior ocupaba de nuevo su lugar.
No había rastro del improvisado lecho ni de Kenan.
Incluso las cajas de las barajas habían desaparecido de la mesa, donde solo quedaba el vaso de agua de Kenan, a medio beber.
El alivio le aflojó el cuerpo de tal manera que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Se había ido.
No tendría que mirarlo a la cara todavía ni averiguar cuánto recordaba ella con solo observar su expresión. Tampoco tendría que impedir que Danielle saliera del dormitorio y convirtiera el desayuno de Kenan en un interrogatorio sobre las ventajas de ser monje budista.
Maia reparó en que la ropa de Marcos estaba doblada sobre el sillón.
Kenan debía de haberse marchado vestido con la suya, aunque el tiempo húmedo difícilmente habría permitido que se secara del todo. La idea de que hubiera salido temprano con la camisa aún fría sobre la piel le produjo una breve incomodidad que no llegó a borrar el alivio.
Solo al acercarse a la mesa vio un papel sujeto bajo el vaso.
Junto a él había una rosa hecha con una servilleta, algo ladeada sobre el tallo retorcido y con los pétalos formados mediante dobleces sorprendentemente precisos.
Maia la tomó antes que la nota.
El papel conservaba una pequeña mancha traslúcida cerca de la base, quizá del agua que había quedado en la mesa, y uno de los pétalos se abrió bajo sus dedos.
Trató de devolver el pétalo a su sitio sin deshacer el resto, preguntándose cuándo había encontrado Kenan tiempo para fabricarla y por qué, después de toda la prudencia de la noche anterior, había elegido despedirse con algo tan difícil de interpretar como una simple cortesía.
El papel aguardaba todavía bajo el vaso.
Maia lo extrajo con cuidado. La nota estaba escrita con una letra inclinada y firme y con el bolígrafo que solían dejar junto al teléfono. Solo había unas pocas líneas.
No he querido despertarte. La ropa estaba casi seca y el sofá no era tan pequeño.
Gracias por la lluvia.
Kenan
Maia leyó la nota otra vez, esperando encontrar algo que se le hubiera escapado.
Ninguna alusión al intento de beso, a las cosas que ella le había dicho ni al monje budista.
Tampoco un reproche por haberlo dejado en el salón después de insistirle en que se quedara.
Aquellas tres líneas podían pasar por un agradecimiento cortés si se ignoraba todo lo que había ocurrido antes, pero Kenan había elegido precisamente la lluvia para despedirse.
Era el motivo por el que habían brindado.
El alivio con el que había entrado en el salón perdió parte de su fuerza.
Pasó el pulgar sobre la firma y luego volvió a mirar la rosa, que seguía apoyada en su otra mano. Podía imaginarlo despertándose temprano, recorriendo el piso en silencio para recoger su ropa y encontrando una servilleta olvidada sobre la mesa.
Le costaba bastante más imaginarlo sentado en el sofá, concentrado en doblarla sin saber siquiera si ella llegaría a verla antes que Danielle.
Maia se cubrió la cara con una mano.
—Me voy a mudar de ciudad.
—Avísame antes de entregar las llaves —dijo Danielle a su espalda—. El alquiler entero no puedo pagarlo.
Maia se volvió tan deprisa que la habitación osciló.
Danielle estaba al final del pasillo, apoyada contra la pared, con el pijama de canguros arrugado, restos de la mascarilla verde junto a una oreja y el cabello aplastado en un lado de la cabeza.
Mantenía los ojos entrecerrados para protegerse de la claridad, pero incluso así tardó muy poco en reparar en lo que Maia sostenía.
—¿Eso es una rosa?
Maia dobló la nota sobre sí misma y la ocultó contra el pecho, un gesto tan inútil que Danielle arqueó una ceja antes de avanzar hacia el salón.
—Es una servilleta.
—Con forma de rosa.
—Sigue siendo una servilleta.
Danielle llegó hasta ella arrastrando los pies y observó el sofá vacío. Después dirigió su atención hacia la manta doblada, la ropa desaparecida del baño y, por último, hacia la nota que Maia apretaba con demasiado empeño.
—¿Se ha ido?
—Eso parece.
—Qué decepción. —Se dejó caer en el sofá y enseguida se llevó una mano a la cabeza—. Pensaba interrogarlo durante el desayuno.
—Yo pensaba impedirlo, así que todo ha salido bien.
Danielle se acomodó con cuidado contra el respaldo y cerró los ojos, aunque la sonrisa que empezaba a formarse en su rostro indicaba que la resaca no había afectado a sus facultades más peligrosas.
—¿Qué pone?
—Que no ha querido despertarnos y que el sofá no era tan pequeño.
Maia había convertido el «despertarte» de la nota en plural y había omitido el agradecimiento a la lluvia. Incluir a Danielle en la despedida era más sencillo que escuchar lo que diría si conociera el texto exacto.
—Eso no explica la rosa.
—No tiene por qué explicarla. La gente hace cosas con las servilletas. En los restaurantes meten los cubiertos dentro, las doblan en triángulo…
—Y los hombres que pasan la noche aquí las convierten en flores.
Maia guardó el papel en el bolsillo del pijama antes de que Danielle pudiera arrebatárselo. La rosa presentaba un problema más complicado: esconderla habría resultado todavía más sospechoso y dejarla sobre la mesa equivalía a permitir que su amiga la examinara en cuanto ella se diera la vuelta.
Así que la sostuvo con una indiferencia que no engañó a ninguna de las dos.
—Voy a ducharme. He quedado con Zeynep a las nueve y media.
Danielle abrió un ojo.
—¿En el hotel?
Maia tardó lo suficiente en responder para que la sonrisa de su amiga se ensanchara.
—Sí, en el hotel.
—Qué casualidad.
—Zeynep se aloja allí. No tiene nada de casual.
—Kenan también.
El nombre hizo que Maia notara de nuevo el papel en el bolsillo. Consultó la hora para evitar responder.
Había perdido casi diez minutos; si quería llegar puntual, tendría que ducharse y vestirse sin detenerse a pensar en la posibilidad de encontrar a Kenan durante el desayuno.
—No tengo tiempo para esto.
—¿Para ducharte o para Kenan?
Maia le lanzó una mirada de advertencia y se dirigió hacia el pasillo.