Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Solo entonces reparó en que llevaba varios minutos hablándole de sí misma. La vergüenza llegó con retraso, amortiguada por el whisky, pero no por ello resultó menos incómoda.

—Perdóname. Debes de estar agotado y yo llevo horas sin dejarte ir a dormir. —Cogió la botella vacía, como si apartarla pudiera declarar terminada la noche.

—No recuerdo haberme quejado.

—Porque eres educado.

Maia esperó otra provocación, pero Kenan se limitó a dejar el vaso junto al de ella. No parecía tener prisa por recoger su ropa ni regresar al hotel.

—Podrías haber pedido un taxi hace mucho rato —añadió Maia.

—Sí.

La admisión la obligó a mirarlo. Kenan no ofreció ninguna explicación razonable y el whisky volvió menos prudente la pregunta que Maia trataba de ordenar.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

La diversión había desaparecido de su rostro cuando respondió:

—¿Quieres que me vaya?

Maia podría haber alegado que ambos necesitaban dormir o que su presencia era consecuencia de la lluvia. Había bebido demasiado para construir una respuesta convincente.

—No.

Oírse pronunciar aquella única palabra con tanta claridad la hizo bajar la vista.

—Debería guardar esto —añadió Maia.

Cerró la caja, pero Kenan la cogió antes de que pudiera guardarla.

Al abrir el frigorífico, una bocanada fría le rozó las piernas. Él tuvo que inclinarse para hacer sitio y ella se desplazó unos centímetros, limitada por la encimera a su espalda.

La luz blanca desapareció y devolvió la cocina a la penumbra de la campana, pero Kenan no retrocedió. Había quedado tan cerca que el frescor en las piernas de Maia contrastaba con el calor de su cuerpo y el olor limpio del jabón.

—No te has quedado por la ropa —murmuró.

Él apoyó una mano en la encimera, junto a su cadera.

—No.

El whisky le había dejado la cabeza pesada, pero aquella respuesta llegó hasta ella con absoluta claridad. Al levantar la cara, descubrió la mirada de Kenan detenida en su boca antes de que regresara a sus ojos.

Maia redujo el escaso espacio que los separaba.

Kenan no se apartó. La mano que tenía apoyada en la encimera se deslizó hasta su cintura y la atrajo un poco hacia sí mientras inclinaba la cabeza.

La presión de sus dedos sobre la tela de la camiseta y el roce de su respiración contra los labios de Maia volvieron remotos el zumbido del frigorífico y la lluvia que aún golpeaba el alféizar.

Se detuvo cuando sus bocas estaban a punto de tocarse.

Durante un instante permaneció así, con los ojos cerrados y la punta de la nariz rozando la de ella, como si necesitara reunir voluntad antes de apartar el rostro lo imprescindible. Su mano continuó en la cintura de Maia.

—Has bebido demasiado.

Maia tardó un segundo en abrir los ojos.

El calor continuaba extendiéndose bajo su piel, pero el hecho de que él se hubiera detenido borró, durante un instante, todo lo anterior: la atención en su boca, la mano que la había atraído y la respiración compartida.

Solo pudo pensar que había confundido su interés con una invitación y que se había lanzado hacia él después de beber más de la cuenta.

Apartó la mano de su pecho y trató de escurrirse por el espacio que quedaba entre su cuerpo y la encimera.

—Perdona, Kenan. No quería incomodarte.

Antes de que consiguiera alejarse, la mano que descansaba en su cintura se cerró con firmeza y la otra fue a buscar el costado contrario. Kenan no volvió a atraerla hacia su boca, pero tampoco permitió que convirtiera aquel retroceso apresurado en una huida.

—No me has puesto en ninguna situación en la que no quisiera estar.

Maia se quedó inmóvil entre sus manos, todavía sin comprender. Kenan se inclinó un poco para recuperar su atención.

—No me he detenido porque no quiera besarte. —Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, tardó todavía unos segundos en continuar—. Pero has bebido demasiado y nos conocemos desde esta mañana. No quiero que mañana tengas que preguntarte si esto era lo que querías.

Maia abrió la boca para protestar, pero Kenan acercó un poco el rostro, lo suficiente para que volviera a sentir su respiración contra los labios.

—Y no lo hagas más difícil —añadió en voz baja—. Ya me está costando bastante.

La presión de sus manos a ambos lados de su cintura y el pecho que se elevaba cerca del suyo contradecían cualquier apariencia de indiferencia, pero Maia no estaba dispuesta a aceptar sin más que él decidiera qué debía protegerla de sí misma.

—Soy adulta, Kenan. No necesito que decidas por mí si mañana voy a arrepentirme.

Los dedos de él aflojaron un poco sobre sus costados, aunque no llegó a soltarla.

—No estoy decidiendo por ti. —La sujetó con algo más de firmeza—. Solo estoy decidiendo hasta dónde llego yo esta noche.

La respuesta deshizo la protesta que Maia ya estaba preparando. Kenan seguía tan cerca que habría bastado con que cualquiera de los dos inclinara un poco más la cabeza, pero ahora comprendía que aquella distancia mínima era la única concesión que él pensaba permitirse.

—Mañana, si todavía quieres acercarte… —La atención de Kenan descendió hacia su boca y la frase quedó suspendida un instante—. Mañana será distinto.

Maia lo contempló con seriedad. Habría encontrado irritante que hablara ya del día siguiente de no ser por la forma en que continuaba sosteniéndola, como si el límite que acababa de imponer le exigiera bastante más voluntad de la que pretendía mostrar.

—No sabes lo que estás haciendo. Seguramente, cuando esté sobria, me parezca una idea malísima volver a acercarme a ti.

Kenan sostuvo su mirada durante unos segundos, hasta que la advertencia perdió parte de su fuerza.

—Tendré que arriesgarme.

Maia podría haber retrocedido y convertir aquel instante en una torpeza provocada por el whisky. En lugar de hacerlo, apoyó la mano sobre su pecho. La camiseta de Marcos era tan fina que el latido se impuso contra su palma, rápido, muy distinto de la serenidad que Kenan todavía procuraba mantener.

—No pareces tan seguro —murmuró.

El pulgar de él se desplazó lentamente sobre la cintura de Maia.

—No he dicho que lo esté.

Kenan inclinó la cabeza hasta apoyar la frente contra la suya y cerró los ojos durante unos segundos. La proximidad que había elegido conservar parecía ayudarlo a contenerse y, al mismo tiempo, volvía el esfuerzo mucho más evidente.

Maia distinguió las pequeñas líneas junto a sus párpados y el movimiento de su garganta al tragar. Cuando volvió a abrir los ojos, la descubrió todavía absorta en él.

—¿Qué?

Ella estuvo a punto de negar que ocurriera nada, pero el whisky había debilitado la barrera entre lo que pensaba y lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Estaba pensando que Danielle tiene razón.

Bajo su palma, el corazón de Kenan no había recuperado la calma.

—Eres muy atractivo —admitió—. Mucho más de lo que resulta razonable.

Kenan no sonrió ni recurrió al humor, pero la intensidad con que la miró hizo que Maia olvidara por un momento que acababa de renunciar a besarla.

—Por la mañana juraré que no he dicho nada de esto. Culparé al alcohol y lo negaré incluso bajo tortura.

Kenan la atrajo apenas hacia él. El movimiento no modificó la distancia entre sus rostros, pero volvió imposible ignorar el calor compartido.

—Eso no va a conseguir que deje de mirarte.

Elevó una mano, apartó un mechón de la mejilla de Maia y dejó que el pulgar descendiera hasta la comisura de sus labios.

—Mañana puedes negarlo todo lo que quieras. Yo voy a recordar cada palabra.

—No parece muy justo.

—No llevo desde esta mañana intentando averiguar si esto solo me estaba pasando a mí para fingir ahora que no ha ocurrido.

Kenan volvió a fijarse en su boca, pero retiró la mano antes de que el contacto contradijera demasiado su decisión.

—No sé qué más necesitabas averiguar —repuso Maia—. He intentado besarte, acabo de decirte que me pareces absurdamente atractivo y todavía tengo la mano sobre tu pecho. Me falta enseñártelo en un cartel luminoso.

La boca de Kenan se curvó, aunque la sonrisa no borró la tensión entre ellos.

—Reconozco que el cartel habría despejado antes algunas dudas.

—Y aun así no vas a besarme.

Kenan sostuvo la cercanía unos segundos. Cuando respondió, no había diversión en su voz.

—Quiero esperar hasta mañana. No es lo mismo.

Maia no compartía su cautela, pero continuar discutiendo solo los mantendría dando vueltas a lo mismo.

—Está bien. No vamos a pasarnos lo que queda de noche discutiendo sobre esto.

Kenan la soltó despacio, como si el gesto le resultara menos sencillo que la decisión, y dio un paso atrás. El aire de la cocina le pareció más frío a Maia.

—Pero tampoco vas a volver al hotel —añadió—. Puedes dormir en mi cama. El sofá es enano para alguien de tu altura y, después de haberte obligado a participar en esta noche surrealista, no pienso dejarte encogido ahí hasta mañana.

La propuesta interrumpió a Kenan. La observó con cautela, como si todavía esperara un nuevo argumento.

—Maia…

—No es otro intento de provocarte —se apresuró a aclarar—. Los dos sabemos que estoy completamente a salvo. Compartir cama contigo debe de ser lo más parecido a dormir con un monje budista.

El silencio obligó a Maia a contener una sonrisa. Kenan permaneció donde se había detenido y la contempló durante unos segundos, concediéndole tiempo suficiente para que se oyera a sí misma.

—¿Un monje budista?

—Era un cumplido.

—Hace un momento creo recordar que era absurdamente atractivo.

—Una cosa no excluye la otra.

Kenan negó despacio, sin llegar a sonreír, y dio un paso hacia ella, aunque mantuvo cierta distancia.

—Será mejor que me dejes ese sofá enano —dijo— antes de que tu monje budista empiece a tomarse la cama como una cuestión de orgullo.