Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Cuando regresó, encontró el sofá vacío y las dos barajas guardadas sobre la mesa. La ropa de Kenan continuaba colgada en el baño; pese al bochorno, la humedad no parecía dispuesta a permitir que se secara. El sonido del grifo le indicó dónde estaba.

Lo encontró en la cocina, enjuagando los vasos bajo la luz de la campana. Había ajustado al máximo el cordón del pantalón de Marcos y aun así tenía que sujetarlo apoyando la cadera contra el fregadero.

—Has recogido muy deprisa —dijo Maia—. Pensé que no te ibas.

—Y no me voy.

Al separarse, el pantalón descendió y tuvo que atraparlo por la cintura antes de volverse.

—Pero empezaba a pensar que te habías quedado dormida con Danielle.

—Danielle no encontraba la cama.

—Me sorprende que haya encontrado el dormitorio.

—Con ayuda. Mañana asegurará que llegó sola y que no recuerda nada de lo ocurrido después de la primera copa.

Kenan dejó el paño, llenó un vaso de agua fría y se lo tendió. Maia agradeció el frescor contra los dedos, pero no bebió.

—¿Y la copa?

Kenan desplazó la botella de whisky hacia el fondo de la encimera.

—Esto es mejor.

—¿Qué haces?

—Intentar que mañana recuerdes algo más que Danielle.

Maia lo contempló por encima del vaso. Apoyado contra el fregadero para mantener el pantalón en su sitio, tampoco parecía en condiciones de impartir lecciones de prudencia.

—Tú también has bebido.

—Por eso sé que ya es suficiente.

El agua alivió la sequedad que le habían dejado el whisky y el limón, aunque Maia mantuvo la vista fija en la botella.

—Habíamos quedado en preparar otra.

—Antes de que llevaras a Danielle por el pasillo manteniendo un equilibrio más que dudoso.

Maia dejó el vaso con cuidado. No recordaba haberse apoyado en ninguna pared, pero tampoco estaba segura de poder negarlo.

—Solo intentaba que no se cayera.

Kenan le acercó de nuevo el vaso. Al comprender que no pensaba devolverle el whisky, Maia terminó el agua. Aquella calma era más difícil de combatir que sus provocaciones.

—Tengo una cosa que te va a encantar.

La diversión de Kenan hizo que Maia oyera sus propias palabras con retraso y comprendiera cómo habían sonado, a solas en la cocina y con él vestido con aquel pantalón imposible.

Se volvió hacia el frigorífico y abrió la puerta con más rapidez de la necesaria.

La luz blanca se extendió sobre las baldosas.

—Está aquí dentro.

Kenan miró el interior antes de regresar a ella.

—Eso aclara bastante las cosas.

Maia decidió no responder. Apartó una jarra de agua y sacó con ambas manos una caja metálica de Karaköy Güllüoğlu, decorada con una vista de Estambul, que ocupaba casi todo el fondo de una de las baldas.

—Elvira me lo trajo hace unos días.

El nombre de la pastelería bastó para que Kenan se apartara del fregadero. Maia cerró el frigorífico con la cadera y llevó la caja hasta la encimera, prestando atención a no tropezar.

La depositó con cuidado y levantó la tapa. El aroma a mantequilla, pistacho y almíbar se extendió por la cocina.

—Baklava —anunció, alzando la vista para disfrutar de la reacción de Kenan.

La sonrisa de Maia se detuvo. Kenan se había olvidado del pantalón, que descendía hasta un punto en el que el cordón apenas conseguía mantenerlo sobre las caderas.

Maia reaccionó antes de pensar: soltó la tapa y atrapó la cinturilla justo cuando amenazaba con deslizarse un poco más. Solo comprendió lo que acababa de hacer al sentir bajo los dedos el calor de su piel.

La diversión desapareció de los ojos de Kenan. Permaneció inmóvil mientras la cocina parecía reducirse al espacio entre sus cuerpos y a la mano de Maia aferrada a la tela.

Él bajó la vista hacia sus dedos antes de mirarla. El frigorífico siguió zumbando a su espalda. Desde el fondo del pasillo llegó un crujido de la cama de Danielle, pero ninguno de los dos apartó la atención del otro.

Cuando Maia retiró la mano, sus dedos rozaron el vientre de Kenan.

—Se te caía —murmuró.

Kenan ocupó con su mano el lugar que ella acababa de abandonar, aunque no apartó los ojos de su rostro.

—Ya lo he notado.

Su voz había perdido el humor. Maia volvió hacia la caja y retiró el papel encerado, procurando no pensar en el calor que aún conservaba en los dedos.

En el interior se distribuían piezas de nuez y pistacho, rollos de un verde intenso y pequeñas porciones de masa dorada que aún brillaban por el almíbar.

—Todavía no la habíamos abierto —dijo, acercándole la caja.

—¿Has tenido esto en casa toda la noche?

—Estaba esperando el momento adecuado.

Kenan se inclinó para contemplar las distintas piezas. Maia aprovechó que examinaba la caja para recuperar la botella del fondo de la encimera.

—Además, no vamos a dejar ahí dos dedos de whisky.

—Hace un momento no parecían preocuparte.

—Hace un momento no teníamos baklava. —Dejó la botella junto a la caja con la solemnidad que le permitía el alcohol—. Esto se merece un último brindis.

Kenan miró la botella, el dulce y después a Maia. Había recuperado parte de su expresión divertida, aunque algo de la quietud anterior permanecía entre ellos.

—¿Y por qué vamos a brindar?

Maia cruzó la cocina hacia el armario. Apenas la separaban de él unos pasos, pero el último le salió menos recto de lo previsto y tuvo que apoyar una mano en la encimera antes de abrir la puerta.

Kenan esperó a que recuperara el equilibrio, se adelantó y sacó los vasos antes de que pudiera alcanzarlos.

—Eso se decide después —respondió—. Primero se sirve.

Él no le devolvió los vasos. En su lugar, cogió el vaso de agua y lo colocó delante de Maia.

—Primero comes.

—No puedes utilizar mis propios dulces para imponer las normas.

—Puedo si eres incapaz de cruzar la cocina sin concentrarte.

La observación merecía una protesta, pero Maia prefirió aplazarla y escogió una pieza de pistacho. La masa crujió y el almíbar frío le llenó la boca con sabor a mantequilla.

Al ver que ella comía, Kenan escogió una de nuez.

—Una copa —concedió él al fin, acercando la botella—. Entre los dos.

—Eso no es una copa. Es medio error para cada uno.

—A estas alturas de la noche, me parece un reparto bastante razonable.

Kenan repartió el poco whisky sin añadir hielo ni limón. Maia decidió considerar la concesión una victoria y levantó su vaso.

—Ahora necesitamos un motivo.

Maia descartó en silencio cualquier brindis demasiado solemne. Podían brindar por las jornadas, la tesis o incluso Danielle, pero al mirar a Kenan, descalzo y con ropa ajena en una cocina a la que no debería haber llegado, ninguno pareció abarcar lo ocurrido.

—Por la lluvia —dijo.

Kenan inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso requiere una explicación.

—Si el tiempo no hubiera cambiado, no habrías terminado aquí.

Él dejó transcurrir un instante antes de alzar el vaso hasta rozar el de Maia.

—Entonces, por la lluvia.

Los vasos chocaron con un sonido leve. Maia apuró el whisky; Kenan solo tomó un sorbo.

—Eso no ha sido un brindis.

—Los vasos han chocado.

—Pero me has dejado beber sola.

Kenan apoyó el suyo junto a la caja de baklava sin apresurarse a terminarlo. Bajo la luz cálida de la campana, la expresión divertida con la que había seguido buena parte de la noche cedió ante una atención más serena.

—¿Hay alguna razón especial por la que quieras acabar borracha?

La pregunta sorprendió a Maia. Bajó la vista hacia el fondo húmedo de su vaso y lo hizo girar entre los dedos, siguiendo el lento recorrido de la única gota que había quedado adherida al cristal.

—No es esa mi intención.

La breve mirada seria que Kenan le dirigió dejó claro que la respuesta no lo convencía.

—Entonces no estás calculando demasiado bien.

Maia estuvo a punto de explicarle que casi nunca bebía y que los cócteles de Danielle contenían bastante más whisky de lo que había advertido al probarlos.

Sin embargo, aquellas excusas se le deshicieron antes de llegar a pronunciarlas.

Él no le había preguntado cuánto había bebido, sino por qué parecía tan empeñada en continuar.

Dejó el vaso en la encimera y pasó un dedo por una gota de agua que había quedado sobre la piedra.

—Siento vértigo —reconoció al fin.

La atención de Kenan se concentró por completo en ella, pero no la apremió para que continuara.

—Llevo años trabajando en esa tesis. Durante los últimos meses, cada vez que terminaba una corrección aparecían otras tres; siempre había otro capítulo que revisar, otra referencia que comprobar, otra observación que podía obligarme a replantearlo todo.

—Maia recogió el dedo húmedo y contempló la pequeña marca que había trazado sobre la encimera—.

Esta mañana me han dicho que puedo terminar de corregirla y presentarla.

Es lo que llevaba esperando tanto tiempo que debería sentirme aliviada.

—¿Y no lo estás?

—Sí. Creo que sí. —Una sonrisa breve asomó a sus labios, pero desapareció antes de asentarse—. También es como haber aplazado todo lo demás hasta terminarla y descubrir que ya no sabes por dónde empezar.

El frigorífico se puso en marcha a su espalda y su zumbido llenó la pausa mientras Maia miraba la caja abierta, el papel manchado de almíbar y los dos vasos que Kenan acababa de lavar y ellos habían vuelto a utilizar.

La noche entera parecía haberse construido alrededor de pequeñas cosas que nadie había planeado.

—Hasta ahora siempre sabía lo que tenía que hacer al día siguiente —continuó—. Corregir, leer, preparar las clases, terminar la tesis. Ahora se supone que debo estar contenta porque por fin se acaba, pero nadie te explica qué haces con el espacio que deja cuando ya no ocupa cada hora de tu vida.

Kenan tomó el vaso que había dejado junto a la caja, aunque no bebió.

—Quizá no tengas que llenarlo esta misma noche.

Maia alzó la vista.

No había condescendencia en su voz ni el consuelo apresurado que solía recibir cada vez que alguien consideraba que debía sentirse feliz. Se limitaba a permanecer allí, apoyado contra la encimera, concediéndole a aquella contradicción más normalidad de la que ella misma le había permitido.

—No —admitió—. Supongo que no.