CAPÍTULO 4 #2
—A mí no me han elegido —recordó Maia—. Estoy sustituyendo a una enferma.
—Y yo ni siquiera trabajo allí —añadió Danielle—. Soy una víctima colateral.
La música cambió. Las primeras notas de una canción demasiado conocida se extendieron por el salón y Kenan volvió la cabeza hacia el televisor, donde aparecía un vídeo antiguo de colores saturados.
—No puede ser.
—Pasa a la siguiente.
—Ni se te ocurra.
Tarkan comenzó a cantar Kuzu Kuzu y Maia se dejó caer en su sitio, resignada a que la noche siguiera revelando aspectos de su vida que habría preferido reservar para cuando Kenan estuviera lejos.
—¿También escuchabais esto en la universidad?
—Ella —respondió Danielle.
—Las dos —la corrigió Maia—. Porque Zeynep no ponía otra cosa.
Maia separó dos cartas pegadas, consciente de la atención de Kenan y menos capaz, por efecto del whisky, de fingir que no la notaba.
—No recuerdo haberte visto hoy en la conferencia —dijo él.
—Porque no estaba.
—Resulta extraño. Pareces muy interesada en Turquía.
—Estoy interesada en el hombre turco que Maia ha traído a casa.
—Algún día vas a pensar antes de hablar —dijo Maia.
—Hoy no. Hoy sería desperdiciar el whisky.
—¿De verdad te sabes la letra?
—Me sabía la letra. Hace muchos años.
Kenan esperó al estribillo y alzó una ceja cuando Maia acompañó por lo bajo las primeras palabras. Ella se interrumpió.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que te la sigues sabiendo.
—Solo esa parte.
—Se sabe también el baile —informó Danielle.
Maia dejó las cartas sobre la mesa.
—No existe ningún baile.
—Lo inventaste tú.
—Precisamente por eso no existe.
Danielle se levantó demasiado deprisa y tuvo que apoyarse en el respaldo. Una vez recuperado el equilibrio, apartó la mesa con el pie.
—Era algo así.
—Siéntate.
—Primero hacía esto con las caderas…
—Danielle, te juro que mañana voy a negar que te conozco.
Su amiga intentó reproducir un movimiento que quizá varios años atrás hubiera guardado alguna relación con la música.
En esa ocasión solo consiguió enredarse con el bajo del pantalón del pijama y caer de nuevo en el sofá, entre carcajadas.
La sacudida hizo que varios cubitos chocaran dentro de los vasos y uno de los montones de cartas volviera a deshacerse.
Maia trató de contenerse, pero la imagen de Danielle aferrada a un cojín mientras insistía en que el paso era correcto terminó por vencerla.
Cuando volvió a mirar a Kenan, él se había recostado en el sillón y se reía sin ninguna reserva, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados. Durante unos segundos, olvidó su propia vergüenza.
Sin la chaqueta, la ropa impecable ni aquella expresión controlada con la que había atravesado el vestíbulo de la universidad parecía más joven y mucho más accesible.
No quedaba casi nada del hombre al que esa misma noche había visto en fotografías junto a políticos, empresarios y mujeres vestidas para aparecer en las revistas.
Kenan debió de advertir que lo observaba, porque su risa fue apagándose mientras sostenía el vaso entre ambas manos. Maia no apartó la vista con la rapidez de antes.
El alcohol le permitía permanecer allí sin decidir qué hacer con aquel instante, aunque también le impedía calcular cuánto duraba.
Fue Danielle quien lo rompió al incorporarse de nuevo.
—Maia bailaba muy bien.
—Sigo bailando bien —protestó ella, más ofendida por el tiempo verbal que por la revelación.
—Entonces demuéstralo.
—No pienso bailar para que os riais todavía más.
Danielle señaló a Kenan con el cojín.
—Él no se está riendo.
—Estaba riéndose más que tú.
—No de ti —dijo Kenan.
La respuesta silenció a Danielle y desarmó a Maia. Kenan recogió una carta y la dejó en el montón francés, como si no hubiera introducido una quietud distinta en el salón.
—Pues bailad juntos.
—No —respondieron al mismo tiempo.
La coincidencia provocó otra ronda de risas. Después Danielle se acomodó de costado, con un cojín bajo la cabeza, mientras cantaba sonidos que no pertenecían a ningún idioma reconocible.
—No sé cómo has podido entender algo de turco con ella cantando así —comentó Kenan.
—Aprendí a separar el idioma del ruido hace mucho tiempo.
—¿Con Zeynep?
Maia asintió mientras reconstruía los montones.
—Nos conocimos en la universidad. Su madre enseñaba turco allí y yo me matriculé en una de sus clases. Al principio solo quería poder entenderlas cuando discutían.
—¿Discutían mucho?
—Constantemente. Elvira le hablaba en español, Zeynep le contestaba en turco y ambas aseguraban que así podían enfadarse mejor.
—Eso no fue lo que te hizo aprender —intervino Danielle desde el sofá, sin abrir los ojos.
—¿No estabas dormida? —preguntó Maia.
—Estoy descansando los ojos.
—¿Qué fue entonces? —quiso saber Kenan.
Danielle levantó una mano sin abrir los ojos y, tras varios intentos, señaló a Maia.
—Se enamoró de Turquía.
—No me enamoré de Turquía.
—Volvías todos los veranos.
La mano cayó de nuevo sobre el sofá. Durante unos segundos solo se oyeron la música baja y la lluvia contra los cristales.
—¿Adónde ibas? —preguntó Kenan.
—A Çeşme. Elvira pasaba allí los veranos y yo solía ir con Zeynep. Algunas veces me quedaba incluso cuando ella tenía que volver antes; para entonces ya era como de la familia.
—¿Çeşme?
La sorpresa despejó la expresión de Kenan. Maia asintió, divertida por haber conseguido descolocarlo por primera vez aquella noche.
—Mi familia tiene una casa allí —explicó él—. Pasábamos casi todos los veranos.
—Entonces quizá hayamos coincidido.
—¿Durante cuánto tiempo fuiste?
—Desde los veinte años. Algunos veranos solo pasaba unas semanas; otros, me quedaba casi dos meses.
—Entonces es muy probable.
La idea produjo en Maia una sensación extraña, acentuada por el alcohol y la hora. Durante unos segundos, Kenan pareció buscarla en algún recuerdo: una terraza junto al mar, una calle atestada en agosto, cualquiera de aquellos lugares por los que ambos habían pasado sin saberlo.
—Creo que me acordaría —dijo.
El silencio se prolongó lo suficiente para que Maia comprendiera que había hablado en voz alta. Desvió la atención hacia las cartas, pero habían terminado de clasificarlas sin darse cuenta.
Desde el sofá llegó la respiración regular de Danielle. Maia agradeció que se hubiera dormido hasta comprender que también acababa de dejarlos solos. La canción de Tarkan dio paso a otra más lenta.
Kenan rozó con el pulgar el borde de su vaso.
—Yo también me habría acordado de ti.
Maia no encontró una respuesta que no revelara más de lo que estaba preparada para reconocer. Permaneció con la última carta entre los dedos, aunque ya no quedaba ningún montón al que incorporarla.
Ella dejó la carta sobre la mesa y buscó su vaso. Lo encontró vacío.
—¿Quieres otra?
La pregunta salió con demasiada naturalidad.
La lluvia había disminuido hasta convertirse en un murmullo; sin la voz de Danielle ni el ruido de las cartas, cualquier respuesta parecía destinada a escucharse demasiado.
—Pensaba que ibas a decirme que es tarde.
—Es tarde.
—Y aun así me estás ofreciendo otra copa.
Maia se sostuvo la frente con dos dedos, tratando de ordenar una réplica que se negaba a llegar.
—También puedo decirte que te marches, si eso te resulta más fácil.
—No creo que ninguno de los dos quiera que lo digas.
Kenan se inclinó para dejar el vaso sobre la mesa. Con el movimiento, el pantalón de Marcos se deslizó y quedó suspendido sobre una de sus caderas. Él no pareció advertirlo. Maia sí.
Danielle se removió entre los cojines y estuvo a punto de empujar las cartas al suelo. Maia se levantó demasiado deprisa y esperó a que la habitación dejara de inclinarse antes de tocarle el brazo.
—Dani, despierta. No puedes dormir aquí.
Danielle abrió un ojo, lo dirigió hacia él y luego volvió a cerrarlo.
—Todavía está aquí.
—Y tú te vas a tu cama.
—No veo ninguna relación.
Al segundo intento, Danielle se incorporó con el pelo pegado a una mejilla. Rechazó la mano de Maia, se puso en pie y enseguida tuvo que apoyarse en su hombro.
—Puedo caminar.
—Ya lo estamos viendo.
Maia pasó un brazo alrededor de su cintura y la condujo hacia el pasillo. Antes de desaparecer, Danielle volvió la cabeza hacia Kenan.
—Como es probable que Maia no te lo diga, lo haré yo: no te marches.
—Danielle…
—No pensaba hacerlo.
Danielle asintió, satisfecha, y se dejó conducir hasta el dormitorio, aunque tropezó con la alfombra y estuvo a punto de arrastrar a Maia contra el armario. Al alcanzar la cama se dejó caer de lado y hundió la cara en la almohada.
—Te traeré agua.
—No quiero agua.
—Mañana la querrás.
Danielle permitió que Maia le acomodara las piernas sobre la cama, pero, cuando Maia se inclinó para cubrirla, abrió los ojos con una lucidez inesperada.
—Es todavía más guapo cuando se le cae el pantalón.
—Duérmete.
—Y no piensa marcharse —continuó Danielle, arrastrando un poco las palabras—. Así que deja de fingir que lo de la otra copa tiene algo que ver con la sed.
—Estás demasiado borracha para saber lo que dices.
—No tanto como para no ver cómo os miráis.
Danielle cerró los ojos, dando la conversación por terminada. Maia la cubrió con la colcha y se dirigió hacia la puerta.
—No lo estropees pensando demasiado —murmuró Danielle cuando Maia ya estaba a punto de salir—. Mañana tendrás tiempo para eso.
Maia apagó la luz sin responder y cerró la puerta. Permaneció unos segundos en el pasillo, con la mano sobre el picaporte, mientras desde el salón llegaban la música baja y la lluvia.