Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Para cuando Danielle encontró una baraja, la siguiente ronda de cócteles había devuelto cierta ligereza al salón.

Su teléfono seguía boca abajo sobre la mesa y nadie había vuelto a consultar el tiempo de espera.

La coctelera había terminado junto a la cubitera y la botella de whisky y, a esas alturas, ninguno parecía demasiado interesado en recordar quién debía marcharse.

Danielle repartió las cartas mientras en el televisor sonaban canciones de sus años universitarios.

—El objetivo es formar tríos o escaleras —explicó Maia—. Cuando tengas todas las cartas colocadas, cierras.

—Parece sencillo.

—Lo es hasta que Danielle decide interpretar alguna regla a su manera.

—Eso ocurrió una vez —protestó ella.

—Y estuve dos días sin hablarte —le recordó Maia.

—Porque no sabes perder.

—Cambiaste una regla en mitad de la partida.

—La interpreté de otra manera.

Kenan ordenó sus cartas, atento a una discusión que, por la satisfacción con que Danielle la provocaba, debía de haberse repetido muchas veces.

—Creo que ya he entendido la parte más importante —dijo.

—Todavía no hemos empezado —le advirtió Maia.

—Precisamente por eso.

Danielle soltó una carcajada y volvió la primera carta del mazo.

Maia miró a Kenan por encima de las suyas, preguntándose si su expresión tranquila se debía a que aún no comprendía el juego o a que acababa de comprenderlo demasiado bien.

Kenan se aprendió las reglas antes de terminar la primera vuelta.

Observó cómo Danielle tomaba una carta del mazo, descartaba otra y reorganizaba las que sostenía con una falta de método que dejaba a la vista, cada pocos segundos, buena parte de su juego.

Cuando le llegó el turno, recogió el siete de corazones que ella acababa de abandonar y dejó sobre la mesa una sota.

Maia bajó la vista hacia el descarte.

—¿Para qué quieres el siete?

—Creía que no debía permitirte descubrir qué necesito.

—No te lo pregunto para descubrirlo, sino para saber si has entendido.

Kenan se tomó unos segundos para colocar la carta entre las demás. El whisky había relajado su postura y mantenía una pierna extendida bajo la mesa, pero sus movimientos conservaban una precisión que desentonaba con la informalidad de su ropa.

—He entendido que, si te lo digo, será más fácil que ganes.

Danielle señaló a Kenan con la carta que acababa de robar.

—Ya se está transformando y todavía no habéis terminado una ronda.

—Solo intento asegurarme de que jugamos todos con las mismas reglas.

Maia alargó la mano hacia su vaso y descubrió que volvía a estar vacío.

No recordaba haber bebido más de un sorbo desde que habían empezado a repartir, pero quedaba únicamente un pedazo de hielo deshaciéndose en el fondo. Acercó la coctelera para servirse y comprobó por el peso que tampoco contenía gran cosa.

—Habrá que preparar otra.

—Esta la hago yo —se ofreció Kenan.

Se inclinó hacia la mesa, aunque Maia puso una mano sobre la coctelera antes de que pudiera alcanzarla.

—No sabes cómo.

—He visto cómo preparabais las anteriores.

—Eso no significa que sepas hacerlas.

—Tampoco sabía jugar hace cinco minutos y ya te preocupa que gane.

Maia mantuvo la mano sobre la coctelera, más por la provocación que por desconfianza. Kenan no intentó arrebatársela; dejó los dedos al otro lado y esperó con la paciencia burlona que ella ya sabía reconocer.

—Adelante. Pero no pienso rescatarte si sale imbebible —cedió Maia, apartando la mano.

—Si sale bien, espero una disculpa.

Kenan levantó la tapa de la cubitera. Solo quedaba agua fría y un pedazo de hielo que se deshizo contra sus dedos.

—Necesitamos más hielo —dijo Kenan.

—En el congelador —indicó Maia.

—Lo suponía.

—Segundo cajón. Si lo de dirigir empresas falla, siempre puedes probar con la comedia.

Al ponerse en pie tuvo que subirse el pantalón de Marcos con una mano. El gesto, tan incompatible con el hombre impecable de las fotografías, hizo reír a Danielle y después a Maia.

El alcohol no solo había apartado el cansancio; cualquier detalle adquiría una gracia desmesurada y, una vez empezaba a reír, a Maia le costaba detenerse.

—No tiene ninguna gracia —dijo Kenan, mirando primero a una y después a la otra.

—Te quedan estupendos —consiguió decir Danielle—. Marcos estaría orgulloso.

—Dile que agradezco su contribución a la noche.

Kenan fue a la cocina con la cubitera. Danielle aguardó hasta que desapareció antes de arrastrarse por el sofá hacia Maia.

—Está soltero.

—Ya lo hemos oído todos.

—Él se aseguró de que lo oyeras tú.

—Estabas sentada delante y fuiste tú quien preguntó.

—Y, aun así, te miró a ti.

Repetirlo en voz alta otorgaba a aquella mirada una importancia que Maia no estaba dispuesta a concederle.

—Has bebido demasiado.

—Eso no me impide ver.

—Hace diez minutos creías que una revista del corazón era una fuente fiable.

—No creía que fuera fiable. Solo estaba reuniendo información.

—Sobre un desconocido.

—Cada vez es menos desconocido.

Kenan reapareció con la cubitera llena y Danielle recuperó su sitio con una lentitud que hacía imposible fingir que no se había movido.

—¿Qué estabais diciendo?

—Que estás tardando muchísimo —respondió Maia.

Él añadió hielo y calculó las cantidades. La mezcla cayó en los vasos más oscura que las anteriores y desprendía un olor a whisky que ni el limón ocultaba.

Maia probó la mezcla y apartó un poco el vaso.

—Esto está muy fuerte.

Kenan volvió la atención hacia Danielle.

—He intentado repetir tu receta.

—Yo no puse tanto whisky.

—No me has permitido preguntarte.

Danielle probó su vaso y levantó el pulgar con solemnidad.

—Yo voto a favor de las proporciones turcas.

Maia probó la mezcla y soltó la risa antes de conseguir tragar. El whisky tomó el camino equivocado y tuvo que dejar el vaso a toda prisa mientras tosía contra el dorso de la mano, con los ojos llenándosele de lágrimas.

Danielle tardó apenas un segundo en comprender qué había ocurrido y se tapó la boca con ambas manos. Kenan miró alternativamente a una y otra.

—¿Qué he dicho?

—Tú nada —consiguió responder Maia—. Ha sido ella.

—Yo estaba hablando del cóctel —se defendió Danielle, incapaz de dejar de reír—. No sé qué ha entendido Maia.

Kenan guardó silencio mientras recomponía la frase. Después se acomodó en el sillón y bebió con una lentitud que terminó de confirmar que ya lo había entendido.

—Las proporciones son exactamente las que parecen.

Aquello terminó de arruinar cualquier posibilidad de que Maia recuperara la compostura. Danielle se dejó caer contra el sofá y ella volvió a apartar su vaso, consciente de que intentar beber mientras cualquiera de los dos continuara hablando podía convertirse en un peligro real.

Necesitó varios segundos para dejar de toser.

Cuando por fin consiguió respirar sin que el whisky volviera a abrasarle la garganta, se secó las lágrimas con la servilleta y descubrió que Kenan ya había recogido una carta del descarte.

—¿Qué estás haciendo?

Él la incorporó a su juego antes de responder.

—Continuar la partida.

—No era tu turno.

—Llevabas mucho tiempo ocupada.

Danielle reorganizó las cartas que sostenía antes de intervenir.

—Yo creo que cuando alguien está a punto de morir pierde el turno.

—No estaba a punto de morir —protestó Maia.

—Te has atragantado con sus proporciones —insistió Danielle.

Durante unos instantes ninguno fue capaz de continuar. La lluvia, convertida ya en un murmullo, apenas competía con sus carcajadas.

—Se acabó —decidió Maia cuando recuperó el aliento—. Nadie vuelve a mencionar las proporciones de nada.

—Me parece una regla fácil de aplicar a un juego de cartas —observó Kenan.

Maia lo señaló con la servilleta arrugada.

—Y tú vas a devolver esa carta.

—Según Danielle, habías perdido el turno.

—Danielle ya no sabe ni qué cartas tiene.

Danielle levantó sus cartas para demostrar que conocía su juego y dos cayeron boca arriba sobre la alfombra: un cinco de tréboles y un caballo de oros que ni siquiera pertenecían a la misma baraja.

—¿Con cuántas cartas estamos jugando?

—Con las necesarias.

Maia recogió el caballo de oros y lo sostuvo entre dos dedos.

—Esta carta no estaba antes.

—Claro que estaba.

—La baraja es francesa.

Danielle volvió la cabeza hacia el cajón abierto. Al parecer, algunas cartas de la baraja española habían terminado mezcladas con la francesa sin que ella lo advirtiera al recogerlas.

El descubrimiento provocó otra risa desproporcionada. Al incorporarse, Maia encontró a Kenan observándola. Él ya no reía con la misma intensidad, pero conservaba una sonrisa abierta que lo alejaba por completo del hombre contenido de aquella mañana.

—Queda anulada la partida —declaró, reuniendo las cartas sin ningún orden—. Ha habido irregularidades.

—Lo dice porque va perdiendo —murmuró Danielle.

—Nadie sabe quién va perdiendo.

Sus dedos coincidieron sobre una carta. Maia notó el frío que él conservaba después de manipular el hielo; Kenan retiró la mano primero, pero no se apoyó de inmediato en el respaldo.

—Podemos empezar otra —propuso.

Maia miró el montón de cartas francesas, los pocos naipes españoles que habían aparecido entre ellas y varias cartas que Danielle había dejado debajo de su vaso.

—Antes habría que separar las barajas.

—Podría llevarnos toda la noche.

La frase quedó entre ellos con una naturalidad engañosa. Danielle miró de uno a otro y, por una vez, no intervino.

Maia comenzó a separar las barajas. Algunas cartas estaban húmedas por los vasos y una llevaba adherido un fragmento de limón.

—No pienso pasarme toda la noche haciendo esto —advirtió, aunque acababa de alinear con bastante esmero cuatro cartas de corazones.

—Podemos dejarlas mezcladas —propuso Danielle—. Así el juego será más internacional.

—Había un caballo de oros entre dos reyes franceses.

—Intercambio cultural —precisó ella, satisfecha de haber encontrado una justificación—. Es exactamente lo que habéis venido a hacer a la universidad.

Kenan examinó el caballo antes de colocarlo en el montón correspondiente.

—Empiezo a comprender por qué os han elegido como anfitrionas.