CAPÍTULO 3 #4
Kenan sonrió, y la ligereza regresó al salón sin borrar del todo lo anterior.
—Tu biografía debe de ser impresionante —continuó Danielle—. Ingeniero de telecomunicaciones, presidente de un holding, fundador de una organización que concede becas…
—No es una biografía especialmente extensa.
—Eso vamos a comprobarlo.
—Ni se te ocurra, Dani —advirtió Maia.
—Por supuesto que sí. Has metido en casa a un hombre del que no sabemos nada. Lo irresponsable sería no comprobar quién es.
—Está sentado delante de ti. Puedes preguntárselo.
—En internet no puede cambiar las respuestas.
Danielle abrió el buscador con la tranquilidad de quien no veía nada cuestionable. Kenan siguió sus movimientos sin molestia, aunque tampoco facilitó la búsqueda.
—Perdona, Kenan —dijo Maia, inclinándose un poco hacia él—. Danielle pierde cualquier noción de los límites cuando siente curiosidad.
—No la pierdo. Mis límites son distintos de los tuyos.
—Eso no mejora la disculpa.
Maia reparó en que el vaso de Kenan estaba vacío y lo recogió, agradecida por tener algo que hacer mientras Danielle rastreaba su vida en internet.
—Voy a prepararte otro.
—No es necesario.
—Después de haberte hecho entrar empapado, prestarte ropa ajena y someterte a un interrogatorio, otra copa es lo mínimo que puedo ofrecerte.
La enumeración hizo a Maia consciente de lo absurdo de la noche. No le habría extrañado que Kenan decidiera que ya estaba lo bastante seco para enfrentarse a la lluvia.
—Aunque, si prefieres marcharte, lo entenderé —añadió—. Incluso puedo quitarle el teléfono antes de que encuentre algo.
Danielle desplazó el móvil fuera de su alcance.
—Eso sí sería una invasión de la intimidad.
La incongruencia hizo sonreír a Kenan. En lugar de buscar su chaqueta, se acomodó mejor en el sillón.
—Ahora quiero saber qué encuentra —dijo, señalando con la barbilla el vaso que ella sostenía—. Y aceptaré esa segunda copa. Gracias, Maia.
Maia recogió los vasos y se alejó hacia la cocina.
—¿Cómo se escribe Gökalp?
—Danielle…
—Con diéresis en la o —respondió Kenan, antes de que ella pudiera impedírselo.
Danielle le dio las gracias con una satisfacción que no presagiaba nada bueno.
Mientras Maia preparaba la segunda ronda, la noche adquirió el aire de una reunión que se prolongaba sin que nadie hubiera decidido quedarse. La lluvia seguía golpeando el cristal, aunque a ella ya no le urgía que amainara.
Regresó al salón con los vasos. Danielle seguía inclinada sobre el teléfono; Kenan se incorporó para recoger la suya y apartó el cuenco de palomitas para hacerle sitio.
—Gracias.
—Aquí estás —anunció—. Tienes una página en Wikipedia.
—Te lo habría dicho si me lo hubieras preguntado.
Maia se sentó y bebió un sorbo mientras Danielle recorría la página.
—Presidente ejecutivo del Grupo Gökalp, fundador y presidente de la Fundación Gökalp…
Nacido en Estambul. Estudios de Ingeniería de Telecomunicaciones, un máster en Estados Unidos, doce años al frente del grupo…
—Danielle deslizó el dedo por la pantalla—.
Cuarenta años. Entonces tenías veintiocho cuando murió tu padre.
Veintiocho años no eran tan pocos como para considerarlo un muchacho, pero sí demasiado pocos para que un consejo lo colocara al frente de varias empresas y esperara que decidiera cuáles debían sobrevivir.
—A los veintiocho yo ya sabía cocer huevos —concedió Danielle—, pero no habría confiado en mí para dirigir un holding.
—Fue una suerte que nadie te lo pidiera —dijo Maia.
—Nunca sabremos hasta dónde habría llegado.
Danielle siguió recorriendo datos que Kenan ya les había contado, reducidos ahora a unas pocas líneas bajo su nombre.
—Y aquí dice que la fundación ha concedido más de cuatrocientas becas —continuó ella.
—La fundación no es solo mía.
—Aquí lo parece.
—Wikipedia simplifica muchas cosas.
—También dice que has recibido dos premios empresariales.
Kenan se desprendía de cada mérito con la misma facilidad con que había evitado presentar como un sacrificio los doce años dedicados al grupo. Aquello no desanimaba a Danielle.
—Creo que ya has comprobado que existe.
—Espera. Hay una fotografía.
En la fotografía, Kenan aparecía ante los logotipos de un congreso, con traje oscuro y expresión seria. Resultaba difícil relacionarlo con el invitado descalzo que ahora sostenía uno de sus vasos vestido con ropa prestada.
—La foto tiene varios años —comentó él.
—Eso significa que ya la conocías. Has mirado tu propia página.
—Intenté que corrigieran algunas cosas.
—¿Qué cosas?
Kenan indicó la pantalla con el vaso.
—Me atribuyen un doctorado que nunca cursé y aseguran que hablo cinco idiomas.
—¿Cuántos hablas en realidad?
—Tres.
—Qué decepción.
Esta vez Maia consiguió quitarle el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa.
—Ya basta. No puedes investigar a alguien delante de él como si no estuviera presente.
—Prefiero que lo haga delante de mí —intervino Kenan—. Al menos tengo la oportunidad de corregir los errores.
—¿Ves? A él no le molesta.
—A él lo has conocido hace unas horas. Todavía no sabe que cualquier muestra de tolerancia puede terminar contigo intentando averiguar sus calificaciones de primaria.
—No creo que las encuentres —dijo Kenan—. Mi padre habría pagado para que desaparecieran.
Maia se volvió hacia Kenan, incapaz de decidir si acababa de hacer una confesión o de proporcionar a Danielle un nuevo objetivo.
Danielle recuperó el teléfono y siguió buscando mientras él se limitaba a corregirla de vez en cuando.
La conversación había dejado atrás la conferencia y las empresas para internarse en una zona mucho más personal, pero Kenan no parecía tener prisa por devolverla a un terreno seguro.
Afuera, la lluvia había perdido intensidad y los coches volvían a oírse sobre el asfalto mojado; aun así, ninguno mencionó el taxi.
—Aquí no hay ninguna sección dedicada a tu vida privada.
—No es una omisión —respondió Kenan—. Es una muestra de buen criterio.
Danielle abandonó Wikipedia y abrió una búsqueda. Aparecieron fotografías tomadas en recepciones, restaurantes y terrazas de hoteles; en muchas, Kenan estaba junto a alguna mujer.
La paciencia con que había asistido a la investigación mostró una fisura mínima. Dejó el vaso y ya no siguió la pantalla con la misma diversión.
—Vaya —dijo Danielle—. Aquí pone que estás saliendo con una rusa.
—Dani, ya basta.
Danielle abrió una fotografía: una mujer rubia, alta y muy delgada posaba junto a Kenan a la entrada de algún acto, con un vestido plateado y una mano sobre su brazo.
—Es muy guapa —añadió, ampliando la imagen con dos dedos—. Hacéis una pareja estupenda.
—No estamos saliendo.
La ausencia de humor consiguió que Danielle levantara la cabeza. Kenan no miraba la fotografía: había vuelto el rostro hacia Maia y sostuvo sus ojos.
—Estoy soltero —añadió.
El whisky sour se había calentado y Maia no distinguió bien el sabor mientras apuraba el vaso de un trago, sin ser consciente del rubor que empezaba a colorearle las mejillas.
—Pues alguien debería avisar a la revista —comentó Danielle, observando alternativamente a ambos—, porque han escrito cuatro páginas sobre una relación que no existe.
—No sería la primera vez.
La ligereza anterior no volvió a la voz de Kenan. Danielle siguió leyendo unos segundos, menos pendiente ya de las fotografías que del silencio instalado en el salón.
—¿Y ella lo sabe? —preguntó.
—Supongo que sí. Apenas hemos hablado dos veces.
—Eso complica bastante lo de vuestra boda en otoño.
Maia consiguió quitarle el teléfono antes de que pudiera seguir leyendo y lo dejó boca abajo sobre la mesa.
—Se acabó.
Durante unos segundos solo se oyó el roce de los neumáticos sobre la calle mojada. La búsqueda había devuelto a la habitación la conciencia de que Kenan no era un viejo amigo, sino un hombre al que habían conocido aquella mañana y cuya vida acababa de desplegarse ante ellas en forma de titulares.
—Lo siento —dijo Maia—. No debería haber dejado que llegara tan lejos.
—No eres responsable de lo que aparece ahí.
—Pero sí de que lo estén leyendo en este salón.
—Si sirve de consuelo, es una selección bastante menos imaginativa de la que suelen hacer en televisión.
Danielle abrió la boca para preguntar por los programas, pero Maia mantuvo la palma sobre el móvil. Esta vez la sonrisa de Kenan fue más tenue, aunque bastó para aliviar la incomodidad.
—No le des más material, haz el favor —le pidió Maia.
—Tienes razón. Retiro lo de la televisión.
La respuesta recuperaba parte de su humor, pero no la naturalidad anterior. Maia apartó el teléfono y decidió no averiguar aquella noche hasta dónde había llegado la incomodidad.