CAPÍTULO 3 #3
Kenan bebió, satisfecho con aquella alianza momentánea. Maia decidió no responder, aunque la sonrisa contra el borde del vaso hizo inútil el silencio.
Danielle encendió de nuevo el televisor y dejó sonando una lista de música a volumen bajo. La claridad azulada de la pantalla se extendió por el salón y alcanzó las gotas acumuladas en los cristales.
—¿Y tú? —preguntó Maia, volviéndose hacia Kenan—. Esta tarde has hablado durante más de una hora y todavía no sé exactamente a qué te dedicas.
—Tal vez porque te has dormido durante la parte en la que lo explicaba.
—¿Te has dormido en su conferencia?
Maia cerró los ojos un instante. Había logrado mantener aquel detalle fuera de la conversación más tiempo del esperable.
—No durante toda.
—Eso no mejora la historia —dijo Danielle.
—Ha sido aproximadamente la mitad —precisó Kenan.
Maia volvió la atención hacia él.
—No estabas mirando el reloj.
—No lo necesitaba.
—Si os parece, puedo dejaros solos para que discutáis la duración exacta de la siesta —propuso Danielle—. Aunque antes quiero saber cómo alguien se duerme delante de un hombre así.
—Dani… —protestó Maia—. Llevaba varios días durmiendo poco. La sala estaba a oscuras, hacía calor y llevaban veinte minutos proyectando entrevistas a estudiantes becados.
—Ahora entiendo que no te haya contado a qué se dedica —dijo Danielle—. Intenta evitar una recaída.
Kenan rio por lo bajo y, antes de que Maia pudiera reprochárselo, respondió por fin a la pregunta que había iniciado la conversación.
El Grupo Gökalp era un holding industrial con intereses en distintos sectores.
La fundación, en colaboración con varias universidades, financiaba posgrados, estancias en el extranjero y proyectos de investigación; el próximo curso querían ampliar los convenios con universidades españolas.
—¿Becas completas?
—Algunas cubren matrícula, alojamiento y manutención. Otras financian desplazamientos o material. También ayudamos a estudiantes que consiguen una plaza en el extranjero y no pueden aceptarla porque su familia no puede mantenerlos allí.
—Eso sí resulta útil —dijo Danielle—. Mucho más que organizar una conferencia para que la gente se duerma.
Maia se volvió hacia ella, pero Kenan recibió el comentario con una sonrisa breve, como si a aquellas alturas hubiera aceptado que su intervención de aquella mañana no sobreviviría a la noche sin sufrir nuevos ataques.
—La fundación no se limita a conceder dinero; pone en contacto a universidades y empresas para que los estudiantes completen su formación o empiecen a trabajar. Una beca sirve de poco si, cuando termina, vuelven al punto del que partieron.
Ya no quedaba en su voz el tono ensayado del auditorio. Hablaba sin cifras y con una implicación personal que no encajaba del todo con la imagen distante que había ofrecido como representante de la fundación.
—¿Por eso has venido a estas jornadas? —preguntó Maia.
—En parte. La fundación participa en el programa de becas de estas jornadas y coordina con varias empresas del País Vasco las plazas de prácticas asociadas.
El decano quería que explicáramos cómo pueden cooperar la universidad, la fundación y la empresa sin que todo termine reducido a un convenio firmado y unas cuantas fotografías.
—Podrías haber hablado de esto esta mañana.
—Hablé de esto.
—Lo escondiste entre tantos datos que no llegué a encontrarlo.
—No sabía que entre el público habría alguien que necesitara que empezara por la parte más emocionante para mantenerse despierta.
La diversión no borró la implicación con la que había hablado de las becas. Maia pasó un dedo por la condensación del vaso mientras lo observaba; empezaba a sospechar que aquel proyecto le pertenecía de un modo distinto.
—¿La fundación ya existía cuando empezaste a dirigir el grupo?
Kenan hizo girar el hielo antes de responder.
—No. La creé poco después de hacerme cargo del holding.
Maia había dado por hecho que se limitaba a administrar una estructura heredada.
—¿Fue idea tuya?
—Sí. Mi padre había financiado algunas becas de manera privada, pero nunca estableció un programa permanente. Después de su muerte, cuando tuve que hacerme cargo del grupo, decidí convertir aquellas ayudas aisladas en una fundación.
Danielle bajó el vaso.
—Lo siento.
Maia había llevado el suyo hasta los labios, pero lo dejó sobre la rodilla sin beber.
—Yo también.
Kenan aceptó las condolencias con una inclinación de cabeza. Durante unos segundos, solo quedaron la música baja del televisor y la lluvia contra los cristales.
—Fue hace algunos años. Tuve que ocuparme de demasiadas cosas a la vez y la fundación fue una forma de conservar algo de lo que él hacía sin necesidad de imitarlo en todo lo demás.
Maia no preguntó a qué se refería. Había una distancia considerable entre la naturalidad con que hablaba del grupo y la tensión que aún persistía en su rostro. Incluso Danielle reconoció el límite.
—¿Ya trabajabas con él? —preguntó Maia finalmente.
—Durante las vacaciones y algunos fines de semana. Mi padre consideraba que debía conocer las empresas desde abajo, aunque no estaba previsto que me hiciera cargo tan pronto. Yo me dedicaba a otra cosa.
Danielle lo examinó por encima del borde del vaso.
—¿Modelo en anuncios de ropa interior?
Maia tuvo que apartar su bebida para no atragantarse.
—Dani…
—Solo intento averiguar qué hacía antes de convertirse en empresario.
Danielle sostuvo su expresión de absoluta inocencia mientras Kenan contemplaba la escena con una diversión que ya no intentaba ocultar. Esperó a que Maia recuperara el aliento antes de responder:
—Era ingeniero de telecomunicaciones.
—Ah —dijo Danielle, sin mostrar el menor arrepentimiento—. También encaja.
—Dani, por favor.
Kenan bajó la vista hacia el vaso para ocultar una risa.
Maia bebió, preguntándose por qué había creído que las preguntas de Danielle conducirían a una conversación normal.
—Trabajaba como ingeniero de telecomunicaciones en una empresa de Estambul —explicó Kenan—. Cuando murió mi padre, el grupo atravesaba un momento complicado y el consejo me pidió que asumiera la dirección. En principio iba a ser algo provisional, hasta que encontraran a la persona adecuada.
—Pero nunca la encontraron —dedujo Maia.
—No. Según el consejo, no había nadie preparado para hacerse cargo del grupo.
La sequedad con que respondió hizo pensar a Maia que aquella explicación no le había resultado convincente ni entonces ni ahora.
—Pero ¿no podrías haber buscado tú a alguien que dirigiera el holding y volver a tu trabajo?
—Dani…
—No pasa nada —la interrumpió él.
Kenan se tomó unos segundos y, en lugar de contestar, las observó como si acabara de advertir algo que hasta entonces había pasado por alto.
—Vosotras no sois turcas.
—Yo soy australiana —confirmó Danielle—. Maia solo habla turco para confundir a la gente.
—No lo hablo para confundir a nadie.
—Eso es un efecto secundario.
Maia entrecerró los ojos en dirección a Danielle, pero su compañera se limitó a ocultar la sonrisa tras el borde del vaso.
Kenan observó aquel intercambio con una comprensión nueva.
Que ninguna de las dos fuera turca explicaba por qué desconocían aquella parte de su vida y por qué Danielle preguntaba con semejante franqueza.
—En Turquía no suele ser necesario que cuente esta historia. La muerte de mi padre apareció en la prensa y hubo bastante interés por saber qué ocurriría con el grupo. Creo que es la primera vez que alguien me pregunta sin conocer de antemano la respuesta.
Antes de las jornadas, Elvira le había explicado lo imprescindible: que Kenan presidía el grupo familiar y que acudía como representante de la fundación que financiaba las becas.
El apellido Gökalp no había significado mucho más para Maia y, ni siquiera después de comprobar la deferencia con que lo trataban, se le había ocurrido buscarlo.
—Yo no sabía quién eras —admitió.
—Eso ya había empezado a sospecharlo.
La diversión reapareció apenas en su voz. Maia sospechó que la pregunta de Danielle había rozado una parte de la historia que él no solía contar.
—No tienes que responder —añadió antes de que continuara—. No pretendíamos someterte a un tercer grado.
—Habla por ti —murmuró Danielle.
—No me molesta. Resulta extraño que me pregunten sin haber decidido antes cuáles deberían ser mis respuestas.
Kenan dejó el vaso sobre la mesa y retomó la explicación sin la ligereza anterior.
—Algunos miembros del consejo consideraban que debíamos vender las empresas menos rentables, reducir la plantilla y buscar un comprador para el resto.
Tal vez fuera una decisión razonable desde el punto de vista financiero, pero mi padre acababa de morir y yo conocía a muchas de las personas que habrían perdido su empleo.
No podía apartarme y fingir que aquello no tenía nada que ver conmigo.
Maia lo imaginó recién llegado a un cargo para el que no se había preparado, obligado a decidir el futuro de las empresas mientras asumía la muerte de su padre. Kenan lo relataba sin convertir su decisión en un sacrificio.
—Así que ocupaste el cargo —dijo.
—Durante un tiempo.
—¿Cuánto duró ese tiempo?
—Doce años. Y todavía no ha terminado.
Aquello no había sido una interrupción en la vida que había elegido, sino otra vida construida en su lugar.
—Una sustitución un poco larga —observó Danielle.
—El consejo sigue buscando a la persona adecuada.
La ironía no ocultaba del todo una decisión que otros habían tomado por él. Kenan no dijo que se arrepintiera ni pareció esperar que ellas juzgaran si había elegido bien.
Dejó el vaso vacío sobre la mesa, mientras Maia trataba de reconciliar al joven ingeniero de telecomunicaciones que había apartado su profesión con el hombre que ocupaba el atril como si llevara toda la vida haciéndolo.
—A la edad que debías de tener tú, yo todavía llamaba a mi madre para preguntarle cuánto tiempo se cocía un huevo —dijo Danielle.
—Todavía la llamas —le recordó Maia.
—Ahora le pregunto cosas más difíciles.