CAPÍTULO 3 #2
Maia obedeció sin fuerzas para discutir y, al sentarse en el sofá, hundió los pies doloridos en la alfombra. Danielle apagó la televisión y dejó que la tormenta ocupara el silencio; se oía correr el agua por las tuberías y golpear alguna persiana mal cerrada en el edificio de enfrente.
—¿Qué estabais haciendo en la entrada? —preguntó Danielle mientras recogía los libros que había sobre la mesa.
—Hablando de la chaqueta.
Danielle esperó algo más, pero Maia no añadió nada. Después de unos segundos, apartó los pies de la alfombra y volvió a levantarse.
—Voy a cambiarme antes de quedarme pegada al sofá. Si apoyo la cabeza, no vuelvo a moverme.
—Esa es la primera decisión razonable que tomas desde que has entrado.
Maia le dedicó una expresión demasiado cansada para convertirse en reproche y se encaminó hacia su habitación.
En su habitación, Maia sustituyó el vestido azul por ropa de algodón y unos calcetines gruesos de franjas de colores. Se limpió los restos de maquillaje y reunió el cabello en un moño ladeado, sin fuerzas para intentarlo dos veces.
Cuando regresó al salón, la ropa blanda y el cabello apartado de la cara empezaban a convencerla de que la jornada había terminado. Se acomodó en el sofá mientras Danielle trasteaba en la cocina.
Maia oyó abrirse el armario del baño y, sin saber por qué, descruzó las piernas.
Kenan apareció al fondo del pasillo.
La camiseta gris de Marcos le quedaba holgada y había tenido que apretar el cordón del pantalón, cuyas perneras se acumulaban sobre los pies descalzos. Sin la camisa y la chaqueta, Kenan parecía menos ajeno al piso.
Al llegar al salón, su atención pasó del cabello recogido de Maia a los calcetines de franjas de colores antes de regresar a su rostro.
Maia fue consciente de su ropa informal, pero no encontró fuerzas para sentirse incómoda. Kenan llevaba un pantalón de Marcos y tampoco parecía en condiciones de exigir formalidad.
Señaló la camisa y el pantalón que Kenan llevaba sobre el brazo.
—Dámelos. Los colgaré con la chaqueta.
—Solo colgarlos.
Maia colgó las prendas junto a la chaqueta. Al regresar, encontró a Kenan recorriendo los lomos de los libros sin tocarlos. Incluso descalzo y vestido con ropa prestada, conservaba una seguridad que impedía confundirlo con alguien fuera de lugar.
—He cumplido —anunció.
Kenan se volvió hacia ella y comprobó que regresaba con las manos vacías.
—Empiezo a creer que eres capaz de hacerlo.
—No te acostumbres.
Danielle reapareció ya sin la mascarilla, con la cubitera y una bolsa en la que tintineaban varias botellas.
—Puesto que el taxi va a tardar y ninguno parece dispuesto a comportarse con normalidad, he decidido preparar algo de beber.
Dejó el hielo sobre la mesa baja y regresó por la coctelera. Maia contempló los limones, el azúcar y la botella de whisky que ya había dispuesto junto a tres vasos.
—¿Desde cuándo tenemos todo eso?
—Los limones los compré esta mañana. El whisky es de Marcos.
—¿Él lo sabe?
Danielle se encogió de hombros mientras medía una cantidad generosa y la vertía en la coctelera.
—Lo sabrá cuando venga y no lo encuentre.
Kenan se sentó en el sillón frente al sofá y observó cómo Danielle medía los ingredientes con una concentración desmentida por las gotas de limón que terminaban sobre la mesa.
—¿Qué estás preparando? —preguntó.
— Whisky sour . O una versión aproximada, dependiendo de cuánto haya aprendido del último vídeo.
Kenan miró los ingredientes, quizá en busca de alguna prueba de que aquello obedecía a un método. Danielle añadió azúcar y hielo y encajó la tapa de la coctelera.
—Hasta ahora nadie ha necesitado asistencia médica.
—Hasta ahora —repitió él.
El hielo golpeó el metal con tal estrépito que cubrió la tormenta. Maia dejó caer la cabeza contra el respaldo: el ruido de su casa, la absurda solemnidad de Danielle y el olor a limón empezaban a alejar la cena y la universidad.
Danielle distribuyó la mezcla y entregó el primer vaso a Kenan, esperando un veredicto. El sabor pareció sorprenderlo, aunque se limitó a asentir.
—Está bueno.
—No pongas esa expresión. Casi parece que no esperabas sobrevivir.
—Habías dicho que nadie había necesitado asistencia médica. No es exactamente lo mismo.
Danielle aceptó la respuesta con satisfacción y entregó el tercer vaso a Maia, que dejó que el frío del cristal le entumeciera los dedos.
—Un momento —dijo Danielle antes de que bebiera—. Esto no puede quedarse en que un desconocido haya estado a punto de ahogaros frente al hotel.
Maia percibió enseguida hacia dónde se dirigía.
—No empieces.
—Hoy Zabala te ha dicho que la tesis puede seguir adelante. Después de todo lo que has trabajado, creo que mereces algo mejor que llegar empapada y dejar que el día termine como si no hubiera ocurrido nada.
—Esta tarde Elvira dijo que habías superado las últimas objeciones importantes.
—No es exactamente lo mismo —aclaró Danielle—. Mi querida compañera de piso me escribió esta mañana para contármelo, aunque consiguió que pareciera un trámite administrativo más.
Maia hizo girar el vaso entre las manos.
—Porque todavía tengo que incorporar las últimas correcciones, esperar los informes externos, depositarla y defenderla.
—Después de todo el tiempo que llevas trabajando en ella, eso se parece bastante a haber llegado al final —repuso Danielle mientras levantaba su vaso—. Así que vamos a celebrarlo, aunque sea con el whisky de Marcos y unas palomitas.
—Por la doctora Madinabeitia.
—Todavía no —lo corrigió ella, incapaz de evitarlo.
—Déjala —intervino Danielle—. Si esperas a que admita que ha conseguido algo importante, llegará antes el taxi.
Kenan continuó con el vaso levantado hasta que Maia acercó el suyo a los otros dos. Los cristales produjeron un sonido breve, casi perdido bajo la lluvia.
—Por el depósito —concedió.
Maia probó el cóctel. Sintió primero la acidez del limón y después el calor del whisky, más fuerte de lo que esperaba y bastante mejor de lo que habría admitido delante de Danielle.
—Está bueno —dijo.
—Gracias. Al menos alguien sabe valorar mi talento.
—Él acaba de decir exactamente lo mismo.
—Sí, pero con miedo.
Kenan rio mientras Danielle regresaba a la cocina. Maia apoyó la cabeza contra el respaldo. El cansancio seguía detrás de los ojos, mezclado ahora con el calor del whisky y con una satisfacción que apenas había tenido tiempo de reconocer: la tesis estaba casi terminada.
Después de meses de investigación y correcciones, la noticia de que la tesis podía pasar a la siguiente fase había quedado sepultada bajo las jornadas y las obligaciones de Zeynep.
—¿Cuándo será la defensa? —preguntó Kenan.
—Si todo va según lo previsto, será en octubre. Primero tengo que incorporar las últimas correcciones. Después Zabala solicitará los informes externos y, si son favorables, podremos iniciar el depósito. Luego tendrán que constituir el tribunal.
—¿Por qué?
—Mi contrato con la universidad termina a finales de este mes. Preferiría defenderla cuando ya no tenga ninguna relación con el departamento.
—¿No van a renovarte?
—No hay nada que renovar. Me contrataron para un proyecto concreto y termina ya. Es bastante sencillo.
La explicación sonó más despreocupada de lo que se sentía, aunque Maia no pretendía convertir la celebración en un repaso de su incertidumbre laboral.
—Además, tengo otros planes para el verano. De momento, terminaré las jornadas y me ocuparé de los trámites que quedan. Después iré unos días a Cádiz.
—¿De vacaciones?
—Mis padres viven allí. Se jubilaron hace años y decidieron cambiar la lluvia del norte por el mar, una elección que cada invierno se encargan de recordarme.
Danielle regresó de la cocina y se acomodó en el otro extremo del sofá.
—La llaman siempre que aquí baja la temperatura de veinte grados para contarle el sol que hace allí.
—Mi madre considera que describirme lo que desayuna en su terraza puede convencerme de abandonar Vitoria.
—¿Y no lo consigue? —preguntó Kenan.
—Consigue que deje de cogerle el teléfono cuando veo su nombre a primera hora de la mañana.
—Pero no piensas quedarte en Cádiz.
—No. Iré a visitarlos y a descansar unos días. Después me espera Múnich, aunque solo durante unos meses, para perfeccionar mi alemán. Cuando regrese, tendré que decidir qué hago con mi vida.
La expresión le salió más grave de lo que pretendía. Había alcanzado una meta alrededor de la cual había organizado los últimos años y, por primera vez, el espacio posterior no estaba ocupado por otro plazo.
—Buscará trabajo —aclaró Danielle—. Ese es su modo de descansar.
—Buscaré trabajo cuando haya dormido más de dos mañanas seguidas —rectificó Maia—. Puede que incluso llegue a pasar un día entero en la playa.
—Eso quiero verlo.
—¿No puedes seguir en la universidad?
—Aquí no parece que vaya a salir nada más, así que quiero probar fuera.
—¿Fuera de Vitoria?
—Fuera de España.
Danielle volvió la cabeza. Maia ya le había hablado de aquella posibilidad, pero pronunciarla delante de Kenan le otorgó una consistencia distinta.
—¿Tienes algún país en mente? —preguntó él.
—Todavía no. Dependerá de las ofertas que encuentre y de los idiomas que pueda utilizar. No estoy en situación de ponerme demasiado exigente.
—Eso no es verdad —intervino Danielle—. Tiene dos carreras, un máster y está a punto de terminar una tesis. Si en una oferta piden tres premios Nobel y solo tiene dos, decide que no cumple los requisitos.
—¿Has acabado?
—De momento.
—¿Qué has estudiado?
La pregunta le recordó que él ni siquiera sabía eso.
—Filología Inglesa y Traducción e Interpretación. Después hice el máster y empecé el doctorado.
—¿En traducción?
Maia asintió y resumió el tema de la tesis. Kenan la escuchó sin interrumpirla y sus preguntas demostraron que no se había limitado a esperar su turno para hablar.
—Has conseguido que parezca interesante —dijo Kenan.
—Lo es.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a admitir que has hecho algo importante —añadió él.
Maia volvió la cabeza hacia Danielle.
—A mí no me mires —se defendió ella—. Este aprende demasiado deprisa.