Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Subió el primer tramo de escaleras con Kenan detrás. El edificio conservaba el calor del día y olía a madera encerada, humedad y piedra mojada; después del frío de la calle, aquel aire habría resultado agradable de no ser por la ropa de él, que seguía dejando gotas sobre los peldaños.

Al alcanzar el segundo piso, Maia volvió a rebuscar en el bolso hasta encontrar las llaves.

Después de abrir el portal las había guardado en lugar de conservarlas en la mano, un despiste que se negó a relacionar con la presencia de Kenan a su espalda.

Él aguardaba un peldaño más abajo, en un silencio que empezó a incomodarla más que sus observaciones del camino.

—Puedes decirlo —murmuró, todavía inclinada sobre el bolso.

—No se me ocurre nada.

Maia se volvió hacia él. El cabello húmedo se le había pegado a la frente, pero mantenía una expresión demasiado seria para la atención con que contemplaba el contenido revuelto del bolso.

—Llevas todo el camino haciendo comentarios.

—Hasta ahora me lo habías puesto más fácil.

La primera llave no correspondía. Mientras buscaba otra, Maia sintió crecer la diversión de Kenan detrás de aquel silencio deliberadamente correcto.

—Estoy cansada —se justificó.

—No he dicho nada.

—No hacía falta. Ya sé reconocer esa cara.

La sonrisa apareció antes de que Kenan pudiera ocultarla. Maia introdujo la segunda llave y esta vez consiguió hacerla girar en la cerradura.

Desde el interior llegaban el murmullo de la televisión y el olor a palomitas.

Maia dejó el bolso sobre el mueble, encendió la luz y se quitó los zapatos antes de avanzar.

Al apoyar las plantas de los pies sobre el suelo fresco, dejó escapar un suspiro de puro alivio.

Las zapatillas de Danielle y una bolsa de libros abandonadas junto a la pared hacían que el recibidor pareciera menos presentable de lo que recordaba.

Kenan se detuvo sobre el felpudo y miró sus zapatos mojados.

—Puedes dejártelos puestos. El suelo ya ha sobrevivido a cosas peores.

—Eso dices porque todavía no has visto las suelas.

Se los quitó de todos modos y los dejó cuidadosamente junto a la pared. Los calcetines oscuros y la camisa adherida al cuerpo le restaron parte de la impecable autoridad con la que había atravesado la facultad.

—No hacía falta —dijo Maia.

—Prefiero no averiguar qué tendría que ocurrir para entrar en la categoría de «cosas peores».

—Vivir con Danielle durante dos años.

La puerta del salón se abrió antes de que Kenan pudiera preguntar qué implicaba exactamente aquello.

Danielle apareció con un cuenco de palomitas apoyado contra el abdomen y un pantalón de pijama cubierto de pequeños canguros. Llevaba el cabello pelirrojo recogido de cualquier manera y una mascarilla verde extendida por el rostro. Se quedó inmóvil al verlos.

Miró a Maia y después recorrió el metro noventa de Kenan, la camisa pegada al pecho, el barro de la chaqueta y los zapatos junto a la puerta. Cuando volvió hacia su compañera, la mascarilla empezaba a agrietársele sobre las cejas.

—Dani, él es Kenan Gökalp —se apresuró a explicar Maia en inglés—. Participa en las jornadas de la universidad.

—Encantada. Soy Danielle, la compañera de piso a la que Maia no pensaba advertir de que traería visita.

—Yo tampoco estaba incluido en sus planes —respondió Kenan.

Maia cerró la puerta con algo más de fuerza de la necesaria.

—Un coche ha pasado por un charco y le ha echado encima media calle. Solo ha subido para secarse.

—Claro.

Aquella única palabra contenía tantas conclusiones que Maia prefirió no discutir ninguna.

—¿Puedes buscar algo de Marcos que le sirva?

—Puedo intentarlo.

—Cualquier cosa seca estará bien —intervino Kenan, antes de que la inspección de Danielle se prolongara todavía más.

—Maia nunca trae hombres a casa.

—Danielle.

—Solo intento que nuestro invitado comprenda la gravedad de la situación.

Danielle desapareció por el pasillo antes de que Maia pudiera formular una amenaza creíble. El silencio solo duró unos segundos, interrumpido por cajones que se abrían y cerraban al fondo.

—Voy a intentar limpiar esto.

—No tienes por qué hacerlo.

—El coche te ha salpicado porque estabas acompañándome. Déjame al menos ocuparme de la chaqueta.

Kenan pareció dispuesto a insistir, pero terminó entregándosela.

—Gracias.

La ausencia de comentarios sobre la revelación de Danielle alivió a Maia y, por algún motivo, también la desconcertó.

La tela mojada pesaba más de lo que esperaba. El agua había alcanzado incluso el forro y varias hojas deshechas continuaban adheridas a un costado.

—No creo que pueda arreglar esto esta noche —admitió—. Tendrá que ir a una tintorería.

—Entonces déjala. Mañana me ocuparé de llevarla.

Maia estuvo a punto de recordarle que ya se había ofrecido a hacerlo, pero la naturalidad con que Kenan había recuperado la responsabilidad de la prenda dejaba claro que no pensaba aceptar.

Él se apoyó de lado en la pared, procurando no rozarla con la camisa empapada. La lluvia le había dejado algunos mechones adheridos a la frente y una gota descendía desde la sien hasta perderse bajo la mandíbula.

—Al menos el paraguas ha servido para algo —dijo—. He conseguido que me invites a subir.

La seriedad y la pausa estaban calculadas para que ella alcanzara el doble sentido. Maia se dijo que debía callarse: dentro de su casa, aquel juego adquiría una intimidad que no tenía bajo la lluvia. Sin embargo, la respuesta ya le quemaba en la punta de la lengua.

—Y yo he conseguido que te quites la ropa nada más entrar. No sé quién de los dos ha salido ganando.

El brillo que apareció en los ojos de Kenan anticipó la réplica antes de que llegara a sus labios. Abrió la boca y Maia permaneció a la espera, todavía con la chaqueta extendida entre ambos.

—¿Qué hacéis todavía aquí? —preguntó Danielle al reaparecer con una camiseta gris y un pantalón de chándal doblados sobre el brazo.

—Nada —respondió Maia con demasiada rapidez, retirando la chaqueta.

Kenan aceptó la ropa sin contradecirla, aunque la diversión seguía intacta en su expresión.

Danielle los observó un instante más y, sin hacer ninguna pregunta, regresó al salón.

—El baño principal está al fondo —indicó Maia, señalando el pasillo—. Hay toallas limpias en el armario de la izquierda. Puedes ducharte y dejar la ropa mojada en el cesto; intentaré secarla un poco mientras esperas a que amaine.

—Puedo regresar al hotel así.

—Después de haber subido hasta aquí, sería bastante absurdo. ¿Quieres tomar algo? Puedo prepararte una copa o, si prefieres, café.

La diversión desapareció del rostro de Kenan. Maia alisaba una manga imposible de corregir por el agua cuando él dejó la ropa prestada sobre el mueble.

—Ya has hecho bastante.

—¿Te refieres a hacer que me acompañes bajo una tormenta, estropear tu chaqueta y casi obligarte a subir? Porque, visto así, sí que he aprovechado la tarde.

—Me has invitado a subir, pretendes ocuparte de mi ropa y apenas consigues mantener los ojos abiertos.

La seriedad de la respuesta detuvo a Maia con la mano sobre el cuello de la prenda. Era la misma atención discreta con la que aquella tarde había reparado en su cansancio y había hablado de la tesis sin convertirla en otra obligación.

—No me estás molestando.

Kenan tomó la chaqueta que ella aún sostenía y la dejó sobre el mueble.

—Lo sé. Pero deberías estar descansando, no buscando la manera de arreglar la ropa de alguien a quien conoces desde esta mañana. Me cambiaré, pediré un taxi y mañana llevaré la chaqueta a una tintorería.

—De alguien que se ha empapado por evitar que lo hiciera yo.

—Eso no la convierte en responsabilidad tuya.

Antes de que Maia pudiera responder, Danielle reapareció desde el salón consultando el teléfono.

—Si estás pensando en pedir un taxi, la aplicación da casi una hora de espera.

Kenan miró la calle. La lluvia deformaba las luces y el agua corría por la calzada con demasiada fuerza para distinguir el borde de la acera.

—Puedo esperar abajo hasta que llegue uno.

—También puedes dejar de comportarte como si fueras a imponernos una estancia de tres meses —repuso Danielle, con una naturalidad que no admitía demasiadas ceremonias—.

Tienes barro hasta en el cuello. Tú te duchas y te cambias, Maia se sienta y yo preparo algo de beber.

Nadie plancha nada y, cuando afloje la lluvia, decides si todavía quieres marcharte.

La propuesta dejó a Maia sin ninguna función que defender. Kenan la encontró apoyando parte del peso en el mueble sin haberse dado cuenta.

—Solo hasta que amaine —aceptó finalmente.

Danielle asintió como si acabaran de resolver un problema de escasa importancia y señaló el fondo del pasillo.

—El baño es la última puerta. Deja la ropa donde puedas; ya veremos qué hacemos con ella.

Kenan avanzó un paso, pero antes de entrar en el pasillo se volvió hacia Maia.

—Y tú no vas a acercarte a la plancha.

No había ironía en la advertencia. Maia miró la chaqueta y comprendió que ambos la consideraban capaz de desobedecer en cuanto él cerrara la puerta.

—Me sentaré —concedió.

Kenan esperó hasta verla apartarse del recibidor. Solo entonces se encaminó hacia el baño.

Danielle lo siguió con la vista hasta que la puerta se cerró. El sonido de la ducha llegó mezclado con la lluvia y la televisión, todavía encendida sin que ninguna de las dos le prestara atención.

Maia volvió a tomar la chaqueta, pero Danielle se la retiró antes de que pudiera llevársela a la cocina.

—Ni se te ocurra.

—Solo iba a colgarla.

Danielle no pareció creerla. Llevó la prenda hasta el baño pequeño y la dejó en una percha sobre la bañera.

Al regresar, encontró a Maia apoyada contra el mueble, descalza y con los párpados vencidos por el cansancio.

—Al salón —ordenó—. Antes de que el turco salga y descubra que no has cumplido tu parte del trato.

—No hemos hecho ningún trato.

—Él se cambia, tú te sientas y yo preparo algo de beber. Me ha parecido bastante claro.