Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Maia comprendió demasiado tarde la trampa en la que acababa de entrar.

Fijó la atención en la acera, decidida a no ofrecerle otra réplica, aunque el silencio no consiguió borrar la sonrisa que amenazaba con traicionarla.

Apenas conocía a aquel hombre y ya parecía poseer una facilidad desconcertante para hacerle decir en voz alta lo que con cualquier otro habría censurado.

Un coche dobló la esquina con demasiada velocidad. Kenan lo vio antes que ella y la apartó hacia la fachada justo cuando las ruedas se hundían en un charco junto al bordillo. La cortina de agua le golpeó de lleno en la espalda.

El vehículo continuó sin aminorar. Maia permaneció contra la pared, con la mano de Kenan todavía cerrada alrededor de su brazo.

Habían quedado demasiado cerca bajo el paraguas: ella sentía el frío de la chaqueta mojada junto al cuerpo y la respiración de él sobre su frente.

Kenan aflojó los dedos y se apartó lo necesario para mirarla.

—¿Está bien?

—Sí, pero usted… Está empapado.

El agua sucia cubría la chaqueta desde el hombro hasta el bajo. Había oscurecido la camisa por un costado y una de las perneras chorreaba sobre la acera.

Maia no entendía de ropa masculina, pero no necesitaba reconocer la marca para saber que aquella chaqueta no estaba hecha para recibir el contenido de un charco.

—Parece cara —dijo.

Kenan bajó la vista hacia la mancha.

—Ahora bastante menos.

Pasó una mano por la manga y solo logró extender el barro.

—Se ha estropeado —murmuró Maia mientras retiraba sin pensar una de las hojas con los dedos—. No debería haber permitido que me acompañara, señor Gökalp.

Kenan bajó la vista hacia la mano que ella todavía mantenía sobre su chaqueta. Cuando volvió a mirarla, la ligereza se había atenuado en su expresión.

—Kenan —la corrigió con suavidad—. Creo que, después de haber compartido un paraguas y el contenido de media calzada, podemos tutearnos.

Maia retiró la mano. Aquel nombre, pronunciado desde tan cerca, volvía más evidente la familiaridad con que acababa de tocarlo.

—No sé si eso compensa la chaqueta.

—No, pero evitará que cada vez que me llames señor Gökalp espere encontrarme a mi padre detrás de mí.

El agua continuaba cayendo desde el bajo de la prenda y reuniéndose alrededor de sus zapatos. Maia soltó la hoja; una ráfaga la arrastró unos metros antes de pegarla de nuevo al suelo.

—Kenan, entonces —aceptó.

Su nombre le resultó extrañamente íntimo en los labios. Señaló la mancha, buscando algo menos desconcertante en lo que concentrarse.

—Déjame llevarla mañana a la tintorería.

Kenan bajó la vista hacia la chaqueta, como si necesitara comprobar a qué se refería.

—Creo que puedo ocuparme.

—No he dicho que no puedas. Pero se ha estropeado por mi culpa.

—Ha sido culpa del coche.

—El coche no te obligó a acompañarme.

—Tú tampoco.

Kenan inclinó de nuevo el paraguas sobre ella y reanudaron el camino.

El portal de Maia estaba a menos de dos calles.

Cuando llegaron, buscó las llaves mientras la luz automática de la entrada revelaba con mayor claridad el estado de la ropa de Kenan: tenía empapado un lado entero del cuerpo y la camisa se le adhería al pecho y al brazo.

Enviarlo de regreso al hotel de aquella manera era una posibilidad que Maia no habría sabido defender ni ante sí misma.

Abrió la puerta, pero Kenan permaneció bajo el alero, sosteniendo el paraguas cerrado lejos del cuerpo.

—Sube. Puedes secarte y esperar a que amaine.

Hasta oírse pronunciar la invitación, Maia solo había pensado en la ropa mojada. En voz alta, sin embargo, adquiría un alcance distinto: la luz del vestíbulo iluminaba el primer tramo de la escalera, que ascendía hacia una intimidad que no había previsto.

—No es necesario. Puedo pedir un taxi desde aquí.

—Puedes hacerlo después de secarte. Vivo en el segundo y mi compañera está en casa —añadió Maia—. No pienso enviarte así al otro lado de la ciudad después de que te hayas empapado por acompañarme.

La mención de Danielle iba dirigida tanto a él como a sí misma. Kenan lo comprendió y no aprovechó la vacilación.

—No quisiera impedirte dormir. Me ha parecido entender que lo necesitas.

La alusión a la conferencia devolvió a Maia parte de la irritación que había perdido durante el paseo.

—No tanto como tú necesitas quitarte esa ropa.

La frase escapó antes de que pudiera medirla. Kenan bajó la vista hacia la camisa adherida al cuerpo y regresó a ella con una sonrisa lenta.

—Podrías haber esperado a que subiéramos para decírmelo.

Maia sintió que el frío de la calle dejaba de servirle de ayuda.

—Me refería a que necesitas ropa seca. Mi compañera podrá prestarte algo de su novio.

—Eso aclara bastante la invitación.

—No te hagas ilusiones.

Kenan inclinó la cabeza y tuvo la prudencia de no añadir nada.

El agua había formado un pequeño reguero alrededor de sus zapatos.

—Entra antes de que termines inundando el portal.

Él obedeció. Al cerrarse la puerta, el estrépito de la lluvia quedó reducido a un rumor y las gotas de su ropa comenzaron a golpear las baldosas.

Maia inició el ascenso sin comprobar si la seguía. Los tacones resonaron en la escalera y, por primera vez desde que salieron del hotel, fue plenamente consciente de que conducía hasta su casa a un hombre al que había conocido aquella mañana.