Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—Por supuesto. Puede esperar aquí hasta mañana y llegar directamente a las conferencias.

La comisura de sus labios se movió apenas. Con cualquier otro hombre al que apenas conociera, Maia habría rechazado el ofrecimiento. Con Kenan, seguir buscando razones para hacerlo empezaba a parecerse demasiado a una forma de prolongar aquella conversación.

Dejó el bolso sobre una de las butacas y se puso la chaqueta que llevaba doblada sobre el brazo. El forro se le enganchó en la manga de la blusa y tuvo que tirar de él antes de acomodarse el cuello. Kenan esperó sin hacer comentarios.

Después avanzó hacia la salida. Las puertas se abrieron a su paso y una corriente de aire húmedo recorrió el vestíbulo. Una vez bajo el pórtico, desplegó el paraguas y aguardó a que Maia se reuniera con él.

—Vamos. Prometo no obligarla a escuchar ninguna disertación por el camino.

Maia se detuvo todavía unos segundos junto a la puerta. Desde el interior del hotel llegaban las voces amortiguadas de quienes continuaban despidiéndose; fuera, la lluvia golpeaba la tela del paraguas con una intensidad que volvía cada vez menos verosímil el supuesto paseo.

Se colocó a su lado bajo el pórtico.

—Le advierto que camino deprisa.

—Intentaré no retrasarla.

Maia le dirigió una mirada de advertencia y él salió con ella a la lluvia.

El viento empujó el agua bajo el paraguas. Maia se cerró la chaqueta y procuró no resbalar con los tacones sobre las baldosas brillantes. El parque estaba casi vacío y las ramas se agitaban bajo la luz anaranjada de las farolas.

La diferencia de altura obligaba a Kenan a caminar más cerca de ella. A cada ráfaga, su chaqueta rozaba el hombro de Maia, aunque él parecía más pendiente de mantener el paraguas estable.

Al llegar al primer cruce, ella señaló hacia la izquierda.

—Es por aquí. Con prestarme el paraguas habría sido suficiente; no necesitaba acompañarme.

—Habría tenido que confiar en que me lo devolviera mañana.

Lo dijo con una seriedad ya sospechosa. Maia descubrió la diversión en la comisura de sus labios y respondió antes de recordar que apenas lo conocía.

—Tiene razón. Mi intención era apropiarme de él y abandonar el país antes de que pudiera denunciarme.

Kenan volvió hacia ella una expresión distinta, brevemente sorprendida, como si no hubiera previsto que Maia fuera a responderle así.

—No parece un plan muy discreto. La mitad de la delegación la ha visto salir conmigo.

La risa se le escapó, reducida por el cansancio casi a un suspiro. Kenan volvió la cabeza hacia ella y, durante unos pasos, no añadió nada.

La lluvia arreció al abandonar los árboles.

El agua repiqueteaba sobre la tela y los aislaba del resto de la calle.

El silencio no resultaba incómodo, pero hacía más perceptible la proximidad de sus cuerpos bajo el espacio reducido del paraguas.

Maia se concentró en el pavimento y Kenan ajustó el paso al suyo cada vez que los tacones la obligaban a reducir la marcha.

—No camina tan deprisa como aseguró —observó Kenan cuando ella redujo el paso para atravesar una zona de adoquines.

Maia iba a recordarle que llevaba tacones y el suelo estaba mojado, pero otra respuesta se adelantó.

—Si lo que pretende es verme caer, tendrá que conformarse con haberme visto dormir.

Kenan acompasó el paso al suyo. Una ráfaga desvió la lluvia bajo el paraguas y él lo inclinó hacia ella, dejando más expuesto su propio hombro.

—No pretendía ninguna de las dos cosas. Aunque reconozco que la segunda resultó bastante inesperada.

Maia dejó escapar el aire por la nariz. Debería haberla irritado que regresara al asunto; sin embargo, lejos de la universidad, sin una mesa entre ambos ni nadie que pudiera escucharlos bajo el ruido de la lluvia, la broma había perdido parte de su filo.

Kenan también parecía distinto sin la corbata y con el cuello de la camisa desabrochado, menos parecido al empresario que había dominado durante dos horas un salón lleno y más cercano al hombre que había advertido la fiebre de Zeynep sin obligarla a reconocerla delante de nadie.

—¿Siempre disfruta tanto recordando a los demás sus momentos menos dignos?

—Solo cuando provocan respuestas tan interesantes.

Maia estuvo a punto de replicar, pero se contuvo. Kenan volvió ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Qué iba a decir?

—Nada.

—No parecía nada.

Maia sorteó una baldosa hundida donde se había formado un charco y, al regresar al centro del paraguas, el brazo de Kenan rozó el suyo.

—Estaba pensando que debe de resultar agotador convertir cualquier conversación en una competición.

La pausa se prolongó lo suficiente para que Maia se preguntara si esta vez se había excedido. Sin embargo, cuando Kenan respondió, la diversión había regresado a su voz.

—No sabía que estuviéramos compitiendo.