Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 2 #2
6%

CAPÍTULO 2 #2

Zeynep observó por un instante el lugar hacia el que había mirado, pero esta vez no hizo ningún comentario.

—Tú estás aquí porque te necesito y porque, con este programa, si no conseguía traerte esta noche probablemente no habríamos tenido un momento para vernos en toda la semana.

La explicación, pronunciada sin dramatismo, desarmó la resistencia que aún le quedaba.

Maia cerró el programa y lo dejó junto al plato, procurando no mirar la cara de su amiga para que no advirtiera lo fácil que le resultaba manipularla cuando abandonaba las estratagemas y se limitaba a decir la verdad.

—Eso podrías haberlo mencionado antes de recurrir al engaño y a la fiebre.

—La fiebre no formaba parte del plan.

—Menos mal. Empezaba a preocuparme tu nivel de compromiso.

Zeynep sonrió, aunque el gesto terminó en otra tos contenida. Maia acercó hacia ella la copa de agua y esperó hasta que bebió, consciente de que la discusión había concluido mucho antes de que ninguna de las dos lo reconociera.

—Me quedaré estos días —dijo al fin—, pero mañana no sales de la habitación hasta que te baje la fiebre.

Zeynep cubrió durante un instante la mano de Maia con la suya. Tenía los dedos helados a pesar del calor que le abrasaba la frente.

—Gracias, Mai.

Solo ella la llamaba así. Aquella abreviatura había sobrevivido a los años, a la distancia y a todas las épocas en las que sus vidas parecían avanzar por caminos distintos; oírla ahora, en mitad de aquel comedor lleno de desconocidos, devolvió a Maia una familiaridad que no había sabido cuánto echaba de menos.

Le dio la vuelta a la mano y apretó brevemente los dedos de Zeynep antes de soltarlos para dejar sitio al camarero, que comenzaba a retirar los entrantes. Cuando alzó la cabeza, Kenan ya no estaba hablando con Elvira.

Permanecía recostado en la silla, con una mano alrededor de la copa, y aunque desde aquella distancia no podía haber oído nada, su atención se detuvo un instante en las manos que acababan de separarse sobre el mantel.

Después miró a Maia.

Esta vez no había diversión en su expresión, sino una curiosidad más serena que la hizo sentirse observada de una manera distinta. Maia bajó la vista hacia el plato que el camarero acababa de colocar ante ella, pero el aroma de la comida recién servida tardó varios segundos en devolverle el hambre.

El segundo plato acababa de empezar a enfriarse cuando el decano se puso en pie.

Elvira trasladó al turco su agradecimiento a la delegación, las posibilidades de colaboración entre las universidades y el deseo de estrechar unas relaciones preparadas durante meses.

Una observación sobre el clima provocó algunas risas antes del brindis.

Maia bebió un sorbo mínimo. Después de tantas horas sostenida por el café, la comida le producía un sopor difícil de combatir. Bajo la mesa, se había quitado los zapatos y apoyaba los pies sobre la moqueta.

Kenan tomó la palabra cuando el decano se sentó. Agradeció la acogida, mencionó el trabajo de Elvira y se dirigió también a Zeynep, que contuvo una tos con la servilleta. Él se detuvo un instante, sin hacer ninguna pregunta, y concluyó el brindis con la atención todavía puesta en ella.

Al sentarse, Maia acercó la silla a su amiga.

—Cuando acabe la cena, Elvira tiene que saberlo. No puedes subir a la habitación fingiendo que solo estás cansada y presentarte mañana en la universidad antes de que amanezca.

Zeynep bebió agua con cuidado. El ruido de las conversaciones, reanudadas en torno a ellas, les concedía cierta intimidad.

—Si se lo digo ahora, mi madre pasará el resto de la noche entrando en mi habitación cada veinte minutos para comprobar que sigo respirando.

—Conociéndola, es posible que también llame a un médico y obligue al hotel a buscar un termómetro a medianoche.

—Veo que comprendes el problema.

Zeynep había dejado de comer y sostenía los brazos cerca del cuerpo, como si el aire del comedor la alcanzara solo a ella.

—Lo comprendo, pero no pienso ayudarte a ocultárselo. Mañana cubriré tus turnos de cabina y ayudaré con las demás traducciones que pueda asumir; Elvira tendrá que reorganizar el resto del programa.

Zeynep dejó la copa sobre el mantel y la miró con un cansancio que había borrado por completo su inclinación a discutir.

—No quería cargarte todo esto precisamente hoy.

—Precisamente hoy estoy demasiado agotada para discutir si puedes o no contar conmigo. Aprovecha.

Maia le sirvió agua y consiguió comer varios bocados mientras la cena perdía la rigidez inicial. Las chaquetas aparecían dobladas sobre los respaldos y las conversaciones cruzaban la mesa sin respetar los asientos.

Elvira se acercó cuando terminaron de retirar los platos. No necesitó explicaciones: al posar la mano sobre la frente de su hija, la expresión afable con la que había atendido a los invitados se transformó.

—Tienes fiebre.

—Un poco —reconoció Zeynep—. Maia cubrirá mañana mis turnos de cabina y yo descansaré. Con suerte, el miércoles podré reincorporarme.

Elvira mantuvo la mano sobre su piel un segundo más antes de retirarla.

—Tú no has decidido todavía cuándo vas a levantarte. Primero veremos cómo amaneces y después organizaremos el resto. Maia cubrirá mañana tus turnos, pero no vamos a cargarle toda la semana antes de saber si será necesario.

—Puedo cubrir bastante más de un día —intervino Maia—. Si me enviáis los materiales, podré preparar mis turnos.

—Esta noche no vas a preparar nada —replicó Elvira—. Te enviaré las ponencias y mañana nos reuniremos una hora antes de la primera para revisar la terminología y repasar los bloques.

Zeynep abrió la boca, pero Maia la anticipó con una presión discreta de la rodilla. No aceptaría una lección sobre descanso de alguien que llevaba horas ocultando una fiebre.

Elvira las observó y reconoció aquella alianza antigua.

—Hablaremos mañana a primera hora. Ahora vas a subir a la habitación, tomarás un antitérmico y te acostarás en cuanto podamos despedirnos.

—Eso llevo diciéndole toda la noche —aseguró Maia.

Zeynep la miró con cansancio.

—Y hace diez minutos querías revisar las ponencias antes de acostarte.

—Porque la enferma eres tú.

—Y tú llevas en pie desde las cinco y media después de pasarte media noche corrigiendo la tesis —intervino Elvira—. Empiezo a pensar que voy a tener que enviaros a las dos a la cama.

La familiaridad de la respuesta alivió la preocupación sin disiparla. Elvira cubrió brevemente el hombro de su hija y regresó junto al decano, aunque desde entonces la vigiló cada vez que tosía.

El café llegó acompañado de pequeños dulces. Maia rechazó ambos. La cena, el rumor de las voces y el reflejo de las lámparas sobre las copas habían terminado de envolverla en una pesadez contra la que ya no tenía fuerzas. Cuando consultó la hora, habían pasado las doce.

Los primeros profesores comenzaron a despedirse. Maia ayudó a Elvira a comprobar que todos conocían la hora de salida y acompañó a Zeynep hasta el vestíbulo, donde olía a madera encerada y a lluvia traída desde la calle.

—Voy a pedirte un taxi —dijo Elvira mientras se acercaban a recepción.

—Vivo a diez minutos andando. Necesito despejarme un poco antes de acostarme.

En realidad, solo quería estar sola. El cansancio y la obligación constante de hablar en otro idioma le habían dejado la cabeza llena de un zumbido que no deseaba prolongar con otra conversación.

Zeynep no pareció convencida.

—Llevas tacones y apenas puedes mantener los ojos abiertos.

—Y tú tienes fiebre. Tu madre va a acompañarte hasta la habitación y comprobar que te tomas algo. Mañana desayunamos juntas, si te encuentras con fuerzas, y si no subiré a verte.

La abrazó procurando no apretarla demasiado. Zeynep tenía el cuerpo frío bajo la chaqueta y la mejilla ardiente cuando Maia la besó.

—A las nueve y media —murmuró su amiga.

—A las nueve y media. Y no aparezcas antes para demostrarme que estás perfectamente.

Elvira obtuvo la promesa de que Maia avisaría al llegar y la dejó marcharse después de asegurarse dos veces de que no necesitaba un coche.

Al otro lado de los cristales, la lluvia convertía los diez minutos hasta su casa en una distancia menos insignificante de lo que había pretendido.

Maia miró la mano vacía y solo entonces comprendió que el paraguas seguía en el comedor.

Podía volver a buscarlo, aunque eso significaba atravesar de nuevo el vestíbulo y abrirse paso entre quienes continuaban despidiéndose.

Los pies le dolían desde antes de los postres y la humedad que entraba cada vez que se abrían las puertas le erizaba los brazos.

—No parece una buena noche para volver a enfrentarse a la lluvia.

La voz llegó desde detrás de ella, grave y demasiado reconocible.

Maia se volvió. Kenan estaba a pocos pasos, ya sin corbata y con la chaqueta abierta. Sostenía un paraguas negro en una mano mientras guardaba el teléfono con la otra.

—Creo que me he dejado el mío en el comedor —explicó, aunque no sabía por qué sentía la necesidad de justificarse.

Kenan miró hacia las puertas y después a ella.

—Entonces tendrá que compartir el mío.

Maia observó el paraguas y volvió a mirarlo.

—¿Iba a salir?

—Había pensado dar un paseo.

Una ráfaga golpeó los cristales y arrastró el agua por ellos en líneas oblicuas. Maia dejó que sus ojos siguieran durante un instante el recorrido de una de aquellas gotas antes de regresar a él.

—Ha escogido una noche fabulosa.

Kenan sostuvo su mirada. No había vacilación ni incomodidad en su rostro, solo aquella calma que parecía invitarla a cuestionar la explicación si se atrevía.

—Eso me ha parecido.

Durante unos segundos, ninguno añadió nada. Maia podía preguntarle por qué había esperado a encontrársela junto a la puerta para decidir que le apetecía pasear bajo la lluvia. Kenan sostuvo su mirada con la misma calma, como si la invitara a hacerlo.

Ella miró de nuevo hacia la calle.

—Vivo cerca. Puedo esperar a que deje de llover.

Kenan contempló la lluvia como si estuviera valorando seriamente la propuesta.