Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Cuando llegaron al portal, Maia seguía sin tener claro que fuera capaz de sostener una cena institucional sin quedarse dormida sobre la mesa.

Zeynep la esperó abajo, junto al coche, mientras ella subía al piso, se quitaba la ropa todavía húmeda y se vestía con tanta prisa que estuvo a punto de marcharse con un solo pendiente.

Se puso el vestido azul que su amiga había elegido por ella, añadió una chaqueta ligera y unos zapatos de tacón.

Se recogió el cabello aún encrespado por la lluvia y se cubrió las ojeras lo suficiente para no tener que responder preguntas.

Cuando regresó al coche, había recuperado un aspecto razonablemente presentable, aunque no la energía necesaria para sostenerlo.

—Tienes peor cara que antes —dictaminó su amiga en cuanto volvió al coche.

—Gracias. Para eso he subido.

—No he dicho que no estés bien, pero…

—No hacía falta. Llevas todo el día mirándome como si temieras que me desplomara encima de alguien importante.

Zeynep apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos durante el resto del trayecto. Bajo el maquillaje continuaba demasiado pálida y respiraba por la boca. Aquello explicaba en parte la petición que le había hecho en la facultad.

Cuando el coche se detuvo frente al hotel, ya había dejado de llover. Maia recogió el bolso y el paraguas y salió detrás de Zeynep. Solo quería llegar al comedor, sentarse y confiar en que nadie esperase de ella una conversación inteligente durante las siguientes dos horas.

La cena se celebraba en un comedor privado.

Eran catorce: los diez miembros de la delegación turca, Elvira, el decano, Zeynep y ella.

Maia encontró su nombre entre Zeynep y uno de los profesores.

Kenan se sentaba al otro lado de la mesa.

La distancia debería haberla tranquilizado; en cambio, le molestó reparar en ella.

Él conversaba con Elvira y no levantó la vista cuando Maia ocupó su asiento.

—No sé qué hago aquí —murmuró, inclinándose hacia Zeynep mientras desplegaba la servilleta sobre el regazo.

—Evitar que tenga que soportar sola a una delegación entera convencida de que cada una de sus intervenciones merece una ovación.

Maia miró al profesor de su derecha, que estudiaba la carta de vinos con una concentración poco amenazadora.

—Ese parece bastante inofensivo.

—Espera a que te explique por qué todos los historiadores que lo contradicen han leído mal las fuentes.

Maia tuvo que contener una sonrisa.

—Así que me has traído para que comparta tu sufrimiento.

—También para celebrar lo de la tesis.

—Eso lo has decidido después de contárselo a Elvira delante de Kenan.

Zeynep volvió el rostro hacia ella.

—¿Kenan?

Maia comprendió demasiado tarde el error.

—El señor Gökalp.

—No recuerdo haberte oído llamar por su nombre a ninguno de los otros ponentes.

—Ninguno de los otros se ha acercado a hablar conmigo.

—Qué selectiva te has vuelto.

—Qué pesada sigues siendo tú.

Zeynep sonrió, satisfecha, pero tuvo que apartar la copa para toser contra la servilleta. Maia se fijó en la palidez que el maquillaje no conseguía ocultar y le apoyó el dorso de los dedos en la frente antes de que pudiera impedírselo.

—No estás solo resfriada, Zeyno. Tienes fiebre.

—Estoy cansada y aquí hace demasiado calor. No conviertas un poco de congestión en una enfermedad terminal.

—Estás ardiendo. Y eres la única que suda.

La atención de Zeynep se desplazó hacia el otro lado de la mesa. Maia siguió la dirección y encontró a Kenan observándola mientras Elvira continuaba hablándole. Retiró la mano de la frente de su amiga y se volvió hacia el plato.

—Interesante —murmuró Zeynep.

—No empieces.

Los camareros comenzaron a servir los entrantes.

Maia agradeció la interrupción: llevaba tantas horas sobreviviendo a base de café que el olor del pan caliente le recordó que apenas había comido desde el desayuno.

Al levantar la vista, sus ojos volvieron a encontrarse.

Kenan sostuvo los suyos hasta que Elvira le hizo una pregunta y tuvo que volverse.

Zeynep se inclinó hacia ella.

—¿Sigues viendo a Gorka?

La pregunta consiguió apartar la atención de Maia del otro lado de la mesa.

—No desde hace más de un mes. La última vez que quedamos volví a explicarle que solo quería que fuéramos amigos y, por una vez, parece que me ha creído.

—O ha decidido esperar a que cambies de opinión.

Zeynep desmenuzó la corteza del pan. Desde que Gorka había tardado meses en reunir el valor para invitar a Maia a salir, lo consideraba incapaz de tomar una decisión sin someterla antes a varias semanas de estudio.

—No es tan pusilánime como piensas —dijo, conteniendo una sonrisa—. Y no voy a cambiar de opinión.

Zeynep alzó una mano en señal de rendición y dejó la corteza sobre el plato. Maia esperó. Entre el tintineo de los cubiertos y el ir y venir de los camareros, podían hablar sin que nadie más las oyera.

—Ya suponía que no me habías arrastrado hasta aquí únicamente porque echaras de menos mi compañía. ¿Qué necesitas?

Zeynep intentó responder, pero un acceso de tos la obligó a cubrirse la boca con la servilleta y le dejó los ojos llorosos.

—Mañana hay dos conferencias por la mañana y otras dos por la tarde. Yo tenía previsto encargarme de la cabina, pero, si sigo así, no voy a tener voz para cubrir ninguna.

—Y necesitas que te sustituya.

Maia había compartido cabina con ellas en varios encuentros académicos y conocía el funcionamiento del equipo, aunque nunca había trabajado como intérprete de manera profesional.

Hablar turco no bastaba para interpretar una conferencia, pero, si recibía las ponencias con antelación y podía preparar la terminología, sería capaz de sustituir a Zeynep durante las conferencias.

—Esperaba encontrarme mejor después de cambiarme y descansar durante el trayecto —continuó su amiga—. Evidentemente, no ha funcionado.

Maia volvió a tocarle la frente. Le ardía la piel, y Zeynep se estremeció cuando un camarero abrió la puerta.

—Has insistido en que viniera porque sabías que aquí no podría marcharme sin darte una respuesta.

—Si te lo contaba en la facultad, me habrías enviado al hotel antes de escucharme y después habrías vuelto a casa diciendo que necesitabas dormir antes de darme una respuesta. Aquí podía enseñarte el programa y hablar contigo sin que mi madre interviniera.

La maniobra tenía la precisión de algo pensado desde que Zeynep había empezado a encontrarse mal en el avión. Maia retiró la mano, dividida entre admirar su previsión y enfadarse porque no le hubiera permitido negarse.

—Podrías habérmelo dicho desde el principio.

—Te habría bastado verme toser para decidir por las dos. No podía arriesgarme.

Zeynep no sonreía. Mantenía los brazos pegados al cuerpo en un intento poco eficaz de entrar en calor y el enfado de Maia se deshizo antes de asentarse.

—Mañana te quedarás en la habitación. Yo hablaré con Elvira después de cenar y cubriré tus turnos de cabina.

El alivio de Zeynep solo se manifestó en una relajación de los dedos sobre la servilleta.

—Sabía que podía contar contigo.

—Eso no mejora el método que has utilizado.

—No pretendía que lo hiciera.

Uno de los camareros se acercó para llenarles las copas y ambas guardaron silencio.

El vino desprendía un olor afrutado que a Maia le resultó demasiado intenso con el estómago vacío, así que apartó la copa y volvió al pan.

A su alrededor, la cena avanzaba con esa cortesía un poco fatigosa de las reuniones institucionales: conversaciones que cambiaban del turco al castellano y al inglés según quién se incorporara, risas que llegaban con un segundo de retraso y copas que volvían a alzarse cada vez que alguien encontraba una nueva forma de agradecer la colaboración.

Cuando volvieron a quedarse solas, Zeynep extendió el programa junto al plato y señaló con el dedo las actividades de los días siguientes.

—El miércoles se reunirán con el lehendakari en Ajuria Enea y por la tarde iremos a Bilbao para inaugurar el Foro de Turismo Euskadi-Turquía.

Esa misma noche habrá una recepción en el hotel Ercilla con representantes de la universidad, empresarios, periodistas y miembros de la comunidad turca; después están previstas una cena y la actuación de una cantante circasiana bastante conocida.

El jueves por la mañana tendrán una reunión en la Cámara de Comercio y por la noche se celebrará el cóctel de clausura de las jornadas.

Maia fue siguiendo las líneas impresas mientras Zeynep hablaba. El viernes viajarían a San Sebastián; el sábado visitarían Zarautz y Getaria, y el domingo regresarían a Bilbao para preparar el vuelo del lunes. Casi no quedaba un espacio en blanco entre una actividad y la siguiente.

—Cuando regresen a Turquía necesitarán otra semana para recuperarse.

—Kenan tiene además varios compromisos como representante del Grupo Gökalp, y las universidades quieren cerrar un acuerdo de intercambio. Los demás profesores aprovecharán las jornadas para reunirse con sus homólogos. Nadie ha venido solo a hacer turismo.

—Eso explica la Cámara de Comercio y la recepción, pero no sé qué esperan obtener los profesores de Historia, Lingüística y Arte de ese tipo de encuentros.

—Sus universidades sí lo saben. Hoy varios han estado hablando con el decano y el rector sobre el programa Erasmus, y la fundación quiere financiar becas de movilidad y algunas prácticas. Aquí nadie está porque sí.

Maia recorrió la mesa con una atención más discreta.

A pocos asientos de distancia, uno de los profesores turcos escuchaba al decano con el tenedor suspendido en el aire, demasiado concentrado en la conversación para recordar que estaba comiendo.

En el extremo opuesto, Kenan se había inclinado hacia Elvira para responder a algo que ella le preguntaba; la chaqueta oscura volvía a cubrirle los hombros y la luz cálida de la lámpara se detenía en su perfil cada vez que giraba la cabeza.

—Yo sí estoy porque sí —murmuró Maia, regresando al programa.