Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

El salón quedó en penumbra para proyectar un vídeo. Kenan se apartó del atril y su figura se confundió con la oscuridad junto a la pantalla. Al dejar de tenerlo frente a ella, Maia comprendió hasta qué punto su presencia había contribuido a mantenerla despierta.

El aire acondicionado emitía un rumor monótono, mezclado con la lluvia que golpeaba los cristales altos y con las voces de los estudiantes que aparecían en la grabación.

Maia cambió de postura, bebió agua y se obligó a concentrarse en los subtítulos.

El vídeo no era menos interesante que el resto de la presentación; ella estaba, sencillamente, demasiado cansada para prestarle la atención que merecía.

Las frases comenzaron a perder continuidad. Le pesaban las piernas, le dolía la espalda y sentía la cabeza demasiado pesada para sostenerla sobre el cuello.

Debió de cerrar los ojos solo un momento, porque no tuvo conciencia de haberse rendido al sueño.

Sin embargo, cuando volvió a abrirlos, la sala aplaudía y habían pasado más de veinte minutos.

Se incorporó con el corazón acelerado, buscando a Elvira de reojo y aferrándose a la esperanza de que la penumbra hubiera ocultado lo ocurrido.

Kenan dejó el vaso de agua junto al atril y miró hacia ella sin sonreír, lo que a Maia le resultó mucho peor que cualquier gesto de burla.

Maia se levantó con el micrófono y se refugió en la tarea de recorrer los pasillos. Se frotó discretamente la sien y trató de concentrarse en el hombre que acababa de levantarse en la tercera fila.

Lo oyó preguntar por los criterios de selección de las becas, pero, al llegar al final de la frase, tuvo que reconstruir mentalmente el principio. El cansancio le había instalado detrás de los ojos una pesadez densa, como si cada pensamiento tuviera que abrirse paso a través de algo.

Respiró hondo y comenzó a traducir.

La primera frase salió más despacio de lo habitual; después encontró el hilo y consiguió mantenerlo hasta el final sin que nadie pareciera advertir el esfuerzo. Solo ella sabía cuánto le había costado retener una pregunta que, cualquier otro día, habría podido repetir casi palabra por palabra.

Durante la conferencia siguiente permaneció tan erguida que terminó con dolor de espalda. Tras el descanso, Kenan ocupó uno de los extremos de la primera fila. Maia mantuvo la atención fija en el ponente, irritada por seguir advirtiendo cada movimiento suyo en el límite de la visión.

Cuando concluyó la última intervención de la tarde, esperó a que Zeynep saliera de la cabina y recogió el bolso.

Ya había alcanzado el pasillo lateral cuando oyó su nombre.

—Maia Madinabeitia.

Se volvió. Kenan estaba a pocos pasos y señaló con una leve inclinación la acreditación que ella llevaba al cuello.

—Kenan Gökalp —respondió Maia, mirando la suya.

—Quería preguntarle si se encuentra bien.

—Sí. ¿Por qué?

—Durante la proyección me pareció que podía haberse mareado.

A su alrededor, el personal de la facultad recogía vasos y cerraba los equipos de sonido.

Alguien probó el micrófono antes de desconectarlo y una breve sacudida de estática los obligó a interrumpirse.

Maia notó que el calor le subía por el cuello.

Podía fingir que no comprendía la alusión, pero la mujer sentada a su lado se había inclinado dos veces para comprobar que continuaba respirando.

—No me he mareado —admitió—. Me he dormido.

—Eso esperaba.

—¿Esperaba que me durmiera?

—Esperaba que fuera eso y no un desmayo.

Maia bajó la vista un instante.

—Ha sido un día muy largo. En cualquier caso, lo siento. Usted ha venido hasta aquí para presentar un programa en el que llevamos meses trabajando y yo no he conseguido mantener los ojos abiertos.

—No tiene que disculparse. La vi seguir el resto de la intervención.

Maia alzó la mirada hacia él. No había supuesto que Kenan reparara en nadie en particular desde el estrado, mucho menos en ella.

—Además —añadió él—, esperó a que yo dejara de hablar.

No supo si estaba bromeando. Apenas había cambiado su expresión, pero en sus ojos apareció algo que no estaba allí durante la conferencia.

—No estoy segura de que eso mejore mi situación.

—Desde mi punto de vista, la mejora considerablemente.

La puerta del salón volvió a abrirse y dejó entrar las voces del vestíbulo. Elvira apareció con varios programas bajo el brazo.

—Veo que ya se han presentado. Señor Gökalp, Maia lleva semanas ayudándonos con la organización.

—Elvira…

—Y esta mañana su director ha dado por resueltas las objeciones principales de la tesis.

Maia bajó la cabeza, incómoda por ver expuesto un asunto que apenas había empezado a asimilar. Esperó que Kenan hiciera alguna alusión a la siesta, pero él se limitó a felicitarla, sin exagerar el logro ni formular ninguna de las preguntas que solían acompañarlo.

—Aún tengo que incorporar las últimas correcciones —se apresuró a aclarar—. Después Zabala solicitará los informes externos y, si son favorables, podrá tramitarse el depósito. Todavía pueden pasar varios meses hasta la defensa.

—No parece poca cosa —respondió Kenan—. Después de trabajar tantos años en algo, deben de existir muy pocos días en los que alguien pueda decirle con certeza que ha llegado al final. Hoy le han dicho que puede terminar.

Kenan no podía saber cuánto le había costado llegar hasta allí y, sin embargo, había expresado con una sencillez inesperada lo que ella no conseguía aceptar desde que había salido del despacho de Zabala.

—Sí —admitió, y aquella vez no trató de corregirlo—. Supongo que eso es exactamente lo que me han dicho.

Zeynep se acercó y apoyó una mano en su espalda.

—Los coches salen hacia el hotel dentro de quince minutos. He hablado con mi madre y nosotras iremos en el mío. Así podemos pasar antes por tu casa para que te cambies.

—Estoy agotada. De verdad. No creo que hoy pueda sentarme a cenar durante dos horas y fingir que sigo una conversación.

—No te estoy pidiendo que finjas nada. Puedes cenar, dejar que brindemos por ti y marcharte cuando quieras.

—Zeynep, preferiría…

—Necesito hablar contigo esta noche y no quiero hacerlo aquí.

Maia la miró. Había algo detrás de aquella petición, pero aquel no era el lugar para obligarla a explicarse.

—De acuerdo.

Zeynep enlazó el brazo con el suyo y la condujo hacia la salida mientras enumeraba las personas que asistirían a la cena. Al alcanzar las puertas, Maia volvió la cabeza.

Kenan hablaba con Elvira junto al salón de grados. Llevaba la chaqueta todavía húmeda sobre un brazo y se había aflojado el nudo de la corbata. No miraba hacia ellas.

Maia apartó la vista y salió al exterior. El aire conservaba el calor del día, pero la lluvia había dejado sobre la plaza un olor a tierra húmeda y el agua continuaba corriendo junto a los bordillos.

Zeynep hablaba de los coches, de la hora de la cena y del vestido azul que Maia guardaba en casa. Ella la escuchaba a medias, todavía con las palabras de Kenan en la cabeza.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Zeynep.

—Sí.

—¿Qué vestido he dicho que te pongas?

Maia tardó lo suficiente en responder para que su amiga volviera la cabeza hacia ella.

—El azul.

—Has tenido suerte.

Zeynep siguió caminando sin añadir nada, pero la presión de su brazo contra el de Maia dejó claro que había reparado en mucho más de lo que pensaba comentar por el momento.