CAPÍTULO 1 #3
Maia levantó el peso del bolso mientras él giraba la hebilla. La lluvia ganó densidad; oscureció los hombros de ambos y salpicó las páginas que sobresalían de la carpeta. Los dedos de Kenan resbalaron sobre el metal mojado y la cinta crujió cuando Maia trató de ayudar tirando hacia ella.
—No tire. Si se tensa, no va a salir.
Kenan dobló la correa sobre sí misma, buscó otro ángulo y empujó la hebilla por debajo del remate. El metal se resistió todavía unos segundos antes de soltarla de golpe. El bolso cayó contra la cadera de Maia y él alcanzó a sujetarlo antes de que arrastrara la carpeta al suelo.
—Gracias —respondió Maia en turco.
Kenan alzó la vista hacia ella.
—No sabía que la universidad contaba con otra intérprete.
—No exactamente. Soy la solución de emergencia de Elvira para casi todo, pero hoy todavía no me ha ascendido a intérprete.
—Aún queda mucha tarde.
—No le dé ideas.
La sonrisa de Kenan fue apenas perceptible.
De cerca, Maia distinguió mejor sus rasgos: la nariz recta, el mentón firme y las cejas oscuras. Sus ojos eran azules, mucho más claros de lo que había percibido desde el vestíbulo, y la observaban con una atención serena.
Debía de rondar los cuarenta. Había algo profundamente masculino en él, no solo en la anchura de los hombros o en los antebrazos descubiertos por las mangas remangadas, sino en una seguridad física que no parecía necesitar ninguna demostración.
Maia fue consciente de que llevaba demasiado tiempo examinándolo y recogió el bolso. Al inclinarse para proteger la carpeta contra el cuerpo, comprobó que las primeras páginas comenzaban a humedecerse por los bordes.
Para entonces la lluvia descargaba con fuerza, gruesa y violenta. Kenan tomó la chaqueta empapada del banco y la sostuvo sobre la carpeta.
—Será mejor que entremos. Esas hojas no van a resistir mucho más.
Avanzaron hacia el edificio mientras el agua levantaba polvo y manchas oscuras sobre las losas.
Para mantener los papeles a cubierto, tuvieron que caminar muy juntos.
Maia notaba el brazo de Kenan junto al suyo y el calor de su cuerpo bajo la lluvia, aunque se obligó a concentrarse en no perder una sandalia por el camino.
Cuando alcanzaron el pórtico, tenía el cabello pegado a las mejillas, la blusa empapada en la espalda y un pie completamente mojado. Él tampoco había salido mucho mejor parado: la camisa se le había oscurecido sobre los hombros y varias gotas descendían desde el cabello hasta el cuello abierto.
—Lo siento —dijo Maia al reparar en la manga mojada de la chaqueta—. No debería haber permitido que la utilizara para cubrir la carpeta.
—La chaqueta se secará.
—Aun así, gracias. Por la carpeta y por rescatar el bolso.
—Ha sido un adversario bastante modesto.
Maia miró hacia el banco, casi oculto tras la cortina de agua.
—No lo subestime. Llevaba ventaja.
Esta vez la sonrisa de Kenan resultó más visible.
—Tengo que prepararme para la conferencia —añadió Maia—. Será mejor que intente salvar estas hojas.
Kenan se apartó para dejarle paso.
—Nos veremos dentro.
Maia entró en el baño y dejó la carpeta junto al lavabo. Mientras se apartaba el cabello mojado de la cara, descubrió que estaba sonriendo.
La luz del espejo confirmó que su aspecto no tenía arreglo.
El pelo empezaba a ondulársele alrededor del rostro, la blusa se le pegaba a la espalda y una mancha de rímel oscurecía el borde de un párpado.
Secó la carpeta con papel y sostuvo las primeras hojas bajo el aire caliente hasta que el ruido del secador comenzó a resultarle absurdo.
Zeynep apareció en la puerta mientras Maia comprobaba que la tinta no se hubiera corrido.
—Mi madre te busca. La conferencia empieza dentro de quince minutos.
—Ya voy.
Zeynep observó la ropa mojada, la carpeta extendida junto al lavabo y los mechones que el secador había empezado a encrespar alrededor de su rostro.
—Te he dejado sola menos de media hora.
—Se me ha enganchado el bolso en un banco cuando ha empezado a llover.
—Claro. La explicación más razonable era un enfrentamiento con el mobiliario urbano.
Maia se apartó del secador.
—Kenan Gökalp me ha ayudado a soltar el bolso y ha utilizado su chaqueta para cubrir la carpeta mientras entrábamos.
La expresión de Zeynep cambió apenas, pero lo suficiente.
—¿Qué sabes de él?
—Elvira me explicó que preside el grupo familiar y que la fundación financia las becas. Poco más.
Zeynep se acercó al lavabo y extrajo un paquete de pañuelos del bolso.
—El Grupo Gökalp es uno de los mayores grupos empresariales de Turquía. Lo heredó de su padre, aunque desde entonces lo ha extendido bastante fuera del país.
—Eso ya me lo había dicho.
—Entonces supongo que quieres la parte que no figura en el programa.
Le tendió un pañuelo y señaló la mancha oscura bajo su ojo.
—Su nombre aparece con frecuencia en la prensa, y no siempre en las páginas de economía. Modelos, actrices, fiestas en lugares donde una copa cuesta más que mi alquiler… Ese tipo de noticias.
Maia se limpió con cuidado el resto de rímel.
—No parece esa clase de hombre.
—Lo conoces desde hace cinco minutos y durante tres de ellos estabais bajo una tormenta.
—No he dicho que lo conozca. He dicho que no lo parece.
—¿Y qué ha hecho para merecer una investigación tan inmediata?
—Nada extraordinario. Ha sido amable conmigo.
—Un gesto heroico.
—Y me ha tomado por una intérprete.
—Hablas turco, llevas una acreditación y estás trabajando en unas jornadas internacionales. No me parece una deducción descabellada.
—No lo era.
Zeynep la observó a través del espejo.
—¿Y qué le has respondido?
—Que soy la solución de emergencia de tu madre para casi todo, pero que todavía no me ha ascendido a intérprete.
—Eso sí parece propio de ti.
Maia terminó de secar las hojas y las introdujo de nuevo en la carpeta.
—Ha dicho que aún quedaba mucha tarde.
—Y ahora quieres saber si aparece en la prensa con modelos.
—No he preguntado por las modelos. Esa información la has añadido tú.
—He considerado que podía ayudarte a formar una opinión documentada.
Maia cerró la carpeta y comprobó por última vez su reflejo. No había forma de disimular la ropa mojada ni de devolverle al cabello su aspecto anterior.
—Tenemos que volver —dijo—. Elvira nos matará si llegamos tarde.
—A ti quizá. Yo estoy enferma y puedo inspirar compasión.
—Llevas toda la mañana utilizando esa excusa.
—Y todavía funciona.
Zeynep abrió la puerta y esperó a que Maia recogiera el bolso.
—Por cierto, su conferencia empieza en menos de diez minutos.
—Hace un momento faltaban quince.
—Has dedicado cinco a interrogarme sobre él.
—He dedicado cinco a impedir que las correcciones de mi tesis acabaran deshechas en un lavabo.
—Por supuesto.
Maia recogió el bolso y abrió la puerta. El ruido del vestíbulo entró de golpe: conversaciones en varios idiomas, pasos apresurados y el golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Apretó la carpeta contra el pecho y siguió a Zeynep, confiando en que Kenan Gökalp ya estuviera dentro del salón de grados y demasiado ocupado para reparar de nuevo en su presencia.
Cuando entraron, el aforo estaba casi completo y las conversaciones formaban una masa de sonido que rebotaba contra el techo de madera.
Las puertas permanecían abiertas para aliviar el calor, de modo que cada vez que alguien cruzaba el vestíbulo entraban también el ruido de la lluvia, el chirrido de la mesa de recepción al ser arrastrada y las voces de quienes aún buscaban sus asientos.
Maia ocupó el extremo de la primera fila que le habían reservado para acercar el micrófono durante las preguntas. La blusa seguía húmeda en la espalda y el aire acondicionado, incapaz de enfriar la sala, le enviaba a intervalos una corriente desagradable sobre la nuca.
Elvira esperó a que cerraran las puertas antes de presentar las jornadas y agradecer la colaboración de las universidades y entidades que habían hecho posible el programa. Después invitó a Kenan a subir al estrado.
Kenan se había puesto la chaqueta, aunque la humedad todavía oscurecía parte de la tela, y se había anudado de nuevo la corbata azul clara.
La transformación bastaba para distanciarlo del hombre que había acudido a ayudarla bajo la lluvia y devolvía a su aspecto la autoridad que Maia había percibido en el vestíbulo.
Comenzó con un breve saludo en español, pronunciado con el cuidado de quien ha memorizado cada palabra. Dio la bienvenida a los asistentes, agradeció a la universidad la organización de las jornadas y se disculpó por no dominar el idioma lo suficiente para realizar en él toda la intervención.
Después continuó en inglés. Su voz era profunda, sin afectación, y llenó la sala con una facilidad que no parecía requerir ningún esfuerzo.
Maia había supuesto que hablaría de la fundación como una prolongación de sí mismo. Kenan explicó, en cambio, los problemas que surgían cuando una estancia internacional se reducía a convenios firmados entre despachos que rara vez hablaban con los estudiantes.
No prometió que seis becas fueran a cambiar la vida de nadie. Detalló lo que cubrían, reconoció los errores del programa piloto y dio paso al testimonio de una joven conectada desde Estambul.
Siguió la intervención con más atención de la que había creído posible después de aquella mañana. Parte del mérito correspondía a lo que Kenan estaba contando. El resto se debía a él.
Resultaba difícil apartar la vista de su figura.
Apenas se desplazaba por el estrado, no elevaba la voz ni acompañaba las frases con gestos calculados, pero la sala parecía adaptarse a su ritmo.
Cuando hacía una pausa, nadie se removía en el asiento.
La autoridad que proyectaba no hacía sino acentuar su atractivo, y Maia no encontraba ningún motivo para negárselo a sí misma.
También reparó en las marcas de lluvia que todavía conservaba la chaqueta y recordó que, menos de media hora antes, había visto aquella misma seguridad puesta al servicio de liberar la cinta de un bolso.