CAPÍTULO 1 #2
Se detuvo frente a la máquina de café, pero el olor amargo que escapaba de ella le revolvió el estómago antes de que llegara a pulsar ningún botón.
Se miró las manos; no temblaban, pero tuvo que secárselas en la falda antes de llamar a la puerta.
Zabala la esperaba con la ventana abierta y las persianas bajadas hasta la mitad, en una penumbra atravesada por las voces del patio interior. Sobre la mesa había dos ejemplares de la tesis, uno limpio y otro cubierto de anotaciones, flechas y signos de interrogación.
Maia conocía aquel despacho desde hacía tantos años que solía reparar en los libros que habían cambiado de estante; aquel día, sin embargo, no consiguió mirar nada que no fueran las páginas impresas ni dejar de oír, detrás de la puerta, el ir y venir de las jornadas que continuaban sin ella.
—Tienes peor aspecto que la última versión del capítulo cuarto —observó Zabala, después de estudiarla por encima de las gafas—. ¿Has dormido algo esta noche?
Maia abrió la carpeta y dejó delante de él las páginas que había corregido durante la noche.
—Lo suficiente para venir. He rehecho las conclusiones y el apartado sobre las traducciones indirectas, pero ya no sé si he resuelto todo lo que señalaste.
Zabala colocó las páginas junto a su ejemplar anotado y empezó a leer. Maia lo vio detenerse en una cita, comprobar una referencia en el margen y releer dos veces el final de las conclusiones. Cuando ella intentó explicar una elección, él levantó una mano sin apartar la vista del texto.
Durante varios minutos solo se oyeron el roce del papel y las voces del patio. Zabala trazó una línea bajo una frase, añadió dos palabras en el margen y, al terminar, apoyó las manos sobre la carpeta.
—¿Eso significa que das por buenas las correcciones? —preguntó Maia.
—Resuelven lo importante. El apartado todavía admite algunos ajustes, pero no necesita convertirse en otra tesis dentro de esta.
Incorpora las últimas observaciones que te he marcado y entrégame la versión definitiva.
Entonces solicitaré los informes externos y, si son favorables, podremos iniciar los trámites del depósito.
Después habrá que constituir el tribunal, pero, si no surge ningún contratiempo, podríamos fijar la defensa para octubre.
A estas alturas debes aprender también a detenerte.
Zabala giró hacia ella el ejemplar anotado. Maia bajó la vista.
Había párrafos rodeados por tinta azul, referencias que debía comprobar y dos páginas marcadas con una línea vertical. Eran cambios concretos, menores que los que había llevado aquella mañana, pero seguían separándola de la versión definitiva.
El alivio llegó primero al cuerpo, brusco, casi doloroso.
Había esperado durante años que Zabala considerara concluida la investigación, había organizado contratos, viajes y jornadas enteras alrededor de un trabajo que siempre reclamaba unos meses más.
Ahora él hablaba de informes, del depósito y de una posible defensa en octubre, y Maia apenas podía seguirlo.
—Llevo tanto tiempo pensando en lo que tenía que hacer para llegar hasta aquí que creía que, cuando me lo dijeras, sentiría algo distinto.
Maia miró la tesis abierta y pensó que, durante mucho tiempo, incluso el miedo al fracaso había tenido una forma reconocible. Lo que venía después no la tenía.
—Estoy aliviada —añadió—, pero también tengo la impresión de que me has quitado de delante una pared y detrás no hay nada.
—Detrás están las últimas correcciones, los informes, el depósito y una defensa que todavía tendrás que preparar. No te preocupes, no voy a permitir que te quedes sin obligaciones de un día para otro.
Maia sonrió sin ganas y él recuperó un tono más serio.
—Estás demasiado cansada para saber qué parte de eso es miedo y qué parte es simplemente agotamiento. Termina el trabajo, duerme un par de noches y después podrás empezar a preocuparte por lo siguiente con algo más de criterio.
Pasaron casi una hora revisando una por una las observaciones que aún debía incorporar. Zabala le explicó también que los informes externos eran el paso previo para autorizar el depósito y que solo después se constituiría el tribunal encargado de fijar la defensa.
Hablaron también de su contrato, que concluía a finales de junio.
Quizá surgiera una sustitución para el curso siguiente; quizá el grupo obtuviera la financiación que había solicitado.
Zabala no hizo promesas y Maia se lo agradeció.
La universidad estaba llena de personas capaces de hablar de posibilidades hasta hacerlas parecer decisiones tomadas.
Al salir, el pasillo estaba vacío. Maia se quedó junto a la puerta con el ejemplar apretado contra el pecho, esperando que algo dentro de ella cambiara.
No lloró ni sonrió; se limitó a escuchar durante unos segundos el eco amortiguado de las jornadas en las plantas inferiores, hasta que se abrió un despacho al fondo y echó a andar antes de que alguien la encontrara allí.
Zeynep estaba en la cafetería con dos profesores. En cuanto vio la carpeta, interrumpió la conversación y se acercó.
—¿Y bien?
Maia asintió.
Zeynep la abrazó con tanta fuerza que la tesis quedó atrapada entre ambas.
—No tienes que decirme nada —murmuró Zeynep—. Llevas la misma cara que pusiste cuando te concedieron el contrato y tardaste una semana en creer que no se habían equivocado de persona. Sabía que iba a decirte que sí.
—Todavía tengo que incorporar las últimas observaciones y no son precisamente pocas.
—Esas correcciones llevan siendo las últimas desde hace un año. Si la tesis ha sobrevivido hasta ahora, puede esperar a que respires esta noche.
Maia se rio contra su hombro y la risa se deshizo en algo que no había previsto. Cerró los ojos. Zeynep no comentó la humedad que apareció bajo sus pestañas ni se apartó hasta que pudo respirar con normalidad.
—Esta noche lo celebraremos —decidió Zeynep cuando se apartó de ella—. Y no empieces a decirme que necesitas dormir, porque hay una cena en el hotel, mi madre lleva dos semanas organizándola y no pienso permitir que vuelvas a casa a abrir la tesis en cuanto te quedes sola.
—No pensaba abrirla. Pensaba acostarme y perder el conocimiento durante doce horas.
Zeynep miró por encima de su hombro hacia Elvira, que avanzaba por la cafetería repartiendo programas.
—Díselo tú.
Maia no necesitó intentarlo para saber que perdería aquella discusión.
Comió de pie un trozo de tortilla que apenas consiguió tragar y regresó al vestíbulo.
La tarde avanzó entre cambios de aula, felicitaciones y fallos técnicos, mientras en el mostrador se acumulaban vasos, programas abandonados y botellas de agua tibia.
A ratos tenía la impresión de haber olvidado algo en el despacho de Zabala; después recordaba que su director había dado por resueltas las objeciones principales y que las correcciones pendientes dependían únicamente de ella.
A media tarde comprobó los archivos de las ponencias. Al llegar a la de Kenan Gökalp, recordó al hombre al que Elvira había recibido junto a la entrada.
En el programa universitario representaba a la fundación que financiaba seis becas de movilidad y varias plazas de prácticas en empresas de ambos países.
Su viaje incluía también varios encuentros en Bilbao como presidente del Grupo Gökalp.
Maia había leído su apellido en los correos preparatorios, aunque él no había participado en ninguna de las videoconferencias.
Abrió su presentación esperando logotipos, cifras y fotografías de edificios. Encontró un vídeo breve, varios testimonios de estudiantes y unas diapositivas mucho más sobrias de lo que había supuesto.
Cerró el archivo al advertir que estaba buscando en aquellas imágenes motivos para confirmar la impresión que él le había causado en el vestíbulo.
A las cuatro y media salió a tomar aire. Fuera de la facultad, el bochorno resultaba aún más denso y el cielo había adquirido un tono gris sobre los tejados. El ruido lejano del tráfico se mezclaba con el rumor de las conversaciones bajo el pórtico.
Maia se sentó en uno de los bancos de la entrada y agradeció el poco frescor que conservaba a la sombra.
A pocos metros, Kenan hablaba por teléfono bajo el pórtico, con la chaqueta doblada sobre un brazo.
Maia abrió en el teléfono el archivo con las anotaciones que Zabala le había enviado después de la reunión.
La primera observación implicaba rehacer dos páginas. La segunda señalaba una referencia incompleta. Junto a la tercera, su director solo había escrito: «¿Estás segura?».
Maia suspiró. Zabala había dado por resueltas las objeciones principales, pero la tesis aún no estaba lista para el depósito.
Primero debía incorporar aquellas correcciones y entregarle la versión definitiva; después él solicitaría los informes externos.
Solo si eran favorables podrían iniciar los trámites del depósito y constituir el tribunal.
Si todo avanzaba sin contratiempos, quizá podría defenderla en octubre.
Más allá de eso, no había nada que pudiera escribir en una agenda.
El murmullo de la plaza cambió antes de que cayera la primera gota. Maia alzó la cabeza. El cielo se había oscurecido sobre los edificios y una ráfaga de aire caliente levantó varios programas abandonados junto a la entrada.
El primer trueno empujó a la gente hacia el pórtico. Maia guardó el teléfono y se levantó, pero el bolso dio un tirón brusco de su hombro. La cinta se había enganchado en uno de los remates metálicos del banco y, cuanto más trataba de liberarla, más se tensaba alrededor de la pieza.
Una gota estalló contra la carpeta. Después cayó otra.
—Déjeme. Se ha retorcido —dijo un hombre en inglés a su espalda.
Kenan dejó la chaqueta sobre el banco y sujetó la cinta por debajo de las manos de Maia. La primera vuelta cedió, pero el herraje de la hebilla había quedado encajado bajo el remate metálico. Cuando intentó hacerlo retroceder, la correa volvió a tensarse y el bolso golpeó el banco.
—Sujételo por debajo —le pidió.