Todo lo que no prometimos CAPÍTULO 1
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Todo lo que no prometimos

Todo lo que no prometimos

Por Alma Urain

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CAPÍTULO 1

Cuando Maia llegó a la facultad, Vitoria llevaba ya varias horas bajo un calor impropio de junio.

Las puertas de cristal estaban abiertas de par en par, aunque por ellas no entraba más que el aire caliente y el ruido de las obras cercanas.

En el vestíbulo, donde el sol de la mañana caía sobre las baldosas y multiplicaba el resplandor de los ventanales, Elvira hablaba por teléfono en turco junto a una mesa cubierta de carpetas.

Sostenía el móvil entre el hombro y la mejilla mientras indicaba al técnico qué pantalla debía trasladar al salón de grados.

Maia permaneció unos segundos junto a la entrada, no tanto para orientarse como para reunir fuerzas antes de incorporarse a aquel desorden.

Había dormido poco más de tres horas después de pasar buena parte de la noche corrigiendo por segunda vez las conclusiones de la tesis, y llevaba despierta desde las cinco y media.

El café que había tomado en casa ya no bastaba para combatir el cansancio ni el calor atrapado en el vestíbulo: bajo la tela ligera de la blusa, notaba la piel húmeda entre los omóplatos.

Llevaba semanas ayudando a Elvira, profesora de turco y coordinadora de aquellas jornadas de movilidad universitaria entre España y Turquía, aunque esa mañana empezaba a sospechar que su colaboración incluía cualquier tarea que nadie hubiera previsto.

—Las acreditaciones están ordenadas por universidades —le advirtió Leire sin apartar la vista del ordenador—. Y faltan dos.

Maia dejó escapar el aire que aún retenía y se inclinó sobre la lista para localizar los huecos. Faltaban su nombre y el de un doctorando invitado de la Universidad de Ankara.

Añadió ambos a la plantilla y mandó imprimir de nuevo la página. La impresora se atascó a mitad del proceso y tuvo que agacharse para retirar la hoja. Cuando por fin consiguió sacar las dos acreditaciones, las introdujo en sus fundas, se colocó la suya y entregó la otra al joven.

Él le dio las gracias en turco, y la familiaridad de aquellas palabras, pronunciadas en medio de una facultad que conocía desde hacía años, la devolvió por un momento al patio de la casa de Çeşme, a las buganvillas inclinadas sobre el muro y a la voz de Elvira llamándolas desde la cocina para cenar.

Elvira guardó el móvil y se acercó a la mesa.

La serenidad de sus ojos color miel no engañaba a Maia.

La conocía desde que su amistad con Zeynep la había llevado a matricularse en sus clases de turco, mucho antes de que Elvira se convirtiera para ella en algo más que una profesora, y sabía reconocer el modo en que apretaba los labios cuando algo amenazaba con desbaratar sus planes.

—Zeynep acaba de llegar y tengo que enviarla con la delegación al salón de grados.

Necesito que entres conmigo en la reunión de movilidad —le explicó, consultando la hora en la pantalla del teléfono—.

No tendrás que hacer interpretación simultánea; solo ayudarnos cuando dejen de entenderse, que ocurrirá antes de que terminemos el primer punto.

—He quedado con Zabala a las doce y aún no sé cuánto van a alargar esto.

—Entonces te vas a las once y media. Para entonces Zeynep habrá terminado con la recepción y podrá relevarte.

—Elvira, si empezamos tarde no puedo levantarme en mitad de la reunión y dejarte con todo.

—Llevas semanas esperando que Zabala te dé una respuesta. A las once y media te levantas, recoges tus cosas y te vas a su despacho, aunque en ese momento estén discutiendo el futuro de las relaciones entre Turquía y España. Y antes te tomas un café, porque tienes una cara espantosa.

En su bolso, debajo de la carpeta con el programa de las jornadas, Maia llevaba las conclusiones y el apartado sobre las traducciones indirectas que había corregido durante la noche.

Zabala le había pedido que llevara esas páginas para comprobar juntos si los cambios resolvían sus últimas objeciones y decidir si la tesis podía pasar a la fase de informes externos.

La reunión que llevaba semanas esperando se había convertido, a medida que se acercaba, en una presencia imposible de apartar.

Cada vez que se inclinaba sobre la mesa y el bolso le rozaba la cadera, recordaba que la respuesta estaba ya a solo unas horas de distancia.

—No hace falta que estés pendiente de mí. Bastante tienes con conseguir que todo esto empiece a la hora.

—No pensaba acompañarte de la mano —respondió Elvira, aunque la caída de una de las patas metálicas de la pantalla la obligó a alzar la voz en mitad de la frase—. Solo quiero que, por una vez, no utilices el trabajo como excusa para llegar tarde a algo que te importa. Yo me ocuparé de esto.

Elvira le rozó el brazo al alejarse. El gesto duró poco, pero dejó a Maia con el miedo algo más cerca de la superficie.

—Zeynep lleva diez minutos preguntando por ti.

Maia se volvió justo cuando Zeynep la abrazaba. Olía a aeropuerto y al perfume suave que utilizaba desde hacía años. El abrazo empezó con la rapidez que imponía la gente a su alrededor, pero ninguna de las dos se apartó enseguida.

—Creía que llegabas anoche.

—Esa era la idea. —La última palabra le salió quebrada y Zeynep se aclaró la garganta antes de continuar—.

Después cerraron la puerta de embarque cuando todavía podía ver el avión desde la terminal y he pasado media noche intentando dormir sentada entre una familia con tres niños y un hombre que no dejó de hablar por teléfono.

No quiero volver a oír la palabra Fráncfort en varios meses.

Hacía casi cinco meses que no se veían y, cuando Zeynep se apartó para mirarla, Maia tardó apenas un momento en advertir que algo no iba bien.

Su amiga se recogió detrás de la oreja un mechón oscuro desprendido de la coleta; se había maquillado con más cuidado del habitual, pero el corrector no ocultaba las sombras bajo sus ojos oscuros ni la palidez que el viaje no explicaba por completo.

—Estás muy pálida.

—Acabo de contarte que he pasado la noche en un aeropuerto y creo que estoy enferma. No esperaba llegar con buen aspecto.

—Y yo no me refiero al cansancio de hoy. En Navidad no estabas así.

—No vamos a hablar de mí aquí, con mi madre entrando y saliendo y media facultad escuchando cada vez que baja el ruido. Además, hoy era lo de Zabala, ¿no?

Maia asintió.

—En cuanto salgas de su despacho, vienes a buscarme —continuó Zeynep—. Me da igual que esté trabajando o que mi madre haya decidido enviarme al otro extremo del edificio. Quiero saberlo antes de que se entere todo el departamento.

Zeynep le apretó la mano antes de dirigirse hacia la delegación que acababa de entrar.

Maia conocía demasiado bien sus evasivas para atribuir aquella palidez únicamente al viaje, pero Elvira ya saludaba a los recién llegados y Leire reclamaba desde la mesa la lista de asistentes, de modo que cualquier intento de retenerla se volvió imposible entre los saludos, el cruce de voces y el ir y venir de quienes trataban de incorporarse a la recepción.

El hombre que caminaba al final del grupo se detuvo para escuchar a uno de los profesores. Llevaba la chaqueta azul noche doblada sobre el brazo, la corbata azul clara ligeramente aflojada y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, quizá desde el trayecto.

A pesar del calor, que ya había dejado brillos de sudor y cuellos desabrochados entre los demás invitados, nada parecía alterar la pulcritud de su aspecto.

Cuando inclinó la cabeza para oír mejor al profesor, la luz de los ventanales le alcanzó el perfil y recortó el cabello negro, peinado hacia atrás, sobre la piel tostada.

Era un hombre muy atractivo. Maia no necesitó verlo de frente para advertirlo y se irritó un poco consigo misma por haber reparado en ello en mitad de aquel caos.

Escuchaba con una mano en el bolsillo del pantalón y la cabeza inclinada hacia su interlocutor, sin hacer ningún esfuerzo visible por atraer la atención; aun así, había en su quietud una autoridad que parecía precederlo.

Cuando el profesor terminó, el hombre respondió algo y quienes lo rodeaban dejaron de hablar para oírlo. Solo entonces levantó la vista y Maia comprendió, demasiado tarde, que llevaba tiempo observándolo desde el otro lado del vestíbulo.

Se volvió hacia el ordenador antes de averiguar si él también la había visto, aunque tardó más de lo debido en entender que la hoja que Leire había dejado a su lado necesitaba su firma.

Elvira interrumpió la conversación que mantenía junto a la mesa y avanzó hacia él.

—Señor Gökalp, bienvenido. Me alegra que finalmente haya podido acompañarnos.

El hombre estrechó la mano que ella le ofrecía y respondió en turco. Maia no alcanzó a distinguir sus palabras entre el ruido del vestíbulo, pero sí el nombre con el que Elvira lo había recibido: Kenan Gökalp.

La reunión comenzó con once minutos de retraso en un aula que había permanecido cerrada desde el día anterior y conservaba un calor inmóvil, cargado con el olor de la madera y el polvo de las persianas.

Los responsables de movilidad de las tres universidades hablaban de prácticas, equivalencias y reconocimiento de créditos como si emplearan las mismas palabras para designar asuntos distintos; Maia escuchaba, aclaraba un término cuando era necesario y, antes de trasladar una cifra al otro idioma, debía cerciorarse de que no la había deformado el zumbido del ventilador instalado en un rincón.

Con el paso de los minutos, las voces comenzaron a llegarle desde una distancia extraña y tuvo que contener el impulso de cerrar los ojos.

A las once y veinticinco, Zeynep apareció en la puerta. Elvira, que llevaba varios minutos trabajando sola en el otro extremo de la mesa, levantó la cabeza y señaló el pasillo.

—Vete.

Maia dejó sus notas a Zeynep, le explicó en voz baja por dónde discurría la discusión y salió al pasillo. Tenía seis mensajes de Zabala; los cinco primeros trataban asuntos diferentes, pero el último, enviado hacía veinte minutos, decía que pasara por su despacho cuando pudiera.