Epílogo
Unos años después…
La casa en la que vivíamos era tan bonita que había días en los que me detenía frente a ella y pensaba que no podía ser nuestra.
Tenía un tejado rojo, grandes ventanales y un jardín que en primavera se llenaba de flores tan enormes que Sofía aseguraba que debíamos cobrar entrada a los vecinos por fotografiarse delante. Igualita a la de sus dibujos.
Estaba a las afueras de la ciudad, en una zona tranquila donde por las mañanas se escuchaban los pájaros y por las noches el cielo parecía más grande.
Detrás había una piscina, pequeña y coqueta, y un porche que se convirtió en el verdadero corazón de nuestro hogar.
Habíamos celebrado allí cumpleaños, Navidades y cenas que empezaban con cuatro personas y terminaban con media docena más porque Lola siempre conocía a alguien que no podía quedarse solo.
Habíamos discutido, reído, llorado y tomado decisiones importantes alrededor de la mesa enorme que Óscar compró convencido de que sobraba espacio y que, con los años, acabó quedándose pequeña.
Aquella casa llegó a nuestras vidas cuando Sofía y yo menos la esperábamos.
Recuerdo perfectamente el día.
Acabábamos de recibir la noticia de la condena de Javier León.
Sería larga. Muy larga. El proceso había durado más de lo que yo deseaba y menos de lo que temía, aunque cada declaración, cada documento y cada nueva prueba me obligaron a regresar a lugares de mi memoria que habría preferido mantener cerrados.
Cuando por fin todo terminó, pensé que sentiría una alegría inmensa.
No fue así.
Sentí alivio, por supuesto, pero también una tristeza difícil de explicar. Javier había perdido años de su vida y yo no podía olvidar cuántos nos había arrebatado a nosotras. Su condena era justa, pero no me devolvía el tiempo. No borraba el miedo ni las noches que Sofía pasó lejos de mí.
Óscar comprendió mi estado de ánimo antes de que yo misma supiera ponerle nombre.
Aquella tarde llegó a casa con una llave.
Sofía y yo estábamos sentadas en el sofá cuando se plantó delante de nosotras y extendió la mano.
—Quiero que la cojáis las dos.
Miré la llave y después a él.
—¿Qué has hecho?
—¿Por qué das por hecho que he hecho algo?
—Porque llevas un tiempo con nosotras y conozco esa cara. Es la misma que pusiste cuando compraste los billetes para Disneyland y la que utilizas cada vez que intentas ocultar una sorpresa.
Sofía se inclinó hacia delante, interesadísima.
—Mamá tiene razón. Además, cuando mientes parpadeas más.
Óscar la miró con una ofensa que no consiguió resultar convincente.
—Soy detective. Sé mentir.
—Pues parpadeas.
—No parpadeo.
—Acabas de hacerlo.
Tuve que reírme, que era exactamente lo que Óscar buscaba. Después volvió a acercarnos la llave y Sofía puso dos dedos sobre ella. Yo hice lo mismo.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
—Ahora venís conmigo.
Nos vendó los ojos.
Aquello provocó una discusión considerable porque Sofía lo acusó de intentar secuestrarnos y yo le recordé que, después de todo lo que habíamos vivido, vendarme los ojos y meterme en un coche no era precisamente la idea más brillante que había tenido.
Óscar soportó nuestras protestas con paciencia, nos condujo hasta el vehículo y nos hizo prometer que no miraríamos.
El trayecto duró unos quince minutos.
Cuando llegamos, nos ayudó a bajar y nos llevó unos pasos hacia delante. Yo llevaba una mano agarrada a su brazo y la otra unida a la de Sofía. Recuerdo el olor a hierba, el sonido de unos pájaros y la sensación de que el aire era distinto al del centro de la ciudad.
—Ya podéis quitaros las vendas.
Lo hicimos al mismo tiempo. Sofía abrió la boca. Yo también.
La casa estaba delante de nosotras.
Parecía sacada de uno de esos lugares que miras por internet sabiendo que nunca vivirás allí. El tejado rojo destacaba sobre las paredes claras y el jardín estaba lleno de flores gigantes. Había árboles, un camino de piedra y un porche de dulce.
—¿De quién es? —preguntó Sofía.
Óscar sonrió.
—Vuestra.
Lo miré.
—¿Qué?
—Bueno, nuestra, si me dejáis vivir aquí. Me pareció un detalle importante.
Tardé en reaccionar.
—Óscar, no.
—Lucía...
—¿Has comprado una casa?
—Técnicamente, el banco y yo compartimos una relación bastante estrecha, pero sí.
—¡Has comprado una casa!
—Sigues repitiéndolo y me recuerdas la deuda que acabo de contraer —bromeó.
Sofía soltó mi mano y corrió hacia él.
—¡Es nuestra!
Óscar la recibió justo antes de que se lanzara contra su cuerpo.
—Es nuestra.
Yo seguía sin moverme.
—¿Por qué has hecho esto?
Óscar dejó a Sofía en el suelo y se acercó.
—Porque hoy hemos recibido una noticia que nos obliga a mirar otra vez hacia atrás y yo quiero que, cuando termine este día, tengáis algo hacia delante —murmuró en mi oído.
Lloré. Por supuesto que lloré.
Sofía también, aunque durante años sostuvo que le había entrado polen en los ojos. Cogimos la llave entre las dos y abrimos la puerta. Aquella tarde recorrimos cada habitación, salimos al jardín y empezamos a imaginar dónde irían nuestros muebles.
Años después, la casa ya no parecía de ensueño. Era mucho mejor. Estaba llena de vida.
Y aquel día era especialmente importante.
—¡Mamá! —gritó Sofía desde el jardín—. ¡Miki está intentando comerse las letras de la pancarta!
Miki, así era como llamábamos familiarmente a nuestro pequeñín, a Miguel.
Cerré los ojos.
—¿Qué letras?
—¡La B y parte de la U!
Salí corriendo.
Mi hijo estaba sentado sobre el césped con una expresión de absoluta inocencia. Tenía dos años y era el vivo retrato de su padre. Los mismos ojos, el mismo pelo y una forma de observar el mundo que a veces me hacía sentir que había dado a luz a una versión pequeña de Óscar.
La principal diferencia era que Miki hablaba muchísimo. Óscar decía que aquello lo había heredado de mí. Yo decía que era mentira.
Sofía sostenía que los dos hablábamos demasiado.
—Dame eso —le pedí al pequeño.
Negó con la cabeza.
—Mío.
—No es tuyo. Es de la pancarta del “bisabuelo” Miguel.
—Mío.
—Hijo, hay veintiséis letras en el alfabeto. ¿Por qué tienes que comerte precisamente las que necesitamos?
Sofía apareció detrás de mí.
Ya no era la niña que había salido corriendo hacia mis brazos en aquel centro. Se había convertido en una muchachita preciosa, amorosa, ingeniosa y con una facilidad para hacerme reír que seguía siendo una de mis cosas favoritas del mundo.
Había ayudado a organizar la fiesta, encargándose de una parte importante de la decoración, aunque llevábamos toda la mañana discutiendo porque su concepto de «elegante» incluía una cantidad de globos que podía afectar al tráfico aéreo.
Se agachó frente a su hermano.
—Miki, si me das la letra, te consigo una galleta.
—¡Sofía!
—Estoy negociando.
—Estás sobornando a un niño de dos años.
—Óscar dice que hay que adaptarse al interlocutor.
Al mencionarlo, él apareció con una mesa plegable.
—No me metas en esto.
Sofía consiguió recuperar la letra.
Cinco segundos después, Miki tenía una galleta.
La casa estaba preparada para la fiesta más importante que habíamos celebrado allí.
El “bisabuelo” Miguel cumplía cien años.
Cien.
Cada vez que pensaba en ello me parecía increíble. Había envejecido más, por supuesto, pero conservaba una vitalidad que sorprendía a todo el mundo.
Seguía viviendo en Los Almendros porque decía que a aquellas alturas no pensaba cambiar de domicilio, y continuaba metiéndose en asuntos que no le correspondían, opinando sobre nuestras vidas y protestando cuando alguien intentaba tratarlo como a un anciano frágil.
Gertrudis había muerto años atrás.
Lo hizo en el mismo silencio sereno en el que había vivido sus últimos tiempos. Una mañana cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos.
Su muerte nos entristeció profundamente, aunque a mí siempre me consoló saber que sus últimos días habían estado llenos de cariño.
Sofía siguió visitándola hasta el final y jamás dejó de hablarle.
Algunas veces Gertrudis sonreía. Otras, movía los dedos para tocar a Manolo y a Rodolfo.
Nunca supimos cuánto comprendía, pero tampoco nos importó.
Miguel, en cambio, parecía empeñado en vivir eternamente.
Y aquel día íbamos a celebrarlo.
—Acaban de entrar por la carretera —anunció Óscar mirando el teléfono.
Todos nos pusimos en movimiento.
Los invitados se escondieron como pudieron. Algunos detrás del porche, otros junto a los árboles. La pancarta quedó extendida sobre la fachada, con la B y la U ligeramente arrugadas por culpa de mi hijo, ese pillín al que sostuve en brazos.
Sofía se colocó a mi lado.
—¿Preparados?
—Yo sí —respondió ella—. El enano no sé.
—Nene no enano —protestó su hermano.
—Perdón. El caballero de baja estatura.
Óscar se acercó y me besó en la sien.
—Lola va a matarnos.
—¿Por qué?
—Porque Miguel lleva preguntando desde que salieron de la residencia adónde lo lleva y ella se ha quedado sin excusas.
El coche apareció al final del camino.
Lola conducía.
No había cambiado tanto como ella afirmaba. Seguía siendo Lola. Más madura, quizás, aunque nadie que la escuchara hablar durante cinco minutos habría utilizado aquella palabra. Aparcó delante de la casa y bajó deprisa para abrir la puerta del acompañante.
Miguel apareció con su mejor traje.
Cien años.
Y parecía un chaval.
—Cuidado con el escalón —le aconsejó Lola.
—Llevo cien años siendo prudente, muchacha.
—Y yo llevo muchos aguantándote. Déjame ayudarte.
Nos habíamos convertido en verdadera familia y un buen día nos pidió que lo tratáramos como a tal, dejando lo de “usted” a un lado.
—No necesito ayuda.
—Perfecto. Entonces te la doy porque me apetece.
Lo hizo con más amor del que habría admitido en voz alta.
Miguel salió del coche y miró la casa.
—¿Dónde se supone que están?
Fue entonces cuando salimos.
—¡Sorpresa!
El anciano no dio crédito.
Los globos, la pancarta, las mesas, la música y todas las personas que habían acudido a celebrar su vida aparecieron ante él de golpe. Se llevó una mano al pecho.
—Como me dé un infarto el día que cumplo cien años, os vais a sentir fatal.
Lola soltó una carcajada.
—¡Miguel!
Sofía corrió hacia él.