Epílogo #2
—¡Feliz cumpleaños, bisabuelo!
Miguel abrió los brazos. Ella lo abrazó con fuerza.
Yo los observé y volví a ver por un instante a la niña que había entrado en Los Almendros años atrás con la más sincera de sus sonrisas. Recordé a Miguel presentándola a todo el mundo como su bisnieta y negándose a discutir el asunto.
Sofía le llenó la cara de besos.
—Cien años —dijo—. Eres oficialmente prehistórico.
—Y tú oficialmente una descarada.
—Eso lo he heredado de ti.
—Por supuesto.
Me acerqué con el pequeño Miki en brazos.
El homenajeado nos miró. No dijo nada. Nuestro hijo llevaba su nombre.
El día que Óscar y yo le contamos que sería así, Miguel lloró a moco tendido. Intentó negarlo después, pero había demasiados testigos. Aquel nombre fue nuestra manera de decirle algo que él necesitaba escuchar. Que no era un “bisabuelo” postizo. Que nunca lo había sido. Era nuestra familia.
Desde aquel día, algo cambió en él. Se sintió más nuestro. Más unido a nosotros. Y yo comprendí que, incluso a una edad en la que se supone que uno ya tiene todas las certezas, todavía necesitamos saber que pertenecemos a algún lugar.
—Mira quién viene a felicitarte —le dije.
El pequeño Miki estiró los brazos.
El anciano empezó a llorar.
—No hagas eso —protestó Lola—. Que después lloro yo y se me corre el rímel tanto que parezco gótica.
Miguel cogió al niño con ayuda de Óscar y lo sentó sobre sus piernas.
—Felicidades —dijo el pequeño con esa media lengua de trapo que nos comíamos.
Después le dio un beso enorme en la mejilla.
Miguel cerró los ojos.
Cuando los abrió, estaba llorando de verdad.
—Cien años —murmuró—. Y tenías que esperar cien años para tener esto.
Sofía se abrazó a él por un lado. Yo me acerqué por el otro. Óscar puso una mano sobre su hombro.
Lola se quedó delante de nosotros.
—Ven aquí —le dijo Miguel.
—No quepo, que estoy más curvy, ¿acaso no lo ves? Más curvy y más buena, eso también.
—Lola.
Ella protestó, pero terminó uniéndose.
Nos abrazamos todos.
Mi hijo empezó a reír porque pensaba que aquello era un juego. Sofía también. Yo lloraba. Miguel lloraba. Lola juraba que no, aunque tenía la cara empapada.
Después empezó la fiesta.
Había una tarta enorme con cien velas que, por razones evidentes de seguridad, no encenderíamos todas.
Miguel protestó porque consideraba que aquello era una estafa.
Óscar defendió que el seguro de la casa no cubría incendios provocados por ancianos temerarios y Lola añadió que bastante había vivido ya para morir quemado por una tarta.
Comimos, bailamos y escuchamos historias que Miguel había contado tantas veces que todos conocíamos el final. Aun así, nadie lo interrumpió. A los cien años, uno se ha ganado el derecho a repetir lo que le dé la gana.
Nuestro hijo no se separó de él.
Le llevaba juguetes, intentaba darle comida y, en un momento dado, le colocó una corona de cartón torcida sobre la cabeza. Miguel la llevó durante horas.
Sofía había preparado una sorpresa.
Cuando empezó a anochecer, pidió silencio y encendió una pantalla en el jardín.
Había recopilado fotografías de toda la vida de Miguel.
Algunas eran antiguas, en blanco y negro.
Después aparecían Los Almendros, nuestra llegada a su vida, Sofía de pequeña, las Navidades, el nacimiento del pequeño Miki y todas las celebraciones que habíamos compartido.
El homenajeado dejó de bromear. En la última imagen aparecíamos todos delante de la casa. Debajo, Sofía había escrito una frase.
«La familia no siempre empieza con la sangre. A veces empieza el día que alguien decide que ya eres suyo».
Miguel lloró otra vez.
—La niña quiere matarme —murmuró—. No pudo el siglo y va a conseguirlo ella.
Sofía se arrodilló a su lado.
—Te quiero mucho.
—Yo también te quiero, bisnieta.
—¿De verdad te ha gustado?
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
—¿Mejor que la tarta?
Miguel miró hacia la mesa.
—No exageremos.
Todos nos reímos.
La noche continuó alrededor de él.
Yo me aparté un momento y observé la escena desde el porche. Óscar estaba ayudando a nuestro hijo a perseguir un globo. Sofía hablaba con Lola. Miguel, con su corona torcida, recibía felicitaciones.
Mi marido se acercó unos minutos después. Sí. Mi marido.
También habíamos llegado hasta allí.
—¿En qué piensas? —me preguntó.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—En la primera vez que vi esta casa.
—Casi me matas.
—Habías comprado una casa sin consultarme.
—Era preciosa.
—Ese no es un argumento válido.
—Vivimos en ella.
—Eso tampoco convierte el argumento en válido.
Óscar sonrió.
—¿Te arrepientes?
Miré el jardín. A nuestra hija. A nuestro hijo. A Miguel. A Lola.
A la casa llena de personas que habíamos ido encontrando por el camino.
—Ni un solo día.
Óscar me besó.
Sofía nos vio desde lejos.
—¡Qué asco! —gritó.
—¡No mires! —respondí.
—¡Estoy intentando comer!
Mi hijo empezó a reír sin entender nada.
Miguel levantó su copa.
—¡Dejad a mis nietos que se besen!
Lola le quitó la copa.
—Tú deja de beber, que tienes cien años.
—Precisamente por eso.
La fiesta se prolongó más horas de las planeadas.
Cuando llegó el momento de soplar las velas, los niños se colocaron junto a Miguel. Sofía a un lado. El pequeño al otro.
—Pide un deseo —le dije.
Miguel miró la tarta.
Después levantó la cabeza y nos contempló a todos.
—No necesito ninguno.
Nadie hizo una broma. Nadie se rio. Porque todos sabíamos que hablaba en serio.
Sopló las velas con ayuda de sus dos “bisnietos” y el jardín se llenó de aplausos.
Aquella noche, mientras celebrábamos cien años de una vida que había terminado mezclándose con la nuestra, pensé en todo lo que habíamos perdido y en todo lo que había llegado después.
Habíamos conocido el miedo. La injusticia. La ausencia.
Pero también habíamos aprendido algo mucho más importante. Una familia podía empezar de mil maneras. Con una niña que regresaba a casa. Con un detective que entregaba una llave. Con un anciano que decidía que una mujer era su nieta y una niña su bisnieta sin pedir permiso a nadie.
Con un bebé que recibía el nombre de un hombre al que no lo unía la sangre, pero sí algo mucho más fuerte.
Miré a Miguel rodeado de todos nosotros. Cien años. Una corona torcida. Un niño sobre sus rodillas. Una muchachita abrazada a su cuello.
Y comprendí que algunas personas pasan media vida buscando un lugar al que pertenecer.
Nosotros habíamos tenido la suerte de encontrarnos.
Y aquella casa del tejado rojo, con su jardín lleno de flores gigantes, no era el final de nuestra historia.
Era el lugar donde, por fin, todos celebrábamos la vida.