Todo lo que haría por ti Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Comimos cosas imposibles. Dulces con formas que daban pena morder, chocolate caliente, gofres, crepes y cantidades de azúcar que habrían provocado el desmayo de cualquier nutricionista. Y el mío en otras circunstancias, pero no en aquellas, en las que todo parecía estar permitido.

Sofía aseguró que en Navidad las verduras estaban prohibidas y Óscar, traidor, le dio la razón. Así era mi chico y yo, naturalmente, lo puso verde de la forma más cómica que se me ocurrió, amenazándolos a ambos con que cenarían puré de calabaza durante un mes seguido, a su vuelta.

Sofía, incrédula, negaba con la cabeza dirigiéndose a él, con esa inocencia que la llevaba a pensar que, si lo pretendía, yo no veía lo que planeaban a mis espaldas.

La víspera de Nochebuena compramos adornos para nuestro árbol. Cada uno eligió uno. Sofía escogió un castillo. Yo, una estrella. Óscar tardó tanto que terminamos perdiendo la paciencia y lo obligamos a decidirse.

Eligió una pequeña casa  que hizo nuestras delicias.

Quizás tuviera mucho que ver en ello el que su tejado fuera rojo, algo que ensanchó tanto la sonrisa de mi niña que podía comparársela con un buzón de Correos.

No por lo amarillo, que no pertenecía a la familia Simpson, sino por esa enorme y alegre boca que seguía sin poder cerrar.

La noche de Nochebuena cenamos en un restaurante inigualable; el de Cenicienta. Sofía llevaba un vestido de ese mismo personaje que había elegido ella misma y estaba tan guapa que me costaba apartar los ojos.

Durante la cena habló sin parar de todo lo que habíamos vivido. Quería repetir algunas atracciones, comprar un regalo para Lola y otro para Miguel, y llevarle algo a Gertrudis porque estaba convencida de que, aunque no pudiera decirlo, le gustaría.

En un momento dado se quedó callada.

La conocía lo suficiente para saber que algo había cambiado.

—¿Qué pasa, cariño?

Jugó con la servilleta.

—He pensado en papá.

Sentí que Óscar se quedaba parado, expectante.

—Es normal.

—¿Está mal que sea tan feliz si él se ha muerto?

La pregunta me atravesó.

Me acerqué a ella y cogí su mano.

—No. Nunca está mal ser feliz.

—Pero a veces estoy triste.

—También puedes estar triste.

—¿Las dos cosas?

—Las dos cosas. Incluso el mismo día.

Sofía se quedó pensando.

—Hoy estoy muy feliz.

—Yo también.

Miró a Óscar.

—¿Tú también?

—Muchísimo.

Ella sonrió.

Y continuamos cenando.

Aquella noche, al volver al hotel, Sofía se durmió casi de inmediato. Yo me quedé junto a la ventana mientras Óscar la tapaba. Había aprendido a hacerlo sin despertarla y me emocionaba observar la naturalidad con la que cuidaba de ella.

Cuando se acercó a mí, lo abracé.

—Has hecho algo tan impensable como único.

—Solo hemos venido de viaje.

—No.

Lo miré.

—Le has enseñado que puede seguir siendo feliz.

Óscar acarició mi mejilla.

—Eso lo has hecho tú.

Negué.

—Lo hemos hecho los dos.

Él sonrió.

—Eso me gusta más.

El día de Navidad fue todavía más mágico.

Sofía se despertó antes de que amaneciera y apareció saltando sobre nuestra cama porque había regalos. Óscar estuvo a punto de caerse al suelo y yo me reí tanto que terminé llorando. Abrimos paquetes todavía en pijama, desayunamos demasiado y salimos dispuestos a aprovechar cada minuto.

Nevó de verdad aquella tarde.

Esta vez sí.

Sofía levantó la cara hacia el cielo y empezó a girar con los brazos abiertos. Yo la observé durante unos segundos antes de unirme a ella. Óscar se negó.

Al principio.

Cinco segundos después, los tres estábamos lanzándonos bolas de nieve como niños.

No recuerdo quién empezó la guerra. Probablemente Sofía. Lo que sí recuerdo es que Óscar, el hombre serio, el detective metódico, mi novio formal y responsable, terminó escondido detrás de un banco mientras mi hija y yo intentábamos atacarlo desde dos lados.

Perdimos.

Hizo trampas.

Todavía lo sostengo.

Por la noche vimos el espectáculo frente al castillo. Sofía se colocó entre nosotros y nos cogió de la mano. Las luces cambiaban, la música sonaba y el cielo se llenaba de colores. Había tanta gente a nuestro alrededor que apenas podíamos movernos, pero yo sentía que estábamos solos.

Miré a mi hija.

Miré a Óscar.

Pensé en todo lo que habíamos atravesado para llegar hasta allí.

Meses atrás no habría podido imaginar aquella escena. Sofía vivía lejos de mí. Javier seguía manejando nuestras vidas. Óscar era un desconocido y yo había olvidado lo que significaba hacer planes sin pensar en la siguiente catástrofe.

Ahora mi hija apretaba mi mano.

Mi novio sostenía la otra.

Y estábamos celebrando la Navidad bajo un cielo lleno de luz.

Los días siguientes fueron igual de maravillosos. Repetimos nuestras atracciones favoritas, compramos demasiados recuerdos y llenamos el teléfono de fotografías.

Sofía consiguió que Óscar bailara en mitad de una calle, algo que yo habría considerado imposible a priori. También me hizo subir dos veces a la atracción que más miedo me daba y después tuvo la desfachatez de decir que lo hacía para ayudarme a superar mis temores.

La última noche, antes de regresar, volvimos a colocarnos frente al castillo.

Sofía llevaba puesto un gorro de lo más simpático, Óscar seguía cargando con una mochila llena de cosas que nadie recordaba haber comprado y yo tenía los pies destrozados.

Nunca había sido tan feliz.

—¿Volveremos? —preguntó Sofía.

—Claro —respondí.

Óscar me miró.

—¿Eso significa que yo también tengo que volver?

Sofía lo abrazó por la cintura.

—Tú vienes con nosotras.

Él le acarició el pelo.

—Entonces lo haré.

Me acerqué a ellos.

Habíamos viajado hasta allí para aliviar una pena y no la habíamos borrado. Jorge seguía muerto. Sofía continuaría echándolo de menos de maneras que quizás ni ella misma entendería durante mucho tiempo. Habría días malos, preguntas difíciles y recuerdos dolorosos.

Pero aquellas Navidades nos enseñaron algo.

La tristeza y la felicidad podían vivir juntas.

El dolor no anulaba la risa.

Una ausencia no tenía derecho a llevarse todo lo demás.

Regresamos a casa con las maletas llenas de regalos, las cámaras repletas de fotografías y tantas anécdotas que Lola y Miguel tardaron semanas en escucharlas todas.

Sofía habló de aquellas Navidades durante meses.

Contó mil veces cómo Óscar había perdido la dignidad con unas orejas de ratón en la cabeza, cómo yo había gritado en una atracción, convirtiéndome en el hazmerreír de todo el parque, y cómo habíamos librado una guerra de nieve en la que, según su versión completamente falsa, ella había sido la vencedora.

Yo guardé otros recuerdos.

La mano de mi hija buscando la mía frente al castillo.

La mirada de Óscar mientras nos veía reír.

La pregunta de Sofía en Nochebuena y su alivio al comprender que no traicionaba a nadie por volver a sentirse feliz.

Guardé las mañanas, las luces, las canciones y aquella última noche en la que los tres permanecimos juntos contemplando un lugar creado para hacer creer a la gente en cosas imposibles.

Y quizás por eso fue tan perfecto.

Porque después de todo lo que habíamos vivido, Sofía y yo sabíamos mejor que nadie que algunas cosas que parecen imposibles terminan ocurriendo.

Ella había vuelto a casa.

Yo había aprendido a amar sin miedo.

Y Óscar, sin hacer ruido, se había convertido en la persona con la que las dos queríamos compartir cada nueva aventura.

Aquellas Navidades no borraron el pasado.

Hicieron algo mucho más bonito.

Nos regalaron un futuro.