Capítulo 28
Un mes después de la muerte de Jorge, Óscar decidió que aquellas Navidades necesitábamos magia.
No me lo dijo de aquella manera, por supuesto, porque mi novio podía ayudar a detener a un delincuente, seguir a un sospechoso durante días o descubrir una mentira con solo observar cómo alguien se rascaba la nariz, pero tenía serias dificultades para pronunciar frases que sonaran demasiado bonitas.
Más que nada porque su humildad le impedía reconocer que era único para adornarnos la vida con sus planes.
Y cuando digo “mi novio” lo hago con todas las consecuencias, porque esa era la única forma de denominar a un hombre que hizo todo lo posible e imposible para que estuviésemos bien en aquellos momentos tan delicados en los que intentábamos reconstruir nuestras vidas, tanto mi hija como yo.
Él me comunicó que había reservado un viaje para los tres, que saldríamos dos días antes de Nochebuena y que debía preparar ropa de abrigo. Después intentó marcharse de la cocina con absoluta normalidad, como quien acaba de anunciar que ha comprado pan.
—Un momento. ¡Alto ahí! —exigí.
Se detuvo, no sin antes regalarme una de esas atractivas sonrisas de medio lado que lograban convertir mis rodillas en gelatina con el simple hecho de mirarme. De él sí que podía afirmar que me había enamorado hasta el tuétano.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —me preguntó haciéndose el sueco.
—¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa.
—Óscar.
—Lucía.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Contestar diciendo mi nombre con el mismo tono que utilizo yo para decir el tuyo.
Es irritante —afirmé, cuando en realidad mis ojillos lo único que revelaban eran que moría por él y por esos incontables planes que provocaban que nuestras existencias hubiesen subido de nivel de una manera escandalosa.
Tan escandalosa como esas rojeces que seguían asomándome por mis mejillas cada vez que él acortaba la distancia entre ambos.
Sofía, que estaba sentada a la mesa haciendo unos deberes que llevaba veinte minutos sin mirar, levantó la cabeza.
—Muchísimo.
Óscar la señaló.
—Tú no te metas, chiquitaja —bromeó de inmediato.
—Soy parte de esta familia. Tengo derecho a opinar.
Aquella frase me provocó la misma emoción que seguían despertándome algunas cosas incluso después de varios meses.
“Nuestra familia”. Sofía pronunciaba aquellas palabras con una naturalidad que a mí todavía me obligaba a contener las lágrimas de vez en cuando, aunque había aprendido a disimular bastante bien.
Ya no lloraba cada mañana porque la encontraba desayunando en la cocina ni entraba en su habitación durante la noche para comprobar que continuaba allí. Bueno, eso último lo hacía algunas veces, pero había dejado de encender la luz y podía considerarse un avance.
Óscar se convirtió en una parte fundamental de nuestra vida con una facilidad que me sorprendía.
No había intentado ocupar ningún sitio que no le correspondiera ni hacerse imprescindible.
Simplemente había estado. Primero durante los días posteriores a la detención de Javier, después cuando Sofía regresó a casa y más tarde durante los meses complicados que vinieron detrás.
Había conseguido algo que muy pocas personas lograban con ella: darle seguridad sin hacer promesas grandiosas.
Conmigo había tenido todavía más paciencia.
Nuestra relación avanzó despacio, quizás porque yo necesitaba aprender que querer a alguien no tenía por qué dar miedo y porque Óscar parecía dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario.
Cuando finalmente nos convertimos en pareja, Lola organizó una celebración que ninguno de los dos le había pedido y Miguel declaró que ya era hora, porque estaba harto de vernos mirarnos como dos idiotas cuando él acudía a visitar a su tía Gertrudis.
Todo iba bien.
Hasta que Jorge murió.
Su muerte llegó un mes antes de Navidad, aunque sabíamos que llegaría. El cáncer avanzó mucho más deprisa de lo que los médicos habían previsto y, durante sus últimas semanas, Jorge apenas salió del hospital. Cumplió su palabra antes de morir.
No consiguió mi perdón, porque había cosas que yo no sabía perdonar y quizás nunca aprendería, pero sí consiguió algo que consideraba mucho más importante.
Sofía pudo despedirse de él.
No fue una despedida de película.
No hubo reconciliaciones milagrosas ni palabras capaces de borrar los años de casi abandono. Mi hija salió de aquella habitación de hospital triste, confusa y enfadada.
Durante días me hizo preguntas para las que yo no tenía respuestas. Quería saber por qué un padre podía querer a una hija y, al mismo tiempo, hacerle tanto daño. Quería entender por qué Jorge había esperado hasta saber que iba a morir para intentar comportarse mejor.
Yo no supe explicárselo.
Solo pude abrazarla.
Por eso, cuando Óscar anunció aquel viaje sorpresa, comprendí que no pretendía hacerla olvidar.
Nadie podía borrar a Jorge ni lo que su muerte significaba.
Quería regalarle recuerdos nuevos. Conseguir que aquellas primeras Navidades marcadas por una ausencia tuvieran también algo maravilloso a lo que aferrarse.
Aun así, no estaba dispuesta a dejarlo escapar sin saber el destino.
—Necesito hacer la maleta —insistí—. No es lo mismo ir a Burgos que al Caribe.
—He dicho ropa de abrigo —carraspeó, divertido.
—Entonces el Caribe queda descartado.
—Tu capacidad deductiva mejora desde que sales conmigo.
Le lancé un paño de cocina.
Óscar lo atrapó en el aire y Sofía empezó a reírse.
—¿Puedo saberlo yo? —preguntó.
—No.
—¿Y si prometo no decírselo a mamá?
—¡Oye!
—Es que ella pregunta mucho.
—Gracias, hija.
Sofía se levantó y se acercó a Óscar. Se puso de puntillas, aunque apenas le llegaba al hombro, y le hizo un gesto para que se agachara. Él cometió el error de obedecer. Ella le agarró la cara con ambas manos y lo miró directamente a los ojos.
—Dímelo.
Óscar mantuvo una seriedad admirable.
—No.
—Por favor.
—No.
—Te quiero mucho.
—Yo también a ti.
—Entonces dímelo.
—Eso es manipulación emocional.
—¿Funciona?
—No.
Sofía se apartó.
—No me gusta que mamá salga con un detective.
—Hace cinco minutos te gustaba.
—He cambiado de opinión.
No conseguimos averiguar nada.
Dos días después, Óscar nos llevó al aeropuerto y fue allí, delante de la puerta de embarque, cuando Sofía descubrió el destino.
No gritó de inmediato.
Primero leyó el nombre una vez. Después volvió a leerlo. Miró a Óscar, me miró a mí y regresó al panel con los ojos cada vez más abiertos.
—¿París?
Óscar sonrió.
—París.
—¿Vamos a París?
—Más o menos.
Sofía frunció el ceño.
—¿Cómo que más o menos?
Él sacó los billetes y se los entregó.
Mi hija tardó dos segundos en descubrirlo.
—¡Disneyland!
El grito consiguió que media terminal se volviera hacia nosotros.
Sofía empezó a saltar. Después abrazó a Óscar, se lanzó contra mí, volvió a mirar los billetes y rompió a llorar. Todo ocurrió tan deprisa que no supe cómo reaccionar. Me agaché para abrazarla y sentí sus brazos alrededor de mi cuello.
—¿De verdad vamos?
—De verdad, cariño. Claro que vamos.
—¿Los tres?
Miré a Óscar.
—Los tres, eso parece.
—Así es. Quedaría feo echar a suertes quién se queda en tierra —opinó él con esa ironía que le caracterizaba y que la hacía parecer todavía más interesante a mis ojos.
Volvió a llorar.
Aquello consiguió que yo también lo hiciera, por supuesto, porque llevaba meses convertida en una persona incapaz de controlar las lágrimas. Óscar nos observó durante unos segundos antes de abrir los brazos.
—¿Puedo participar o es un momento privado?
Sofía tiró de él.
Nos abrazamos los tres en mitad del aeropuerto.
Y así empezaron las Navidades más maravillosas de nuestra vida.
Desde que llegamos, Sofía parecía incapaz de cerrar la boca. Todo le sorprendía. Las luces, la música, los escaparates decorados, los árboles enormes y aquel ambiente navideño que parecía envolver cada rincón.
Yo la miraba a ella mucho más de lo que miraba cualquier otra cosa. Su felicidad era tan inmensa que contagiaba.
La primera vez que vimos el castillo iluminado, se quedó paralizada.
No dijo nada.
Simplemente buscó mi mano y después la de Óscar.
Nos quedamos los tres frente a aquella imagen, rodeados de familias, luces y canciones. Empezaban a caer unos copos de nieve tan perfectos que pensé que debían de ser artificiales, aunque no me importó. Sofía apretó nuestros dedos.
—Es el sitio más bonito del mundo.
Óscar la miró.
—Sí. Y lo estoy compartiendo con las dos personas más bonitas del mundo —añadió.
Él no estaba mirando el castillo.
Estaba mirándonos a nosotras.
Me acerqué y apoyé la cabeza en su hombro.
—Gracias, gracias de verdad por todo esto —murmuré en su oído.
—Todavía no has visto la factura —ironizó.
Le di un codazo que debió dolerle un poco porque apartó el brazo como si, en vez de eso, le hubiera dado el calambrazo del siglo.
—No estropees el momento.
—Perdón.
—Te perdono porque estamos en Navidad.
Sofía se volvió hacia nosotros.
—¿Os vais a besar?
—No —respondí.
—Sí —dijo Óscar al mismo tiempo.
Mi hija puso los ojos en blanco.
—Qué vergüenza.
Óscar me besó de todas formas.
Los días siguientes fueron una sucesión de momentos que todavía hoy recuerdo con una precisión increíble.
Montamos en atracciones que yo habría evitado si Sofía no me hubiera mirado con aquellos ojos.
Grité tanto en una de ellas que perdí la voz durante varias horas y Óscar aseguró que jamás volvería a burlarse de los testigos que declaraban bajo presión porque había descubierto lo que era el terror verdadero.
Sofía se rio de mí durante el resto del día.
Conoció personajes a los que abrazó con una emoción que me hizo sentir que volvía a ser mucho más pequeña.
Se hizo fotografías con todos los que encontró, obligó a Óscar a llevar unas orejas de ratón durante horas y decidió que yo necesitaba otras de ratoncita.
Él protestó hasta que Sofía le recordó que aquel viaje era para hacerla feliz.
No volvió a quitárselas.
Si algo había demostrado él era que se dejaba la piel por nosotras.